Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 59
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59: El Umbral De La Decisión 59: El Umbral De La Decisión La puerta se abrió y Feral sintió que la realidad se deslizaba bajo sus pies como una alfombra que alguien hubiera sacado de golpe.
El reino de la anarquía, con sus colores imposibles y sus ríos en el cielo, quedó atrás.
Ahora estaba en otro lugar.
Un lugar que no debería existir.
Era una estructura.
No, eran miles de estructuras.
Escaleras que subían hacia ningún lado y bajaban hacia ninguna parte.
Puertas incrustadas en el aire, en el suelo, en el techo de otras puertas.
Pasadizos que se retorcían sobre sí mismos como serpientes de piedra.
Y más allá, en el horizonte imposible, más de lo mismo: un laberinto infinito que se extendía en todas direcciones, hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, hacia adentro.
Pero lo más perturbador era el cielo.
O lo que debería ser el cielo.
Porque allí arriba, flotando como peces en un océano vertical, había más estructuras.
Edificios enteros suspendidos boca abajo, escaleras que conectaban nubes con puertas que no llevaban a ninguna habitación, corredores que se abrían al vacío y continuaban del otro lado.
Todo era caos.
Pero un caos que, si se miraba fijamente, comenzaba a revelar patrones.
Simetrías ocultas.
Ritmos secretos.
Feral parpadeó.
Parpadeó de nuevo.
Su mente de lobo, acostumbrada a procesar información a velocidades sobrehumanas, se sentía como la de un niño frente a un problema imposible.
—¿Dónde…?
—logró articular—.
¿Dónde estamos?
¿Qué es este lugar?
Muhō se colgó de su brazo con la naturalidad de quien lleva siglos haciéndolo.
Su alegría era un imán imposible de ignorar.
—Bienvenido a nuestro pequeño subterráneo —dijo, y su voz era una caricia juguetona—.
Esto será nuestro medio de transporte.
Feral frunció el ceño.
—¿Cómo así?
¿No viajaremos con portales, como hacía Retza?
—No —Muhō negó con la cabeza, su cabello dorado brillando como si estuviera hecho de luz—.
Verás, nosotros los dioses somos capaces de ver a los mortales sin ninguna restricción.
Desde un extremo del omniverso al otro, los vemos como si estuvieran aquí mismo.
Podemos ver sus pensamientos, su pasado, su presente, su futuro.
Todo al mismo tiempo.
Hizo una pausa, saboreando la explicación.
—No hay nada que los mortales puedan hacer que nosotros no sepamos de antemano.
Nuestra omnisciencia es…
infalible.
A ese nivel.
—Pero…
—Feral comenzaba a entender—.
¿Entre ustedes no funciona así?
—Exacto.
Entre nosotros es más complicado.
No pertenecemos a líneas temporales.
Somo únicos en el omniverso.
Para saber dónde está otro dios, necesitamos usar más poder.
Y una forma de hacerlo es a través de portales: nos transportamos directamente a donde ellos están.
Su voz se volvió más grave, más seria.
—El problema es que así como nosotros sabemos todo sobre los mortales, el Inquisidor sabe todo sobre los dioses.
Nos tiene vigilados.
Constantemente.
Siempre.
Feral sintió un escalofrío.
—Pero entonces…
¿cómo…
—Porque yo descubrí una manera —lo interrumpió Muhō, y su orgullo era evidente—.
Todo esto que ves…
—señaló el laberinto infinito— es el subterráneo del omniverso.
Un lugar que escapa a la visión del Inquisidor.
A través de él, puedo viajar a cualquier universo, cualquier multiverso, cualquier megaverso sin que él me detecte.
Sus ojos azules brillaron.
—En otras palabras, pequeño lobo, me puedo mover por todo el omniverso sin ningún problema.
Feral procesó la información.
Luego, una pregunta surgió.
—¿Hay…
omniversos?
¿Más de uno?
Muhō soltó una carcajada musical.
—¿Omniversos?
—repitió, divertida—.
Ni te imaginas cuántos hay.
Pero mejor no te hablo de eso ahora, porque te voy a volar la cabeza.
Apenas estás empezando a comprender el tamaño de nuestro omniverso.
No te voy a hablar de lo que hay más allá.
Feral iba a replicar cuando una puerta, una de las miles que los rodeaban, se abrió con un chasquido seco.
Dos figuras emergieron.
María, con su sonrisa enigmática y su piel blanca, caminaba con la lentitud de quien no tiene prisa porque ya sabe cómo termina todo.
Yami, a su lado, parecía una colegiala que hubiera tomado el camino equivocado, si no fuera por esos ojos vacíos que helaban la sangre.
Feral se sobresaltó.
—¿Cómo es posible que llegaran hasta aquí?
—preguntó, mirando a Muhō—.
Pensé que solo tú podías entrar.
—No cualquiera puede entrar —respondió la diosa de la anarquía, soltando su brazo para recibir a las recién llegadas—.
Necesitan mi permiso.
Es como si les diera una llave, una parte de mí.
Con ella pueden ocultarse una vez que salgan de aquí.
Sonrió con picardía.
—Así fue como ocultamos a Retza del Inquisidor.
Para que pasara todo ese tiempo contigo.
Sus ojos recorrieron a Feral de arriba abajo, y por un instante su mirada se detuvo en lugares que hicieron que el lobo se sintiera incómodo.
—Y vaya que lo disfrutó —añadió, mordiéndose el labio inferior con una lentitud deliberada.
Feral apartó la vista, sintiendo que sus mejillas se calentaban.
Yami y María se acercaron.
La tensión en sus rostros era evidente.
—Muhō —dijo Yami, y su voz vacía tenía un matiz de urgencia—.
Tenemos que hablar.
—¿Cómo fue la reunión?
—preguntó Muhō, cruzando los brazos.
Las diosas intercambiaron una mirada.
Luego, María habló.
—Retza ha sido condenada.
Tres eras en las dimensiones del olvido.
El silencio que siguió fue tan absoluto que podía oírse el latido de la estructura misma.
Muhō, por primera vez desde que Feral la conocía, perdió la sonrisa.
—¿Tres…?
—susurró—.
Eso es…
—Lo sé —la interrumpió María—.
Es más de lo que esperábamos.
Feral sentía que el suelo se movía bajo sus pies.
Las palabras no tenían sentido.
Tres eras.
¿Qué significaba eso?
¿Cuánto tiempo era?
—¿Qué demonios es una era?
—preguntó, y su voz era un gruñido contenido.
María lo miró largamente.
Luego, con una lentitud que parecía deliberada, se sentó en un escalón de una escalera que no llevaba a ningún lado.
Su expresión, siempre enigmática, se volvió cansada.
Milenaria.
—Feral —comenzó, y su tono era el de quien ha visto demasiado—.
Tú sabes que todo tiene un principio y un final.
Los mortales nacen, crecen, envejecen, mueren.
Eso lo entiendes.
Feral asintió, sin apartar la mirada.
—Pues en la creación, excepto nosotros los dioses, todo cumple ese mismo ciclo.
Los planetas se forman y se destruyen.
Las estrellas se encienden y se apagan.
Las galaxias chocan, se fusionan, se disipan.
Los universos…
—hizo una pausa— los universos nacen de una explosión, se expanden hasta quedar vacíos, y luego…
revientan.
Y de esa explosión, vuelven a empezar.
Feral recordó las palabras de Omega.
Yo destruyo universos con un pensamiento.
—A eso le llamamos un reinicio —continuó María—.
Los multiversos también tienen un principio y un final.
Nacen, mueren, se reinician.
Los megaversos, igual.
Y el omniverso…
bueno, el omniverso también.
Se levantó lentamente.
—Una era, Feral, es el tiempo que tarda el omniverso en reiniciarse cien veces.
El lobo sintió que su mente se negaba a procesar la información.
—Para cuando el omniverso se ha reiniciado cien veces —prosiguió María—, los megaversos se han reiniciado más de un trillón de veces.
Los multiversos…
tantas veces que ni siquiera podrías entender el número en lenguaje humano.
Y los universos…
—sonrió con tristeza— cuando termina una era, un universo se ha reiniciado una cantidad infinita de veces.
Se acercó a Feral.
—Una era es la forma en que nosotros medimos el tiempo.
Y créeme, es demasiado.
Se pierde el concepto de tiempo, de eternidad, de infinito.
Feral sintió que las piernas le fallaban.
—Ahora —susurró María— imagínate estar encerrada en un lugar durante ese tiempo.
Multiplicado por tres.
El silencio se hizo insoportable.
—Ella no solo va a sufrir —añadió Yami desde las sombras—.
Va a olvidar.
Cuando salga de ahí, si es que sale, ya no será la misma que entró.
Nosotras lo hemos visto.
Es…
caótico.
Feral no recordaba haberse movido.
Pero de repente estaba contra la pared más cercana, su puño golpeando la superficie metálica una y otra vez.
El sonido retumbaba en el laberinto, rebotando en infinitas direcciones.
—¡NO!
—rugió, y su voz era la bestia, era el hombre, era todo—.
¡NO PUEDE SER!
¡NO PUEDE…
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Sus nudillos sangraban.
No importaba.
—¡ELLA NO MERECE ESO!
—gritó, y las lágrimas comenzaban a brotar—.
¡LO HIZO POR MÍ!
¡TODO LO HIZO POR MÍ!
¡YO TENGO QUE…
Se derrumbó de rodillas.
—Yo tengo que salvarla —susurró, y su voz era un cristal rompiéndose—.
Tengo que…
Muhō se acercó lentamente.
Por un momento, la diosa de la anarquía no supo qué hacer.
Ella, que siempre tenía una respuesta, que siempre encontraba el ángulo divertido de cualquier situación, se sintió…
pequeña.
Frente a ese dolor, frente a esa devoción, todas sus máscaras caían.
Se arrodilló a su lado.
—Feral —dijo suavemente—.
Feral, mírame.
Él levantó la vista.
Sus ojos, esos ojos negros que habían visto tanto sufrimiento, estaban rojos, hinchados, perdidos.
—Vas a salvarla —dijo Muhō, y por primera vez su voz no tenía ni rastro de juego—.
¿Me oyes?
Vas a salvarla.
Él negó con la cabeza.
—¿Cómo?
—preguntó—.
¿Cómo voy a enfrentarme a algo así?
¿Contra todo un sistema de dioses?
¿Contra el Inquisidor?
¿Contra…
—No sé cómo —lo interrumpió Muhō—.
Pero mírate.
Señaló sus propias manos.
—Acabas de enterarte de que la persona que amas será encerrada por un tiempo que ni siquiera puedes comprender.
Acabas de saber que el universo que conocías ya no existe.
Que tus amigos están muertos.
Que todo lo que construiste se desvaneció.
Lo miró a los ojos.
—Y aun así, lo primero que hiciste fue golpear una pared.
No te rendiste.
No te quedaste en el suelo.
Te levantaste.
Feral la miró, confundido.
—¿No lo entiendes?
—Muhō sonrió, y en esa sonrisa había algo nuevo.
Algo cálido—.
Eso es lo que ella vio en ti.
Esa capacidad de seguir adelante cuando todo parece perdido.
Eso…
—bajó la voz— hace mucho que no lo veía en nadie.
Por un instante, sus miradas se encontraron de una manera diferente.
Muhō sintió algo en su pecho.
Algo que no sentía desde…
¿siempre?
¿Desde nunca?
Un mortal dispuesto a enfrentarse a todos los dioses por una sola diosa.
Esa devoción.
Ese amor.
Le tocó el corazón.
Pero no como hermana.
No como aliada.
Como algo más.
Apartó la mirada rápidamente, antes de que él pudiera notarlo.
—Tenemos que movernos —dijo Yami, rompiendo el momento—.
Durante la reunión, vi algo.
Todos se volvieron hacia ella.
—Hay dioses que no están contentos con el mandato del Inquisidor.
Algunos lo apoyan, sí.
Pero otros…
otros dudan.
Vi fracturas.
Pequeñas, apenas visibles, pero fracturas al fin.
María asintió.
—Si Retza fuera liberada —dijo—, muchos pensarían que el Inquisidor se está debilitando.
Que su autoridad puede ser desafiada.
Sería el detonante.
—Es nuestro momento —concluyó Yami.
Todas las miradas se volvieron hacia Feral.
—Todo depende de él —dijo Muhō señalándolo.
Feral parpadeó.
—¿De mí?
—De ti —confirmó María, y su rostro se volvió serio—.
Feral, escúchame bien.
Tú eres diferente a todos los mortales.
Casi como nosotros.
En ti hay energía divina.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—¿No te has dado cuenta?
—María dio un paso al frente—.
Tu forma mortal fue destruida cuando Omega te atravesó con su mandoble.
Lo que estamos viendo ahora, este cuerpo, esta presencia…
es una proyección residual de tu creencia mortal.
Feral se miró las manos.
—En estos momentos —continuó María— eres energía divina.
Como nosotros.
Pero a diferencia de todos nosotros, que tenemos un atributo, una esencia definida…
tú no tienes nada.
—¿Eso es malo?
—preguntó Feral.
—Es…
—María buscó las palabras— diferente.
Nunca, en las tres eras que lleva este omniverso, hemos visto un híbrido como tú.
Y eso significa que no hay reglas para lo que puedes ser.
Se acercó más.
—Tú podrías ser el primer dios sin atributo.
El que puede decidir.
El que es libre.
El que tiene el poder más ilimitado de todos.
Podrías llegar a estar a la par de los dioses arquetípicos, aquellos que están más allá del omniverso.
Feral sintió que la cabeza le daba vueltas.
—Pero todo eso —añadió María— depende de ti.
De lo que decidas ahora.
¿Estás dispuesto a pelear?
¿A sacar adelante ese poder?
¿O prefieres desaparecer, o ser encerrado en las dimensiones del olvido junto a ella?
El silencio se extendió como un océano.
Feral pensó en las palabras de Muhō.
En las consecuencias.
En lo que significaba desatar una guerra de dioses.
En los mortales que sufrirían.
En los universos que colapsarían.
Pensó en Retza.
En su sonrisa.
En su voz.
En la forma en que lo miraba, como si él fuera lo más importante del universo.
Pensó en sus amigos.
En Leo, cayendo con el corazón arrancado.
En Vikthor, consumido por las llamas.
En Perla, empalada, su sangre escurriendo por el mandoble.
En Lirian, muriendo en sus brazos.
Pensó en todos los que habían confiado en él.
Y entonces, algo cambió.
No fue un pensamiento.
No fue una decisión racional.
Fue más profundo.
Más antiguo.
Fue el lobo.
Fue el hombre.
Fue todo lo que había aprendido en su corta pero intensa existencia.
Se levantó.
No lo hizo con violencia.
No lo hizo con furia.
Se levantó con una calma que sorprendió incluso a las diosas.
Miró a Muhō.
A Yami.
A María.
—Tienen razón —dijo, y su voz era firme—.
Todo depende de mí.
De lo que decida ahora.
Caminó hacia ellas.
—Y he decidido.
Se detuvo en el centro del grupo, sus ojos negros brillando con una luz nueva.
—No sé si podré hacerlo.
No sé si tengo el poder suficiente.
No sé si moriré en el intento.
No sé si causaré más destrucción de la que ya he causado.
Hizo una pausa.
—Pero sé una cosa: no puedo quedarme de brazos cruzados.
No puedo aceptar que Retza pase tres eras encerrada mientras yo estoy aquí, seguro, protegido.
No puedo permitir que el Inquisidor siga gobernando con mano de hierro, convenciendo a todos de que es necesario, de que es el equilibrio.
Su voz se elevó.
—Ella me enseñó que el amor no es debilidad.
Me enseñó que merezco ser amado.
Me enseñó que, aunque venga de la oscuridad, puedo elegir la luz.
Las diosas lo miraban en silencio.
—Y ahora yo elijo.
Dio un paso al frente.
—Elijo luchar.
Elijo enfrentarme al Inquisidor.
Elijo liberar a Retza.
Elijo proteger a los dioses que quieran ser libres.
Elijo cargar con las consecuencias, sean las que sean.
Sus ojos recorrieron a cada una.
—Tengo miedo.
Claro que tengo miedo.
Cualquier persona con dos dedos de frente lo tendría.
Pero el miedo no me va a detener.
Porque hay cosas más importantes que el miedo.
Sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.
—Si soy el primer dios sin atributo, si soy libre, si puedo decidir…
entonces decido esto: voy a protegerlos.
A todos ustedes.
A los que quieran ser libres.
A los que duden.
A los que tengan miedo.
Señaló el horizonte imposible del laberinto.
—Voy a enfrentarme a quien sea necesario.
Omega, el Inquisidor, cualquier dios que se interponga.
No porque sea fuerte.
No porque sea especial.
Sino porque es lo que se tiene que hacer.
Muhō sintió que algo se rompía dentro de ella.
Pero no de dolor.
De admiración.
De algo que no se atrevía a nombrar.
—Eso —susurró—.
Eso es lo que ella vio en ti.
Feral la miró.
—Entonces —dijo—.
¿Me ayudan?
Las tres diosas intercambiaron miradas.
María sonrió con su enigmática expresión.
—Parece que tenemos un plan.
Yami asintió, sus ojos vacíos brillando con algo parecido a la esperanza.
Muhō extendió su mano.
—Vamos, pequeño lobo —dijo, y en su voz había todo: juego, deseo, respeto, y una promesa—.
Te voy a enseñar a ser un dios.
Feral tomó su mano.
Y en ese momento, en el corazón del laberinto que escapaba a la mirada del Inquisidor, algo cambió en el equilibrio del omniverso.
Las grietas que Yami había visto en la asamblea comenzaron a ensancharse.
Y allá, en las dimensiones del olvido, Retza sintió un latido.
No supo qué era.
No supo de dónde venía.
Pero sonrió.
Porque, de alguna manera, supo que él vendría.
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