Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 51
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51: La Hora De Los Mártires 51: La Hora De Los Mártires El rayo impactó a Omega en el costado.
No le hizo daño.
Nada de lo que aquellos mortales pudieran hacer le haría daño.
Pero el gesto, la osadía, la insolencia de atacar a un dios…
eso sí merecía su atención.
—¿Cómo te atreves?
—rugió, girándose hacia el origen del ataque.
Vikthor sostenía un relámpago en cada mano.
Su rostro era una máscara de furia contenida, y en sus ojos brillaba algo que Omega no esperaba encontrar en un mortal: determinación.
—Lo siento —dijo el general, y su voz era un trueno—.
Pero solo yo puedo matarlo.
Por un instante, Omega parpadeó.
Luego soltó una carcajada.
—¡Me gusta!
—exclamó—.
¡Me gusta la actitud!
Leo no esperó más.
—¡ATACAD!
La orden fue un detonante.
El aire se llenó de energía, de gritos, de voluntades enfrentándose a lo imposible.
Gliel desapareció y reapareció junto a Feral, tomando su cuerpo destrozado entre los brazos.
Un instante después, ambos se desvanecieron, llevando al lobo caído lejos del campo de batalla.
Omega ni siquiera miró.
Los demás ya habían comenzado.
Vikthor lanzó sus relámpagos, que impactaron contra el pecho de Omega creando chispas y estruendo.
Leo disparó flechas doradas que llovieron sobre el dios como una tormenta de luz.
Trass, desde el aire, disparó sus rayos ópticos con precisión quirúrgica.
Y Mark, concentrando toda su energía en un punto, lanzó un orbe colosal que explotó al contacto, levantando una nube de polvo y escombros.
Perla extendió sus brazos.
Su telequinesis atrapó la explosión, la contuvo, la redirigió contra Omega con toda la fuerza que pudo reunir.
Cuando el polvo se disipó, Omega seguía allí.
Sonriente.
—¿Eso es todo?
—preguntó, casi aburrido.
Pircer creyó ver una oportunidad.
Se movió por la espalda, silencioso como una sombra, su espada lista para clavarse en un punto que, según los antiguos textos, podía neutralizar incluso el poder de un dios.
La hoja se partió al contacto con la piel gris.
Omega se giró lentamente.
Su mano encontró el cuello de Pircer antes de que este pudiera retroceder.
—Yo soy un dios —dijo, casi con suavidad—.
Tu poder no me afecta.
Sus dedos se cerraron.
Pircer forcejeó, pataleó, intentó hablar.
No pudo.
Omega hundió la otra mano en su pecho.
Cuando la extrajo, sostenía un corazón que aún latía.
Todos vieron.
Todos quedaron paralizados.
Omega alzó el corazón, lo observó con curiosidad, y luego, en un bocado, lo devoró.
La sangre escurrió por su barbilla mientras arrojaba el cuerpo sin vida de Pircer como quien tira un juguete roto.
El silencio duró un segundo.
Luego, el infierno.
— Estella fue la primera en reaccionar.
Se plantó frente a Omega, sus brazos extendidos, su poder listo para reflejar cualquier ataque.
Cuando la llamarada morada surgió del mandoble, ella la recibió con todo su ser.
Pero el poder de Omega no era como otros poderes.
Estella absorbió el impacto, sintió la energía recorrer su cuerpo, intentó devolverla…
y no pudo.
Era demasiado.
Era divina.
Era muerte pura.
Tambaleante, cayó hacia atrás.
Mila la atrapó entre sus brazos, y por un instante, sus miradas se encontraron.
—Mi amor —susurró Estella, y su voz era un hilo—.
Perdóname.
—No —Mila negó con la cabeza, las lágrimas ya rodando—.
No, no, no…
Estella comenzó a desintegrarse.
Su cuerpo se volvió polvo entre los brazos de Mila, y cuando el viento se llevó los últimos restos, Mila alzó la vista con un grito que heló la sangre de todos los presentes.
—¡NOOOOO!
— La batalla se convirtió en carnicería.
Mark lanzó descargas de energía sin medir consecuencias.
Trass disparó sus rayos ópticos hasta que le dolieron los ojos.
Vikthor concentró un orbe eléctrico del tamaño de una casa y lo arrojó con toda su furia.
Leo disparó cientos de miles de flechas doradas, un diluvio de luz que habría aniquilado ejércitos enteros.
Perla arrancó trozos de roca del suelo y los lanzó a velocidad hipersónica.
Todos los ataques impactaron.
Todos crearon una explosión que partió el cielo.
Y cuando el humo se disipó, Omega seguía allí.
Sin un rasguño.
—Bonitos fuegos artificiales —comentó.
Zafira saltó desde la retaguardia, su espada buscando la nuca del dios.
Omega ni siquiera la miró.
Su mandoble se movió solo, empalándola en el aire.
El grito de Zafira fue breve.
Una flama morada recorrió la hoja, trepó por su cuerpo, la consumió desde dentro.
Cuando la espada se retiró, solo quedaba ceniza cayendo al viento.
Vikthor rugió.
Convocó una tormenta eléctrica que cubrió toda la región, concentrando cada rayo sobre la figura de Omega.
Los impactos crearon un estruendo continuo, cegador, ensordecedor.
Omega esperó pacientemente a que terminara.
Luego sonrió.
—¿Una tormenta?
—dijo—.
Déjame mostrarte una tormenta de verdad.
Alzó una mano.
El cielo se oscureció.
No como cuando llega la noche, sino como cuando alguien apaga una luz.
Las nubes se arremolinaron en espirales gigantescas, y de ellas comenzaron a caer relámpagos —pero no relámpagos comunes, sino columnas de energía morada que impactaban contra la tierra y la partían.
Vientos huracanados barrieron la región.
Tornados emergieron de la nada, arrancando árboles, edificios, todo.
El mundo entero parecía estar desmoronándose.
En medio del caos, Loombar intentó acercarse.
Su aliento congelante envolvió a Omega, creando una capa de hielo sobre su piel gris.
Omega se limitó a mirarlo.
—El espacio es más frío que tu aliento —dijo—.
¿Quieres conocerlo?
Loombar desapareció.
Un instante después, los que quedaban lo vieron: un punto diminuto en el cielo, alejándose a velocidad imposible, hasta que su cuerpo se descompuso en el vacío.
— Dulce y Lirian trabajaban sobre Feral.
Sus manos brillaban con energía sanadora, cerrando heridas, regenerando tejidos.
Feral, aún inconsciente, no veía la masacre que se desarrollaba a su alrededor.
No veía caer a sus compañeros.
No veía a Toto y Yodiel.
Toto hizo emerger un mar de cabellos que intentó atrapar a Omega.
Pero el dios rió, chasqueó los dedos, y cada cabello se convirtió en una serpiente venenosa que se volvió contra su dueña.
Toto gritó mientras los colmillos se hundían en su carne, mientras las serpientes la estrangulaban, mientras su propia creación la mataba.
Yodiel, al verla caer, perdió toda razón.
Cargó contra Omega disparando todos sus proyectiles, golpeando, arañando, mordiendo.
No importaba.
Nada importaba.
Omega lo tocó con un dedo.
Yodiel se convirtió en piedra.
Luego, un golpe lo rompió en pedazos.
— Lissa saltó.
Su puño, fortalecido por años de entrenamiento y una voluntad indomable, impactó contra el rostro de calavera de Omega con toda la fuerza que pudo reunir.
Omega ni se inmutó.
—¿Eso fue un golpe?
—preguntó.
Su respuesta fue rápida, casi indiferente.
Un golpe en el pecho de Lissa.
Solo uno.
El pecho de Lissa explotó hacia dentro.
Ella cayó sin un sonido, sus ojos abiertos mirando un cielo que ya no vería.
Mark la vio caer.
—¡LISSA!
—su grito fue un trueno de dolor y furia.
Concentró todo lo que era, todo lo que tenía, y lanzó una llamarada de energía colosal directamente contra Omega.
Trass, desde el aire, disparó sus rayos ópticos en apoyo.
Omega abrió la boca.
La llamarada que exhaló era morada, densa, infinita.
Devoró el ataque de Mark, devoró los rayos de Trass, y siguió avanzando.
Román y Mila estaban en su camino.
No tuvieron tiempo de gritar.
Las llamas los consumieron en un instante, y cuando pasaron, solo quedaba ceniza.
Mark intentó resistir.
Plantó los pies, extendió las manos, canalizó cada gramo de su poder para contener el fuego divino.
—¡LISSA!
—gritó de nuevo, y esta vez su voz era una despedida—.
¡VOY CON…
Las llamas lo envolvieron.
Trass vio cómo su amigo desaparecía.
Vio cómo el fuego morado lo consumía.
Y supo que era el siguiente.
Intentó huir.
Batió sus alas con desesperación, alejándose, ganando altura, buscando un lugar seguro.
Omega apareció frente a él.
—¿A dónde crees que vas?
La mano del dios se cerró alrededor de su cabeza.
Trass forcejeó, disparó sus rayos ópticos directamente a los ojos de Omega, lo golpeó con puños y patadas.
Nada funcionaba.
Los dedos grises comenzaron a apretar.
—Duele, ¿verdad?
—preguntó Omega con curiosidad genuina—.
Me pregunto qué se siente.
La cabeza de Trass explotó.
Omega observó el contenido de su mano un instante, luego lo llevó a sus labios.
Saboreó.
Lamió la sangre de sus dedos.
—Interesante —murmuró.
— Vikthor observaba desde la distancia.
Su corazón era una piedra, su mente un torbellino, pero su voluntad seguía firme.
—Leo —dijo, y su voz era la de un general, no la de un padre que acababa de perderlo todo—.
Gliel.
Darius.
Distraedlo.
Necesito tiempo para concentrar mi ataque.
—Entendido —respondió Leo.
Tres figuras se armaron con energía dorada.
Leo conjuró armaduras y alabardas para Gliel y Darius, y los tres cargaron contra la divinidad.
Omega los recibió con una sonrisa.
Perla se unió a ellos, su telequinesis lanzando rocas y escombros.
Dulce también, sus manos sanadoras listas para actuar si alguien caía.
Pero nadie caía.
Eran despedazados.
Darius fue el primero.
Un tajo del mandoble lo partió en dos, y su cuerpo cayó sin vida.
Dulce intentó huir, pero Omega la atravesó con su espada.
Ella miró el acero que emergía de su pecho, y luego se desvaneció en polvo.
Vikthor seguía concentrando.
Los relámpagos de la tormenta de Omega, todos ellos, convergían en un punto frente a él, creando una lanza de energía pura, eléctrica, letal.
—¡Vikthor!
—gritó Leo, esquivando por milímetros un golpe—.
¿Ya estás listo?
—¡SÍ!
—respondió el general—.
¡APÁRTENSE!
Leo y Gliel se lanzaron a los lados.
—¡LANZA RELÁMPAGO!
El proyectil surcó el aire.
Era hermoso, aterrador, perfecto.
Llevaba la furia de un padre que había perdido dos hijos, la desesperación de un hombre que lo había dado todo, la voluntad de un mortal enfrentándose a un dios.
Omega extendió una mano.
Y atrapó la lanza en el aire.
—¿Crees —dijo, mientras la energía danzaba inútilmente contra su palma— que con un ataque que puede destruir un planeta puedes acabar conmigo?
—Sus ojos rojos brillaron—.
Yo puedo destruir universos con un pensamiento.
Tomó la lanza.
La sopesó un instante.
Y luego, con un movimiento rápido, se la clavó a Gliel.
El pilar de energía que surgió fue colosal.
Llegó hasta el espacio, atravesó las nubes, partió el cielo.
Gliel gritó mientras su cuerpo se desintegraba, mientras la electricidad divina lo deshacía átomo por átomo, mientras dejaba de existir.
Perla gritó su nombre.
Pero Gliel ya no podía oírla.
— Leo cayó de rodillas.
No por cansancio.
Porque Omega estaba frente a él, y por primera vez en su vida, el general invicto supo que no podía ganar.
—Tú —dijo Omega, inclinándose para mirarlo a los ojos—.
Tienes un buen corazón.
Su mano se hundió en el pecho de Leo.
Cuando la extrajo, el corazón aún latía.
Omega lo observó, casi con respeto, y luego se lo llevó a los labios.
Leo cayó al suelo.
Muerto.
Feral despertó en ese momento.
Sus ojos se abrieron justo a tiempo para ver el cuerpo de Leo impactando contra la tierra.
Justo a tiempo para ver a Omega saboreando su corazón.
—¡NO!
—el grito le desgarró la garganta—.
¡MALDITO!
Omega lo oyó.
Se giró lentamente, una sonrisa en su rostro de calavera.
—Ah —dijo—.
El invitado de honor.
Su mandoble voló hacia Feral como un proyectil.
Lirian se movió sin pensar.
El acero la atravesó un instante antes de llegar a Feral.
Ella cayó hacia atrás, directo a los brazos del lobo, y Feral la atrapó por instinto, por desesperación, por amor a alguien que apenas conocía pero que acababa de dar la vida por él.
—¿Por qué?
—susurró Feral, y su voz era un cristal rompiéndose—.
¿Por qué lo hiciste?
Lirian lo miró.
Su rostro, incluso en la muerte, tenía una paz extraña.
—Solo tú…
—tosió, y la sangre brotó de sus labios—.
Solo tú puedes vencerlo.
En ti depositamos nuestra confianza.
Nos salvaste una vez…
¿lo harás de nuevo?
Su mano acarició el rostro de Feral.
Luego cayó.
Y Lirian murió.
— Feral se puso de pie lentamente.
Su cuerpo había sanado.
Sus fuerzas habían regresado.
Pero algo más había despertado dentro de él.
Algo blanco.
Algo puro.
Algo que había estado esperando este momento desde siempre.
Tensó cada músculo, cada fibra, cada partícula de su ser.
La energía brotó de él como una estrella recién nacida.
—¡GARRAS BLANCAS!
El rayo de luz atravesó el espacio.
Por primera vez, Omega no sonrió.
Extendió sus alas y batió con fuerza, creando una barrera de energía que desvió el ataque.
La luz blanca se dispersó en todas direcciones, y donde impactaba, la tierra se partía, el cielo se rasgaba, el mundo entero se resquebrajaba.
Cuando el ataque cesó, el planeta estaba partido en dos mitades que comenzaban a separarse lentamente.
Omega observó las manos de Feral, donde la energía blanca aún danzaba.
—Ese fue un buen ataque —admitió, y en su voz había algo nuevo: respeto—.
Un ataque digno de un dios.
Se movió hacia él.
Vikthor y Perla se interpusieron en su camino.
—¡Feral!
—gritó Vikthor—.
¡Prepárate!
—¡VETE!
—gritó Perla.
Omega ni siquiera aminoró el paso.
Un golpe envió a Perla contra el suelo con violencia.
Luego, sus alas se cerraron alrededor de Vikthor, y las llamas moradas comenzaron a consumirlo.
El grito de Vikthor fue lo último que Feral oyó de él.
Perla se levantó.
Tambaleante.
Rota.
Pero de pie.
Miró a Feral a los ojos.
Y en esa mirada, Feral vio todo: el perdón que nunca llegaron a compartir del todo, la confianza que había crecido lentamente, la certeza de que él era la única esperanza.
—Hazlo —susurró ella—.
Por todos nosotros.
El mandoble de Omega la atravesó.
Él la levantó con la espada, empalada, y la sostuvo en el aire como un trofeo.
La sangre de Perla recorrió el acero, llegó al cuerpo de Omega, y él la bebió como quien bebe agua después de una larga caminata.
Perla murió mirando a Feral.
Luego, su cuerpo fue arrojado al vacío.
— Retza observaba.
Sus manos temblaban.
Sus ojos, milenarios, estaban secos porque ya no le quedaban lágrimas.
La energía rosada danzaba a su alrededor incontrolable, hambrienta, desesperada.
—Este planeta está al borde de la destrucción —dijo Yami, su voz vacía como siempre—.
Tu mortal no tiene salvación.
Deberíamos irnos.
—No —respondió Retza, y su voz era acero.
María la miró con esa sonrisa enigmática que nunca se borraba de su rostro.
—Sabes lo que pasará si intervienes, ¿verdad?
Retza no respondió.
Solo observó.
Vio cómo Omega se acercaba a Feral.
Vio cómo Feral intentaba reunir fuerzas para otro ataque.
Vio cómo Omega se adelantaba.
El mandoble cayó.
Y el brazo izquierdo de Feral voló por los aires.
El grito de Feral atravesó el aire, atravesó el planeta, atravesó el alma de Retza.
Omega no se detuvo.
Tomó el brazo derecho de Feral, lo retorció, lo partió.
Luego un golpe en la cara que le rompió los dientes.
Luego las costillas, una tras otra, mientras el lobo caído intentaba protegerse sin éxito.
—¡Tú solo eres un fraude!
—rugía Omega mientras golpeaba—.
¡No me das pelea!
¡No representas una amenaza para mí!
Por eso te torturaré.
Por lo débil que eres.
¡Voy a destruir tu planeta frente a tus ojos, así como destruí a cada uno de tus compañeros!
Tomó a Feral de la melena y lo obligó a mirar.
Los cuerpos.
Los restos de la ciudadela.
El planeta partiéndose en dos.
—Te digo algo —susurró Omega al oído de Feral—.
Yo vine aquí por ti.
Solo tenía que acabar contigo.
Pero todos ellos se atravesaron en mi camino.
Y pagaron por su osadía.
—Su voz se hizo más baja, más venenosa—.
Por eso su muerte no es culpa mía.
Es tuya.
Feral no pudo responder.
No podía hablar.
Apenas podía pensar.
Omega cargó su mandoble con energía.
—Te desapareceré —dijo—.
Junto con este planeta.
El arma comenzó a descender.
Y entonces, un relámpago rosado cruzó el cielo.
Impactó contra Omega con la fuerza de mil soles.
El dios de la destrucción salió disparado, atravesando el aire, cayendo estrepitosamente sobre la mitad del planeta partido.
Feral, desde el suelo, vio una silueta recortada contra la luz.
Era Retza.
Su diosa.
Su amor.
Su salvadora.
Ella lo miró, y en sus ojos había lágrimas, furia, y una determinación que ningún dios podría quebrantar.
—Toca a mi lobo una vez más —dijo, y su voz resonó en todo el planeta—.
Y te juro que haré que hasta los dioses se arrodillen.
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