Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 53
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
53: El Despertar De La Bestia 53: El Despertar De La Bestia La energía negra se disipó lentamente, como una niebla que huye del amanecer.
Y en su lugar, una criatura emergió.
Era un lobo.
Pero no un lobo como los que caminaban por los mundos mortales.
Este medía cuatro metros de altura, una mole de músculo y furia que parecía esculpida en pesadillas.
Su pelaje era gris, del color de las tormentas en mares infinitos.
Sus ojos, dos ascuas rojas como el hierro al rojo vivo, miraban sin rastro de humanidad.
Y sus garras y dientes, grandes y amarillos, habían sido forjados para desgarrar dioses.
No era Feral.
Era algo que había estado dormido dentro de él, esperando el momento exacto para despertar.
Una bestia salvaje con energía divina.
Omega la observó.
Por un instante, sus ojos rojos se abrieron con algo que podría haber sido admiración.
—¿Así que esta es tu verdadera forma?
—preguntó, y en su voz no había burla, solo reconocimiento—.
No importa.
Aún te destruiré.
Su sonrisa siniestra volvió a dibujarse en su rostro de calavera.
El lobo respondió.
No con palabras.
No podía.
Lo que surgió de sus fauces fue un rugido que no era sonido, sino energía pura.
Una onda que alteró la realidad en sus niveles más fundamentales.
Como cuando una piedra cae en un estanque tranquilo y las ondas lo perturban todo, el rugido del lobo se expandió a través del tejido de la existencia.
Las estrellas parpadearon y se apagaron.
Las galaxias temblaron.
El universo mismo, ese pobre universo que ya había sufrido tanto, se arrodilló ante el aullido de la criatura.
Omega no esperó más.
Levantó su mandoble y canalizó su esencia.
Una descarga de energía morada surgió del arma, directa hacia el lobo.
El impacto fue tan poderoso que deformó el espacio a su alrededor, creando remolinos de realidad distorsionada.
La energía destructora chocó contra el rugido.
Y ninguna quiso ceder.
Ambas fuerzas se enfrentaron en un duelo de voluntades divinas.
La energía morada intentaba corroer, aniquilar, borrar.
El rugido del lobo intentaba imponer su voluntad sobre la existencia misma.
El punto de contacto entre ambos poderes se volvió incandescente, inestable, imposible.
Y entonces, la realidad se quebró.
Como un vidrio sometido a una presión insoportable, el universo se astilló.
Todo lo que había sido —las estrellas, los planetas, los restos de la batalla, los ecos de los caídos— dejó de existir.
Solo quedaron dos seres flotando en la nada primordial: Omega, el dios de la destrucción.
Y el lobo, la bestia en la que Feral se había convertido.
— No hubo tregua.
El lobo se lanzó contra Omega con una velocidad que desafiaba la lógica.
Sus movimientos eran los de un depredador perfecto: rápidos, precisos, letales.
Garras y colmillos buscaban la carne del dios con hambre antigua.
Omega esquivó el primer zarpazo por milímetros.
El segundo lo rozó, dejando una estela de energía negra en el espacio.
El tercero no pudo esquivarlo del todo, y sintió el impacto en su costado.
Por primera vez en eones, Omega sintió dolor.
Y sonrió.
—¡ASÍ SE HACE!
—rugió, y devolvió el golpe con su mandoble.
El choque de sus ataques creó ondas de choque que barrieron realidades enteras.
Universos lejanos parpadearon y se apagaron.
Dimensiones enteras se desintegraron ante la violencia del combate.
El espacio-tiempo se disipaba con cada golpe, con cada zarpazo, con cada rugido.
El lobo no retrocedía.
Sus heridas se cerraban casi al instante, alimentadas por una energía divina que no reconocía límites.
Sus ojos rojos no mostraban fatiga, ni miedo, ni duda.
Solo hambre.
Solo furia.
Solo el deseo primordial de destruir a su enemigo.
Omega, por su parte, comenzaba a comprender.
—No eres Feral —murmuró entre golpes—.
Eres algo más.
Algo que él escondía.
—Esquivó un zarpazo que habría partido un universo—.
¡ALGO DIGNO DE SER DESTRUIDO!
Decidió terminar con aquello.
Se separó de un salto, creando distancia.
Levantó su mandoble con ambos brazos y canalizó toda su gloria, toda su esencia, todo su ser en un solo ataque.
La hoja se envolvió en una flama morada tan intensa que quemaba la realidad solo con existir.
—¡MUERE!
—gritó, y descendió sobre el lobo con toda la furia de un dios que ha encontrado por fin un adversario a su altura.
El lobo no huyó.
No podía.
No quería.
Reunió cada partícula de su ser, cada átomo de energía divina, cada rugido que había contenido durante milenios, y lo liberó en un solo aullido.
El rugido sacudió los cimientos del multiverso.
La hoja del mandoble chocó contra la barrera de energía del rugido.
Y el universo entero contuvo el aliento.
La explosión que siguió no fue como ninguna otra.
No fue fuego, no fue luz, no fue destrucción.
Fue la aniquilación de la realidad tal como se conocía.
Las grietas en el espacio-tiempo se abrieron como bocas hambrientas.
Universos enteros fueron borrados.
Dimensiones colapsaron.
Cuando la luz finalmente se disipó, solo quedaba un vacío.
Un agujero negro, inmenso y hambriento, devoraba los restos de lo que había sido la batalla.
Y en su centro, nada.
O eso parecía.
— Feral abrió los ojos.
Estaba acostado.
El suelo bajo su espalda era blanco.
Blanco como la nieve, como la luz, como la ausencia de todo color.
Miró a su alrededor y vio paredes igualmente blancas, un techo blanco, un espacio sin sombras ni ángulos.
No recordaba cómo había llegado allí.
Lo último que su mente pudo recuperar fue el mandoble de Omega atravesando su corazón.
Luego, imágenes fragmentadas: un lobo gris, ojos rojos, garras amarillas, un rugido que rompía estrellas.
Vestigios de una bestia feroz golpearon su mente como cuchillas.
Pero eso no era lo que más dolía.
Lo que más dolía era lo otro.
Los cuerpos de sus amigos.
Las muertes que había presenciado.
La sangre de Lirian en sus brazos.
El corazón de Leo en la mano de Omega.
Vikthor, consumido por las llamas.
Perla, empalada, su sangre escurriendo por el mandoble.
Y Retza…
Retza, llevándose la mano al pecho mientras el Inquisidor la arrastraba a través de una grieta.
Retza, susurrando “Perdóname” con los labios.
Cada recuerdo era un puñal clavado en su corazón.
Feral quiso gritar, quiso llorar, quiso romper algo.
Pero no tenía fuerzas.
Su cuerpo humano, frágil y pequeño en aquella inmensidad blanca, apenas podía mantener los ojos abiertos.
Y entonces, una voz rompió el silencio.
—Hola, hijo mío.
Feral giró la cabeza tan rápido que sintió un latigazo en el cuello.
Y vio lo que cambiaría su vida para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com