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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 52

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  3. Capítulo 52 - 52 El Precio Del Amor
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52: El Precio Del Amor 52: El Precio Del Amor Retza tomó a Feral entre sus brazos.

Su cuerpo, destrozado, humeante, apenas respondía.

Pero sus ojos, esos ojos negros que ella había amado desde la luna, aún la miraban.

—¡Te lo dije!

—la voz de Retza se quebró—.

¿No te lo dije?

¡Que no te enfrentaras a él!

Feral jadeó.

Cada palabra le costaba un esfuerzo sobrehumano.

—Dime, amor…

—tragó sangre—.

¿Él hubiera perdonado mi planeta…

si yo no estaba aquí?

Retza negó con la cabeza.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—¡No…!

—sollozó—.

¡Pero eso no importa!

¡Tu vida es mucho más importante para mí!

Feral la miró, confundido.

—Dijiste que no podías intervenir —susurró—.

Pero aquí estás.

¿Por qué?

Ella lo sostuvo con firmeza, y cuando respondió, su voz era un acero forjado en milenios de espera.

—Porque te amo.

— La explosión sacudió los restos del planeta.

Omega emergió de entre las llamas moradas con la furia de un dios al que han hecho esperar.

Cruzó el espacio partido en un instante y se plantó frente a ellos.

Vio a Retza abrazando a Feral.

Vio la energía rosada que los envolvía.

Vio lo que sus ojos divinos no podían malinterpretar.

Y por primera vez en eones, Omega se sintió…

traicionado.

—¿Retza?

—su voz perdió toda burla—.

¿Pero qué haces aquí?

Ella se irguió, interponiéndose entre Omega y Feral.

—Omega —dijo, y su tono no admitía discusión—.

Desiste de tu ataque a este mortal.

El dios de la destrucción observó a ambos.

Su mandoble, aún goteando la sangre de los caídos, tembló ligeramente en su mano.

—Ya veo —murmuró—.

Con que es tu protegido.

—Sus ojos rojos se entrecerraron—.

Retza, no sé cómo te las has arreglado para que el Inquisidor no te descubra.

Pero ese mortal es mío.

Y lo voy a destruir aunque tenga que pasar por encima de ti.

Retza no respondió con palabras.

Desplegó su aura.

La energía rosada surgió de su ser como un mar infinito.

Su cabello, negro azabache hasta ese momento, comenzó a erizarse, a vibrar, a cambiar.

Poco a poco, mechón a mechón, se tiñó de un rojo intenso, como el amanecer de un mundo que nunca existió.

El espacio a su alrededor se fracturó.

No se agrietó: se rompió en pedazos, como un espejo golpeado por un martillo.

Los fragmentos de realidad flotaron a su alrededor mientras su poder crecía, se expandía, lo envolvía todo.

Feral, desde el suelo, sintió el peso de su gloria.

Era hermosa.

Era aterradora.

Era la mujer que amaba mostrando por fin quién era realmente.

— En las sombras de la realidad, Yami y María observaban.

Sus cuerpos, ocultos a la percepción divina, no podían ocultar su asombro.

—No puedo creerlo —susurró Yami, y por primera vez su voz vacía tuvo un matiz de algo parecido al miedo—.

En serio piensa convocar toda su gloria hasta este plano.

María sonrió.

Esa sonrisa enigmática que nunca la abandonaba se ensanchó.

—Ciertamente, el poder del amor siempre me sorprende.

—Sus ojos brillaron—.

A ella no le va a importar si tiene que acabar con la misma creación con tal de defender aquello que ama.

Eso…

—rió suavemente—.

Eso es locura en máxima expresión.

La energía rosada de Retza surcó el espacio como un cuchillo caliente.

Los cielos se abrieron.

El espacio mismo se apartó, como si la creación entera supiera que debía hacerse a un lado.

Su fulgor rosado se podía distinguir desde todos los rincones del universo, como si una nueva estrella hubiera nacido.

Y entonces, habló.

Su voz no era la que Feral conocía.

No era la voz suave que susurraba secretos en la oscuridad.

Era una voz que llevaba eones dormida, una voz que había presenciado el nacimiento de mundos y el final de imperios.

—Entonces —dijo, y cada sílaba vibraba en los huesos de quienes la escuchaban—.

Ven por él…

si puedes.

Omega sonrió.

No era su sonrisa habitual, la del sádico que disfruta torturando.

Era otra cosa.

Una sonrisa de respeto, de emoción, de alguien que por fin encuentra un adversario a su altura.

Apretó su mandoble.

Lo levantó.

—¿Estás dispuesta a traer toda la gloria de tu poder, la que resides en el omniverso?

—preguntó—.

¿Sabes lo que les pasará a los planos inferiores cuando tu gloria se manifieste aquí?

—No me importa —respondió Retza—.

Quieres a mi lobo.

Tendrás que pasar por encima de mi gloria.

—Su mirada se clavó en él—.

¿Estás dispuesto?

Omega soltó una carcajada.

Pero no era una burla.

Era pura emoción.

—¿Acaso se te olvida —rugió— que yo también tengo mi gloria anclada al omniverso?

El aura morada surgió de su ser.

No fue como la de Retza.

No fue hermosa.

Fue terrible.

La energía morada cortó la realidad misma como si fuese mantequilla, abriéndose paso como un cometa hambriento.

El espacio se desgarró a su alrededor, mostrando los abismos entre dimensiones.

Ambas glorias estaban a punto de chocar.

El universo, el pobre universo que ya había sufrido tanto, comenzó a resquebrajarse.

Era como acercar una antorcha a un trozo de mantequilla: la realidad se diluía por el calor de dos poderes divinos enfrentados.

Y entonces, algo más aterrador sucedió.

La realidad se plegó.

No se rompió, no se agrietó, no se diluyó.

Se plegó.

Como un acordeón, como un libro que alguien abre por la página exacta, los planos de existencia se doblaron uno sobre otro hasta que un ser emergió de entre ellos.

La luz dorada inundó todo.

No era como el rosado de Retza, ni como el morado de Omega.

Era un dorado antiguo, absoluto, que no pedía permiso para existir.

Cuando tocó las auras de los dioses, estas no resistieron: simplemente se apagaron, como velas frente al sol.

El ser se materializó.

Era humanoide, pero no había nada humano en él.

Su presencia era la de la ley hecha carne, la del orden personificado.

Cuando habló, su voz no resonó: simplemente fue, y todo lo demás calló.

Los dos dioses se frenaron en seco.

Sus glorias se desvanecieron como si nunca hubieran existido.

Y al unísono, con un temor que no habían sentido en milenios, susurraron: —El Inquisidor.

— Cayeron de rodillas.

Ambos.

El dios de la destrucción y la diosa del amor, postrados ante la máxima autoridad divina.

El Inquisidor los observó.

Su mirada no juzgaba: simplemente constataba.

—Diosa del amor —dijo, y su voz era el veredicto del universo—.

Dios de la destrucción.

Han violado una de las leyes divinas fundamentales.

Los dioses tienen prohibido pelear entre ellos, ya que esto puede causar la destrucción de la creación.

—Una pausa—.

¿Cómo responden a este acto?

Omega habló primero.

Su voz, antes arrogante, ahora era medida, respetuosa.

—Mi señor, yo estaba cumpliendo mi deber.

Los dioses del destino y del tiempo me encomendaron destruir a ese mortal.

—Señaló a Feral, que yacía en el suelo—.

Pero la diosa del amor irrumpió en mi labor.

Además, la acuso de haberle dado su bendición y protección a un mortal, violando así nuestras leyes.

El Inquisidor dirigió su atención a Retza.

—Diosa del amor —dijo—.

He seguido muy de cerca las acciones de este mortal.

Sospechaba que alguien lo protegía.

Pero de todos los dioses…

—su tono se endureció— jamás pensé que tú te rebajarías hasta este nivel.

Queda demostrado que eres culpable de los crímenes que se te acusan.

Retza se levantó.

No pidió permiso.

No esperó una orden.

Se puso de pie y miró al Inquisidor directamente a los ojos.

—¿Y de qué se me acusa?

—preguntó, y su voz era firme—.

¿De querer amar?

¿De querer tocar un poco de libertad?

¿De querer amar sin imposición?

—Dio un paso al frente—.

¿De qué me sirve ser la diosa del amor si no puedo ser partícipe de ese mismo amor?

El Inquisidor no se inmutó.

—Retza —dijo, y su tono era el de un juez que ya ha dictado sentencia—.

Sabes bien lo que te haré.

Las leyes son las leyes.

Ningún dios está por encima de ellas.

Retza extendió los brazos.

—Proceda como quiera —desafió—.

Pelearé si es necesario.

Pero no me arrodillaré una vez más ante ti.

Y liberó su poder.

Todo su poder.

El que había contenido durante milenios.

El que había guardado celosamente para no dañar la creación.

La tormenta nebular de color rosado inundó el universo, tiñendo galaxias enteras, llegando a los confines de la existencia.

El Inquisidor movió una mano.

Dos anillos dorados surgieron de la nada.

Uno atrapó las muñecas de Retza.

Otro, sus tobillos.

El poder de la diosa del amor se desvaneció como si nunca hubiera existido, absorbido por la luz dorada.

Retza cayó, presa.

El Inquisidor la sostuvo con su mirada.

—Dios de la destrucción —ordenó—.

Continúa con tu trabajo.

Una grieta interdimensional se abrió.

El Inquisidor tomó a Retza y, sin una palabra más, se la llevó al reino de los dioses.

—¡RETZA!

—el grito de Feral desgarró el aire—.

¡MI AMOR!

Ella lo miró por última vez.

Sus labios formaron una palabra silenciosa: “Perdóname”.

Y desapareció.

— Omega se volvió hacia Feral.

El lobo yacía en el suelo, arrastrándose, llorando, gritando el nombre de su amada.

Su dolor era tan inmenso que ni siquiera un dios podía ignorarlo.

Pero Omega no era un dios compasivo.

—Ya cállate, desgraciado —dijo, y su pie se posó sobre el pecho de Feral.

Feral forcejeó, intentó levantarse, intentó seguir gritando.

Pero Omega alzó su mandoble, lo sostuvo un instante sobre la cabeza del lobo caído, y entonces…

Lo hundió.

La hoja atravesó el corazón de Feral.

La energía morada comenzó a recorrer su cuerpo, destructiva, definitiva.

Feral sintió cómo sus células dejaban de funcionar, cómo su alma comenzaba a desprenderse de su carne, cómo la oscuridad se cerraba a su alrededor.

Pero en su mente, una sola palabra se repetía.

Salvarla.

Salvarla.

Salvarla.

—Yo quiero salvarla —susurró, mientras la muerte lo envolvía—.

Yo quiero salvarla.

Yo la salvaré.

Perdió la conciencia.

Y entonces, algo despertó.

— La energía negra surgió de su cuerpo.

No era como la energía destructiva de Omega.

No era como la energía purificadora de sus Garras Blancas.

Era otra cosa.

Algo más profundo.

Más antiguo.

Más primordial.

La energía morada de Omega retrocedió ante ella, como si tuviera miedo.

El cuerpo de Feral se cubrió de negro.

Y luego comenzó a crecer, a expandirse, a extenderse hasta el espacio mismo, tiñendo las estrellas, devorando la luz.

GRRRRRRR ROOOOOOFFFF No fue un rugido.

Fue energía.

Energía pura, liberada en su máxima expresión.

No vibraba en el aire porque no necesitaba aire.

Vibraba en la realidad misma, en los huesos de los planetas, en la sangre de las estrellas.

Omega observó, y por primera vez en su existencia eterna, sus ojos rojos se abrieron con algo que nunca había experimentado.

Emoción.

—¿Qué…?

—murmuró, y su voz tembló ligeramente—.

¿Qué es esto?

La energía negra seguía creciendo.

Y en el centro de ella, Feral, el lobo muerto, el semidiós caído, el hombre que había amado a una diosa prohibida, comenzó a abrir los ojos.

Ya no eran negros.

Eran dorados.

Omega sonrió.

Una sonrisa terrible, hambrienta, emocionada.

—Así que esto eras —susurró—.

Así que esto estabas escondiendo.

Apretó su mandoble.

—¡VAMOS, PEQUEÑO SEMIDIÓS!

—rugió—.

¡MUÉSTRAME DE QUÉ ERES CAPAZ!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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