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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 48

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48: El Destructor 48: El Destructor El universo se desangraba en silencio.

Lo que una vez fue un tapiz infinito de galaxias y estrellas incontables, de mundos rebosantes de vida y civilizaciones que miraban al cielo con esperanza, se había convertido en un cementerio de polvo y chispas moribundas.

El vacío, antes vibrante, era ahora un lienzo negro donde solo quedaban los suspiros de lo que fue.

La causa de la devastación flotaba en el centro del abismo.

Era una figura que la mente mortal no podría comprender sin quebrarse.

Un ser humanoide de proporciones imponentes, cuya silueta recortaba la oscuridad como un jirón de pesadilla.

Su piel no existía; en su lugar, músculos de un gris cadavérico se tensaban sobre su estructura ósea, visibles y palpitantes.

Su rostro era el de una calavera animada por una voluntad siniestra, y de su cabeza emergían cuatro cuernos: dos que se curvaban hacia el cielo desafiante, y dos que apuntaban al frente como las astas de un depredador en plena embestida.

Sus ojos eran lo peor.

Dos ascuas de acero al rojo vivo, brillando con una intensidad que no reflejaba luz, sino que la devoraba.

De su espalda se desplegaban alas de dragón, grises y membranosas, y en su mano derecha empuñaba un mandoble colosal del que manaba una energía morada, densa y voraz.

La misma energía que, momentos antes, había envuelto galaxias enteras y las había desintegrado como si fueran de arena.

Omega, dios de la destrucción, observó su obra con una mueca que pretendía ser sonrisa.

—Yo soy la muerte —murmuró, y su voz no encontró eco en el vacío—.

Yo soy el final.

Yo soy el destructor.

Dime, ¿qué dios disfruta su arte como yo lo disfruto?

La pregunta quedó flotando en la nada, hasta que una grieta se abrió en el tejido de la realidad.

Una herida de luz en medio de la oscuridad.

Omega no se sorprendió.

Sus ojos rojos se entrecerraron con diversión.

De la grieta emergieron dos figuras.

Una anciana y una eterna.

Kronos, dios del tiempo, llegó envuelto en la gravedad de los siglos.

Su barba plateada parecía hecha de hilos de luz cansada, pero sus ojos, jóvenes y despiertos, miraban con la severidad de quien ha visto nacer y morir infinitos ciclos.

A su lado, Kaliostros, dios del destino, caminaba con la belleza afilada de una hoja recién forjada.

En sus manos, invisibles para los mortales, tejía y destejía los hilos dorados que conectaban todas las existencias.

—Pero si son mis dioses favoritos —saludó Omega, y su voz era miel podrida—.

¿Acaso han venido a supervisar mi trabajo?

¿O es que el Inquisidor extraña mi compañía?

Kaliostros no se molestó en corresponder el sarcasmo.

—Tu trabajo está hecho, Omega.

Pero tus excesos nos han traído hasta aquí.

—¿Excesos?

—Omega alzó una ceja inexistente sobre sus cuencas vacías—.

Destruí lo que me pedisteis.

El universo ya no existe.

¿Qué más queréis?

¿Un recibo?

—No juegues con nosotros —intervino Kronos, y su voz arrastraba el peso de las eras—.

Te pedimos que destruyeras este universo.

No que te ensañaras con los mortales que lo habitaban.

Disfrutaste cada segundo de su agonía.

Prolongaste el sufrimiento cuando bastaba con un instante.

—El sufrimiento es parte de la destrucción —respondió Omega, encogiéndose de hombros con una indiferencia que hacía temblar el vacío—.

No es mi culpa que vuestros puntos fijos sean tan…

frágiles.

Kaliostros dio un paso al frente.

Sus ojos, que habían visto desenredarse destinos imposibles, brillaron con una frialdad antigua.

—Por tu arrogancia y tu sadismo, los Titanes escaparon.

Y hasta ahora no has sido capaz de recuperarlos.

Algún día, Omega, esa misma arrogancia será tu caída.

Y no será un dios quien te derribe.

La sonrisa de Omega se torció, mostrando una hilera de dientes que no deberían existir en un rostro de calavera.

—¿Un mortal, quizá?

¿Eso insinúas?

—soltó una carcajada que no encontró eco, pero que vibró en el tejido mismo de la realidad—.

No existe mortal que pueda hacerme frente.

Soy un dios.

El dios de la destrucción.

Así que dejad vuestros sermones de abuela y decidme: ¿cuál es mi siguiente objetivo?

Porque sé que no habéis venido solo a regañarme.

Kronos y Kaliostros intercambiaron una mirada.

Un diálogo completo en un instante.

Kaliostros suspiró, resignado.

—Mira al Megaverso 657893.

Omega obedeció.

Su percepción, omnisciente en lo que a destrucción se refería, atravesó dimensiones como quien atraviesa habitaciones vacías.

—Lo veo.

—Concéntrate en el multiverso 479023.

Dentro de él, busca el universo 8912560.

—Una galaxia espiral —murmuró Omega, fascinado a su manera—.

Una estrella amarilla.

Un planeta…

—su mirada se detuvo—.

Desértico.

—Ese mundo —confirmó Kronos— debería estar destruido.

Es un punto fijo en el flujo temporal de ese universo.

Inamovible.

Intocable.

—Pero no lo está —completó Kaliostros—.

Mira bien, Omega.

No es una variante, no es un desvío temporal.

Es como si el punto fijo…

hubiera cambiado.

Por primera vez, algo parecido al interés genuino brilló en los ojos rojos de Omega.

—¿Cómo?

—Solo nosotros, los dioses, tenemos el poder de alterar un punto fijo —explicó Kaliostros—.

Esto es una anomalía.

Y su origen es un ser híbrido.

Mitad mortal, mitad dios.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier universo.

—¿Qué dios…?

—preguntó Omega, y en su voz había un matiz nuevo.

Casi respeto—.

¿Quién fue el progenitor?

—No lo sabemos —admitió Kronos—.

Quienquiera que lo haya hecho ha sabido ocultar su rastro.

Ni siquiera el Inquisidor ha podido encontrarlo.

Omega guardó silencio.

Luego, en un susurro que ni siquiera los otros dioses pudieron escuchar, musitó para sí: —Parece que nuestro querido mandamás está perdiendo el toque.

Kaliostros, que no lo había oído pero lo intuyó, fulminó con la mirada.

—Respeta, Omega.

Él puede oírte.

Y no está contento con lo que está sucediendo.

—Trazamos un destino para ese híbrido —continuó Kronos, retomando el hilo—.

Un camino que lo llevaría a ser neutralizado.

Pero el destino cambió.

Y cada vez que intentamos reajustarlo, él se vuelve más poderoso.

Es como si…

—buscó las palabras—.

Como si el universo mismo estuviera protegiéndolo.

—Así que queréis que lo destruya —dedujo Omega, y la sonrisa volvió a su rostro de calavera—.

Personalmente.

—Directamente —confirmó Kaliostros—.

Sin intervenciones del destino, sin manipulaciones del tiempo.

Tú y solo tú.

Destruye la anomalía.

—¿Y los mortales que lo acompañan?

Kronos respondió con una frialdad que helaría la sangre de cualquier ser vivo: —Ellos también deberían estar muertos.

Cuando acabes con el híbrido, destruye el planeta.

Omega alzó su mandoble.

La energía morada danzó a su alrededor, hambrienta, ansiosa.

—Okey —dijo, y la palabra sonó a sentencia de muerte—.

Consideradlo destruido.

Los dos dioses lo observaron un instante más.

Luego, sin despedirse, la grieta interdimensional se los tragó de vuelta, dejando a Omega solo en el cementerio de un universo muerto.

El dios de la destrucción miró hacia la distancia, hacia un punto que sus ojos rojos ya habían localizado.

Un mundo desértico.

Un híbrido.

Una anomalía.

Y sonrió.

—Me pregunto —susurró al vacío— a qué sabrá tu miedo, pequeño semidiós.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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