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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 La grieta en el escudo del alma
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7: La grieta en el escudo del alma 7: La grieta en el escudo del alma La ciudadela del Zulú era un cráter humeante.

De ella, como de un nido de avispas enfurecidas, surgieron los Diez Terrores y su legión.

Konrrac, ya repuesto, su poder regresando como una marea oscura a su cuerpo, señaló el horizonte donde el Sector Omega centelleaba en la distancia.

El camino más rápido pasaba por las tierras bajas, por valles y aldeas que el escudo había protegido durante una generación.

La primera aldea en su camino era un suspiro de color en un mundo de ceniza.

Casas de madera pintadas con tintes naturales, techos de paja dorada, jardines donde flores que Feral nunca había visto bailaban bajo un sol amable.

El aire olía a pan recién horneado y tierra mojada, un aroma que le perforó el recuerdo como un dardo: le trajo el fantasma de un perfume celestial, el tacto imposible de ella en la montaña.

Por un instante, se detuvo.

La belleza le dolía.

El avance de la legión fue como arrojar ácido sobre un acuarela.

Los zombis de Dante derribaron puertas, arrastrando a gritos a los aldeanos a la luz.

Los mutantes de Teresa, guiados por su olfato pervertido, irrumpieron en los establos; los relinchos de los caballos se cortaron con sonidos húmedos y crujidos.

Marcus, caminando como un penitente en llamas, no necesitaba enfurecerse; bastaba con que pasara cerca para que la paja de los techos prendiera en llamas espontáneas.

La aldea hermosa se convirtió en un mosaico de gritos, humo y sangre.

Feral observaba, inmóvil.

Su agudo oído captaba cada detalle: el llanto de un bebé ahogándose en el humo, la súplica de un anciano, el crujido de la madera al quemarse.

Su nariz, diseñada para rastrear el miedo, estaba saturada de él.

Pero también olía a albahaca quemada, a leche derramada, a vida interrumpida.

«¿Desde cuándo el aire limpio huele a pecado?», pensó, la duda creciendo como un tumor en su pecho.

«¿Somos los que traen el orden… o los que traemos la misma ruina de la que huimos?» Su reflexión se quebró con un grito desgarrador.

Una familia había intentado esconderse en un granero.

Dante los había encontrado.

Con movimientos eficientes, casi aburridos, había despachado al padre, a la madre, a una niña pequeña.

Solo quedaba un niño, quizá de siete años, pegado a la pierna sin vida de su madre, mirando a Dante con unos ojos tan enormes que parecían devorarle la cara.

Dante alzó la mano, sus dedos afilados brillando bajo el sol.

—Uno más y terminamos aquí —murmuró.

Una mano negra y peluda cerró su muñeca con la fuerza de una prensa hidráulica.

Dante giró la cabeza, lentamente.

Sus ojos color miel chocaron con los rojos brasas de Feral.

—¿Qué haces?

—silbó Dante—.

¡Suéltame!

—Es un niño —rugió Feral, su voz más grave de lo usual—.

No es una amenaza.

Déjalo ir.

—Yo decido qué es una amenaza —escupió Dante, tratando de zafarse.

La presión de las garras de Feral no cedió—.

¡Quítame tus patas sucias de encima!

La tensión entre ellos electrizó el aire.

Los otros Terrores se detuvieron, volviéndose hacia el altercado.

Antes de que estallara el conflicto, una sombra cayó sobre ellos.

—¡¡BASTA!!

Konrrac estaba allí.

Su mera presencia apagó el sonido alrededor.

Dante, con un bufido de desprecio, se liberó del agarre de Feral.

—Este sentimental se opone a que termine el trabajo.

Cree que esa sabandija merece piedad.

Feral no retrocedió.

Se interpuso entre Konrrac y el niño.

—Es innecesario.

No es un soldado.

Es sólo… un niño.

Konrrac lo miró.

No con furia, sino con una decepción profunda y gélida.

Luego, movió su brazo.

No fue un golpe de batalla; fue una bofetada de maestro a un alumno desobediente.

Pero viniendo de Konrrac, fue como ser golpeado por una avalancha.

El impacto lanzó a Feral a través de la plaza.

Cruzó veinte metros de aire y se estrelló contra un afloramiento rocoso que servía de pozo.

La roca no se partió; se pulverizó, reducida a polvo y esquirlas.

Feral aterrizó entre los escombros, jadeando, el costado entumecido.

Konrrac caminó hasta él, pisando flores aplastadas.

—¿Ya olvidaste por qué estamos aquí?

—su voz era un trueno contenido—.

Venimos a erradicarlos.

A todos.

Mira su cara —señaló al niño, que temblaba como una hoja—.

No ve inocencia ahí.

Ve terror.

Y odio.

Si tuviera la fuerza, nos mataría donde estamos.

Ese odio es la semilla que nos destruirá mañana.

Feral se levantó, escupiendo tierra y un hilo de sangre.

El dolor físico era nada comparado con la grieta que se abría dentro de él.

—¡Pero es nuestra culpa que nos odie!

—rugió, su voz quebrándose—.

¡Lo que hicimos en la ciudadela, lo que hacemos aquí… está mal!

¡Ahora entiendo por qué nos llaman Terrores!

La palabra cayó como una bomba.

El resto del grupo reaccionó como un organismo herido.

Marcus hizo chispear el aire a su alrededor.

—¡Le hace falta una lección!

Utaku emitió un chasquido desde sus antenas.

—La confusión precede a la traición.

Lo he visto antes.

Jairo asintió, sombrío.

—En el Zulú… no quiso ensuciarse las garras.

Teresa saltó sobre un barril, señalando a Feral con un dedo acusador.

—¡Traidor!

¡Tu lealtad se disuelve como azúcar en agua!

Wiber se frotó la sien.

—Está confundido.

El campo de batalla nubla el juicio.

Tal vez… un tiempo a solas.

Feral los miró a todos, uno por uno, y el peso de su soledad, siempre presente, se volvió insoportable.

—¡Sí, estoy confundido!

—admitió, su rugido lleno de angustia—.

¡Confundido porque el mundo que dicen que vamos a salvar ya está hecho añicos!

¡Y el de ellos… éste… estaba vivo!

¡Y nosotros lo estamos convertiendo en el mismo infierno del que venimos!

¡Sólo estamos cambiando de dueño al verdugo!

Konrrac exhaló un suspiro que era como el viento saliendo de una caverna.

Con un movimiento brusco, agarró al niño del brazo, lo levantó y lo arrojó lejos, hacia el bosque aledaño.

—¡Ya!

¡Está a salvo!

¿Contento?

—escupe las palabras—.

Ahora escúchame bien, muchacho.

Ese niño crecerá.

Y el recuerdo de hoy lo moldeará.

Su odio será un arma.

Una que apuntará a nosotros.

A ti.

—Se acercó, su voz bajando a un tono peligrosamente íntimo—.

El mundo estaba bien.

Antes de que decidieran que seres como nosotros no teníamos cabida en él.

Nos cazaron.

Nos encerraron.

Nos llamaron monstruos.

¿Sabes por qué levantaron ese escudo, Feral?

No era para protegerse de nosotros.

Era para encerrarnos fuera.

Para dibujar una línea y decir: ‘De este lado, la humanidad.

Del otro, la escoria’.

¿Crees que alguna vez, detrás de esos muros, te aceptarían?

¿A ti, una bestia que habla con la luna?

¿A nosotros, un mosaico de errores y maldiciones?

El mundo teme lo diferente.

Y si no puede aceptarnos… que nos tema.

Hizo una pausa, dejando que el amargo veneno de sus palabras se asentara.

Luego, con un gesto amplio, abarcó a los otros ocho.

—No nacimos siendo esto.

Fuimos empujados.

Diles, Wiber.

Diles por qué la mentira es tu verdad.

Wiber dio un paso al frente, su rostro ordinario por un momento desnudo de toda máscara.

—Yo nací en los barrios podridos del Sector Gama.

La verdad era un lujo que no podíamos permitirnos.

Mentí para comer.

Mentí para no ser golpeado.

Ellos, los de los barrios altos, mentían con sonrisas y promesas de igualdad.

Su mentira es más vil.

La mía… era supervivencia.

Konrrac señaló a Dante, cuya elegancia parecía tallada en hielo.

—Dante.

—Soy el último —dijo Dante, y en su voz no había orgullo, sólo un vacío antiguo—.

Mi padre quería paz.

Sólo un lugar donde los vampiros no fuéramos cazados.

Nos masacraron en nuestras camas.

Yo sobreviví… para recordar.

Y para vengar.

La venganza es lo único que me llena el estómago vacío.

Teresa se rió, un sonido desequilibrado y agudo.

—¡A mí me llamaron loca!

Por querer estirar los límgenes de la carne y la mente.

Ellos quieren salvar la humanidad, pero se aferran a su forma como si fuera sagrada.

¡El cambio es la única verdad, y a ellos les aterra!

Marcus, las llamas en sus ojos parpadeando, habló con voz ronca.

—Maté a mi madre al nacer.

Con este fuego.

Mi padre quiso ahogarme en un pozo por ello.

¿Elegí yo nacer así?

¿Elegí ser un asesino desde mi primer aliento?

Odio este fuego… pero más odio el mundo que me dio la espalda por llevarlo.

Arianna se acarició el cuello, donde un collar de perlas parecía demasiado ajustado.

—Mi belleza fue mi sentencia.

Tentó a un hombre poderoso.

Cuando me rechacé, tomó lo que quería.

Y cuando lo denuncié, el mundo le creyó a él.

La belleza es una mentira que ellos mismos crean… y destruyen cuando les conviene.

Ahora, yo controlo la mentira.

Utaku produjo un sonido gutural.

—Mis padres… científicos de Omega.

Querían ‘mejorar’ la humanidad.

Su experimento fui yo.

Cuando salió mal, me desterraron.

Me culparon a mí por el monstruo que ellos crearon.

Ahora el monstruo ha vuelto a casa.

Jairo cerró los ojos, como si escuchara una sinfonía lejana.

—Todos cargan dolor.

Yo intenté llevarlo por ellos.

Pero el dolor… es adictivo.

Te define.

Les muestro a todos que el dolor no es el fin… es el combustible.

Es lo que nos hace saber que, a pesar de todo, estamos vivos.

Finalmente, Konrrac miró a Melchor.

El anciano de la Muerte no habló.

Sólo inclinó la cabeza, una vez.

Un asentimiento que contenía eones de silencio forzado, de una existencia donde cada palabra era un genocidio.

—¿Lo ves, Feral?

—concluyó Konrrac, su voz ahora cargada de un cansancio monumental—.

No somos la plaga.

Somos los síntomas.

La fiebre de un mundo enfermo de intolerancia.

Somos la solución… aunque duela.

Feral los había escuchado.

Había visto, por primera vez, más allá de sus poderes y sus crueldades, hasta las heridas purulentas que los habían formado.

Sintió un dolor familiar, un eco de su propio abandono, de las miradas de horror, de la conversación con la luna.

—Los entiendo —dijo, y su voz era suave, llena de un pesar genuino—.

De verdad.

Mis padres me dejaron en un bosque por esta apariencia.

La gente huye de mí.

Hasta entre ustedes… he estado solo.

Por eso quiero un mundo donde nadie más tenga que sentirse así.

Donde se nos juzgue por lo que hacemos, no por lo que somos.

—Alzó la mirada, desafiante—.

Pero lo que hacemos ahora… matar niños, quemar casas, torturar campesinos… eso no nos acerca a ese mundo.

¡Nos convierte en los mismos monstruos que dicen que somos!

¡Una cosa es luchar contra soldados, otra es asesinar la esperanza en los ojos de un niño!

Konrrac perdió los últimos vestigios de paciencia.

Su aura de poder, todavía no recuperada del todo, oscureció el aire.

—¡La guerra se gana rompiendo espíritus, no sólo cuerpos!

¡La compasión es un lujo para los vencedores, y ni siquiera hemos empezado a ganar!

—¡¿Y qué vamos a ganar?!

—rugió Feral, desesperado—.

¡Un montón de cenizas y un odio eterno!

¡Si somos mejores, demostrémoslo siendo mejores!

La discusión fue interrumpida por un sonido que no pertenecía al caos de la aldea: un zumbido bajo, creciente, como el de un enjambre metálico.

Del bosque y de los cerros circundantes, surgieron filas de soldados.

No eran la milicia desesperada del Zulú.

Eran tropas de élite, moviéndose con sincronía mortal.

Trescientas armaduras pulidas reflejaban la luz del fuego de Marcus.

En el frente, tres generales, tres comandantes, tres subcomandantes y treinta capitanes formaban una punta de lanza implacable.

Eran los escuadrones de Romeo, Tango y Sigma.

Habían llegado no para salvar la aldea, sino para cazar a los cazadores.

Uno de los generales, un hombre con una armadura blanca marcada con runas doradas, dio un paso al frente.

Sin una palabra, golpeó el suelo con el pomo de su espada.

La tierra no se partió.

Cantó.

Un círculo de luz pura, del color del sol del mediodía, estalló desde el punto de impacto.

Se expandió a una velocidad imposible, no como una onda, sino como un pensamiento.

No buscaba destruir; buscaba separar.

La luz pasó a través de los soldados mutantes, zombis y secuaces, como si no existieran.

Pero cuando tocó a los Diez Terrores, se solidificó.

El rayo de luz se dividió, trepó y se entrelazó sobre sus cabezas, formando una cúpula perfecta, una esfera de energía reluciente que los encerró a los diez en una prisión de dos metros de radio.

Fuera, su ejército quedó desorientado, separado de sus amos.

Dentro, el aire era estático, silenciado, como el interior de una campana de cristal.

Konrrac rugió de furia, lanzando un golpe contra la pared luminosa.

La luz se onduló, absorbiendo el impacto sin ceder.

Era dura como el diamante, pero flexible como el agua.

Una barrera diseñada no para matar, sino para contener.

Para aislar.

—¡Una trampa!

—escupió Dante, arañando la superficie con sus garras sin efecto.

—No… una cuarentena —murmuró Wiber, tocando la pared con curiosidad morbosa—.

Nos separaron del rebaño.

Ahora somos el objetivo.

Feral miró a través de la luz distorsionada.

Afuera, los generales ALIADOS alzaban sus armas.

Sus soldados se reagrupaban, rodeando la esfera, preparando un ataque coordinado.

Habían logrado lo imposible: habían acorralado a los Diez Terrores juntos.

Pero también habían juntado, en un espacio reducido, a diez seres con poderes cataclísmicos, una bestia moralmente fracturada y un líder cuya furia apenas comenzaba a hervir.

Dentro de la prisión de luz, las miradas se cruzaron.

Las de Konrrac, Dante, Marcus, llenas de ira y desprecio hacia Feral.

La de Feral, llena de confusión y un nuevo y terrible entendimiento.

La de Wiber, calculando.

La de Melchor, impasible.

La batalla por el territorio había terminado.

La batalla por el alma de Feral, y por la supervivencia misma de los Diez, acababa de comenzar dentro de su propia jaula dorada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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