Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 60
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- Capítulo 60 - 60 Los Hilos Que Tejen La Guerra
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60: Los Hilos Que Tejen La Guerra 60: Los Hilos Que Tejen La Guerra Los dominios del Inquisidor no eran un lugar en el sentido convencional.
Eran una convergencia.
Un punto donde todas las dimensiones se encontraban sin mezclarse, como capas de un pastel cósmico que alguien hubiera decidido observar desde todos los ángulos a la vez.
El trono de cristal flotaba en el centro de nada y todo.
A su alrededor, doce figuras ocupaban sus posiciones con la reverencia de quienes han aprendido que la obediencia es la única forma de supervivencia.
Omega estaba allí, por supuesto.
Su mandoble descansaba apoyado en el suelo, y su rostro de calavera mantenía una expresión de satisfacción contenida.
Había cumplido su misión, aunque el objetivo se le hubiera escapado.
Eso se arreglaría.
Kariostros tejía hilos invisibles con sus dedos, su mirada perdida en futuros que solo él podía ver.
Khronos, a su lado, hacía girar lentamente las esferas que contenían instantes, como quien juega con canicas de tiempo.
Chitsujo ocupaba un lugar destacado, su armadura de plata reflejando la luz del trono.
El orden personificado no podía estar en otro sitio que no fuera junto al guardián del orden supremo.
Cirus, dios de la decisión, esperaba con la paciencia de quien sabe que todo momento es el momento adecuado para elegir.
Junto a él, Hitsuyōsei palpitaba con urgencia, recordando a todos que el tiempo era esencial.
Fukushū ardía con rencor contenido, sus ojos recorriendo la asamblea en busca de algo que vengar.
Zetsubō se arrastraba en las sombras, alimentándose de la tensión.
Seigi observaba con balanzas invisibles, equilibrando su necesidad de justicia con su lealtad al sistema.
Yurushi, a su lado, mantenía la calma, aunque sus ojos delataban una incomodidad que no se atrevía a expresar.
Sensō vibraba con violencia latente, anticipando el conflicto.
Osore temblaba en su rincón, alimentando el miedo de los demás.
Y Fusei sonreía con malicia, disfrutando de la injusticia que estaba por venir.
—Lo saben —dijo el Inquisidor, y su voz no fue un sonido sino una certeza—.
El híbrido sigue vivo.
Nadie se movió.
Nadie habló.
—No solo vivo —continuó—, sino oculto.
Alguien lo protege.
Alguien con poder suficiente para burlar mi mirada.
Sus ojos dorados recorrieron la asamblea.
—Eso es…
preocupante.
Omega dio un paso al frente.
—Mi señor, permíteme buscarlo.
Lo encontraré, y esta vez no fallaré.
—No —la negativa fue suave pero absoluta—.
Tú ya tuviste tu oportunidad.
Además, si alguien lo oculta, necesitamos más que fuerza bruta.
Se levantó lentamente.
—Kariostros.
Khronos.
Ustedes revisarán cada línea de destino, cada fibra de tiempo.
Si el híbrido existe, debe haber alteraciones, anomalías, grietas.
Encuéntrenlas.
Los dos dioses inclinaron la cabeza.
—Chitsujo.
Tú coordinarás la búsqueda física.
Omega, Sensō, Fukushū, Osore, Fusei, Zetsubō…
ustedes lo secundarán.
Revisen cada universo, cada multiverso, cada megaverso.
No dejen átomo sin examinar.
No dejen molécula sin interrogar.
Un murmullo de asentimiento recorrió el grupo.
—Cirus.
Hitsuyōsei.
Ustedes determinarán el momento exacto para actuar.
Quiero que cuando encontremos al híbrido, no haya posibilidad de escape.
—Seigi.
Yurushi.
—el Inquisidor los miró largamente—.
Ustedes prepararán el juicio.
Porque cuando lo atrapemos, habrá consecuencias.
Ejemplares.
Seigi dudó un instante.
Apenas un parpadeo.
Pero el Inquisidor lo notó.
—¿Algún problema?
—Ninguno, mi señor —respondió Seigi, inclinándose.
El Inquisidor sonrió.
Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Bien.
Porque si alguien aquí alberga dudas…
—hizo una pausa— recuerden lo que pasó con los que dudaron antes.
Nadie necesitaba que especificara.
—Muevan sus hilos —ordenó—.
Usen sus poderes.
Desplieguen sus redes.
Y encuentren al híbrido.
Los dioses comenzaron a dispersarse.
Pero antes de que Omega cruzara el umbral, el Inquisidor lo llamó.
—Destructor.
Omega se volvió.
—Cuando lo encuentres…
tráemelo vivo.
Quiero ver sus ojos cuando le arrebate lo único que le queda.
Omega sonrió.
—Será un placer, mi señor.
En el laberinto de Muhō, las cosas se movían a un ritmo diferente.
Feral observaba cómo Yami y María se alejaban por un pasillo, susurrando entre ellas.
Algo en su lenguaje corporal le llamó la atención.
No era la distancia profesional de aliadas.
Era otra cosa.
Más íntima.
Más…
humana.
—Déjalas —dijo Muhō, apareciendo a su lado con esa repentinidad que ya comenzaba a resultarle familiar—.
Tienen cosas que resolver.
—¿Qué cosas?
Muhō sonrió con picardía.
—Cosas de diosas, pequeño lobo.
Cosas que llevan dos eras gestándose.
Feral frunció el ceño, pero no preguntó más.
Había aprendido que con Muhō, las respuestas llegaban cuando ella quería, no cuando él preguntaba.
En lugar de eso, miró hacia arriba.
Desde ese punto del laberinto, podía ver algo que no había notado antes: el techo no existía.
En su lugar, capas y capas de estructuras se extendían hacia un infinito vertical.
Cada capa era diferente: algunas brillaban con luz propia, otras eran oscuras como el vacío, otras parecían hechas de sueños solidificados.
—¿Qué es eso?
—preguntó.
Muhō siguió su mirada.
—Eso, pequeño lobo, es el camino.
Se sentó en una escalera que no llevaba a ninguna parte y señaló hacia arriba.
—Mira bien.
¿Qué ves?
Feral observó.
Capas.
Muchas capas.
Pero empezó a notar patrones.
—Hay…
grupos —dijo—.
Como si algunas capas estuvieran más cerca entre sí.
—Exacto.
Cada grupo es un plano de existencia.
La capa más baja —señaló hacia abajo— son los universos.
Tienen cuatro dimensiones: las tres que conoces (ancho, largo, profundidad) y una más: el tiempo.
Feral asintió, recordando explicaciones de Retza.
—Encima de los universos —continuó Muhō— están los multiversos.
Ellos tienen cinco dimensiones.
Luego los megaversos, con seis.
Y arriba del todo…
el omniverso, con siete.
—¿Siete dimensiones?
—Feral intentaba comprender—.
¿Qué dimensión extra tiene el omniverso?
Muhō sonrió.
—La libertad, pequeño lobo.
La capacidad de elegir entre infinitas posibilidades.
Pero no te rompas la cabeza con eso ahora.
Se levantó y caminó hacia una estructura que parecía una escalera de caracol invertida.
—Lo importante es esto: para llegar a las dimensiones del olvido, donde tienen encerrada a tu amada, tenemos que subir.
Capa por capa.
Dimensión por dimensión.
—¿Cuánto tiempo tomará?
—¿Tiempo?
—Muhō rió—.
En el laberinto, el tiempo no existe.
Pero fuera de él…
digamos que cuando salgamos, habrán pasado tres días.
Feral suspiró.
Tres días.
Podía soportarlo.
—¿Y qué hay en las dimensiones del olvido?
Además de Retza.
Muhō se detuvo.
Por un momento, su rostro perdió la alegría habitual.
—Ochenta dioses, Feral.
Ochenta.
Él la miró, sin comprender.
—Los que se rebelaron.
Los que siguieron a Aelar cuando intentó desafiar al Inquisidor.
Ochenta dioses, encerrados durante eras, olvidados por todos.
—¿Aelar?
—el nombre de su padre le quemó los labios—.
¿Mi padre lideró una rebelión?—Penso Feral Muhō lo miró largamente.
Algo brilló en sus ojos.
¿Sospecha?
¿Curiosidad?
Feral quiso preguntar más.
Quiso decirle que Aelar era su padre, que estaba dentro de él, que había despertado.
Pero recordó las palabras de Aelar: “No les digas nada sobre mí”.
Guardó silencio.
Pero Muhō notó su lucha interna.
Y sonrió para sus adentros.
Interesante, pensó.
Muy interesante.
En un rincón apartado del laberinto, donde las estructuras se volvían más íntimas y los pasadizos más estrechos, Yami y María estaban solas.
No hablaban.
No necesitaban.
María se sentó en una plataforma que flotaba a medio metro del suelo.
Yami se acercó lentamente, su forma de colegiala pequeña y frágil contrastando con la inmensidad de lo que representaba.
Cuando estuvo frente a ella, María extendió una mano.
Yami la tomó.
No hubo palabras.
No hubo explicaciones.
Solo el roce de sus dedos, la forma en que sus miradas se encontraron, el silencio que lo decía todo.
María tiró suavemente de su mano, atrayéndola hacia sí.
Yami se dejó caer en su regazo, su cabeza apoyada en el pecho de la diosa de la locura.
Por un largo momento, solo existió el latido de dos corazones divinos.
—Dos eras —susurró María, acariciando el cabello negro azabache de Yami—.
Dos eras desde que empezó esto.
—Dos eras desde que entendí que mentirte era imposible —respondió Yami, su voz vacía llenándose por primera vez de algo humano.
María rió suavemente.
—La diosa de la mentira, incapaz de mentirme a mí.
Qué ironía.
—La diosa de la locura, siendo lo único cuerdo en mi existencia.
—Yami levantó la vista—.
También es irónico.
Se miraron.
Y en esa mirada había siglos de complicidad, de secretos compartidos, de peligros enfrentados juntos.
—¿Crees que lo lograremos?
—preguntó Yami.
—No lo sé —admitió María—.
Pero si alguien puede, es él.
—¿Por qué?
¿Porque es un semidiós?
—Por eso, sí.
Pero también por otra cosa.
Yami esperó.
—Muhō dijo algo interesante hoy.
Dijo que hace mucho no veía a alguien dispuesto a enfrentarse a todos por amor.
—María sonrió—.
Y tiene razón.
Eso es lo que lo hace diferente.
—¿El amor?
—La devoción.
La capacidad de poner a otro por encima de uno mismo.
Eso, Yami, es más poderoso que cualquier atributo divino.
Yami guardó silencio un momento.
—¿Como nosotras?
María la miró largamente.
Luego, con una ternura infinita, besó su frente.
—Como nosotras.
No dijeron nada más.
No hacía falta.
En ese rincón del laberinto, dos diosas que representaban la locura y la mentira encontraban, en su amor, la única verdad que valía la pena.
Y esa verdad era la razón por la que creían en Feral.
Porque él también tenía una verdad así.
Y las verdades así mueven montañas.
O, en este caso, omniversos.
Muhō condujo a Feral a una plataforma elevada, desde donde se veía todo el laberinto.
Las infinitas estructuras se extendían en todas direcciones, un caos que sin embargo tenía un orden secreto.
—Impresionante, ¿verdad?
—dijo ella, apoyándose en una barandilla que no existía un momento antes.
Feral asintió, todavía procesando todo lo que había visto.
—Vamos a prepararnos —continuó Muhō—.
Porque cuando empecemos a subir, no habrá pausas.
Será dimensión tras dimensión, capa tras capa, hasta llegar al olvido.
—Estoy listo.
—¿De verdad?
—ella se volvió hacia él, sus ojos azules brillando—.
¿Listo para enfrentar lo que sea?
¿Para arriesgarlo todo?
—Sí.
Muhō lo miró largamente.
Luego, lentamente, se acercó.
Un paso.
Otro.
Feral sintió que el aire se volvía más denso.
Ella estaba ahora muy cerca.
Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma de algo que no sabía identificar, la intensidad de su mirada.
—Sabes, pequeño lobo —dijo, y su voz era un susurro—.
Eres fascinante.
Su mano se elevó lentamente.
Feral la vio acercarse a su rostro sin poder moverse.
Sus dedos rozaron su mejilla con una suavidad que contrastaba con todo lo que ella representaba.
—Un mortal dispuesto a todo por amor.
—Su pulgar trazó una línea en su pómulo—.
Hace tanto que no veía eso…
Feral sintió que su corazón se aceleraba.
No era el mismo latido que con Retza.
Era diferente.
Más confuso.
Más…
peligroso.
—Muhō…
—logró articular.
—Shhh —ella puso un dedo sobre sus labios—.
No digas nada.
Su rostro estaba a centímetros del suyo.
Sus ojos azules lo miraban con una mezcla de deseo, curiosidad y algo que él no podía identificar.
—Ella tiene suerte —susurró Muhō—.
¿Lo sabes?
Tiene mucha suerte.
Feral quería hablar.
Quería decirle que amaba a Retza, que no podía, que esto no estaba bien.
Pero las palabras no salían.
Muhō sonrió.
Una sonrisa que no era de juego, sino de comprensión.
—Tranquilo —dijo, apartándose ligeramente—.
No voy a robarte de ella.
Su mano cayó lentamente de su rostro.
—Solo quería…
sentir.
Sentir lo que ella siente.
Entender por qué.
Dio un paso atrás.
—Y ahora lo entiendo.
Feral respiró hondo, sintiendo que recuperaba el control de su cuerpo.
—Muhō…
yo…
—No hace falta —lo interrumpió ella, y su sonrisa volvió a ser la de siempre—.
Guarda tus palabras para ella.
Cuando la rescates.
Se dio la vuelta, pero antes de irse, lanzó una última mirada por encima del hombro.
—Pero si alguna vez cambias de opinión, pequeño lobo…
—guiñó un ojo— ya sabes dónde encontrarme.
Y se perdió entre las sombras del laberinto, dejando a Feral solo con el latido acelerado de su corazón y una pregunta flotando en el aire: ¿Qué acaba de pasar?
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