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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 54

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54: El Padre 54: El Padre La habitación blanca se extendía hasta donde alcanzaba la vista, un infinito sin sombras ni ángulos donde el tiempo parecía no existir.

Feral estaba de pie, confundido, dolido, roto.

Y frente a él, una figura que nunca había visto pero que, de alguna manera, reconoció al instante.

Era un hombre de piel oscura como la suya, perfectamente perfilada, como esculpida por un artista divino.

Su cabello caía en rastas blancas como la nieve, contrastando con la profundidad de su tez.

Sus ojos eran azules, del color de los cielos en los mundos que ya no existían.

Y vestía un traje multicolor, una explosión de tonalidades que parecían moverse con vida propia, reflejando una libertad sin ataduras.

Aelar, dios de la libertad, observaba a su hijo con una mezcla de amor, nostalgia y algo que podría haber sido culpa.

—Hola, hijito —dijo, y su voz era cálida, como un abrazo que llevaba veintitantos años esperando—.

Tanto tiempo esperando para verte.

Feral abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—¿Me…

me llamas hijo?

—su voz era un susurro quebrado—.

¿Acaso tú eres…

mi…

pa…

padre?

—Sí —respondió Aelar, y sus brazos se abrieron en un gesto de bienvenida—.

Soy…

No terminó la frase.

El puño de Feral impactó contra su rostro con la fuerza de veintitantos años de abandono, de soledad, de preguntas sin respuesta.

El dios de la libertad se tambaleó, llevándose una mano a la mejilla.

—¿DÓNDE ESTABAS?

—el grito de Feral rasgó el silencio infinito—.

¿DÓNDE ESTABAS CUANDO TE NECESITÉ?

Aelar no respondió.

Solo lo miró.

—¿POR QUÉ NO SALVASTE A MI MADRE CUANDO KONRRAC LA ASESINÓ?

—cada palabra era un puñal—.

¿DÓNDE ESTABAS TODOS ESOS AÑOS DE TORTURA?

¿MIENTRAS ME ENTRENABAN PARA SER UN MONSTRUO?

¿MIENTRAS ME HACÍAN CREER QUE NADIE ME QUERÍA?

Las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, pero no dejaba de gritar.

—¿POR QUÉ NO PROTEGISTE EL MUNDO DONDE YO NACÍ?

¿POR QUÉ APARECES AHORA?

—se acercó, agarró a Aelar por su traje multicolor—.

¿QUIÉN DEMONIOS ERES?

¿POR QUÉ EMBARAZASTE A MI MADRE?

¿QUÉ QUIERES?

¿QUÉ ESPERAS CONSEGUIR CONMIGO?

El puño se levantó de nuevo, listo para golpear.

—¿POR QUÉ…?

—su voz se rompió—.

¿Por qué después de tantos años…

ahora es que te apareces?

Aelar se tocó la mejilla donde el golpe había impactado.

Por un instante, algo brilló en sus ojos azules.

Dolor, quizás.

O comprensión.

—Por todos los universos —murmuró—, eres igual a tu madre.

Llevas ese fuego en el interior.

—¡NO TE ATREVAS A HABLAR DE MI MADRE!

—Feral lo sacudió con furia—.

¡LA ABANDONASTE A SU SUERTE!

¡PUSISTE UN HIJO EN SU VIENTRE Y DESAPARECISTE!

Su respiración era errática, sus ojos inyectados en sangre.

—He perdido mi mundo —dijo, y su voz bajó, volviéndose un susurro peligroso—.

He perdido a la familia que tanto me costó encontrar.

Tengo ira en mi corazón.

Y si tengo que destruir a todos los dioses con tal de saciar esa ira y recuperar a mi amor…

lo haré.

Sus ojos se clavaron en Aelar.

—Pero primero…

comenzaré contigo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Aelar lo miró.

No con miedo, no con enojo.

Con algo que Feral no había visto en ningún rostro divino hasta ahora: amor paternal.

—Te responderé todas tus preguntas —dijo con calma— si me sueltas primero y hablamos de una forma más tranquila.

—¿Tranquilo?

—Feral soltó una risa amarga—.

¿Cómo quieres que esté tranquilo después de todo lo que ha pasado?

¿Y vienes y te presentas así, como si nada?

Aelar se encogió de hombros, un gesto tan humano que descolocó a Feral.

—Bueno, bueno —dijo—.

Es que si no me dejas hablar y solo te dedicas a reprocharme…

¿cómo obtendrás las respuestas?

Déjame primero contestar tus preguntas.

Poco a poco sabrás quién soy.

Sonrió, y había algo cansado en esa sonrisa.

—Rayos, todos los mortales son iguales.

Están tan apresurados por que los dioses les respondan sus preguntas, que ni siquiera se detienen a escuchar las respuestas.

Feral lo soltó.

Dio un paso atrás.

—Habla —dijo, y su voz era acero—.

Pero si las palabras que salen de tu boca no me gustan…

acabaré contigo.

—Me parece justo —respondió Aelar, ajustándose el traje multicolor.

Respiró hondo.

Y comenzó.

—Mi nombre es Aelar.

Soy el dios de la libertad.

Miembro de la corte de los dioses internos.

Feral parpadeó.

Esas palabras…

Retza había dicho algo similar cuando se presentó.

Diosa del amor, miembro de la corte de los dioses internos.

—¿Eres el dios de la libertad?

—preguntó Feral, frunciendo el ceño—.

¿Y eso qué significa?

—Solía representar la libertad en todos sus sentidos —explicó Aelar—.

No solamente la libertad de los pueblos esclavizados.

También la libertad de pensamiento.

La libertad del amor.

La libertad de la injusticia.

La libertad sin fronteras.

Cualquier cosa, cualquier pensamiento, cualquier idea que fuera inspirada por la libertad…

ahí estaba yo.

Feral notó algo.

—¿Por qué hablas en tiempo pasado?

Como si ya no ejercieras tu labor.

Aelar lo miró con algo parecido al orgullo.

—Porque yo, al igual que muchos otros dioses…

ya no existimos como tal.

Feral dio un paso atrás.

—¿A qué te refieres?

¿Cómo que no existes?

Si estás aquí.

Te estoy viendo.

—Esto que ves de mí —Aelar se señaló— es solamente un último fragmento de mi antigua esencia.

Introduje este fragmento en tu madre cuando la conocí.

Y así fue como —sonrió—, ya adivinarás, se mezcló con su energía mortal, permitiendo que tú nacieras.

Feral sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—He estado esperando toda tu vida —continuó Aelar—.

Dentro de ti.

Te he observado.

He visto lo que has sufrido, lo que has vivido.

Pero como estoy dentro de ti, no podía hacer nada…

hasta que tú llegaras a este punto.

Hizo una pausa.

—No fue sino hasta que Omega atravesó tu cuerpo con su mandoble y destruyó lo mortal en ti, que me permitió liberarme.

Y ahora…

—sus ojos azules brillaron— siento que es el momento de revelarte los secretos de tu origen divino.

Feral sentía que su cabeza iba a estallar.

Demasiada información.

Demasiadas revelaciones.

Aelar debió notarlo en su mirada.

—Sé que tienes muchas preguntas —dijo—.

Lo noto en tus ojos.

Pero te las contestaré a su tiempo.

Primero…

lo primero.

Extendió un brazo y, de la nada, una pantalla se manifestó en el blanco infinito.

Feral contuvo el aliento.

Era la batalla.

Su batalla.

El lobo gris —él— destrozando todo a su paso, enfrentándose a Omega con una ferocidad que no recordaba haber sentido.

Universos colapsaban a su alrededor.

Realidades se desintegraban.

Los recuerdos golpearon su mente como cuchillas.

Había perdido el control.

La ira por sus amigos caídos, por Retza, por todo, había despertado algo.

Ese lobo gris que Retza mencionó durante su entrenamiento, el despertar de su energía divina…

había tomado el control.

Su conciencia había sido empujada a lo más profundo, y la bestia peleaba sola.

—No…

—susurró Feral—.

No lo recuerdo.

Solo sentía…

ira.

Mucha ira.

—Porque eso eras —dijo Aelar—.

Pura ira.

Pero ahora tienes que recuperar el control.

Feral lo miró, desesperado.

—¿C-cómo lo hago?

—su voz tembló—.

Solo siento que tengo mucha ira en mi corazón.

Quiero destruir a ese maldito dios.

Quiero despedazarlo…

Aelar puso una mano en su hombro.

—Lo entiendo —dijo, y su voz era tan cálida que dolía—.

Entiendo por lo que estás pasando.

Pero si continúas así, los dioses intervendrán.

La destrucción que están causando perturba la creación.

Y al Inquisidor no le gusta eso.

Podrían encarcelarte…

junto con tu amada.

Feral cayó de rodillas.

El impacto contra aquel suelo —si es que era un suelo— resonó en el silencio infinito.

Su puño golpeó una vez, dos veces, mientras las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Cómo me detengo?

—susurró—.

¿Qué debo hacer?

Dime el camino que debo seguir.

Aelar extendió su mano.

—Toma mi mano.

Feral dudó.

Un segundo.

Dos.

Las imágenes de la batalla seguían mostrando destrucción, caos, muerte.

Tomó su mano.

El entorno cambió.

Ya no estaban en la habitación blanca.

Estaban frente a él.

Frente al lobo.

La bestia gris, de cuatro metros de altura, ojos rojos como ascuas, garras y dientes amarillos, rugía con una furia que hacía temblar el espacio a su alrededor.

Escupía energía, destrozaba realidades imaginarias, buscaba algo que destruir.

Y cuando vio a Feral, se lanzó contra él.

Feral retrocedió, instintivamente.

Pero Aelar estaba detrás, firme.

—Debes hablar con tu propia energía —dijo el dios de la libertad—.

Debes hablar con tu lobo.

Calmarlo.

Guiarlo.

Hacerle entender que hay otro camino.

Feral tragó saliva.

El lobo avanzaba, amenazante, sus fauces abiertas listas para despedazarlo.

Pero Feral no huyó.

Dio un paso al frente.

—Sé que estás molesto —dijo, y su voz temblaba, pero avanzaba—.

Lo sé.

Otro paso.

—Sé que tienes ira en tu corazón.

Yo también la tengo.

El lobo rugió, pero no atacó.

—Luchamos tanto…

—la voz de Feral se quebró—.

Luchamos tanto para ya no estar solos.

Para pertenecer a algún lado.

Para ser parte de una manada que nos apoyara, que nos respetara.

Las imágenes pasaron por su mente.

Leo.

Perla.

Vikthor.

Lirian.

Todos los que habían muerto.

—Conseguimos el amor —susurró—.

Conseguimos una familia.

Gente que no nos veía como bestias, sino como…

como seres humanos.

El lobo bajó ligeramente la cabeza.

—Ya no veía odio en los corazones de las personas.

Ya no veía miedo en sus miradas.

—Las lágrimas caían—.

Y ahora…

todo está perdido.

Un sollozo.

—Sé que quieres destruirlo todo.

Y créeme…

se lo merecen.

Se merecen nuestra ira.

Se merecen nuestra destrucción.

El lobo gruñó, asintiendo.

—Pero…

—Feral dio el último paso.

Estaba frente a él, a centímetros de sus fauces—.

Pero ¿cuántos más pagarían por eso?

¿A cuántas familias destruiríamos?

¿Cuántos hermanos, cuántos hijos más tendremos que matar para poder detenernos?

El recuerdo de Gor.

De Edwiin.

De los Terrorres caídos.

De Konrrac, al que perdonó antes de matarlo.

—Ya no quiero más muertes —susurró Feral—.

Ya no quiero más sangre.

Ya no quiero…

Extendió su mano.

El lobo lo miró.

Sus ojos rojos, llenos de furia, de dolor, de siglos de soledad contenida, encontraron los de Feral.

Y entonces, algo cambió.

El lobo bajó la guardia.

Inclinó la cabeza.

Y Feral, con una suavidad que no sabía que poseía, tocó su hocico.

Todo se volvió claro.

— En el campo de batalla, Omega sonrió.

El lobo gris se había detenido.

Su energía comenzaba a disiparse, y en su lugar, la figura de Feral —en forma humana— emergió lentamente.

Pero algo estaba mal.

Feral no estaba preparado para el vacío.

El espacio a su alrededor no tenía aire, no tenía calor, no tenía nada que sustentara su forma mortal.

Comenzó a ahogarse, su cuerpo convulsionándose en la nada.

Omega vio su oportunidad.

—¡AHORA!

—rugió, y levantó su mandoble, listo para asestar el golpe final.

Algo pasó frente a sus ojos.

Una luz.

Un destello.

Y cuando su visión se despejó, Feral ya no estaba.

El grito de Omega desgarró la realidad.

—¡¿QUIÉN?!

—rugió, su mandoble golpeando el vacío con furia—.

¡¿QUIÉN SE ATREVIÓ A ARREBATARME MI VICTORIA?!

No hubo respuesta.

Solo el silencio de un universo destrozado, y la promesa de venganza en los ojos rojos del dios de la destrucción.

Quienquiera que hubiera salvado a Feral…

pagaría caro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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