Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 58

  1. Inicio
  2. Hasta los dioses se arrodillan
  3. Capítulo 58 - 58 El Juicio De La Diosa
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

58: El Juicio De La Diosa 58: El Juicio De La Diosa El castillo de cristal refulgente parecía contener en sus paredes la memoria de todas las estrellas que alguna vez habían existido.

Los dioses ocupaban sus lugares en un silencio que pesaba más que cualquier universo, sus presencias colosales reducidas a la espera, a la observación, al temor disfrazado de reverencia.

En el centro, sobre un trono que no estaba tallado sino pensado en luz solidificada, el Inquisidor aguardaba.

Su figura era imposible de mirar directamente durante demasiado tiempo.

No porque cegara, sino porque quien lo miraba sentía que estaba siendo juzgado, medido, encontrado falto.

Su rostro, si es que podía llamarse así, cambiaba según quién lo observara: para unos era anciano, para otros joven, para algunos una mezcla de todos los rostros que habían existido.

Pero sus ojos…

sus ojos eran siempre los mismos.

Dos abismos dorados que no pedían, exigían.

—Que la traigan —había ordenado.

Y ahora, las puertas de cristal se abrían.

Retza apareció entre dos figuras encapuchadas, seres sin nombre ni rostro cuya única función era la custodia.

Cadenas de luz dorada ataban sus muñecas, sus tobillos, su cuello.

No eran cadenas comunes: cada eslabón era una runa de supresión, diseñada para anular incluso el poder de una diosa.

Su cabello, antes negro azabache, había perdido brillo.

Su piel blanca como porcelana estaba pálida, casi translúcida.

Pero sus ojos…

sus ojos aún ardían.

Caminó con la cabeza erguida hacia el centro de la sala, donde un círculo de luz la esperaba.

Cuando se detuvo, las cadenas se anclaron al suelo con un sonido que no fue sonido, sino una vibración en la conciencia de todos los presentes.

El Inquisidor la observó en silencio durante un largo momento.

Luego, se levantó.

—Diosa del amor —dijo, y su voz era como el roce de dos placas tectónicas—.

Has sido traída ante este consejo para responder por tus actos.

Caminó lentamente alrededor de su trono, cada paso marcando un énfasis que no necesitaba palabras.

—No soy un tirano —afirmó, y su tono era casi paternal—.

No soy un dictador que impone su voluntad por capricho.

Soy el guardián del equilibrio.

El pastor que vela porque el rebaño no se despeñe por el abismo.

Se detuvo frente a ella.

—Y tú, hija mía, has saltado voluntariamente.

— Un murmullo recorrió la asamblea.

Algunos dioses inclinaron la cabeza, otros cruzaron miradas, otros permanecieron impasibles.

—Se te acusa —proclamó el Inquisidor, y su voz se elevó sin esfuerzo, llenando cada rincón del castillo— de interferir en la labor del dios de la destrucción.

De haberlo enfrentado directamente, violando la ley divina que prohíbe el conflicto entre iguales.

Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran.

—Se te acusa de haber protegido a un mortal, alterando su destino y cambiando un punto fijo en el flujo del tiempo.

Un acto que ningún dios tiene derecho a cometer sin autorización expresa.

Otro paso.

Otra pausa.

—Se te acusa de haber sostenido una relación amorosa con dicho mortal.

De haber puesto tus sentimientos personales por encima de tus responsabilidades divinas.

De haber…

—su voz adquirió un matiz de decepción— contaminado tu esencia con lo efímero.

Retza no respondió.

Sus ojos, sin embargo, nunca abandonaron los del Inquisidor.

—Y finalmente —concluyó él— se te acusa de haber provocado, con tus acciones, la destrucción de un universo entero.

Porque sí, diosa del amor, aunque no hayas empuñado el arma, tu interferencia desencadenó los eventos que llevaron a Omega a excederse en su labor.

Omega, desde su lugar, esbozó una sonrisa siniestra.

No dijo nada.

No necesitaba.

El Inquisidor volvió a su trono, pero no se sentó.

Permaneció de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de cristal, como un padre que observa a sus hijos después de una travesura.

—Sin embargo —dijo, y su tono cambió, volviéndose casi indulgente— no soy injusto.

No soy un juez que condena sin dar oportunidad de defensa.

Por eso, diosa del amor, te concedo la palabra.

Un murmullo de sorpresa recorrió la asamblea.

Algunos dioses parecían genuinamente asombrados de que se le permitiera hablar.

— Antes de que Retza pudiera abrir la boca, una voz se elevó desde entre los presentes.

—Si me lo permite, señor —dijo Chitsujo, dios del orden, inclinándose ligeramente—.

Creo que deberíamos escuchar a quienes puedan arrojar luz sobre el carácter de la acusada.

Hay aquí quienes la conocen mejor que nosotros.

El Inquisidor lo miró largamente.

Luego, con un gesto magnánimo, asintió.

—Hablen, entonces.

Que sus palabras sean consideradas.

Khronos, dios del tiempo, fue el primero en adelantarse.

Su barba plateada parecía contener siglos, y sus ojos jóvenes miraban con una mezcla de compasión y resignación.

—Conozco a Retza desde antes de que existiera el tiempo tal como lo conocemos —dijo, y su voz arrastraba el peso de las eras—.

Siempre ha sido…

apasionada.

Siempre ha amado con una intensidad que a veces roza lo imprudente.

Pero nunca, hasta ahora, había desobedecido las leyes.

Hizo una pausa.

—No la excuso.

Pero sí pido que se considere que su falta nace de su propia esencia.

Ella es el amor.

¿Podemos condenarla por ser lo que es?

—Podemos y debemos —interrumpió Kariostros, dios del destino inevitable, su voz como una hoja cayendo— cuando ese ser pone en riesgo el equilibrio de todo lo creado.

El amor es hermoso, Khronos, pero el amor sin control es caos.

Y el caos…

—miró de reojo a Kaosu, que observaba en silencio— no es bienvenido en este orden.

—¿No es bienvenido?

—la risa de María resonó como campanas rotas—.

¡Pero si el orden solo existe porque el caos lo desafía!

¡Somos opuestos que se necesitan!

¿O acaso crees, Kariostros, que tu destino significaría algo si no hubiera incertidumbre que lo contraste?

El Inquisidor levantó una mano, y el silencio volvió.

—Continúen.

Yami emergió de las sombras con la lentitud de una pesadilla que se materializa.

Su forma de colegiala, tan pequeña, tan aparentemente inofensiva, contrastaba con el peso de sus palabras.

—Yo la ayudé a ocultarse —dijo, y su voz era un susurro que helaba la sangre—.

Durante seis meses, María y yo la protegimos de la mirada del Inquisidor.

¿Saben por qué?

Se paseó entre los dioses, sus ojos vacíos recorriendo la asamblea.

—Porque vimos en ella algo que este lugar ha olvidado.

Algo que ustedes, todos ustedes, sacrificaron cuando aceptaron las cadenas del orden.

Se detuvo frente al Inquisidor.

—Vimos libertad.

El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse.

Omega soltó una carcajada.

—¡Libertad!

—exclamó, batiendo sus alas con desprecio—.

¡Habla la diosa de la mentira!

¿Y esperas que creamos una sola palabra de lo que dices?

Tú, que tejiste engaños para proteger a una rebelde.

Tú, que ocultaste información al mismísimo…

—Cuidado, Omega —lo interrumpió Yami, y por primera vez su voz perdió toda frivolidad—.

Recuerda que yo sé cosas sobre ti.

Cosas que quizás no quieras que se aireen en esta asamblea.

El dios de la destrucción enmudeció, sus ojos rojos brillando con ira contenida.

Kibō, diosa de la esperanza, se adelantó tímidamente.

Su luz era suave, casi frágil, como la primera luz del alba.

—Yo…

yo solo quiero decir —tartamudeó— que he visto a Retza amar.

Y su amor no es destructivo.

Su amor es…

es lo que nos recuerda por qué existimos.

Sin amor, ¿qué sentido tiene el orden?

¿Qué sentido tiene el tiempo?

¿El destino?

Zetsubō, desde su rincón de sombras, susurró: —El amor es una mentira más.

Una promesa de felicidad que siempre termina en desesperación.

Mírenla ahora.

¿Parece feliz?

¿Parece satisfecha?

Su amor la ha llevado a este juicio.

Eso es todo lo que el amor ofrece: sufrimiento.

—No entiendes nada —respondió Kibō, y por primera vez su voz tuvo firmeza—.

El sufrimiento no invalida el amor.

Lo prueba.

Seigi, dios de la justicia, alzó la mano para hablar.

Su luz equilibrada atrajo todas las miradas.

—Debemos ser objetivos —dijo, y su tono era el de quien busca imparcialidad—.

Las leyes son claras.

Retza las violó.

Eso es un hecho.

Pero también es un hecho que las leyes existen para proteger el equilibrio, no para oprimirlo.

La pregunta es: ¿su violación de la ley puso en riesgo el equilibrio?

Omega, ¿puedes responder?

Omega sonrió.

—Puso en riesgo mi misión —dijo—.

Me enfrentó directamente.

Y si no hubiera sido por la intervención del Inquisidor, su pelea conmigo habría destruido mucho más que un simple universo.

—Interesante —murmuró Seigi—.

Pero ¿fue ella quien inició el conflicto?

¿O solo defendía a su protegido?

—¡Defender!

—exclamó Fukushū, dios de la venganza, con los ojos llameantes—.

¡Defender es excusa de los débiles!

Lo que ella hizo fue desobedecer.

Y la desobediencia merece castigo.

—El castigo sin comprensión es solo venganza disfrazada —respondió Yurushi, diosa del perdón, con una calma que contrastaba con la furia de Fukushū—.

Y la venganza, Fukushū, es tu dominio, no el de la justicia.

El dios de la venganza gruñó, pero no respondió.

Shinryoku, dios de la forja, habló por primera vez.

Su voz era como el martillo sobre el yunque.

—Yo he forjado armas para dioses y mortales —dijo—.

He visto lo que el poder sin amor puede hacer.

He visto imperios enteros reducidos a cenizas por gobernantes que olvidaron amar.

Retza…

ella es el recordatorio de que no somos solo fuerzas, no somos solo conceptos.

Somos también sentimientos.

—¿Sentimientos?

—la risa de Cirus, dios de la decisión, fue cortante—.

Los sentimientos nublan el juicio.

Y sin juicio, no hay decisión correcta.

Miren a dónde la han llevado sus sentimientos.

—A estar aquí —admitió Retza en voz baja—.

Sí.

Mis sentimientos me han traído aquí.

Pero también me han dado algo que ustedes, todos ustedes, han olvidado.

El silencio cayó sobre la asamblea.

— Retza dio un paso al frente.

Las cadenas de luz se tensaron, pero no la detuvieron.

Sus ojos recorrieron la asamblea, deteniéndose en cada rostro conocido.

—Estoy siendo acusada —dijo, y su voz no tembló— de algo que todos ustedes, en algún momento, hicieron antes de que él llegara.

Señaló al Inquisidor sin apartar la mirada.

—Antes de que este orden existiera, éramos libres.

Amábamos, odiábamos, creábamos, destruíamos.

No porque fuéramos caóticos, sino porque éramos vivos.

Y entonces él vino, y nos enseñó que la libertad era peligrosa.

Que el amor era una distracción.

Que el orden era lo único que importaba.

El Inquisidor la observaba en silencio, su expresión impenetrable.

—Yo soy el amor —continuó Retza, y su voz comenzó a elevarse—.

El amor en todas sus expresiones.

El amor fraternal, el que une a hermanos.

El amor de madre, el que da la vida sin pedir nada a cambio.

El amor de padre, el que protege.

El amor de amigos, el que sostiene en la oscuridad.

El amor de amantes, el que enciende el alma.

El amor por la naturaleza, por lo divino, por el arte, por la vida misma.

—Hizo una pausa—.

Cualquier clase de amor, yo estoy ahí.

Sus ojos se humedecieron.

—Y sin embargo…

yo no puedo amar.

Un murmullo recorrió la asamblea.

—¿Cómo es posible?

—preguntó, y su voz se quebró—.

¿Cómo es posible que la diosa del amor no pueda amar?

¿Qué clase de orden es este que niega su propia esencia?

Se volvió hacia los dioses, hacia aquellos que alguna vez fueron sus amigos, sus compañeros.

—Lo único que hice fue querer seguir la vibración que he cantado desde que esta creación comenzó.

La misma vibración que todos ustedes cantaban, hasta que llegó él.

Escupió la última palabra con desprecio.

—Él nos obliga a cantar la canción que él quiere.

Nos obliga a ser lo que él necesita que seamos.

Y nosotros…

nosotros aceptamos.

Por miedo.

Por comodidad.

Porque es más fácil obedecer que luchar.

Señaló a los dioses uno por uno.

—Díganme —su voz resonó en el castillo—.

Hoy soy yo la que está siendo condenada.

Mañana podrán ser ustedes.

¿Creen que él se detendrá?

¿Creen que su sed de control tiene límites?

El silencio era absoluto.

—No olviden —continuó Retza— que antes éramos más.

Éramos 144 dioses.

144.

Y hoy no llegamos ni a 50.

Las palabras cayeron como una sentencia.

—¿Dónde están nuestros otros hermanos?

¿Dónde están nuestros camaradas?

Algunos están encerrados en dimensiones de las que nunca saldrán.

Otros fueron…

consumidos.

Desintegrados.

Borrados de la existencia porque osaron desafiarlo.

Sus ojos se clavaron en el Inquisidor.

—¿Hasta cuándo vamos a permitir esto?

¿Hasta cuándo?

Un dios que no había hablado antes, Gūzen, el azar, saltó de su lugar con la imprevisibilidad que lo caracterizaba.

—¡Yo no elegí este orden!

—exclamó, y su voz era como el rumor de los dados cayendo—.

¡Yo simplemente…

soy!

¡No me pidieron permiso para incluirme en su sistema!

¡Y ahora resulta que debo callarme y aceptar!

—Cálmate, Gūzen —dijo Chitsujo con severidad—.

El orden no es opcional.

Es necesario.

—¿Necesario para quién?

—replicó Gūzen—.

¿Para ti, que existes gracias a él?

¿O para nosotros, que existíamos antes de que él decidiera que el caos era malo?

Hikari y Dunkelheit intercambiaron miradas.

La luz y la oscuridad, siempre en equilibrio, siempre en silencio.

Pero esta vez, Hikari habló.

—El orden no es malo —dijo suavemente—.

La luz necesita estructura para no cegar.

Pero también necesita libertad para no ser tiránica.

—Exacto —asintió Dunkelheit, su voz como terciopelo nocturno—.

La oscuridad no es caos.

Es misterio.

Es lo que no se revela, no lo que se destruye.

Mugen, el infinito, rió desde su inmensidad.

—¡Discuten sobre límites cuando yo no tengo ninguno!

¡Discuten sobre orden cuando yo soy la prueba de que el desorden también puede ser eterno!

¡Son todos tan…

pequeños!

—Pequeños o no —intervino Cirus—, debemos decidir.

Y decidir requiere información.

Retza, has hablado de tu esencia.

Pero aún no nos has dicho…

¿por qué él?

Un silencio expectante llenó la sala.

Retza bajó la mirada.

Por un instante, su rostro perdió toda la dureza, toda la furia, y se volvió simplemente humano.

—Feral —dijo, y su voz era una caricia—.

Su nombre es Feral.

Levantó la vista.

—Lo conocí hace mucho tiempo.

Lo observaba desde la luna, noche tras noche.

Lo vi sufrir.

Lo vi ser torturado por un hombre que lo había robado de su madre muerta.

Lo vi crecer creyéndose un monstruo, un abandonado, un ser sin derecho a existir.

Una lágrima rodó por su mejilla.

—Y sin embargo…

a pesar de todo, él nunca dejó de buscar.

Nunca dejó de intentar.

Cuando descubrió la verdad sobre su origen, cuando supo que había sido engañado toda su vida…

¿saben qué hizo?

Miró a los dioses.

—Perdonó.

Perdonó a su verdugo antes de matarlo.

Y luego, cuando tuvo la oportunidad de huir, de salvarse a sí mismo…

se quedó.

Se quedó a reconstruir el mundo que él mismo había ayudado a destruir.

Su voz se llenó de orgullo.

—Cavó pozos en Zulú con sus propias manos.

Ayudó a ancianos que lo maldecían.

Abrazó a un hombre que intentó matarlo.

Y cuando una niña le regaló la muñeca de su madre muerta, él…

él lloró.

Retza se llevó una mano al pecho.

—Eso es lo que vi en él.

No poder.

No fuerza.

No divinidad.

Vi…

humanidad.

Vi amor.

Amor por los demás, a pesar de todo lo que le habían hecho.

Amor por la vida, a pesar de que la vida solo le había dado sufrimiento.

Sus ojos brillaron.

—Yo soy el amor.

He existido desde el principio de los tiempos.

He visto imperios nacer y morir, he visto dioses elevarse y caer.

Pero nunca…

nunca había visto a alguien amar tan profundamente después de haber sido tan profundamente herido.

Se volvió hacia el Inquisidor.

—Por eso lo elegí.

Por eso lo amé.

No porque fuera un semidiós, no porque tuviera poder, no porque pudiera serme útil.

Lo amé porque él me enseñó a mí lo que significa el amor.

Me enseñó que no es solo un concepto, no es solo una energía.

Es…

es elegir.

Es elegir quedarse cuando todo te invita a huir.

Es elegir perdonar cuando todo te exige venganza.

Es elegir esperar cuando todo parece perdido.

Su voz se elevó.

—Y si eso es un crimen, si eso merece castigo…

entonces que me condenen.

Pero sepan que al condenarme, condenan también lo mejor de ustedes mismos.

Lo que alguna vez fueron antes de que él los convenciera de que el amor era debilidad.

Señaló al Inquisidor con el dedo.

—Él no quiere que amemos.

Quiere que obedezcamos.

Quiere que seamos piezas de su maquinaria perfecta, engranajes que nunca fallen, que nunca pregunten, que nunca sientan.

Pero yo no soy un engranaje.

Yo soy amor.

Y el amor no se puede controlar.

El silencio que siguió fue tan profundo que parecía eterno.

— El Inquisidor se levantó lentamente.

Cuando habló, su voz no era la de un tirano furioso.

Era la de un padre decepcionado, la de un juez que lamenta tener que dictar sentencia.

—Hermosas palabras —dijo—.

Verdaderamente hermosas.

Y completamente equivocadas.

Caminó hacia Retza con pasos lentos, pausados.

—Dices que te enseñó el amor.

Pero yo te pregunto, diosa del amor: ¿qué amor es ese que lleva a la destrucción de un universo entero?

¿Qué amor es ese que causa la muerte de incontables mortales, de tus amigos, de los seres que dices amar?

Retza abrió la boca, pero él no la dejó hablar.

—Tú dices que lo elegiste porque él supo perdonar.

Pero ¿y los que él no perdonó?

¿Los que murieron a sus manos antes de que él aprendiera a ser “bueno”?

¿Esos no cuentan?

¿Esas vidas no importan?

Su voz se elevó ligeramente, pero sin perder el control.

—Hablas de libertad.

Hablas de amor sin cadenas.

Pero la libertad sin orden no es libertad: es caos.

El amor sin límites no es amor: es obsesión.

Y la obsesión, Retza, es lo que te ha traído aquí.

Se volvió hacia la asamblea.

—Miren a esta diosa.

Miren lo que el “amor” ha hecho de ella.

Una rebelde.

Una insensata.

Una criatura que antepuso sus sentimientos personales al bienestar de todo un universo.

—¡Eso no es cierto!

—protestó Retza—.

Yo nunca quise…

—¿Que no quisiste?

—el Inquisidor la interrumpió con una sonrisa triste—.

Tus intenciones no importan, hija mía.

Importan las consecuencias.

Y las consecuencias de tus actos son claras: un universo destruido.

Miles de millones de mortales muertos.

Una guerra casi desatada entre dioses.

Caminó entre los presentes, como un pastor entre su rebaño.

—Yo no soy un tirano.

Soy el guardián.

El que vela porque esto no vuelva a suceder.

Porque si permitimos que cada dios siga sus impulsos, si permitimos que el amor, el odio, la esperanza o la desesperación actúen sin control…

el caos regresará.

Y el caos, queridos dioses, es la muerte de todo.

Se detuvo frente a Retza.

—Ella dice que éramos 144.

Y tiene razón.

Éramos 144.

¿Y saben por qué ya no lo somos?

Porque algunos decidieron que su libertad era más importante que el orden.

Porque algunos prefirieron seguir sus sentimientos antes que seguir las reglas.

Y el resultado fue…

—hizo una pausa dramática— destrucción.

Guerra.

Muerte.

Sus ojos dorados recorrieron la asamblea.

—Yo no los eliminé.

Ellos se eliminaron solos.

Yo solo…

limpié los restos.

Retza lo miró con horror.

—Mientes —susurró—.

Tú los…

—¿Los qué?

—la interrumpió el Inquisidor con una sonrisa—.

¿Los encarcelé?

¿Los destruí?

¿O simplemente…

los dejé ir?

Porque eso es lo que hace el caos, Retza.

Se desborda, se expande, y eventualmente…

se autodestruye.

Negó con la cabeza, como apenado.

—Pero tú no ves eso.

Tú solo ves tu pequeño amor, tu pequeño lobo, tu pequeña historia.

No ves el cuadro completo.

No ves el equilibrio.

Se volvió hacia la asamblea.

—Por todo ello, dicto sentencia.

Los dioses contuvieron el aliento.

—Primero: por interferir en asuntos mortales, alterando el destino de un ser que debía seguir su curso natural.

—Segundo: por impedir que el dios de la destrucción cumpliera su misión, poniendo en riesgo el orden establecido.

—Tercero: por sus blasfemias ante este consejo, sembrando dudas sobre la autoridad que mantiene el equilibrio del cosmos.

Hizo una pausa.

—Retza, diosa del amor, eres condenada a permanecer encerrada en las dimensiones del olvido durante tres eras.

Un murmullo de asombro recorrió Tres eras.

Solo las deidades más blasfemas habían sido condenado a tanto tiempo en…

—Tres eras —repitió el Inquisidor—.

Tiempo suficiente para que reflexiones sobre el verdadero significado del amor.

Tiempo suficiente para que tu lobo…

—sonrió—…

te olvide.

O tú lo olvides a él.

Retza sintió que las fuerzas la abandonaban.

—No…

—susurró—.

Por favor…

él me necesita…

yo…

—El amor que dices sentir —dijo el Inquisidor con una dulzura venenosa— sobrevivirá, ¿no?

O quizás…

—se inclinó hacia ella— quizás el amor no era tan fuerte como creías.

Enderezó la espalda.

—Que sea llevada a su prisión.

Que las puertas del olvido se cierren tras ella.

Y que este sea un recordatorio para todos: el orden prevalece.

Siempre.

Los encapuchados avanzaron hacia Retza.

Sus cadenas se tensaron, y ella sintió cómo la realidad comenzaba a plegarse a su alrededor, cómo las dimensiones se reordenaban para llevarla a su destino.

—¡Feral!

—gritó, su voz resonando en el castillo—.

¡Feral, no me olvides!

¡Por favor, no me…

La luz la envolvió.

Y desapareció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo