Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 49
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
49: El Peso De La Sentencia 49: El Peso De La Sentencia El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la sala del consejo, dibujando largas sombras sobre la mesa de piedra donde los líderes de los sectores se reunían por primera vez en seis meses.
Feral esperaba en el umbral, observando las siluetas de los que pronto serían sus jueces.
Sentía sus energías antes de ver sus rostros: la geometría dorada de Leo, firme como siempre; la telequinesis de Perla, tensa como una cuerda lista para romperse; la firma energética de Vikthor, densa, pesada, cargada de un dolor que los meses no habían logrado disolver.
Y detrás de él, invisible pero presente, Retza.
Feral no la veía, pero sentía el calor de su mano en la suya, un susurro de energía rosada que lo envolvía como un abrazo.
—Vamos —murmuró para sí mismo, y cruzó el umbral.
— Las miradas se clavaron en él como cuchillos.
Leo, desde la cabecera, fue el primero en hablar.
Su voz, acostumbrada a mandar ejércitos, resonó con autoridad pero también con algo que Feral aprendió a reconocer en estos meses: cansancio.
—Feral.
Siéntate.
Ocupó el lugar que le indicaban, en el extremo opuesto de la mesa, frente a todos.
Como un acusado.
Como siempre.
—Seis meses —comenzó Leo, y sus ojos recorrieron a los presentes—.
Seis meses desde que terminó la guerra.
Seis meses desde que muchos de nosotros perdimos a seres queridos.
—Su mirada se posó en Vikthor un instante, apenas un latido—.
Y seis meses desde que Feral comenzó su trabajo de reconstrucción en las comunidades más afectadas.
Perla tomó la palabra.
Su tono era profesional, contenido, pero Feral podía sentir la energía danzando a su alrededor, lista para cualquier cosa.
—He supervisado personalmente su labor en Zulú, Sector 7 y las colonias del este.
—Hizo una pausa, y algo en su expresión se suavizó—.
Los informes de los supervisores locales son…
unánimes.
Feral ha trabajado sin descanso.
Ha cavado pozos, reconstruido viviendas, ayudado en las cosechas.
Hay testimonios de decenas de familias que lo señalan como el responsable de que no hayan muerto de sed o de hambre.
Un murmullo recorrió la mesa.
Algunos asentían.
Otros, como Vikthor, permanecían inmóviles, con los brazos cruzados y la mirada perdida en un punto fijo de la pared.
—Aron, el anciano de Zulú —continuó Perla—, ha enviado una carta solicitando que Feral sea reconocido como ciudadano de pleno derecho.
—Sacó un pergamino y lo leyó—: “El hombre que vino como enemigo se ha ganado un lugar entre nosotros.
Sus manos han sangrado por nuestra tierra.
Sus ojos han llorado con nuestras pérdidas.
Ya no es un extraño.
Es de los nuestros”.
El silencio que siguió fue denso, cargado de significados.
Leo asintió lentamente.
—También tenemos el testimonio de Karim.
—Todos los presentes se irguieron al oír ese nombre—.
El hombre que perdió a su familia entera en Zulú.
El hombre que intentó matar a Feral con un cuchillo, hace seis meses.
Feral sintió el nudo en su garganta.
Karim.
El abrazo.
Las lágrimas compartidas en la oscuridad.
—Karim no solo ha retirado sus cargos —prosiguió Leo—.
Ha solicitado que Feral sea el padrino de su próximo hijo.
El niño, dice, llevará el nombre de su padre muerto.
Y quiere que Feral esté ahí para sostenerlo.
El impacto de esas palabras fue físico.
Hasta los más escépticos intercambiaron miradas de asombro.
Leo se puso de pie.
—Propongo, entonces, que Feral sea formalmente integrado a nuestra sociedad.
Que se le otorgue ciudadanía plena, con todos los derechos y obligaciones que eso conlleva.
—Miró a los presentes—.
¿Alguien se opone?
Hubo un largo silencio.
Vikthor se puso de pie lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano.
Sus ojos, cuando encontraron los de Feral, estaban rojos, hinchados, como si hubiera pasado la noche en vela.
—Mis hijos —dijo, y la palabra le rompió la voz—.
Edwiin…
y Gor.
Hizo una pausa.
Pasó la lengua por sus labios secos.
—A Edwiin lo vi caer.
Estuve en esa batalla.
Lo vi…
—tragó saliva—.
Eso no se olvida.
No se supera.
Pero al menos…
al menos sé lo que pasó.
Estuve ahí.
Sus manos, apoyadas en la mesa, temblaban.
—Pero Gor…
—su voz se quebró en un registro que nadie en esa sala había escuchado jamás—.
A Gor no lo vi.
Solo encontré sus martillos.
Sus malditos martillos, tirados en el suelo de esa cueva.
Y luego…
—clavó sus ojos en Feral, y en ellos había un abismo de dolor—.
Luego tú confesaste.
Dijiste que lo habías matado.
Con tus propias manos.
El silencio era tan absoluto que podía oírse la respiración entrecortada de Perla.
—No tuve que verlo para imaginarlo —continuó Vikthor, y su voz era un hilo de acero tensado al límite—.
No tuve que estar ahí para reconstruir cada segundo en mi mente.
Cómo peleó.
Cómo cayó.
Cómo…
—cerró los ojos un instante—.
Cómo su vida se apagó mientras tú seguías vivo.
Feral sintió que Retza apretaba su mano invisible.
No apartó la mirada.
—No pido venganza —dijo Vikthor, y era evidente que cada palabra le arrancaba un trozo de alma—.
Leo me ha hablado de perdón.
Perla me ha hablado de reconstrucción.
Incluso ese anciano de Zulú me ha escrito, pidiéndome que…
que deje ir el dolor.
—Soltó una risa amarga, sin humor—.
Como si fuera tan fácil.
Como si pudiera borrar de mi mente la imagen de esos martillos, fríos, solos, esperando a que alguien los recogiera.
Se enderezó, y cuando volvió a hablar, su voz había recuperado algo de la autoridad que lo caracterizaba, aunque teñida de una fragilidad nueva.
—No me opongo a que Feral sea ciudadano.
No sería justo, después de lo que ha hecho en estos meses.
Pero…
—clavó sus ojos en los de Feral—.
Pero no puedo perdonarlo.
No todavía.
Tal vez nunca.
Porque cada vez que cierro los ojos, veo esos martillos.
Y cada vez que veo esos martillos, lo veo a él.
A mi Gor.
Muerto.
Asesinado.
Feral sintió que Retza apretaba su mano invisible.
Le devolvió el apretón, sin apartar la mirada de Vikthor.
—Por eso propongo —continuó Vikthor— que, si va a ser uno de nosotros, empiece desde abajo.
Que sea mi subordinado directo en la reconstrucción del Sector Norte.
Que trabaje bajo mis órdenes.
Que gane mi confianza…
si es que puede ganarse.
Hubo un revuelo en la sala.
Algunos protestaron en voz baja.
Otros asintieron, comprendiendo la lógica detrás de la petición.
Leo miró a Feral.
—¿Aceptas?
Feral se puso de pie.
Por un momento, todos los ojos estuvieron sobre él.
Podía sentir el peso de sus miradas, el escozor de sus energías, la historia de dolor que los envolvía a todos como una red.
—Acepto —dijo, y su voz no tembló—.
Vikthor tiene razón.
No puedo pedirle que me perdone.
No puedo exigirle que olvide.
Pero puedo trabajar a su lado.
Puedo demostrarle, día tras día, que no soy el monstruo que mató a su hijo.
Que quiero ser algo más.
Vikthor lo sostuvo con la mirada.
Durante un instante eterno, nadie respiró.
Luego, el general asintió.
Una sola vez.
Apenas un gesto.
Pero era suficiente.
— —Bien —dijo Leo, retomando el control de la reunión—.
Entonces queda decidido.
Feral es oficialmente ciudadano, y a partir de mañana se integrará al equipo de reconstrucción del Sector Norte, bajo la supervisión de Vikthor.
—Golpeó la mesa con el puño—.
Sesión concluida.
Los asistentes comenzaron a levantarse, a intercambiar murmullos, a recoger sus pertenencias.
Pero Feral no se movió.
—Esperen —dijo.
Su voz no fue particularmente fuerte, pero algo en ella detuvo a todos.
Quizá fue la gravedad.
Quizá fue que, por primera vez, sonaba como alguien que había visto más allá de lo que los mortales podían ver.
—Hay algo más.
Algo que deben saber.
Leo frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Feral respiró hondo.
Retza, a su lado, le apretó la mano con fuerza.
Podía sentir su advertencia, su miedo.
Pero también sabía que no podía callarlo.
—Durante estos meses —comenzó—, he tenido…
visiones.
Sueños.
No sé cómo llamarlos.
—Mintió, pero era una mentira necesaria—.
En ellos, veo algo que se acerca.
Algo enorme.
Algo que no es de este mundo.
Perla entrecerró los ojos.
—¿Qué clase de algo?
—Una amenaza —respondió Feral—.
Un ser.
Un poder tan grande que…
—buscó las palabras—.
He visto universos enteros destruidos.
He visto estrellas apagarse como velas.
Y ese ser…
viene hacia aquí.
Hubo un silencio incómodo.
Algunos intercambiaron miradas de escepticismo.
Otros, como Vikthor, fruncieron el ceño con desconfianza.
—Feral —dijo Leo con cuidado—.
Has pasado seis meses trabajando sin descanso.
Has vivido experiencias traumáticas.
Es normal que…
—No es cansancio —lo interrumpió Feral, y la firmeza de su voz sorprendió incluso a Retza—.
No es imaginación.
Sé lo que vi.
Y sé que viene.
No sé cuándo.
No sé cómo.
Pero viene.
—¿Y qué quieres que hagamos?
—preguntó Perla, y su tono no era hostil, solo cansado—.
¿Que nos preparemos para una amenaza de la que no tenemos pruebas?
¿Que movilicemos recursos basándonos en sueños?
—Sí —respondió Feral—.
Eso exactamente.
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse.
Leo lo miró largamente.
Luego, suspiró.
—No puedo ordenar una movilización general basándome en visiones, Feral.
Lo sabes.
Pero…
—hizo una pausa—.
Pero puedo ordenar que se refuercen las defensas.
Puedo pedir a los generales que estén alerta.
Puedo hacer que los sistemas de vigilancia se mantengan activos las veinticuatro horas.
—Es suficiente —dijo Feral—.
Por ahora.
Vikthor, que había permanecido en silencio, habló por primera vez desde la intervención de Feral.
—Si realmente viene algo…
—su voz era grave, medida—.
Si realmente hay una amenaza…
¿tú piensas enfrentarla?
Feral lo miró a los ojos.
—Sí.
—¿Solo?
—No.
—Feral recorrió la sala con la mirada, deteniéndose en cada rostro—.
Con todos los que quieran luchar.
Con todos los que tengan algo que proteger.
Con todos los que crean que este mundo merece seguir existiendo.
Otro silencio.
Luego, uno a uno, los asistentes comenzaron a asentir.
No era entusiasmo.
No era convicción.
Era algo más parecido a la resignación de quienes han aprendido, a base de guerras y pérdidas, que a veces lo imposible se vuelve real.
—Estaremos listos —dijo Leo, y era una promesa—.
Pase lo que pase.
La reunión terminó.
Los asistentes se dispersaron lentamente, algunos todavía mirando a Feral con recelo, otros con algo parecido a la esperanza.
— Feral salió de la sala y caminó hasta el borde de la terraza que daba al cielo abierto.
El sol estaba cayendo, tiñendo las nubes de tonos anaranjados y púrpuras.
Era hermoso.
Tan hermoso que dolía.
Retza apareció a su lado, materializándose lentamente.
Su mano encontró la suya.
—Lo hiciste —susurró—.
Les dijiste.
—No podía ocultarlo —respondió Feral—.
No después de lo que vi en tus ojos cuando hablaste de Omega.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Crees que te creyeron?
—Algunos sí.
Otros no.
Pero no importa.
—Apretó su mano—.
Estarán listos.
Tienen que estarlo.
Permanecieron así, en silencio, viendo cómo el sol se hundía lentamente en el horizonte.
Y entonces ocurrió.
El cielo…
cambió.
No fue un trueno.
No fue un relámpago.
Fue algo más profundo, más antiguo.
Una sensación en los huesos, en la sangre, en el alma.
El firmamento, el inmenso lienzo azul que había cobijado aquel mundo desde su nacimiento, comenzó a plegarse.
Como si fuera un libro.
Como si fuera un telón.
Como si alguien, desde el otro lado, estuviera abriendo una puerta que nunca debió abrirse.
Las nubes se desgarraron sin viento.
Las estrellas, que apenas comenzaban a asomarse, parpadearon y murieron en el acto.
Y en el centro de todo, en el lugar donde el cielo se abría como una herida, algo comenzó a descender.
Una figura.
Primero fue una sombra recortada contra la luz de otro universo.
Luego, una silueta.
Luego, los detalles comenzaron a definirse: alas de dragón, grises y membranosas.
Cuatro cuernos.
Un rostro que era una calavera viviente.
Ojos rojos como ascuas.
Un mandoble colosal del que manaba una energía morada, densa, voraz.
Omega, dios de la destrucción, descendía sobre el mundo.
Y mientras bajaba, su sonrisa se ensanchaba, mostrando dientes que no deberían existir en un rostro de calavera.
—Pequeño semidiós —murmuró, y su voz resonó en la mente de todos los seres vivos del planeta—.
He venido a jugar.
Feral apretó la mano de Retza.
Ella, a su lado, sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas sin permiso.
—No —susurró—.
No, por favor…
Pero Omega ya estaba ahí.
El capítulo terminó con su silueta recortada contra el cielo plegado, con su risa llenando el aire, con la promesa de destrucción haciéndose carne ante sus ojos.
Y Feral, el lobo que había aprendido a perdonar, el hombre que había cavado pozos y abrazado a sus verdugos, el semidiós que amaba a una diosa prohibida, apretó los puños y dio un paso al frente.
—Si quieres este mundo —dijo, y su voz no tembló—, tendrás que pasar sobre mí.
La risa de Omega fue la última respuesta.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com