Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 63
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63: El Umbral Del Olvido 63: El Umbral Del Olvido El laberinto de Muhō terminaba donde empezaba el olvido.
No había una puerta, ni un arco, ni un límite definido por líneas o fronteras.
Había, simplemente, un cambio en la naturaleza de la realidad.
Un suspiro colectivo de todo lo que había sido y ya no era.
Feral lo sintió en los huesos—en lo que quedaba de ellos—antes incluso de verlo: una presión suave pero insistente en los bordes de su conciencia, como dedos que intentaran abrir una puerta cerrada desde dentro.
—Estamos aquí —dijo Muhō, y su voz sonó diferente.
Menos juguetona.
Más antigua.
Feral miró hacia adelante y vio la niebla.
No era una niebla ordinaria, de esas que se levantan sobre los ríos al amanecer o se enredan en los valles durante el otoño.
Esta niebla tenía peso.
Se alzaba desde un suelo que no existía hasta un cielo que tampoco existía, formando un muro infinito que se perdía en todas las direcciones.
Era gris, pero no un gris muerto: un gris que contenía todos los colores, todos los momentos, todas las vidas que habían sido arrojadas a su interior y reducidas a polvo de memoria.
Y susurraba.
Feral aguzó el oído—instinto de lobo, aunque ya no era solo un lobo—y los susurros se volvieron claros.
Nombres.
Miles, millones, infinitos nombres susurrados por voces que ya no tenían boca.
Nombres de dioses caídos, de mortales olvidados, de civilizaciones enteras reducidas a un eco que nadie recordaba.
Los nombres se enredaban unos con otros, formando una melodía monocorde que era, pensó Feral, la banda sonora de la muerte definitiva: no la del cuerpo, sino la del recuerdo.
—No escuches demasiado tiempo —advirtió María, y su sonrisa enigmática se había atenuado hasta convertirse en una línea recta y seria—.
Los nombres llaman.
Y si respondes, el olvido sabrá que existes.
Feral asintió, pero ya era tarde.
Uno de los nombres había resonado más fuerte que los demás: Venecia.
El nombre de su madre.
Su pecho se contrajo, y por un instante, la niebla pareció inclinarse hacia él, como una bestia que hubiera olfateado sangre.
—Feral —la voz de Yami fue un latigazo helado—.
Concéntrate.
Apartó la mirada.
El momento pasó.
Pero algo había quedado sembrado en su interior: la certeza de que su madre estaba allí, en algún lugar de ese vacío, esperando ser recordada.
—Las reglas —dijo Muhō, colocándose frente a él y obligándolo a mirarla a los ojos.
Por una vez, no había coquetería en su gesto.
Solo gravedad—.
Escucha con atención, pequeño lobo, porque de esto depende que salgamos vivos.
O que terminemos siendo parte de esa niebla.
Feral asintió.
Muhō habló: —La Dimensión del Olvido no es un lugar.
Es un estado.
Todo lo que entra aquí comienza a ser olvidado.
Primero los detalles pequeños: el color de los ojos de alguien, una canción que solías silbar, el nombre de una calle.
Luego cosas más grandes: rostros, momentos, emociones.
Al final, olvidas quién eres.
Y cuando olvidas quién eres, te conviertes en parte de la niebla.
Un susurro más.
Un nombre sin dueño.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—preguntó Feral.
—Depende de cada ser —respondió Yami, con su voz de susurro helado—.
Los mortales duran segundos.
Tu, posiblemente minutos.
Los dioses…
nosotros podemos resistir eras, si tenemos algo que nos ancle.
Un propósito.
Un amor.
Un odio.
Algo que nos recuerde quiénes somos cada vez que el olvido intente arrancárnoslo.
Feral miró hacia la niebla.
En algún lugar, más allá de ese muro gris, Retza estaba luchando contra el olvido.
¿Qué la anclaba?
¿Él?
¿El recuerdo de lo que habían construido?
¿O el amor que ella misma decía no poder sentir pero que sin embargo la había llevado a romper todas las reglas?
—Ella me siente —dijo Feral, y no era una pregunta.
Era una certeza que brotaba de algún lugar profundo de su nueva existencia divina—.
Débilmente.
Como un eco.
Pero me siente.
Muhō lo miró con admiración genuina.
—El amor —dijo, y por primera vez su voz no tuvo dobleces—.
La única fuerza que el olvido no puede borrar del todo.
Los dioses lo saben.
Por eso el Inquisidor lo teme tanto.
—No solo el amor —intervino María, y su risa silenciosa se extendió como una onda en el agua quieta—.
La locura también resiste.
El olvido no puede con lo que ya está roto.
Yami tomó la mano de María.
Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero Feral lo vio.
Dos eras de amor, pensó.
Eso sí que era un ancla.
—El plan —dijo Muhō, recuperando su tono práctico—.
Es simple, que es como me gustan las cosas.
Yami y María crearán distracciones en los bordes.
El Inquisidor no sabe que estamos aquí— Pero no podemos ocultarnos para siempre—en estos momentos no sabe exactamente dónde entamos ni por dónde nos moveremos.
Ellas sembrarán el caos suficiente para que Bōkyaku y sus sirvientes miren hacia otro lado, así el inquisidor tampoco sabrá de nosotros.
—Bōkyaku —repitió Feral.
—El dios del Olvido —explicó Muhō—.
El carcelero.
No es malvado, si es que eso significa algo aquí.
Simplemente…
hace su trabajo.
Mantiene a los rebeldes donde deben estar.
No lo subestimes: Bōkyaku no olvida nada.
Cada alma que ha caído en su dominio, cada nombre que susurra la niebla, él lo recuerda.
Es su maldición y su propósito.
—¿Y nosotros?
—preguntó Feral.
—Nosotros iremos al centro —dijo Muhō, y sus ojos azules brillaron con algo que podía ser miedo o emoción—.
Directamente al corazón del olvido.
Allí donde Bōkyaku guarda a los prisioneros más valiosos.
Allí donde está Retza.
—¿Cómo sabes dónde está?
Muhō sonrió, y esta vez la sonrisa fue triste.
—Porque conozco a Bōkyaku.
Porque hace dos eras, cuando él ejército de Aelar cayó, yo quise venir a rescatarlos.
Y él me detuvo.
Me explicó cómo funcionaba este lugar.
Me dijo que si entraba, no podría salir.
Que el olvido me reclamaría.
Y yo…
yo tuve miedo, Feral.
Dejé que el miedo me detuviera.
Mis hermanos y hermanas llevan dos eras aquí, olvidándose lentamente de sí mismo, de mí, de todo lo que fuimos.
Y yo no hice nada.
El silencio que siguió fue más pesado que la niebla.
Feral entendió entonces muchas cosas.
Entendió por qué Muhō lo miraba a veces con esa mezcla de deseo y admiración.
No era solo por él.
Era por lo que él representaba: la posibilidad de hacer lo que ella no había podido hacer por ellos.
La redención a través de otro.
—No es lo mismo —dijo Feral, en voz baja—.
Tú no podías.
El miedo no es cobardía.
Es…
supervivencia.
Muhō lo miró largamente.
Luego, sin previo aviso, lo abrazó.
No fue un abrazo sensual, de esos con los que solía provocarlo.
Fue un abrazo de verdad, de esos que piden perdón sin usar palabras.
—Por eso te ayudamos —dijo Yami, interrumpiendo el momento—.
Porque tú harías lo mismo por Retza.
Porque ya lo estás haciendo.
María asintió, y por un instante su rostro cambiante se fijó en una expresión de serenidad absoluta.
—Vamos —dijo—.
El tiempo se agota.
Los leales se acercan.
— Cruzaron el umbral.
La niebla los envolvió como un abrazo de madre y como una condena al mismo tiempo.
Feral sintió el frío primero, un frío que no era de temperatura sino de ausencia, como si algo le estuviera arrancando capas de piel invisible.
Luego vinieron las voces.
Los nombres.
Miles, millones, infinitos nombres susurrando a su alrededor, llamándolo, pidiéndole que recordara, que no los dejara ir.
Feral.
Su propio nombre, susurrado por una voz que no reconoció.
Se giró instintivamente, y por un instante vio una figura en la niebla: una mujer de piel blanca y cabello platinado con los brazos extendidos hacia él.
—Mamá…
—No es ella —la voz de Yami fue un látigo, y su mano pequeña y fría se cerró sobre su muñeca con una fuerza sobrehumana—.
Es el olvido.
Te muestra lo que más deseas ver para que te pierdas.
Feral parpadeó.
La figura se disolvió.
Solo quedó la niebla.
—Concéntrate en mí —dijo Muhō, tomando su otra mano—.
En mi voz.
En mi rostro.
En lo que sea que te mantenga aquí.
¿Entiendes?
Feral asintió.
Pero ya notaba algo más: un recuerdo que se desvanecía.
El color exacto de los ojos de Leo.
La forma en que Perla sonreía antes de lanzar un ataque.
El nombre del perro que había tenido cuando era cachorro, antes de que Konrrac se lo arrebataraNo podía recordarlo.
Estaba ahí, en la punta de su lengua, pero cuando intentaba atraparlo, se escurría como agua entre los dedos.
—Es rápido —dijo, y su voz sonó más débil de lo que esperaba.
—Eres un dios nuevo —respondió Muhō—.
Tu esencia aún se está formando.
El olvido te afectará más que a nosotras al principio.
Pero también tienes algo que nosotras no tenemos.
—¿Qué?
—Un amor que trasciende tu propia existencia.
Retza no es solo alguien a quien amas.
Es parte de lo que eres.
Mientras la busques, mientras la necesites, el olvido no podrá arrancarte del todo.
Avanzaron.
La niebla se fue haciendo más densa, y con ella los susurros más insistentes.
Feral empezó a ver formas a su alrededor: siluetas que caminaban sin rumbo, figuras que se arrastraban por un suelo que no existía, rostros que emergían de la bruma y se disolvían antes de que pudiera fijar la mirada.
Eran los olvidados.
Los rebeldes.
Los mortales que habían desafiado al Inquisidor y habían pagado el precio más alto: dejar de ser.
Uno de ellos se acercó demasiado.
Tenía la forma de un hombre joven, con uniforme de soldado y los ojos vacíos.
Extendió una mano hacia Feral y abrió la boca, pero en lugar de palabras, de ella escapó solo un susurro: un nombre que Feral no entendió.
—No toques —dijo María, interponiéndose—.
Si tocas, te recuerda.
Y si te recuerda, el olvido te reclamará a ti también.
Feral esquivó la mano.
El soldado siguió caminando, perdido para siempre.
—¿Cuántos?
—preguntó Feral, la voz quebrada.
—¿Cuántos qué?
—dijo Muhō.
—¿Cuántos hay aquí?
Muhō guardó silencio un momento.
—Ochenta dioses —dijo al fin—.
Y miles de millones de mortales.
Los ejércitos de la primera rebelión.
Civilizaciones enteras.
Mundos que eligieron la libertad y pagaron el precio.
Llegaron a una encrucijada.
La niebla se abría en tres direcciones, cada una idéntica a la anterior.
En el centro, una figura: alta, delgada, vestida con túnicas que parecían hechas de la misma niebla que los rodeaba.
No tenía rostro, solo una superficie lisa donde deberían estar sus facciones.
Pero Feral sintió que los miraba.
Que los pesaba.
—Bōkyaku —susurró Yami.
El dios del Olvido no se movió.
No habló.
Pero una voz resonó en sus mentes, clara como el cristal y fría como la muerte: Han venido a sumarse a los olvidados.
—Hemos venido a buscar a alguien —dijo Muhō, y su voz no tembló—.
Y no nos iremos sin ella.
Bōkyaku inclinó la cabeza ligeramente.
La superficie lisa de su rostro pareció ondularse, como si bajo ella intentaran formarse facciones sin éxito.
Todos buscan a alguien.
Todos creen que su amor es más fuerte que el olvido.
Todos terminan siendo parte de la niebla.
—Nosotros no —dijo Feral, dando un paso al frente.
Bōkyaku se volvió hacia él.
Y Feral sintió algo que no había sentido desde que despertó como dios: miedo.
Un miedo puro, primigenio, que no era por su vida sino por algo más profundo.
El miedo a dejar de ser.
A olvidar el rostro de Retza.
A convertirse en uno de esos susurros sin dueño.
Tú —dijo Bōkyaku, y por primera vez su voz tuvo un matiz de interés—.
Tú no deberías existir.
Eres un error.
Un dios sin atributo.
El Inquisidor te busca.
—El Inquisidor puede esperar.
Bōkyaku guardó silencio.
Luego, lentamente, levantó un brazo y señaló uno de los túneles.
Ella está por ahí.
Al final del camino.
Pero no llegarás.
—¿Por qué?
Porque para llegar a ella, primero tendrás que olvidar.
Y cuando olvides quién eres, ya no la estarás buscando.
Serás parte de la niebla.
Como todos.
Dicho esto, Bōkyaku comenzó a desdibujarse, fundiéndose con la bruma hasta no ser más que un eco.
—Es una trampa —dijo Yami—.
Quiere que nos adentremos.
—Lo sé —respondió Feral.
—Iremos nosotras primero —dijo María—.
Crearemos el caos.
Cuando veas que la niebla se agita, corre.
No mires atrás.
No escuches los nombres.
Solo corre.
Yami y María se miraron.
No hicieron falta palabras.
Dos eras de amor cabían en ese instante.
Feral y Muhō esperaron.
Los minutos se hicieron horas.
Las horas, días.
O quizás solo fueron segundos: en el olvido, el tiempo no existía.
Feral sintió que más recuerdos se desvanecían.
El nombre de sus compañeros terrores .
La canción que Retza solía tararear cuando creía que él dormía.
La forma exacta de la sonrisa de Luna cuando le regaló la muñeca.
—Agarra mi mano —dijo Muhō—.
Y háblame.
De ella.
De Retza.
De lo que sientes.
Las palabras son anclas.
Mientras hables, mientras nombres lo que amas, el olvido no podrá llevártelo.
Y Feral habló.
La primera vez que vio a Retza , sin saber que era ella.
Habló de la noche en que ella se reveló, de su voz, de su forma de reír.
Habló del perdón que aprendió en Zulú, del abrazo de Karim, de la muñeca de Luna.
Habló de Vikthor y su dolor, de Perla y su mirada antes de morir, de Lirian y sus últimas palabras: Solo tú puedes vencerlo.
Mientras hablaba, la niebla se agitaba a su alrededor.
Los susurros se hacían más fuertes, más desesperados, como si intentaran acallarlo.
Pero Feral no calló.
Siguió hablando.
Nombrando.
Recordando.
Y entonces, la niebla se partió.
A lo lejos, un estruendo.
Gritos.
El sonido de algo que se rompía.
Yami y María habían comenzado su distracción.
—¡Ahora!
—gritó Muhō.
Y corrieron.
Directo hacia el corazón del olvido.
Directo hacia Retza.
Dejando atrás la niebla, los susurros, los nombres.
Dejando atrás el miedo.
Porque Feral lo entendía ahora: el olvido no podía con él.
No mientras tuviera algo que recordar.
No mientras tuviera a alguien por quien luchar.
Y Retza lo esperaba.
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