Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 6
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6: La caída del faro amarillo 6: La caída del faro amarillo El silencio fuera del domo amarillo era más profundo que el vacío del espacio.
Dos mil quince seres —una legión de pesadillas hecha carne— aguardaban inmóviles.
Trescientos brutos de Konrrac con piel de roca; ochenta y cinco ilusionistas de Wiber con ojos cambiantes; mil zombis de Dante, goteando el recuerdo de su humanidad; quinientos engendros retorcidos de Teresa; cien marionetas de ojos vidriosos de Arianna; treinta torturadores silenciosos de Jairo.
Y frente a ellos, los Diez.
Konrrac avanzó un paso.
La tierra crujió bajo su peso.
No dio órdenes.
No arengó a sus tropas.
Simplemente cerró los ojos y sintió.
Durante diez años, había sido una presa.
Un depósito viviente.
Cada respiración, cada latido, había sido un acto de acumulación.
No de energía robada, sino generada desde el núcleo de su ser, destilada en un veneno de puro potencial destructivo.
Ahora, el depósito estaba a punto de desbordarse.
Un gemido escapó de sus fauces.
No era de esfuerzo, sino de agonía.
Su cuerpo comenzó a brillar con una luz interna, roja y pulsante, como un corazón expuesto.
Las escamas se levantaron, rezumando energía.
El aire se espesó, electrizado, y el cielo claro se envenenó de nubes negras que brotaron de la nada.
Relámpagos silenciosos, del color de la sangre vieja, lacearon la oscuridad.
Los otros Terrores retrocedieron instintivamente.
Hasta Melchor inclinó la cabeza.
Konrrac se arqueó.
Sus ojos, ahora blancos y ciegos, miraban hacia un horizonte interior.
Toda la energía convergió en su abdomen, hinchándolo de forma monstruosa, antinatural.
Parecía a punto de reventar.
Luego, abrió la boca.
No fue un rayo.
Fue un río.
Un torrente de energía carmesí pura que no calentaba, sino que desintegraba la realidad a nivel molecular.
El suelo frente a él dejó de existir, vaporizado en un canal de cristal fundido de kilómetros de longitud.
El sonido fue el de un dios desgarrándose las entrañas.
El río golpeó el domo amarillo.
Por un instante eterno, nada sucedió.
La barrera absorbió el impacto, brillando con una intensidad cegadora, un sol a nivel del suelo.
Luego, un sonido se elevó desde lo más profundo de la tierra: un quejido estructural, el lamento de un mundo herido.
El domo no explotó.
Se agrietó.
Una red de líneas negras se propagó desde el punto de impacto como telarañas de pesadilla, chasqueando y crepitando.
Luego, en silencio absoluto, la gran cúpula de luz se desvaneció.
No con un estallido, sino con un suspiro extinguido.
El último faro se apagó.
Konrrac cayó de rodillas.
Su cuerpo, ahora consumido y pálido, temblaba.
El poder que lo había sostenido como un titán se había ido.
Solo quedaba una cáscara vacía, jadeando en el polvo.
Con un hilo de voz, áspero como piedra contra piedra, ordenó: —Ahora… acaben con ellos.
No quiero… prisioneros.
Fue toda la arenga que necesitaron.
La legión de pesadillas rugió y se lanzó hacia la brecha, hacia el corazón tierno y desprotegido del mundo que quedaba.
— El Sector Zulú, ahora expuesto, fue el primero en probar el sabor del fin.
Treinta soldados ALIADOS, formando una línea desesperada en una plaza, vieron avanzar la oscuridad.
No tuvieron tiempo de disparar.
Melchor, que caminaba al frente, simplemente abrió la boca.
No salió sonido.
Salió la Nada hecha visible.
Una niebla negra, espesa como alquitrán, que fluyó silenciosa y voraz.
Donde tocaba, la vida no moría; se deshacía.
La piel se licuaba, los huesos se desvanecían en polvo, los gritos se ahogaban en gargantas que se disolvían.
En quince segundos, donde hubo treinta hombres, quedaron treinta manchas húmedas en el suelo y un olor a almendra podrida y ozono.
Tres capitanes, desde un balcón, lanzaron un ataque coordinado de energía pura contra Melchor.
Wiber, parado a un lado, sonrió.
Ni siquiera movió un dedo.
Los capitanes vieron, de repente, que su objetivo era su propio compañero de al lado.
El horror en sus ojos fue breve.
Los haces de energía se encontraron en el centro del grupo, creando una explosión silenciosa de carne y metal.
Wiber suspiró, como un artista que acaba un boceto menor.
Dante, aburrido, señaló con la barbilla hacia la ciudadela principal.
Su ejército de muertos vivientes, una marea de carne gris y movimientos espasmódicos, se derramó por calles y callejones.
No había táctica.
Solo hambre.
Las puertas se reventaron.
Los gritos comenzaron, agudos, humanos.
Dante siguió el avance, deteniéndose aquí y allá para “recoger” a un defensor particularmente valiente: un desgarro rápido, un chorro escarlata, y un nuevo zombi se unía a la horda.
Siete soldados lograron formar una barricada con escombros, destruyendo una docena de no-muertos.
Dante apareció entre ellos en un parpadeo.
Sus movimientos fueron precisos, económicos: un corazón arrancado, una cabeza girando en el aire, un cuerpo partido verticalmente como leña.
Los otros cuatro cayeron con huesos pulverizados por golpes que no vieron llegar.
La barricada cayó en silencio.
En la entrada de la torre de abastecimiento, un escuadrón entero apuntaba sus armas, decididos a proteger los suministros.
Teresa saltó delante de ellos, con su bata de enfermera manchada y su sonrisa de dientes demasiado blancos.
Les lanzó unas bombas que no explotaron, sino que lloraron.
Un gas verde pálido se expandió.
Los hombres tosieron, y al toser, sus ojos comenzaron a arder hasta la ceguera.
Olieron a canela podrida y sus fosas nasales se sintieron llenas de agujas.
Vomitando, cegados, indefensos, fueron cayendo mientras las criaturas de Teresa —cosas con demasiados dientes y extremidades en lugares erróneos— se abalanzaban sobre ellos.
Los gritos fueron sofocados por sonidos húmedos de desgarro y masticación.
Mientras, los soldados de Konrrac saqueaban la torre con eficiencia burocrática.
El cuartel central era la última fortaleza.
Cinco escuadrones, lo mejor del sector, junto al General Turot, “el Rugido de León”.
Cuando Marcus entró por la puerta principal, partiéndola en dos con un hombro, Turot esbozó una sonrisa feroz.
—¡Ja!
¡He aquí nuestra primera víctima!
Marcus no sonrió.
Su rostro era una máscara de serenidad peligrosa.
—Justo… iba a decir lo mismo.
Turot inspiró, y su pecho se expandió.
El grito que lanzó no era un sonido; era un tsunami de fuerza pura.
Las ventanas estallaron hacia fuera, los soldados se taparon los oídos sangrando, la estructura del edificio gimió.
La onda golpeó a Marcus de lleno, arrancándole la ropa, erosionando la capa superior de su piel.
Marcus no retrocedió.
Parpadeó.
Luego, una sonrisa lenta, terrible, le cruzó el rostro.
—Eso… —susurró—.
Eso dolió.
Sus ojos se encendieron.
No metafóricamente.
Llamas anaranjadas y azules brotaron de sus cuencas.
Su piel, de un blanco pálido, se volvió roja como brasa, luego negra como carbón.
La sangre que brotaba de sus heridas se evaporaba al contacto con el aire, prendiendo en llamas que se alimentaban de su propia carne.
En segundos, no era un hombre.
Era la encarnación de un horno crematorio con forma humanoide, un cadáver en llamas perpétuas, con la ira como alma.
—¡TE ENSEÑARÉ UN RUGIDO DE VERDAD!
—su voz era el crepitar de un bosque entero ardiendo.
Abrió las fauces.
Lo que salió no fue fuego.
Fue la Ira hecha sonido y llama.
Un rugido de mil leones fusionado con el estallido de un volcán.
Un cono de destrucción absoluta que calcinó a Turot donde estaba, redujo a sus cinco escuadrones a cenizas humanoides, evaporó el cuartel central y se llevó una cuarta parte de la ciudadela en un instante de puro blanco incandescente.
La onda de calor chamuscó la pintura a kilómetros de distancia.
Arianna, observando desde una azotea, se estremeció de placer.
—Ay, Marcus… —murmuró, mordiéndose el labio—.
Cómo haces sudar a una chica.
Luego, volvió a su tarea.
Sus marionetas humanos le traían joyas, vestidos finos, y a un joven carpintero de mirada honesta y aterrada.
Ella lo miró a los ojos.
Su voluntad se deshizo como azúcar en agua.
Con una sonrisa, lo llevó a una habitación cerrada.
Los gritos de placer que salieron de allí eran sólo suyos.
Utaku, en los márgenes, no necesitaba saquear.
Atrapó a una familia de agricultores que intentaba huir.
No los mató.
Les liberó sus esporas.
El padre comenzó a gritar, viendo a su esposa convertirse en el monstruo que lo había azotado de niño.
La madre se encogió, reviviendo su parto en medio de un campo de batalla.
Los niños se paralizaron, sus mentes inundadas de arañas gigantes y oscuridad infinita.
Utaku los observó, sus antenas vibrando con delectación, antes de empezar a alimentarse con parsimonia.
En medio del campo de batalla, entre risas de locos y crujidos de huesos, Jairo se arrodillaba junto a los cuerpos aún calientes.
Respiraba hondo, con los ojos cerrados, como un gourmet oliendo un banquete.
Feral, que había observado todo sin moverse de la colina de entrada, se acercó.
El hedor a muerte, a miedo, a lujuria perversa, le revolvía el estómago de una forma nueva.
—¿Qué haces?
—preguntó, su voz grave recortada contra los sonidos de la masacre.
—Absorbo el eco —susurró Jairo, sin abrir los ojos—.
El dolor, el sufrimiento, el último terror.
Se queda flotando, sabes.
Como un perfume.
Yo lo… recolecto.
Para usarlo después.
Feral miró los cuerpos destrozados, algunos aún con lágrimas secas en las mejillas.
—¿Y por qué no se los quitaste antes?
Para que no sufrieran al morir.
Jairo abrió los ojos, sorprendido.
Luego rio, un sonido seco y cortante.
—¿Y robarles la esencia del momento?
Además, ¿qué cambia?
El dolor ya ocurrió.
Yo sólo aprovecho lo que queda.
—Estudió a Feral—.
Y tú… ¿qué esperas, cachorro?
Llevas media hora sin ensuciarte las garras.
¿Acaso el gran Feral tiene miedo de mancharse?
Feral miró sus propias garras, negras y relucientes.
Luego miró hacia la ciudad en llamas, hacia donde Arianna se divertía, hacia donde Utaku festejaba.
—Yo vine a pelear —dijo, y su voz era fría, clara—.
A enfrentar a un guerrero digno.
No… a esto.
Esto no es una batalla.
Es una carnicería.
Antes de que Jairo pudiera responder, Feral se volvió y se alejó, desapareciendo en el humo y el caos, alejándose del corazón de la matanza.
Buscaba algo, pero no lo que lo rodeaba.
— En el Sector Eco, la Sala de Control era un cuadro de horror silencioso.
Las pantallas mostraban, en tiempo real, el colapso del Zulú.
Perla veía los puntos de vida, uno a uno, apagarse en los monitores.
Veía la explosión térmica de Marcus borrar un cuarto del sector.
Vio los informes de los drones: “Niebla negra… pérdida total… horda de no-muertos… firmas de dolor extremo…” Sus puños se apretaron hasta que las uñas clavaron su palma.
Un temblor, que no era de miedo sino de rabia pura, la recorrió.
—Son… bastardos —logró decir, la voz quebrada—.
Animales inhumanos.
Merecen… merecen ser borrados.
Vikthor, su general, un roble de hombre con cicatrices en el alma, la rodeó con un brazo enorme.
No era un gesto tierno; era un dique contra el desborde.
—Los vengaremos —gruñó, y en su voz había una promesa de acero y fuego—.
Cada lágrima, cada vida.
Pagarán.
Una nueva pantalla se activó, dominando la sala.
En ella, el rostro del General en Jefe, Leo.
No era un hombre viejo, pero su semblante tenía la calma grave de quien carga con el peso de los mundos.
Su mirada, de un azul claro, no transmitía pánico, sino una determinación glacial.
—Compañeros —dijo, y su voz era tranquila, pero llegó a cada rincón como un martillo forrado de terciopelo—.
Han visto la oscuridad.
Han sentido su mordida.
Pero no teman.
Este acto no quedará sin respuesta.
La justicia, aunque tardía, les alcanzará.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran.
—Ordeno la Evacuación Omega.
Todos los civiles de los sectores periféricos serán trasladados a la ciudadela central del Sector Omega, detrás de los muros finales.
Todo el personal militar asistirá en la evacuación y, una vez completada, se reagrupará allí para la defensa final.
Mientras tanto, los escuadrones de los sectores Romeo, Tango y Sigma tienen una misión: interceptar, demorar y sangrar a los Terrores.
Frenen su avance.
Cóbrenles cada metro con sangre… pero con inteligencia.
No es una batalla campal.
Es una retirada táctica.
Vikthor dio un paso al frente, su rostro una nube tormentosa.
—¿Solo tres sectores, señor?
¿Por qué no lanzamos todo lo que tenemos?
¡Podemos aplastarlos ahora que están dispersos!
Leo no se inmutó.
—Nuestra prioridad no es la venganza, Vikthor.
Es nuestra gente.
En el Zulú nos confiamos al escudo.
Pensamos que éramos invencibles.
Y perdimos no sólo a los soldados, sino a cada hombre, mujer y niño que no pudimos evacuar a tiempo.
No repetiremos ese error.
Hay aldeas en el Zulú que aún respiran.
Y nuestro deber es darles esa posibilidad.
—Su mirada se endureció—.
La ofensiva llegará.
Pero primero, debemos asegurar el alma de lo que defendemos.
Los espero en la Ciudadela.
Que la esperanza, por tenue que sea, los guíe.
La pantalla se oscureció.
En el silencio pesado, Vikthor respiró hondo.
Asintió, derrotado no por la lógica, sino por la enormidad de la verdad.
—La decisión está tomada —dijo, volviéndose hacia su personal—.
Evacuen.
Ordene.
Peleen donde deban pelear.
Pero recuerden… hoy no luchamos por la victoria.
Luchamos por el mañana.
Perla, secándose los ojos con el dorso de la mano, miró hacia las pantallas que ahora mostraban los rostros aterrorizados de los civiles siendo reunidos.
Luego, miró al horizonte, hacia la columna de humo que marcaba la tumba del Zulú.
Su dolor se solidificó en algo frío y afilado.
No era sólo ira.
Era un propósito.
Mientras, en las alturas, una diosa del amor observaba el infierno en la tierra, y una bestia solitaria, hastiada de la matanza, comenzaba a caminar hacia el corazón del territorio ALIADO, buscando no una víctima, sino una respuesta.
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