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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 50

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50: Es todo lo que tienes??

50: Es todo lo que tienes??

El cielo era una herida abierta.

Leo y los demás habitantes de la ciudadela miraban hacia arriba con una mezcla de asombro y terror que ningún guerrero debería experimentar jamás.

La figura que descendía era un jirón de pesadilla recortado contra la luz de otro universo, un monumento andante a la aniquilación.

El silencio era tan absoluto que podía oírse el latido colectivo de cien corazones aterrorizados.

Omega tocó tierra.

Sus pies desnudos —grises, musculosos, inhumanos— se posaron sobre el suelo reconstruido con la delicadeza de quien sabe que puede destruirlo todo con un pensamiento.

Sus alas de dragón se plegaron lentamente a su espalda, y sus ojos rojos recorrieron el paisaje con el aburrimiento de quien visita un hormiguero.

—Mortales insignificantes —dijo, y su voz no fue solo sonido; fue una vibración que se instaló en los huesos, en la médula, en el alma—.

He venido a cumplir mi propósito.

Una pausa.

Su sonrisa de calavera se ensanchó.

—Yo soy Omega.

El dios de la destrucción.

Las palabras cayeron como una sentencia.

Algunos se arrodillaron por instinto, por ese miedo primitivo que los humanos han sentido ante lo divino desde que existen.

Otros permanecieron de pie, paralizados, incapaces siquiera de temblar.

Leo apretó los puños.

Perla, a su lado, apenas respiraba.

Vikthor, con los ojos fijos en la criatura, susurró algo que nadie entendió.

—Detesto a los mortales irrespetuosos —murmuró Omega, y su tono era el de un padre decepcionado.

Entonces el aura apareció.

Una energía morada, densa como alquitrán, se expandió desde su cuerpo cubriendo toda la región en un instante.

El peso que impuso sobre ellos no era físico; era existencial.

Era el peso de saberse insignificantes, de saberse hormigas bajo la bota de un gigante.

Rodillas golpearon el suelo.

Cuerpos se doblaron.

Hasta Leo, el general invicto, sintió que sus piernas cedían.

—No importa si no me conocen —la voz de Omega retumbó, y cada sílaba era un martillazo en el espíritu—.

Pero si escuchan la palabra “dios”, lo menos que pueden hacer es mostrar reverencia.

Y entonces…

GRRRAAAAAAAHHHH El rugido desgarró el aire.

No era humano.

No era bestia.

Era algo intermedio, algo que llevaba siglos dormido y que ahora despertaba.

El aura morada se resquebrajó como un cristal bajo un martillo.

El peso desapareció.

Y en el centro de la plaza, donde antes había un hombre, ahora se alzaba una silueta de tres metros de altura, pelaje negro azabache, ojos amarillos brillando con furia contenida.

Feral, en su forma bestia, respiró hondo.

Omega parpadeó.

Por primera vez, algo parecido al interés cruzó su rostro de calavera.

—Sorprendente —dijo, y la palabra era un cumplido a regañadientes—.

Lograste disipar mi aura.

Eso no es cosa de mortales.

—Entrecerró los ojos—.

Tienes algo de divinidad en ti.

Tú eres la anomalía.

Las fauces del lobo se movieron, y de ellas surgió una voz humana, distorsionada por la bestia pero reconocible: —Yo no soy ninguna anomalía.

—Las garras negras se extendieron—.

Soy Feral.

Se volvió hacia los suyos, hacia Leo, hacia Perla, hacia Vikthor, hacia todos los que yacían en el suelo, liberados del peso pero no del miedo.

—Busquen refugio —ordenó—.

Yo me encargaré de él.

El silencio que siguió fue roto por una carcajada.

Omega reía.

Realmente reía, con una alegría genuina que helaba la sangre.

—¿Tú?

—dijo entre carcajadas—.

¿Tú encargarte de mí?

—Se secó una lágrima inexistente—.

Niño, no tienes ni idea de a quién te diriges.

Feral no esperó a que terminara.

Se movió a la velocidad de la luz.

Un instante después, su garra impactó contra el pecho de Omega con la fuerza de mil tormentas.

El estruendo sacudió los edificios cercanos.

El polvo se levantó en una nube cegadora.

Cuando se disipó, Omega seguía allí.

Inmóvil.

Sonriente.

—¿Eso fue todo?

—preguntó, y en su voz no había ni rastro de dolor—.

¿Velocidad de la luz?

¿Eso crees que puede afectar a un dios?

Feral no tuvo tiempo de responder.

Omega ya no estaba donde había estado.

Estaba detrás de él.

Feral lo sintió antes de verlo: una presencia colosal, una energía tan densa que el aire a su alrededor parecía solidificarse.

Esquivó por instinto, sintiendo el viento del golpe pasar rozando su pelaje.

Contraatacó.

Mil golpes.

Diez mil.

Cien mil.

Todos a la velocidad de la luz, todos dirigidos al rostro de calavera de Omega.

La tierra tembló.

El aire se ionizó.

Los edificios cercanos comenzaron a agrietarse.

Y a través de la tormenta de golpes, una mano emergió.

Los dedos grises se cerraron alrededor del rostro de Feral.

El impacto contra el suelo partió la tierra como una telaraña gigantesca.

Las edificaciones que Feral había ayudado a reconstruir en Zulú, en el Sector 7, en las colonias del este, se derrumbaron como castillos de naipes.

Omega puso su pie sobre el pecho del lobo caído.

—Así como no puedes tapar el sol con un dedo —dijo, y su voz era casi amable—, de la misma manera un mortal jamás podrá ser rival para un dios.

Feral sangraba.

Su rostro de bestia estaba cubierto de sangre, y sus ojos amarillos, antes brillantes, comenzaban a nublarse.

Pero no se rindió.

Un rugido.

Una convulsión de músculos.

Omega fue arrojado lejos, y Feral se puso de pie, tambaleante, furioso, desesperado.

Tensó cada fibra de su ser.

Concentró su poder en un punto.

Y entonces atacó.

Mil millones de golpes en menos de un segundo.

La tierra se abrió en abismos.

El cielo se cubrió de relámpagos apocalípticos.

Los vientos se arremolinaron en ciclones que arrancaban árboles y rocas.

La ciudadela, lo que quedaba de ella, se desmoronó en una nube de polvo y escombros.

Los sobrevivientes —Leo, Perla, Vikthor, los que pudieron protegerse a tiempo— vieron el destello y sintieron la onda expansiva romper sus defensas.

Cuando el polvo se disipó, Omega seguía allí.

Su cuerpo no tenía un rasguño.

—Impresionante —dijo, y esta vez no había burla en su voz, solo un reconocimiento frío—.

Para ser un mortal, claro.

Pero entonces Omega hizo algo que nadie esperaba.

Se movió.

No a la velocidad de la luz.

No a la velocidad del pensamiento.

A una velocidad que desafiaba la comprensión misma del espacio y el tiempo.

Cada movimiento suyo dejaba una estela de realidad distorsionada, como si el universo mismo tuviera que reconfigurarse para permitir su existencia.

Feral esquivó el primer golpe por instinto puro.

El segundo le rozó el hombro, y sintió el hueso astillarse.

El tercero no pudo esquivarlo.

El puño de Omega impactó en su estómago, y Feral sintió que su alma intentaba abandonar su cuerpo.

Una vez.

Dos veces.

Diez veces.

Omega jugaba con él como un gato con un ratón, asestando golpes que no mataban, solo dolían, solo humillaban, solo recordaban a Feral lo insignificante que era.

Finalmente, Feral logró un improbable movimiento, una pirueta desesperada, y se alejó lo suficiente para tomar aire.

Su cuerpo temblaba.

Su sangre manchaba el suelo.

Pero aún podía pelear.

Tensó todo su ser.

Concentró su poder como nunca antes lo había hecho.

Y cuando sintió que no podía contener más, liberó todo.

—¡GARRAS NEGRAS!

La energía surgió de sus garras como un tajo de oscuridad absoluta.

Atravesó el espacio, atravesó el tiempo, abriendo una brecha en la realidad misma.

Por un instante, el universo mostró sus costuras, y a través de la herida pudieron verse otros mundos, otras dimensiones, otros horrores.

La brecha se cerró.

La energía se disipó.

Y Omega, en el centro de todo, se llevó una mano al pecho.

Se rascó.

—Oye, mortal —dijo con una sonrisa—.

Ese fue un buen ataque.

Me dio comezón.

Feral sintió que algo dentro de él se rompía.

No un hueso.

La esperanza.

Omega levantó su mano derecha.

Extendió el dedo índice.

Y un rayo de energía morada, denso como un cilindro de muerte, surgió de su yema.

Impactó a Feral antes de que pudiera moverse.

El dolor fue indescriptible.

No era fuego, no era hielo, no era nada que Feral hubiera experimentado jamás.

Era la sensación de ser borrado de la existencia célula por célula, recuerdo por recuerdo, alma por alma.

Sus gritos llenaron el aire.

Retumbaron en las ruinas de la ciudadela.

Llegaron a los oídos de todos los que habían sobrevivido, y cada uno de esos gritos fue una puñalada en el corazón.

Cuando el rayo cesó, Feral yacía en el suelo.

La mitad de su cuerpo era una masa carbonizada.

Su forma bestia se había deshecho, dejando al descubierto su forma humana, vulnerable, destrozada.

La carne chamuscada humeaba, y la sangre que manaba de sus heridas era negra, como si algo dentro de él estuviera muriendo.

Omega se acercó lentamente.

—¿Ves?

—dijo, y su voz era casi tierna—.

Eres una gran decepción.

Me dijeron que eras una amenaza.

Me dijeron que eras una anomalía.

Pero para mí…

—se inclinó, mirando a Feral a los ojos—.

Para mí solo eres otro mortal inservible.

Feral intentó moverse.

No pudo.

Intentó regenerarse.

La herida no sanaba.

—Mi poder no es como el de otros dioses, pequeño semidiós —explicó Omega, casi paternal—.

Lo que yo destruyo, permanece destruido.

Hasta los dioses lo saben.

Por eso me temen.

Enderezó la espalda.

Desenvainó su mandoble.

La energía morada danzó a lo largo de la hoja, hambrienta, ansiosa.

—Ahora, muere.

— Retza observaba desde las sombras.

Sus manos temblaban.

Sus ojos, milenarios, estaban llenos de lágrimas que no sabía que aún podía derramar.

La energía rosada danzaba a su alrededor, incontrolable, lista para saltar, para intervenir, para romper todas las malditas reglas y salvar a su amor.

—No.

La voz de Yami fue un susurro helado.

La diosa de la mentira apareció a su lado, con su apariencia de colegiala japonesa, su piel blanca como porcelana, sus ojos vacíos como pozos sin fondo.

—Retza, no.

—Déjame —siseó Retza—.

Déjame o juro que…

—No vayas a intervenir —completó Yami, imperturbable—.

Si lo haces, el Inquisidor vendrá por ti.

Y no solo por ti.

Por él.

Por todos.

María apareció al otro lado.

Su sonrisa enigmática, su piel blanca, su presencia perturbadoramente serena.

—Tú le diste la advertencia —dijo, y su voz era una caricia venenosa—.

Pero él no escuchó.

Los planes que teníamos para él se esfumaron en el momento en que decidió luchar contra Omega.

—¡No podía quedarse de brazos cruzados!

—protestó Retza, y su voz se rompió—.

¡Es él!

¡Es Feral!

¡No podía…

—Lo sé —la interrumpió María, y por un instante su sonrisa se desvaneció, dejando ver algo que podría haber sido compasión—.

Lo sé, pequeña diosa enamorada.

Pero si intervienes ahora, lo perderás todo.

Y a él también.

Retza miró hacia la escena.

Omega alzaba su mandoble.

Feral, en el suelo, intentaba incorporarse, intentaba proteger a los suyos aunque ya no pudiera proteger ni su propia vida.

—Por favor —susurró—.

Por favor, alguien…

Pero no había nadie más.

Solo Omega.

Solo Feral.

Solo el mandoble bajando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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