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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 62

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  3. Capítulo 62 - 62 El Ascenso A Través De Las Hiperdimensiones
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62: El Ascenso A Través De Las Hiperdimensiones 62: El Ascenso A Través De Las Hiperdimensiones La puerta se cerró tras ellos y Feral sintió que la realidad se reordenaba a su alrededor.

No fue doloroso.

Fue más como cuando el ojo se ajusta a la oscuridad después de haber mirado al sol.

Un parpadeo.

Un reacomodo.

Y luego…

Luz.

Pero no una luz que venía de algún lugar.

Era una luz que era el lugar.

Muhō caminaba a su lado, su forma recortándose contra un horizonte que no terminaba nunca.

María y Yami los seguían en silencio, sus presencias más tenues aquí, como si esta dimensión las diluyera ligeramente.

—Bienvenido a la quinta dimensión —dijo Muhō, y su voz resonaba como si hablara desde el fondo de un cañón infinito—.

El reino de los multiversos.

Feral miró a su alrededor.

No había suelo.

No había cielo.

Había…

posibilidades.

Cada pensamiento que cruzaba su mente parecía materializarse a lo lejos, como un eco visual.

Si imaginaba un árbol, un árbol crecía en la distancia.

Si imaginaba una montaña, una montaña se alzaba.

Pero no eran reales.

Eran como bocetos, como ideas a medio formar.

—¿Qué es esto?

—preguntó.

—La quinta hidimensión es donde todas las posibilidades existen simultáneamente —respondió María, su voz más etérea de lo habitual—.

De aquí en adelante están contenidas cada decisión que pudiste haber tomado, cada camino que pudiste haber seguido, cada vida que pudiste haber vivido…

están aquí.

Como semillas.

Feral vio una figura a lo lejos.

Se acercó, y su corazón se detuvo.

Era su mundo.

Otro .

Pero este no estaba marcado por la guerra.

Era pacífico, azul y verde.

—¿Ese es mi mundo?

—susurró.

—Una posibilidad —dijo Yami—.

En algún universo, los humanos nunca desarrollaron poderes, más bien desarrollaron fue su conciencia y espiritualidad, son agentes de paz y luz Feral observó a ese lugar.

Era feliz.

No sabía nada de guerras, de dioses, de destrucción.

—¿Podría…

Vivir allí?

—No.

—La negativa de Muhō fue suave pero firme—.

Si lo hicieras, colapsarías esa posibilidad.

Además…

—señaló— míralo bien.

Feral observó.

Y entonces lo notó.

La gente de ese mundo no lo veían.

No podía verlo.

Era como si existieran en capas diferentes del mismo espacio, paralelas pero sin tocarse.

Siguieron caminando.

O flotando.

Feral ya no estaba seguro.

A su paso, las posibilidades se abrían y cerraban como flores mecánicas.

Vio versiones de todos sus compañeros en incontables situaciones: uno Víctor era rey, uno en el Leo era esclavo, uno en el gor era un simple campesino, uno que había no muerto.

—Es abrumador —dijo.

—Es la sexta Hiperdimension—respondió Muhō—.

Aquí, el tiempo no es una línea.

Es un jardín.

Cada momento es una flor que puede abrirse de infinitas maneras.

—Y los multiversos —continuó María— están hechos de esto.

Son colecciones de posibilidades.

Cada universo es una posibilidad hecha realidad.

Cada multiverso es un ramo de esas realidades.

Feral trató de procesarlo.

No podía.

Era demasiado.

—No trates de entenderlo todo —dijo Yami, sorprendentemente comprensiva—.

Siéntelo.

Déjalo que te atraviese.

Feral cerró los ojos.

Y lo sintió.

Millones de vidas.

Millones de decisiones.

Millones de caminos.

Todos existiendo a la vez, como un coro infinito de posibilidades.

Y en medio de todo, él.

El único que podía verlo todo sin ser parte de ello.

Abrió los ojos.

—Sigamos —dijo.

Siguieron subiendo, puerta por puerta, Hiperdimensione, por Hiperdimension.

La décima hiperdimensión los recibió con una sinfonía.

No era música, no exactamente.

Era más como si cada fibra de su ser vibrara al unísono con algo más grande.

Algo que lo contenía todo.

—Aquí —dijo Muhō, y su voz temblaba ligeramente— es donde los multiversos encuentran su forma.

El espacio era diferente.

Ya no había posibilidades flotando.

Había estructuras.

Inmensas.

Imposibles.

Feral vio formas geométricas que no podía nombrar, colores que no existían en ningún espectro conocido, texturas que cambiaban antes de que pudiera procesarlas.

Era como estar dentro del cerebro de un dios.

—Los megaversos —dijo María—.

Seis hiperdimensiones lo contienen.

Aquí es donde los multiversos se organizan, se agrupan, encuentran su lugar en el esquema mayor.

—Mira —señaló Yami.

A lo lejos, Feral pudo ver sombras.

No sombras oscuras, sino sombras de luz.

Formas que se movían con una gracia que no pertenecía a nada mortal.

—¿Qué son?

—preguntó.

—Ecos —respondió Muhō—.

Recuerdos de cuando los dioses vagaban libremente por estos lugares.

—¿Los dioses venían aquí?

—Todos veníamos.

Antes.

Su voz se volvió más grave.

—Durante la primera era, cuando el Inquisidor aún estaba consolidando su poder, muchos dioses escapaban a los multiversos y universos.

Era nuestro patio de recreo.

Nuestro refugio.

Feral imaginó a los dioses paseando entre posibilidades, jugando con realidades, creando y destruyendo por diversión.

—Y los mortales —continuó Muhō—.

Los mortales de aquella época…

eran diferentes.

Nos veían.

Podían hablarnos.

Algunos incluso…

—¿Incluso qué?

—Algunos se enamoraron de nosotros.

Y nosotros de ellos.

Feral pensó en Retza.

En él.

—No es tan diferente de lo que pasó con nosotros —dijo.

—No —admitió Muhō—.

Pero entonces era común.

Era aceptado.

Los mortales nos adoraban, nos temían, nos amaban.

Y nosotros…

nosotros los usábamos, los protegíamos, los destruíamos.

Era un baile.

—¿Qué pasó?

—El Inquisidor.

—La voz de Yami cortó como un cuchillo—.

Decidió que era demasiado caótico.

Que los mortales no debían tener ese acceso a lo divino.

Que el orden requería separación.

—Limpió todo —susurró María—.

No solo a los dioses que se resistieron.

También a los mortales que habían compartido con nosotros.

Mundos enteros, razas enteras, civilizaciones que habían alcanzado la cima de la evolución…

borradas.

—¿Borradas?

—Feral sintió un escalofrío.

—Aniquiladas.

No quedan registros.

No quedan recuerdos.

Solo…

—Muhō señaló las sombras de luz— ecos.

Fantasmas de lo que fueron.

Feral observó las sombras danzantes.

Ya no le parecieron hermosas.

Le parecieron tristes.

—Ellos fueron el primer ejército —dijo Muhō—.

Mortales y dioses, luchando juntos contra el orden impuesto.

Fue hermoso.

Fue terrible.

Y fue inútil.

—¿Por qué inútil?

—Porque los mortales, por más poderosos que sean, por más evolucionados que estén, siempre están sujetos a lo que somos.

Miedo, esperanza, amor, odio…

esas fuerzas nos pertenecen.

Podemos usarlas, podemos alimentarlas, pero al final…

—María hizo una pausa— al final, siempre podemos apagarlas.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier universo.

—Sigamos —dijo Feral finalmente—.

Tenemos que seguir subiendo.

La décimo sexta hiperdimensión no se parecía a nada que Feral hubiera imaginado.

No había luz.

No había oscuridad.

No había espacio.

No había tiempo.

Había…

presencia.

La sensación de estar siendo observado por algo tan inmenso que la palabra “dios” se quedaba corta.

La certeza de que cada pensamiento, cada emoción, cada latido, era conocido y pesado en una balanza cósmica.

—El omniverso —susurró Muhō, y por primera vez su voz sonó pequeña—.

Siete hiperdimensiones lo contienen.

Son El límite de todo lo que existe.

Feral trató de mirar a su alrededor, pero no había alrededor.

Estaban en un lugar que era todos los lugares a la vez.

Cada estrella que había visto, cada galaxia, cada universo, cada posibilidad…

todo estaba aquí, comprimido en un solo punto que también era infinito.

—Es como…

—buscó palabras— como estar dentro de un pensamiento.

—Exacto —dijo María—.

Porque el omniverso es el pensamiento de algo más grande.

Algo que ni siquiera nosotros podemos comprender.

—¿Algo más grande que el Inquisidor?

Las diosas intercambiaron miradas.

—El Inquisidor —dijo Yami lentamente— es el guardián de este omniverso.

No su creador.

Hay cosas más allá.

Seres que no podemos nombrar.

Arquetipos de los que solo somos reflejos.

Feral sintió que su mente se negaba a procesarlo.

Era como intentar contener el océano en una taza.

—Pero nosotros no vamos tan arriba —dijo Muhō, recuperando algo de su alegría habitual—.

Al menos no hoy.

Señaló hacia…

¿arriba?

¿Abajo?

La dirección no significaba nada allí.

—La última hiperdimensión, la vigésimo segunda hiperdimensión, está dividida en tres niveles.

El más bajo es donde los dioses se reúnen.

El gran salón, podríamos llamarlo.

Es hermoso.

Majestuoso.

Y completamente controlado por el Inquisidor.

—El nivel medio —continuó María— es su dominio personal.

Su reino.

Nadie entra allí sin su permiso.

Nadie sale si él no quiere.

—Y el nivel más alto…

—Yami dudó—.

El nivel más alto no lo hemos visto nunca.

Solo sabemos que existe porque él a veces…

desaparece allí.

Y cuando regresa, algo ha cambiado.

Algo en su mirada.

Feral miró hacia lo que imaginaba era el techo de todo.

—Y la dimensión del olvido —dijo—.

¿Dónde está?

Muhō sonrió.

Una sonrisa triste.

—Esa no está arriba, pequeño lobo.

Está…

al lado.

Hizo un gesto, y la realidad se pliegó.

Antes de que Feral pudiera preguntar, el paisaje cambió.

Ya no estaban en la inmensidad del omniverso.

Estaban en un pasillo.

Un pasillo que se extendía hacia adelante y hacia atrás sin fin, flotando en una negrura que no era oscuridad sino ausencia.

—La dimensión del olvido —dijo Muhō—.

La décima parte del omniverso.

—¿Tan grande?

—preguntó Feral.

—Tan grande como todo el sufrimiento que ha existido.

Caminaron.

O intentaron caminar.

Era más como si el pasillo se moviera bajo sus pies, arrastrándolos hacia adelante mientras la negrura los observaba desde los costados.

Feral miró hacia abajo, a través del suelo transparente.

Y vio.

No supo qué vio al principio.

Solo inmensidad.

Un vacío que se extendía hacia todas direcciones, tan vasto que los universos que había conocido parecían granos de arena en una playa infinita.

Pero no era un vacío estéril.

Era un vacío lleno.

Lleno de sombras.

Lleno de ecos.

Lleno de presencias que no estaban pero que habían estado.

—Aquí —dijo Yami, y su voz era apenas un susurro— es donde fueron arrojados los que se rebelaron.

Los dioses que siguieron a Aelar.

Los mortales que se atrevieron a soñar con libertad.

—¿Todos?

—preguntó Feral—.

¿Todos están aquí?

—Todos.

Ochenta dioses.

Miles de millones de mortales.

Mundos enteros.

Civilizaciones completas.

Todo lo que fue borrado de la existencia…

está aquí.

—¿Cómo…

cómo puede haber tantos?

—Porque el olvido no tiene límites —respondió María—.

Cada ser que es olvidado, cada civilización que desaparece de la memoria, cada mundo que se desvanece…

todo termina aquí.

Es la muerte segunda.

La muerte de la que no hay retorno.

Feral sintió algo que nunca había sentido.

Un frío que no era físico.

Un miedo que no era por sí mismo.

—Retza —susurró—.

Ella está aquí.

—Sí.

—¿Cómo la encontramos?

Muhō se volvió hacia él.

Sus ojos azules brillaban en la penumbra.

—No la buscamos.

Ella nos encuentra.

—¿Cómo?

—Porque el amor, pequeño lobo, es la única cosa que el olvido no puede borrar del todo.

Ella sentirá que estás aquí.

Y si realmente la amas…

tú también la sentirás a ella.

Feral cerró los ojos.

Y buscó.

Al principio, solo sintió el vacío.

La ausencia.

El frío de millones de almas olvidadas presionando contra su conciencia.

Pero entonces…

Un latido.

Lejano.

Débil.

Pero inconfundible.

Abrió los ojos.

—Allí —dijo, señalando hacia la negrura—.

Está allí.

Muhō sonrió.

—Entonces vamos.

Y juntos, se adentraron en el olvido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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