Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 57
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57: El Peso De Las Consecuencias 57: El Peso De Las Consecuencias La diosa de la anarquía lo miró con desafío, sus ojos azules brillando con una luz que no pertenecía a este mundo.
—Ya me expresaste tus deseos —dijo, y su voz perdió toda frivolidad—.
Quieres lograr lo que te propones, y eso está bien.
Pero ahora…
déjame decirte el riesgo que corres.
Y lo que puedes perder, tanto si ganas como si pierdes.
Feral dudó un instante.
Luego, finalmente, se sentó.
No dijo nada.
No hizo falta.
Su mirada, fija en Muhō, hablaba por sí misma: estoy escuchando.
La diosa tomó un sorbo de su bebida multicolor, saboreando el momento con una calma que contrastaba con la urgencia de Feral.
—Retza fue llevada a los dominios del Inquisidor —comenzó—.
Están en la dimensión más elevada del omniverso, más allá del tiempo, más allá de la comprensión mortal.
Allí se celebrará un supuesto juicio.
Hizo una pausa.
—Pero déjame decirte algo: esto no es un juicio.
No realmente.
No hay nadie que hable en su favor.
No hay defensa posible.
Esto es…
un espectáculo.
Una muestra de poder.
El Inquisidor será juez, jurado y verdugo.
Y los demás dioses…
solo espectadores.
Feral apretó los puños.
—Cabe destacar —continuó Muhō— que ella podría pasar más tiempo del que crees encerrada.
Podría llegar a olvidarte.
Podría olvidar quién era.
Feral se levantó de un salto, la furia encendiendo sus ojos.
—¡Por eso mismo debo detener ese juicio!
—exclamó—.
¡Ella lo arriesgó todo por mí!
¡Lo sensato es que yo la libere!
Muhō no se inmutó.
Inclinó la cabeza, jugueteando con su cabello dorado mientras movía su bebida en círculos.
Luego, posó su mirada en él con una seriedad nueva.
—Me parece bien —dijo—.
Pero es preciso que entiendas algo.
Se inclinó hacia adelante.
—Este juicio, y su posible encierro, son una demostración de poder del Inquisidor.
Liberarla no sería solo rescatarla.
Sería ponerlo en ridículo.
Y él…
irá con todo contra ti.
Feral sintió un escalofrío.
—Al mismo tiempo —prosiguió Muhō— estarías abriendo una grieta en su autoridad.
Y te aseguro que habrá dioses que aprovecharán esa grieta.
Así como habrá otros que tratarán de taparla, que se pondrán de su lado.
Se levantó lentamente, caminando alrededor de Feral mientras hablaba.
—Tú quieres luchar contra él por amor.
Eso es hermoso, pequeño lobo.
Pero ese conflicto traerá bandos.
Y los bandos…
generarán guerra.
Se detuvo frente a él, sus ojos azules clavados en los suyos.
—Ahora dime: ¿tienes conciencia de lo que significa una guerra entre dioses?
¿Para la creación?
¿Para los mortales?
Feral abrió la boca.
La cerró.
No.
No había pensado en eso.
—Tu pelea con Omega —continuó Muhō, y su voz era un susurro que pesaba como una montaña— no es nada comparada con una guerra de dioses.
Nada.
Esto sería infinitamente más caótico, más destructivo.
Hablamos de los cimientos mismos del omniverso.
Los pilares que lo sostienen.
Comenzó a enumerar con los dedos, como si recitara una profecía.
—El omniverso se pondrá de cabeza.
Los megaversos colapsarán.
Los multiversos se destruirán.
Los universos…
—hizo una pausa— se derretirán al calor de la batalla.
Feral contuvo el aliento.
Las imágenes que su mente proyectaba eran apocalípticas.
—Y los mortales, Feral —la voz de Muhō se volvió grave— sufrirán más de lo que sufrieron tus amigos a manos de Omega.
Dime…
¿estás dispuesto a correr ese riesgo?
¿A cargar con esas vidas?
Porque tus acciones, una vez iniciadas, ya no podrás detenerlas.
El silencio se extendió entre ellos como un abismo.
Feral tragó saliva.
Su voz, cuando encontró el valor para hablar, era un susurro roto.
—¿Y…
qué pasa si gano?
—preguntó—.
Si gano…
¿se podría revertir el daño?
¿Podré liberar a mi amada?
¿Mis amigos…
volverán?
Muhō lo miró largamente.
Luego, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—¿Si ganas?
—repitió, como si saboreara la palabra—.
Si ganas…
ese es otro problema.
Caminó hacia el horizonte imposible de su reino.
—Habría un vacío de poder.
El Inquisidor ha gobernado a los dioses durante incontables eras.
Muchos se han acostumbrado a su yugo.
Su caída podría causar más calamidades, más caos del que puedes imaginar.
Se volvió hacia él.
—Sin embargo…
—sus ojos brillaron— si ganas, te prometo que puedo ayudarte a revivir tu mundo.
A recuperar la vida que tenías.
Incluso tu amada podría estar contigo, sin nada que se lo impida.
La esperanza floreció en el pecho de Feral como una llama.
Pero Muhō no había terminado.
—Por otro lado…
—su voz se tornó severa, cortante como un cuchillo— si pierdes, Feral, no habrá mañana para nadie.
Ni para ti.
Ni para tu amada.
Ni para mí.
Ni para ningún otro dios.
El viento pareció detenerse a su alrededor.
—El dominio del Inquisidor quedará sellado para siempre.
Perfecto.
Inmutable.
Y la destrucción que genere el conflicto será un recordatorio eterno para aquellos que osen desafiarlo.
Feral se levantó de golpe.
Su cuerpo temblaba, pero no de miedo.
De determinación.
—¡No puedo perder!
—gritó, y su voz resonó en aquel reino sin reglas—.
¡No voy a perder!
¡Te lo prometo!
Muhō lo observó.
Por un instante, algo parecido al orgullo cruzó sus ojos azules.
Finalmente, se levantó de su asiento.
—Empecemos, entonces —dijo con una sonrisa—.
Ven conmigo.
Tomó su mano y lo condujo hacia el otro lado de su reino, hacia un destino que ninguno de los dos podía predecir.
Mientras tanto, en los dominios del Inquisidor…
La bóveda del firmamento se abrió como una herida en el tejido de la existencia.
No fue un sonido, no fue una luz: fue una certeza que se instaló en la conciencia de todo lo creado.
Los dioses estaban llegando.
Kaosu fue el primero en manifestarse, y con él llegó la contradicción.
Su cuerpo fluía entre la luz y la sombra sin decidirse por ninguna, como si el universo mismo dudara al darle forma.
A su paso, pequeñas grietas de desorden se abrían en la realidad, recuerdos que se desordenaban, causas que perdían sus efectos.
El caos primordial saludaba inclinando la cabeza, y el vacío a su alrededor pareció encogerse.
Chitsujo caminó detrás, y donde Kaosu sembraba entropía, él imponía estructura.
Su armadura de plata reflejaba una luz que no existía, y cada uno de sus pasos reordenaba el espacio que el caos había perturbado.
No se miraron.
No hacía falta.
Eran opuestos que se necesitaban, y su danza silenciosa mantenía el universo en equilibrio.
Entonces el horizonte tembló.
Mugen llegó sin llegar, porque lo infinito no puede contenerse en un lugar.
Su forma se extendía más allá de lo visible, más allá de lo imaginable, y los dioses más jóvenes apartaron la mirada, abrumados por la sensación de pequeñez que emanaba de él.
Entoropī se descompuso al materializarse, como si su propia esencia se resistiera a la existencia.
La descomposición inevitable, el desgaste de todas las cosas, se recompuso lentamente, y a su alrededor las piedras del castillo parecieron envejecer un instante antes de recuperarse.
Eien flotaba sin prisa.
Su luz dorada no brillaba: persistía.
Había visto nacer y morir infinitos ciclos, y vería nacer y morir los que vendrían.
No necesitaba apresurarse.
Shi se deslizó como un susurro.
Su velo negro no absorbía la luz, absorbía el sonido, la esperanza, el futuro.
Cuando pasó junto a otros dioses, estos sintieron un escalofrío que no pertenecía al frío, sino al recuerdo de su propio final.
Khronos avanzaba rodeado de esferas que giraban en ritmos distintos, cada una conteniendo un instante único.
El tiempo personificado observaba la asamblea con ojos que habían visto el nacimiento de aquellos dioses, y que verían su muerte.
Shinryoku emergió con martillos de luz danzando entre sus dedos.
El forjador, el creador, el arquitecto de las herramientas divinas, miraba cada estructura del castillo con ojo crítico, evaluando, aprendiendo.
Tamashī no Seimei brillaba con un fulgor cálido que contrastaba con la frialdad del lugar.
La vida personificada traía consigo el recuerdo de los mortales, de sus alegrías y sus penas, y por un instante el castillo pareció menos gélido.
Ch caminaba absorto, símbolos reordenándose constantemente sobre su piel.
El conocimiento vivo, la sabiduría en movimiento, no miraba a nadie porque ya sabía quiénes eran y qué harían.
Bōkyaku se desvanecía incluso mientras avanzaba.
Los dioses que cruzaban su mirada olvidaban por un instante lo que iban a decir, lo que habían venido a hacer.
El olvido se disculpó en silencio y se deslizó hacia un rincón, donde permanecería invisible hasta que alguien necesitara recordar.
Kariostros llegó como un eje imposible de torcer.
Su mirada era un camino sin bifurcaciones, una línea recta hacia lo inevitable.
A su paso, los hilos del destino se tensaban, recordando a todos que algunas cosas no pueden evitarse.
Yume flotaba envuelta en sueños que no pertenecían a nadie.
Visiones oníricas danzaban a su alrededor como mariposas de luz, y quienes la miraban sentían el impulso de cerrar los ojos, de dejarse llevar.
Zetsubō se arrastraba pegado a las sombras, sembrando semillas de desesperación dondequiera que pasaba.
No necesitaba hablar; su presencia bastaba para que los dioses más sensibles comenzaran a cuestionar el propósito de todo.
Yokubō brillaba con un magnetismo imposible de ignorar.
El deseo personificado atraía miradas, pensamientos, intenciones.
A su alrededor, incluso los dioses más puros sentían el impulso de querer, de anhelar, de poseer.
María rió sin sonido.
Su forma cambiaba con cada pensamiento ajeno, adaptándose, retorciéndose.
La locura observaba la asamblea con ojos que veían más allá de la cordura, y su sonrisa era un poema que nadie quería descifrar.
Omega descendió como una tormenta.
Su energía era la negación de toda forma, la promesa de que nada permanece.
Ocupó su lugar con la arrogancia de quien sabe que todos, eventualmente, serán polvo, y su mandoble golpeó el suelo del castillo con un eco que hizo temblar los cimientos.
Mukanjīn observaba sin mirar.
Su distancia era paz, su indiferencia, un escudo.
El desapego personificado no juzgaba, no esperaba, no temía.
Simplemente estaba.
Kūkyō era un hueco en la realidad.
El vacío, la nada, lo que existe entre las estrellas y entre los pensamientos.
Ocupaba un lugar sin ocuparlo, y los dioses evitaban mirarlo directamente, como si hacerlo pudiera absorberlos.
Nikushimi ardía con un fuego invisible.
Su odio no necesitaba causa, su rencor era antiguo, anterior a cualquier ofensa.
A su alrededor, el aire se volvía denso, pesado, irrespirable.
Shinkō irradiaba una luz que no pedía pruebas.
La fe personificada brillaba con la certeza de quien cree sin necesitar ver, y su presencia era un bálsamo para algunos, una afrenta para otros.
Utagai sembraba dudas con cada movimiento.
Una ceja levantada aquí, un gesto de incredulidad allá.
A su paso, los dioses más seguros comenzaban a preguntarse si realmente estaban seguros de algo.
Kibō llegó como un amanecer inesperado.
Su esperanza dolía por su pureza, por su insistencia en que todo podía mejorar incluso cuando todo indicaba lo contrario.
Algunos la recibieron con alivio; otros, con escepticismo.
Cirus caminaba como si cada paso fuera una decisión que el universo debía aceptar.
El juicio, la elección, el momento crucial.
Cuando ocupó su lugar, todos sintieron que algo importante estaba a punto de definirse.
Osore se arrastraba como el eco de una pesadilla.
El temor, el miedo, la inseguridad.
No necesitaba amenazar; bastaba con existir para que los demás recordaran aquello que más temían.
Heiwa flotaba como una melodía sin conflicto.
La paz calmaba las tensiones a su alrededor, aunque fuera solo por un instante.
Los dioses que la rodeaban respiraban más hondo, más lento.
Sensō irrumpió envuelta en gritos silenciosos.
La guerra, el conflicto, la violencia.
A su alrededor, las miradas se volvían más duras, los puños se cerraban, las viejas rivalidades despertaban.
Fusei se retorcía de rabia contenida.
La injusticia, el abuso, la desigualdad impuesta.
Miraba a los poderosos con rencor, a los débiles con desprecio, a todos con la certeza de que nada era justo.
Seigi se alzó frente a él, su luz equilibrando la balanza.
La justicia no juzgaba, solo pesaba.
Sus ojos veían más allá de las apariencias, y su presencia era un recordatorio de que, tarde o temprano, todo encuentra su equilibrio.
Hitsuyōsei palpitaba con urgencia.
La necesidad, lo indispensable, lo vital.
A su alrededor, los dioses sentían que el tiempo se acortaba, que las decisiones debían tomarse ya.
Byōdō se expandía como una ecuación perfecta.
La igualdad matemática, pura, innegable.
Donde ella estaba, no había privilegios ni diferencias; solo seres, idénticos en esencia.
Fubyōdō se retorcía a su lado, desequilibrada, incómoda.
La desigualdad, la diferencia, la ruptura del orden.
No podía estar quieta, no podía aceptar, siempre buscando la grieta por donde colarse.
Fukushū ardía con rencor milenario.
La venganza, la represalia, el castigo.
Sus ojos recorrían la asamblea buscando culpables, buscando deudas pendientes, buscando sangre.
Yurushi extendió una mano hacia él, ofreciendo calma.
El perdón, la absolución, la misericordia.
No pedía nada a cambio, solo ofrecía.
Y Fukushū apartó la mirada, porque era más fácil odiar que aceptar.
Shinjitsu era transparente.
La verdad no necesitaba palabras, no necesitaba pruebas.
Su sola existencia era revelación, y quienes la miraban se veían reflejados sin máscaras, sin excusas.
Yami sonrió desde las sombras.
La mentira, el engaño, la falsedad.
Nadie sabía exactamente dónde estaba, pero todos sentían que observaba.
Su sonrisa era un secreto que nunca sería revelado.
Luminara descendió como un amanecer.
Su energía primordial iluminaba hasta los rincones más oscuros, y a su paso las sombras de Yami se encogieron, resentidas.
Shikō caminaba absorto en sus reflexiones, cada pensamiento materializándose en formas efímeras a su alrededor.
Ideas que nacían y morían en instantes, conceptos que nunca llegarían a compartirse.
Zentai era todo y nada a la vez.
La totalidad, lo absoluto, lo completo.
Ocupaba más espacio del que su cuerpo sugería, porque contenía en sí mismo la esencia de todos los demás.
Shin’ei se miraba en cada dios que pasaba, encontrando reflejos de su propia identidad en cada uno.
La esencia, el yo, lo que hace que cada ser sea único y sin embargo parte de un todo.
Gūzen saltaba de un lugar a otro sin patrón, sin razón.
El azar, la casualidad, lo inesperado.
Nadie podía predecir dónde aparecería a continuación, ni qué consecuencias traería su presencia.
Hikari y Dunkelheit llegaron juntos.
La luz y la oscuridad, la claridad y el misterio.
Donde uno revelaba, el otro ocultaba.
Donde uno mostraba el camino, el otro guardaba los secretos.
Eran opuestos, pero también complementos.
Rizumu marcaba el pulso con sus dedos, y el universo latía al compás.
La cadencia, el movimiento, el ritmo de la existencia.
A su alrededor, todo fluía con una armonía secreta.
Hozon permanecía inmutable.
Lo duradero, lo estable, lo que desafía al tiempo y al olvido.
Mientras los demás dioses cambiaban, se movían, evolucionaban, él simplemente era.
Y seguiría siendo.
El silencio cayó sobre la asamblea.
No todos hablarían.
No todos debían hacerlo.
Algunos estaban allí solo para presenciar, para recordar, para influir sin palabras.
La reunión no era un diálogo: era una convergencia.
Un momento en que el cosmos se miraba a sí mismo y decidía si debía continuar.
El castillo de cristal refulgente parecía expandirse para acomodarlos a todos, cada dios encontrando su lugar en la majestuosa estructura.
Las miradas se cruzaban, las energías se rozaban, las historias milenarias se recordaban en silencio.
En el centro de todo, el Inquisidor esperaba.
Su figura era imponente y radiante.
Su trono de cristal parecía hecho de luz solidificada.
Cuando habló, su voz no resonó en el aire —porque allí no había aire— sino directamente en la conciencia de cada ser presente.
—Dioses del cosmos —dijo, y cada palabra era un pilar del universo—.
Hemos sido testigos de un acto de destrucción monumental.
Omega, has cumplido tu tarea, pero te has excedido.
La creación misma se ve afectada por tus acciones.
Su mirada recorrió la asamblea.
—Pero no es por eso que los he convocado.
Una pausa.
El silencio se hizo absoluto.
—Los he convocado a este juicio —proclamó—.
El juicio de la diosa del amor.
Un murmullo invisible recorrió la asamblea.
Algunos dioses se inclinaron hacia adelante, otros cruzaron miradas cómplices, otros simplemente esperaron.
—Se le acusa de interferir en la labor del dios de la destrucción.
De haber peleado con él.
De interferir en el destino de un mortal sin permiso.
—Cada acusación caía como una losa—.
Se le acusa de sostener una relación amorosa con dicho mortal.
Y de haber, con sus acciones, cambiado un punto fijo en el flujo del tiempo.
El Inquisidor se levantó lentamente.
—Que la traigan —ordenó.
Y el omniverso entero contuvo la respiración.
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