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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 55

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  3. Capítulo 55 - 55 Las Diosas Y El Lobo
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55: Las Diosas Y El Lobo 55: Las Diosas Y El Lobo La frustración de Omega era un incendio que amenazaba con consumirlo.

Había visto a su presa escapar.

Había sentido el sabor de la victoria arrebatado de sus fauces en el último instante.

Y ahora, mientras flotaba en los restos de un universo que él mismo había destruido, dos presencias divinas se materializaron a su lado.

Kronos, dios del tiempo, con su barba plateada y sus ojos jóvenes cargados de siglos.

Kaliostros, dios del destino, con su belleza severa y sus manos siempre tejiendo hilos invisibles.

—Cumpliste tu misión a medias, Omega —dijo Kronos, y su voz era el reproche de la eternidad—.

Lograste destruir el mundo, sí.

Pero en el proceso…

—señaló los restos a su alrededor— destruiste también el universo.

Y lo que es peor, ni siquiera venciste al híbrido.

Se te escapó.

Omega se giró hacia ellos, su mandoble temblando en su mano.

La ira distorsionaba su rostro de calavera.

—¿Ya déjenme en paz?

—rugió—.

¿Acaso no ven que alguien se lo llevó?

¡Estoy casi seguro de que otro dios, aparte de la diosa del amor, lo está apoyando!

¡Solo alguien con poder divino podría burlar mis sentidos!

—Excusas —sentenció Kaliostros, sin inmutarse.

—Guarda tus reproches para la reunión —añadió Kronos.

Omega entrecerró sus ojos rojos.

—¿Qué reunión?

—El Inquisidor ha convocado a todos los dioses —respondió Kronos—.

Requiere nuestra presencia.

Y si tienes algo más que decir…

—una pausa cargada de intención— puedes decirlo ante él.

Sin ningún inconveniente.

Omega titubeó.

Por un instante, el dios de la destrucción, el ser que había aniquilado universos enteros por placer, sintió algo parecido al miedo.

El Inquisidor no era alguien a quien le gustara escuchar excusas.

Bajó el mandoble.

—Bueno —dijo, y su voz había perdido todo rastro de arrogancia—.

Está bien.

Vámonos.

No lo hagamos esperar.

— En otro lugar, Feral abrió los ojos.

La habitación ya no era blanca.

Tenía un tono grisáceo, casi metálico, como el interior de una fortaleza construida en la frontera entre dimensiones.

Se incorporó de golpe, su respiración agitada, y buscó con la mirada a la única persona que podía darle respuestas.

Aelar seguía allí.

—¿A dónde me has traído ahora?

—preguntó Feral, su voz todavía áspera por la falta de aire.

—Yo no he hecho nada —respondió el dios de la libertad, encogiendo sus hombros con ese gesto tan humano—.

Alguien te trajo aquí.

—¿Cómo que alguien?

Lo último que recuerdo es que me estaba ahogando.

Sentía cómo mi cuerpo sufría por la descompresión…

—Correcto.

Me disponía a proporcionarte protección cuando un velo oscuro te absorbió.

Te apartó del dios de la destrucción y te trajo hasta aquí.

Feral apretó los puños.

Las imágenes de la batalla, los gritos de sus amigos, la sangre, la muerte…

todo golpeaba su mente como un martillo.

Necesitaba golpear algo.

Necesitaba romper algo antes de perder el control.

Su puño impactó contra la pared gris.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—Cálmate —dijo Aelar.

—¿Cómo quieres que me calme?

—Feral se giró hacia él, y sus ojos brillaban con un dolor antiguo—.

¡Lo he perdido todo!

¡Después de tanto esfuerzo, después de tanto luchar por encontrar un lugar al que pertenecer…

lo he perdido TODO!

Aelar bajó la mirada.

—Te entiendo —dijo—.

Más de lo que crees, hijo.

—¡DEJA DE LLAMARME HIJO!

—el grito de Feral rasgó el silencio.

Aelar asintió lentamente.

Una tristeza profunda cruzó sus ojos azules.

—Está bien —respondió con calma—.

Te dejaré en paz.

Pero…

—levantó la vista— por favor, cuando vengan por ti, no les menciones nada sobre mí.

Feral abrió la boca para preguntar, pero la imagen de su padre comenzó a desvanecerse.

Los colores de su traje multicolor se diluyeron en el aire gris, y Aelar desapareció como si nunca hubiera estado allí.

—Espera…

—susurró Feral.

Pero ya era tarde.

Una puerta se abrió en el costado de la habitación.

No era una puerta normal.

Era una puerta imposible, un rectángulo de luz que no pertenecía a ninguna pared, que simplemente existía en medio de la nada.

Y a través de ella, dos figuras cruzaron el umbral.

Feral las reconoció de inmediato.

María, la diosa de la locura, con su piel blanca y su sonrisa enigmática, siempre presente como un recordatorio de que la cordura era solo una ilusión.

Y Yami, la diosa de la mentira, con su apariencia de colegiala japonesa, su piel de porcelana, su cabello negro azabache y esos ojos vacíos como pozos sin fondo.

—María…

Yami…

—Feral dio un paso hacia ellas—.

¿Saben algo de Retza?

¿De mi mundo?

¿La gente que vivía ahí…

siguen con vida?

María lo miró.

Por primera vez, su sonrisa enigmática se atenuó, dejando ver algo que podría haber sido seriedad.

—No, pequeño lobo —respondió—.

Tu amada ha sido llevada a lo más alto del omniverso.

De hecho, están convocando a todos los dioses para su juicio.

Feral sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Y con respecto a tu mundo…

—continuó María— ni siquiera el universo se salvó.

En tu lucha contra el dios de la destrucción, todo fue devastado.

Las palabras cayeron como una sentencia.

Todo.

Devastado.

Sus amigos.

La gente de Zulú.

Luna, la niña que le regaló la muñeca de su madre.

Karim, el hombre que intentó matarlo y terminó abrazándolo.

Aron, el anciano que le ofreció té.

Todos.

Y él había sido partícipe.

Su lucha, su ira, su falta de control…

habían contribuido a la destrucción.

El grito que surgió de su garganta no fue humano.

Su cuerpo se transformó, la bestia emergiendo sin permiso, y sus garras rasgaron el suelo metálico con una furia que hacía temblar la habitación.

Arañazos profundos quedaron marcados en la superficie, testigos de su dolor.

Luego, giró hacia las diosas.

—¡USTEDES ESTABAN AHÍ!

—rugió, su voz distorsionada por la forma bestial—.

¡SEGURO QUE ESTABAN OBSERVANDO!

¿POR QUÉ NO HICIERON NADA?

¿POR QUÉ NO LA AYUDARON?

Yami lo miró con sus ojos vacíos.

Su voz, cuando habló, era un susurro helado.

—La ayudamos durante más de seis meses.

La mantuvimos oculta del Inquisidor para que pudiera juguetear contigo.

—Cada palabra era un dardo—.

Creímos que sería suficiente para que entendieras lo que ella estaba arriesgando por ti.

Una pausa.

—Y sin embargo, decidiste enfrentarte al dios de la destrucción.

Aun cuando ella te advirtió que no lo hicieras.

—Sus ojos vacíos parecieron llenarse por un instante—.

Es tu culpa que la hayan secuestrado.

No de nosotras.

Feral la miró con rabia.

—Eres la diosa de la mentira, ¿verdad?

—gruñó—.

¿Qué te hace creer que tus palabras me reconfortan?

Yami no respondió.

Caminó hacia él.

Su forma de colegiala, tan pequeña, tan aparentemente inofensiva, contrastaba con la mole bestial que tenía al frente.

Pero no mostró miedo.

No mostró duda.

Cuando estuvo a su alcance, levantó una pierna.

La patada impactó contra el costado de la cabeza de Feral con una fuerza que no debería ser posible en un cuerpo tan pequeño.

El lobo cayó al suelo, su cráneo resonando contra el metal, sintiendo por un instante que su cabeza se desprendía de su cuerpo.

Jadeó en el suelo, aturdido.

Yami se agachó a su lado.

Su rostro, esa máscara de muñeca rota, se acercó al suyo.

Sus labios casi tocaban su oreja cuando susurró: —Vuelves a decirme algún reproche…

y te mataré.

Una sonrisa, la más mínima, curvó sus labios.

—Y créeme —añadió—.

Eso no es ninguna mentira.

Feral no pudo moverse.

No pudo responder.

Solo miró esos ojos vacíos y supo, con una certeza absoluta, que hablaba en serio.

María intervino.

Con una suavidad inesperada, tomó a Yami del hombro y la apartó de él.

—Cálmese, ustedes dos —dijo, y su voz era un bálsamo en medio de la tensión—.

Feral…

entendemos tu dolor.

Pero ahora las cosas son más difíciles.

Debemos plantearnos una estrategia.

Extendió una mano hacia él.

—Es por eso que he decidido presentarte a nuestra aliada.

Ven con nosotras.

Feral dudó.

Su cuerpo aún temblaba por el impacto, su orgullo estaba hecho pedazos, su dolor era un abismo.

Pero sabía que no podía enfrentarse a ellas.

No aquí.

No ahora.

Se levantó lentamente.

Su forma humana volvió a emerger, y caminó en silencio detrás de las diosas.

El pasillo era largo, iluminado, con paredes grises como el acero.

Ninguna de las dos dijo una palabra.

La tensión era tan densa que podía cortarse.

Mientras caminaba, Feral pensó: ¿Cómo es posible que sea tan pequeña y tenga tanta fuerza?

Ni Retza me golpeó tan fuerte…

—Eso es porque ella siempre se contenía con la cólera —dijo María sin volverse—.

Yami, en cambio, es la diosa de la mentira.

Ocultar su verdadera fuerza es parte de su naturaleza.

Feral se sobresaltó.

—¿Puedes leer mis pensamientos?

—Cualquier dios puede leer tus pensamientos —respondió María—.

La única diferencia es que nosotras los ocultamos.

Los pensamientos sobre Retza, sobre nosotras, sobre todo lo que podría delatarnos…

los mantuvimos velados.

Por eso Omega, aunque vio toda tu vida en un instante, no encontró información sobre nuestra existencia.

Feral iba a responder cuando una gran puerta apareció frente a ellos.

Se abrió lentamente.

Y al otro lado, sentada con una serenidad que helaba la sangre, había una mujer.

Su piel era blanca como la leche recién ordeñada.

Sus ojos, azules como el cielo más brillante después de una tormenta.

Y su cabello, dorado como el oro fundido, caía sobre sus hombros en cascadas de luz.

Era hermosa.

Aterradoramente hermosa.

La mujer se levantó con una gracia que no pertenecía a este mundo.

María extendió un brazo hacia ella.

—Feral —dijo—, te presento a la diosa de la anarquía.

La diosa sonrió.

Y en esa sonrisa había promesas de caos, de libertad sin límites, de mundos incendiados y renacidos de las cenizas.

—Hola, pequeño lobo —dijo, y su voz era música y tormenta a la vez—.

Tengo entendido que quieres recuperar a tu amada.

Feral tragó saliva.

—¿Tú puedes ayudarme?

La diosa de la anarquía inclinó ligeramente la cabeza.

—La pregunta no es si puedo —respondió—.

La pregunta es: ¿estás dispuesto a pagar el precio?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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