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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 61

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  3. Capítulo 61 - 61 La Red Y El Camino
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61: La Red Y El Camino 61: La Red Y El Camino El omniverso tembló.

No fue un temblor físico.

Fue más profundo.

Fue la sensación de que algo enorme se movía en las capas más fundamentales de la existencia.

Los dioses leales al Inquisidor habían comenzado su búsqueda.

Chitsujo extendió sus brazos y el orden mismo se reconfiguró.

Desde su posición en el centro del megaverso 479023, envió ondas de estructura que barrieron realidades enteras.

Cada universo fue examinado como un libro que alguien hojea buscando una palabra específica.

Cada multiverso, desplegado como un mapa que se pliega y repliega.

A su lado, Khronos hizo girar sus esferas.

El tiempo se detuvo, se aceleró, retrocedió.

Millones de líneas temporales fueron inspeccionadas en lo que para un mortal serían microsegundos.

Buscaba anomalías.

Desviaciones.

Momentos que no encajaban.

Kariostros tejía y destejía hilos de destino con una velocidad imposible.

Cada hilo era una vida, una posibilidad, un futuro.

Los examinaba uno por uno, buscando aquel que se hubiera desviado de su curso natural.

Omega volaba a través de universos, su mandoble arrastrando una estela de energía morada.

Donde pasaba, los planetas contenían la respiración.

No destruía, no esta vez.

Solo buscaba.

Pero su presencia bastaba para que todo a su alrededor supiera que la muerte lo acompañaba.

Sensō se desplegó como un ejército de sombras, infiltrándose en cada rincón de cada realidad.

Fukushū seguía el rastro de rencores antiguos, buscando odios que pudieran llevar al híbrido.

Zetsubō sembraba desesperación para ver quién se rompía y revelaba algo.

Osore se alimentaba del miedo, buscando corazones que latieran con el terror de ser descubiertos.

Fusei explotaba cada injusticia, cada desigualdad, esperando que el híbrido cometiera el error de intervenir.

Cirus e Hitsuyōsei coordinaban desde las sombras, decidiendo qué revisar primero, qué podía esperar.

Seigi y Yurushi observaban en silencio, sus balanzas invisibles pesando algo que ninguno mencionaba.

Infinitas universos simultáneamente, la realidad se estremeció.

El Inquisidor, desde su trono de cristal, observaba todo.

Y sonreía.

En un rincón olvidado del megaverso 8912560, dentro de un universo que nadie visitaba porque no tenía nada especial, seis figuras se reunieron.

No era una reunión oficial.

No había convocatoria.

Simplemente, en algún momento, estuvieron allí.

Kibō llegó primero, su luz suave iluminando el vacío.

Detrás de ella, Yume flotaba envuelta en sueños, sus formas oníricas danzando a su alrededor.

Shinryoku emergió de una puerta que él mismo forjó, sus martillos de luz guardados por ahora.

Tamashī no Seimei brillaba con un fulgor cálido, su presencia vital contrastando con la frialdad del lugar.

Gūzen apareció sin previo aviso, como siempre.

Byōdō se deslizó con la suavidad de una ecuación perfecta.

Ninguno habló al principio.

Solo se miraron.

—Esto es peligroso —dijo finalmente Shinryoku, su voz como el metal—.

Él puede estar observando.

—No aquí —respondió Yume, sus palabras flotando como sueños—.

Este lugar no existe en sus mapas.

—¿Estás segura?

—Soñé que no.

Nadie cuestionó los sueños de Yume.

Kibō dio un paso al frente.

—Ella habló de nosotros —dijo—.

Retza.

Dijo que éramos 144.

Un silencio pesado cayó sobre ellos.

—Y tiene razón —continuó Kibō—.

Éramos 144.

Y ahora…

—No digas números —la interrumpió Gūzen—.

Nunca se sabe quién puede estar escuchando aunque creamos que no.

Tamashī no Seimei suspiró.

Era un sonido que contenía siglos de vida observada.

—Ochenta —dijo en voz baja—.

Ochenta están encerrados.

Los demás…

—no terminó la frase.

—Aelar —susurró Byōdō—.

¿Alguno de ustedes sabe qué pasó realmente con él?

Las miradas se cruzaron.

—Yo lo vi —dijo Shinryoku, y su voz se volvió más grave—.

Fue…

magnífico.

—Cuenta —pidió Kibō.

Shinryoku cerró los ojos, recordando.

—Llegó solo.

Sin ejército, sin aliados.

Solo él, con su libertad, enfrentándose al orden absoluto.

PeleóHizo temblar los cimientos del omniverso.

Por un momento…

por un momento, creímos que podía ganar.

—¿Qué pasó?

—preguntó Gūzen, aunque todos sabían la respuesta.

—El Inquisidor lo asimiló.

Lo absorbió.

No lo destruyó, no.

Eso habría sido misericordioso.

Lo incorporó a su esencia.

Aelar sigue ahí, dentro de él, consciente pero atrapado.

Una voz de libertad que nunca puede ser escuchada.

El silencio se hizo insoportable.

—Y Muhō —dijo Yume—.

Ella…

—Ella era su amante —completó Kibō—.

Dos eras de amor, rotas por la derrota.

—¿Muhō lo sabe?

—preguntó Tamashī no Seimei.

—Muhō lo sabe todo —respondió Shinryoku—.

Pero no habla de eso.

Nunca.

—Por eso escapó—murmuró Gūzen.

—No —asintió Byōdō—.

Es por él.

Por lo que Aelar representaba.

Otro silencio.

—¿Creen que el híbrido tenga algo que ver?

—preguntó Yume—.

Con Aelar, quiero decir.

Nadie respondió.

Nadie se atrevía a decir lo que pensaban.

—Solo sé una cosa —dijo finalmente Kibō—.

Cuando lo vi, cuando lo observé en el juicio…

sentí algo.

Algo que no sentía desde hace dos eras.

—¿Qué?

—preguntaron varias voces.

Kibō los miró a todos.

—Esperanza.

Y las sombras del lugar parecieron encogerse, como si incluso ellas supieran que algo estaba cambiando.

En el laberinto de Muhō, Feral miraba hacia arriba.

Las capas se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Infinitas.

Imposibles.

Cada una era un mundo, una dimensión, un nivel de existencia que apenas comenzaba a comprender.

—¿Cómo llegaremos hasta arriba?

—preguntó—.

¿Escalamos?

¿Usamos las escaleras?

¿Una cuerda?

¿O vamos volando?

Muhō soltó una carcajada musical.

—¿Escaleras?

¿Cuerdas?

—se rió, colgándose de su brazo—.

Pequeño lobo, esto no es una montaña.

Esto es un…

¿cómo decirlo?

Un atajo.

Lo soltó y caminó hacia una de las miles de puertas que los rodeaban.

—Mira —dijo, señalando una puerta cualquiera—.

Esta puerta lleva a un universo específico.

Entramos aquí…

Abrió la puerta.

Al otro lado, Feral pudo ver un paisaje de estrellas rojas y planetas gemelos orbitando un sol moribundo.

—…y salimos allá.

Cerró la puerta.

—Pero una vez que estamos en ese universo —continuó—, yo puedo abrir otra puerta.

Una que no lleve a otro punto del mismo universo, sino a otro universo completamente diferente.

Y desde allí, a otro.

Y a otro.

Caminó hacia otra puerta, más arriba en la estructura.

—¿Ves esta?

Está físicamente más alta en el laberinto.

Pero si entramos por la puerta de abajo y salimos por esta…

—abrió ambas puertas simultáneamente— hemos subido sin movernos.

Feral observó.

Desde la primera puerta se veía el universo de estrellas rojas.

Desde la segunda, un universo de luz azulada.

—Es como…

—buscó una analogía— ¿Como si cada puerta fuera un punto en un mapa, y tú pudieras saltar de un punto a otro sin recorrer el camino intermedio?

—Exacto.

Pero no es un mapa de dos dimensiones.

Es un mapa de…

—Muhō hizo un gesto vago— muchas dimensiones.

Se sentó en una plataforma cercana.

—Verás, pequeño lobo.

Tu amada te enseñó algo sobre dimensiones, ¿verdad?

Cuando te llevó a entrenar.

Feral asintió.

—Me llevó a universos de entrenamiento.

Eran…

diferentes.

Algunos no tenían gravedad, otros tenían tiempo acelerado, cosas así.

—Esas son dimensiones —dijo Muhō—.

Las dimensiones de un universo.

Ancho, largo, profundidad, tiempo.

Cuatro.

Las conoces.

Señaló hacia arriba.

—Lo que ves allá arriba no son dimensiones.

Son hiperdimensiones.

Son los niveles que contienen los universos.

Piensa en un libro.

Feral frunció el ceño.

—Un libro tiene páginas, ¿no?

—continuó Muhō—.

Cada página es un universo.

Tiene su propio ancho, su propio largo.

Pero el libro en sí tiene grosor, tiene tapas, tiene un orden.

Eso son las hiperdimensiones.

—Entonces…

—Feral comenzaba a entender— los universos están dentro de hiperdimensiones.

—Exacto.

Los universos tienen cuatro dimensiones.

Los multiversos tienen cinco.

Los megaversos tienen seis.

El omniverso tiene siete.

Y cada hiperdimensión contiene y da forma a las inferiores.

Feral miró hacia arriba con nuevos ojos.

—Y nosotros tenemos que subir a través de todo eso para llegar a las dimensiones del olvido.

—Sí.

Pero no te preocupes.

No vamos a recorrer cada universo.

Vamos a usar las puertas para saltar directamente a través de las hiperdimensiones.

Se levantó y caminó hacia una puerta que brillaba con un tono plateado.

—Esta, por ejemplo, lleva a un universo que ya no existe.

Feral la miró, extrañado.

—¿Cómo puede llevar a un universo que no existe?

—Porque el universo fue destruido, pero la puerta recuerda.

Es como…

—pensó un momento— como una fotografía de alguien que murió.

El lugar ya no está, pero la imagen sí.

Abrió la puerta.

Al otro lado, Feral vio algo que le heló la sangre.

Era su mundo.

Su universo.

El que había sido destruido en su batalla con Omega.

Pero no estaba destruido.

Estaba intacto.

Vio la ciudadela, los sectores, Zulú.

Vio gente caminando, viviendo, ignorantes de todo.

—¿Qué…?

—su voz se quebró—.

¿Cómo…?

—Es un registro —dijo Muhō suavemente—.

Una copia de seguridad, si quieres.

El universo ya no existe, pero su última imagen quedó grabada aquí.

Como un fantasma.

Feral dio un paso hacia la puerta, pero Muhō lo detuvo.

—No.

Si entras, te perderás en un recuerdo.

No podrás interactuar con nada.

Solo observarás lo que ya no es.

Feral tragó saliva.

Cerró los ojos.

Cuando los abrió, Muhō había cerrado la puerta.

—Vamos —dijo ella—.

Te enseñaré algo mejor.

Atravesaron siete puertas.

Siete saltos a través de realidades que Feral apenas podía procesar.

Universos de gas, de cristal, de pura energía.

El multiverso que se extendían como telarañas de luz.

Y en cada salto, Muhō explicaba con gestos, con señales, mostrándole cómo las dimensiones se plegaban y desplegaban.

—Mira —dijo en el séptimo salto, abriendo una puerta con cuidado—.

Esto te interesará.

Feral miró.

Y el mundo se detuvo.

Era su mundo.

El mismo.

Pero no el fantasma que había visto antes.

Este era real.

Vivo.

Palpitante.

Vio la ciudadela, reconstruida pero diferente.

Vio los sectores, en paz.

Vio Zulú, próspero.

Y vio a una mujer.

Blanca cabello platinado y largo, con una fuerza en la mirada que reconoció al instante.

Su madre.

—No puede ser —susurró—.

Ella murió.

Konrrac la…

—En este universo no —dijo Muhō—.

Aquí, cuando Konrrac atacó la ciudadela, ella ya no estaba embarazada.

Pudo pelear.

Pudo vencer.

Feral observó a su madre caminar por las calles de Zulú, saludando a la gente, riendo con una niña que le recordó a Luna.

—¿Y yo?

—preguntó—.

¿Yo existo aquí?

Muhō negó con la cabeza.

—Tú eres único, Feral.

Como los dioses.

No hay copias de ti en ningún otro universo.

Aquí…

aquí nunca naciste.

Feral sintió algo extraño.

Un vacío.

Una ausencia.

—Todos ellos —dijo, señalando—.

Leo, Vikthor, Perla, Lirian…

todos están vivos.

—Sí.

—Y no saben quién soy.

—No.

Feral observó largo rato.

Vio a Leo entrenando jóvenes reclutas.

Vio a Vikthor con una mujer que podría ser su esposa.

Vio a Perla, sonriente, caminando de la mano de alguien.

Estaban vivos.

Estaban felices.

Y no lo necesitaban.

—¿Podría…?

—comenzó.

—¿Entrar?

Sí.

¿Hablar con ellos?

No.

—Muhō lo miró con comprensión—.

Si entras, alterarías este universo.

Crearías una paradoja.

Además…

—señaló a su madre— ella no te reconocería.

Para ella, tú no existes.

Feral asintió lentamente.

—Es mejor así —dijo, y su voz sonó más fuerte de lo que esperaba—.

Ellos merecen ser felices.

Merecen no saber lo que pasó en mi universo.

Cerró la puerta.

Muhō lo observó en silencio, algo brillando en sus ojos.

—¿Seguro?

—preguntó.

—Seguro.

—Feral la miró—.

Mi lucha no es por ellos.

No es por ese mundo.

Es por el mío.

Por los que murieron.

Por Retza.

Se volvió hacia las capas superiores.

—Vamos.

Tenemos que seguir subiendo.

Muhō sonrió.

Y en esa sonrisa había algo nuevo.

Algo que no era solo atracción.

Era respeto.

— Mientras cruzaban otra puerta, hacia la quinta dimensión, Feral sintió algo en su pecho.

Una calidez.

Un recuerdo.

“Nos salvaste una vez, ¿lo harás de nuevo?” Las palabras de Lirian resonaron en su mente.

—Sí —susurró para sí mismo—.

Lo haré.

Y las puertas del laberinto siguieron abriéndose, una tras otra, hacia lo desconocido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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