Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 64
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- Capítulo 64 - 64 Las Llanuras De Lo Cotidiano
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64: Las Llanuras De Lo Cotidiano 64: Las Llanuras De Lo Cotidiano La niebla se abrió como un telón desgarrado y Feral y Muhō cruzaron al primer nivel con el impulso de la carrera aún en las piernas.
El ruido de la distracción de Yami y María quedó atrás, amortiguado, como si alguien hubiera cerrado una puerta muy pesada entre ellos y el mundo.
Y entonces, el silencio.
No un silencio vacío, sino uno lleno de objetos.
Feral parpadeó, desconcertado.
Flotaban en el aire, suspendidos en la niebla baja que apenas les llegaba a las rodillas: llaves de formas imposibles, gafas sin dueño, sombreros que habían pertenecido a alguien, cartas manuscritas cuyas letras se deshacían como azúcar en el agua.
Un par de zapatos de niño pasó flotando junto a su rostro, y por un instante Feral creyó oír la risa de un infante que ya no existía.
—Bienvenido a la primera capa —dijo Muhō, y su voz sonó extrañamente apagada, como si la niebla absorbiera sus palabras—.
El olvido cotidiano.
Feral observó a su alrededor.
El paisaje era desolador en su familiaridad: una llanura infinita cubierta por esa niebla baja, sin árboles, sin montañas, sin puntos de referencia.
Solo objetos flotantes, desplazándose en corrientes invisibles, como peces en un océano de ausencia.
—¿Qué es todo esto?
—Cosas que fueron olvidadas —respondió Muhō, caminando junto a él con cautela—.
Llaves que alguien perdió y nunca encontró.
El nombre de un conocido que no volviste a llamar.
La canción que sonaba en una fiesta y que se desvaneció al despertar.
El rostro de un extraño que te cruzaste en la calle y que tu memoria descartó para hacer espacio.
Todo termina aquí.
Feral extendió la mano hacia un papel que flotaba cerca.
En él, alguien había escrito un nombre con letra temblorosa: Carlos.
Pero mientras lo miraba, las letras comenzaron a desdibujarse, a perder forma, hasta que solo quedó una mancha gris sobre el papel.
—No toques —advirtió Muhō—.
Si tocas, el olvido te reconocerá como parte de su colección.
Y empezará a trabajar en ti.
Feral retiró la mano.
Pero ya era tarde: sintió un pequeño tirón en algún lugar de su conciencia, como si algo hubiera arañado la superficie de sus recuerdos.
Y entonces, notó que no recordaba qué había desayunado tres días atrás.
El vacío lo asaltó sin aviso.
Un agujero pequeño, insignificante, pero real.
Había desayunado algo, eso lo sabía.
Pan, quizás.
O fruta.
Pero el sabor, el olor, la textura…
todo se había esfumado, como si nunca hubiera existido.
—Muhō —dijo, y su voz sonó más tensa de lo que quería—.
Ya estoy olvidando.
—Es el nivel —respondió ella, sin detenerse—.
Aquí se pierden los detalles pequeños.
Lo que comiste, cómo te sonaba la voz de alguien, el color exacto de una pared.
Cosas que creías seguras pero que en realidad eran frágiles.
—¿Cómo lo detengo?
Muhō se volvió hacia él, y por un instante sus ojos azules brillaron con una intensidad que no era juguetona.
Era supervivencia.
—No puedes detenerlo.
Pero puedes anclarte.
Concéntrate en lo que más amas.
No en lo que recuerdas, sino en lo que sientes.
El amor no es un recuerdo, Feral.
Es una fuerza.
Pesa más que cualquier detalle que puedas perder.
Feral cerró los ojos.
Buscó dentro de sí, en ese espacio nuevo y ajeno que era su esencia divina, y encontró lo que buscaba: Retza.
No su rostro—eso también comenzaba a desdibujarse en los bordes—sino lo que ella le hacía sentir.
La paz de saber que no estaba solo.
El calor de su cuerpo junto al suyo en las noches de Zulú.
El modo en que ella lo miraba cuando creía que él no la veía.
El tirón cesó.
Feral abrió los ojos.
Muhō lo observaba con una expresión que no supo descifrar.
—Así se hace —dijo ella, en voz baja—.
Aelar…
él me enseñó eso.
Que el amor es más pesado que la memoria.
Que mientras lo sientas, nada puede borrarte del todo.
—¿Tú también lo estás olvidando?
—preguntó Feral—.
¿A Aelar?
Muhō no respondió.
Solo siguió caminando.
— Avanzaron durante un tiempo que no pudieron medir.
El olvido no tenía relojes, y los objetos flotantes se movían en ciclos que no seguían ninguna lógica temporal.
En algún momento, la niebla se aclaró lo suficiente para que vieran las siluetas.
Eran decenas.
Cientos.
Miles.
Almas que deambulaban sin rumbo, con pasos lentos y pausados, como quien camina en un sueño del que no quiere despertar.
Tenían formas humanas, pero sus rostros eran lisos, como el de Bōkyaku, sin facciones que los distinguieran.
Sus ropas eran harapos que alguna vez fueron uniformes, túnicas de dioses caídos, vestidos de fiesta que nadie volvería a usar.
Y sonreían.
Eso fue lo que más perturbó a Feral.
Sonreían con una paz absurda, con la felicidad de quien ha dejado caer un peso que ni siquiera sabía que cargaba.
Un hombre pasó junto a él tarareando una canción que no tenía melodía.
Una mujer giró sobre sí misma como si bailara al son de una música que solo ella podía oír.
Un niño—¿un dios niño?
¿un mortal?—se sentó en el suelo a jugar con llaves flotantes, riendo cada vez que una se escapaba de sus manos.
—Han olvidado —dijo Muhō, y su voz tembló ligeramente—.
Han olvidado quiénes eran, por qué luchaban, a quién amaban.
Ahora solo son…
esto.
Felices porque no saben que están perdidos.
Feral sintió un escalofrío que no venía del frío.
—¿Podemos ayudarlos?
—No.
El olvido ya los ha tomado por completo.
Sacarlos de aquí sería condenarlos a un vacío peor: existir sin saber quiénes son, en un mundo que no los recuerda.
Uno de los olvidados se acercó a Feral.
Era una mujer alta, de cabello largo que alguna vez fue dorado y ahora era gris como la niebla.
Extendió una mano hacia él, y Feral vio que en la palma llevaba un objeto: una pequeña muñeca de trapo, desgastada por el tiempo, con un solo ojo de botón y una sonrisa bordada que se estaba deshaciendo.
—Es para ti —dijo la mujer, y su voz era suave, lejana, como un eco de algo que ya no importaba—.
Para que no la olvides.
Feral sintió un golpe en el pecho.
La muñeca de Luna.
La niña de Zulú que le había regalado el recuerdo de su madre.
Aquella muñeca había sido destruida con el universo entero, y sin embargo, aquí estaba, en la mano de una desconocida, esperando ser tomada.
—No —dijo Muhō, firmemente—.
Si aceptas, empezarás a soltar lo que te ancla.
Eso es lo que hace el olvido: te ofrece consuelo a cambio de que dejes de aferrarte.
La mujer sonrió, sin entender.
Luego, como si nunca hubiera estado allí, se desvaneció entre la niebla, llevándose la muñeca con ella.
— Mientras tanto, en los márgenes del olvido…
Yami y María danzaban al borde del abismo.
La distracción no era una huida.
Era una coreografía de caos, un ballet de mentira y locura que tenía un solo propósito: que Bōkyaku y sus sirvientes miraran hacia otro lado el tiempo suficiente para que Feral y Muhō llegaran al centro.
—Vienen —dijo María, y su rostro cambió de la serenidad a la furia en un parpadeo, porque para ella todas las emociones eran máscaras que podía ponerse y quitarse a voluntad.
Las criaturas del olvido emergieron de la niebla como insectos de un panal podrido.
Eran formas sin nombre, sin rostro, sin propósito más allá de custodiar.
Bōkyaku las había creado con los restos de los olvidados, y ahora eran su ejército: millones de sombras que se movían en enjambre, buscando a los intrusos.
Yami sonrió.
Era una sonrisa que no tenía nada de cálida.
—Déjamelo a mí.
Levantó una mano, y la mentira se desplegó como un abanico.
Las criaturas del olvido se detuvieron en seco, confundidas.
De repente, no estaban en el olvido.
Estaban en sus propios orígenes, en los momentos antes de ser destruidas, cuando aún tenían nombre, rostro, historia.
Yami no les devolvía esos recuerdos—ella no podía—pero les hacía creer que sí.
Les susurraba al oído que recordaban, que podían volver atrás, que aún había esperanza.
Las criaturas comenzaron a desintegrarse.
No porque Yami las hubiera destruido, sino porque el olvido no puede sostenerse sobre la mentira de que no existe.
Al creer que recordaban, dejaron de ser lo que eran.
Se convirtieron en nada.
—No te demores —dijo María, con una risa que no hacía ruido—.
Vienen más.
Y tenía razón.
Del fondo de la niebla emergió una oleada nueva, más densa, más furiosa.
Y esta vez, detrás de ellas, una figura que sí tenía forma: un gigante de niebla sólida, con brazos que eran cadenas y ojos que eran pozos negros.
Un guardián de los niveles profundos.
—Ahora es mi turno —dijo María, y su rostro se fijó en una expresión de éxtasis absoluto.
Avanzó hacia el gigante con pasos de bailarina, y mientras caminaba, la locura emanaba de ella como el aroma de una flor podrida.
El gigante la vio.
La midió.
Y por un instante, dudó.
María le sonrió.
—¿Qué ves cuando me miras?
—preguntó, y su voz era muchas voces al mismo tiempo, todas ellas hablando en lenguas que no existían.
El gigante intentó responder, pero no pudo.
Porque lo que veía cambiaba a cada instante.
A veces era su creador, Bōkyaku, que venía a relevarlo.
A veces era la libertad, una puerta abierta hacia afuera.
A veces era su propia muerte, su propia destrucción, el olvido aplicado a sí mismo.
—No sabes —susurró María—.
No sabes qué es real y qué no.
No sabes si estás despierto o soñando.
No sabes si yo existo o si eres tú quien me está inventando para no estar solo.
El gigante comenzó a temblar.
Sus cadenas de niebla se aflojaron.
Sus ojos de pozo negro se desbordaron con algo que parecía…
miedo.
—Te daré un regalo —dijo María, y extendió una mano hacia él—.
Te daré una pregunta que nunca podrás responder.
Y esa pregunta te consumirá desde dentro.
Susurró algo.
Fueron tres palabras, pero ni Yami, que estaba a su lado, pudo escucharlas.
El gigante, en cambio, las oyó con claridad.
Y comenzó a deshacerse, no como las criaturas anteriores, sino lentamente, como quien se desmorona por dentro sin que nadie lo note.
—¿Qué le dijiste?
—preguntó Yami.
—¿Y si no existo?
—respondió María, y su risa silenciosa se extendió como ondas en el agua—.
Ahora pasará la eternidad preguntándose si él mismo es real.
Y mientras se lo pregunte, no podrá hacer nada más.
Yami la miró con algo que podía ser admiración o terror.
Quizás ambas.
—Eres terrible —dijo.
—Lo sé —respondió María, tomándole la mano—.
Por eso me amas.
Se adentraron de nuevo en la niebla, dejando atrás un ejército de criaturas que se disolvían en preguntas sin respuesta.
— El trono de cristal.
El Inquisidor sintió la perturbación como quien siente una mosca en la nuca: una molestia menor, apenas digna de atención.
—Algo se agita en el olvido —dijo, y su voz resonó en la cámara vacía, rebotando en las paredes de luz solidificada.
A su alrededor, los dioses leales no estaban.
Los había enviado a buscar al lobo, a rastrear cada átomo del omniverso hasta encontrarlo.
Solo él permanecía, el guardián, el pastor, el que sostenía el orden con una mano y con la otra señalaba el camino.
Cerró los ojos dorados—o quizás los abrió; en él, la diferencia era difusa—y extendió su conciencia hacia la Dimensión del Olvido.
La recorrió en un instante, sintiendo sus capas como quien pasa los dedos por las cuentas de un rosario.
Prisión.
Había movimiento en la prisión.
Pero no era nada nuevo.
Los olvidados siempre intentaban escapar.
Algunos, en los niveles más superficiales, aún conservaban suficientes restos de sí mismos para recordar que querían salir.
Era inútil, por supuesto.
El olvido era más fuerte que cualquier voluntad.
Más fuerte que cualquier amor.
El Inquisidor retiró su conciencia y volvió a abrir los ojos.
—No es nada —dijo, y la cámara de cristal lo devolvió su propia voz, multiplicada, confirmando su certeza—.
Solo los presos, soñando con la libertad.
Como siempre.
Volvió su mirada hacia otros asuntos.
La búsqueda del lobo.
La consolidación del orden.
El siguiente paso en su plan eterno.
La mosca había sido apartada.
— Regreso a la llanura.
Feral caminaba con más seguridad ahora.
Cada vez que sentía que un recuerdo empezaba a deshilacharse—el nombre de la calle donde había conocido a Leo, la canción que Retza tarareaba, el sabor del pan que Lirian solía hornear—se agarraba a lo que sentía por ella.
Y el tirón cesaba.
—¿Cuántos niveles hay?
—preguntó.
—Ocho —respondió Muhō—.
Ocho capas de olvido, cada una más profunda que la anterior.
Y en la novena, el centro.
Donde están los más peligrosos.
Donde estan los 80 dioses.
Donde está Retza.
Feral asintió.
Ocho niveles.
Y ya estaba sintiendo el peso del primero.
—¿Podremos?
Muhō lo miró.
Por un instante, su rostro juguetón volvió a asomar, pero había algo más detrás: una fe que Feral no esperaba encontrar.
—Tú puedes, pequeño lobo —dijo—.
Tú tienes algo que ninguno de nosotros tuvo cuando intentamos salvar a los que amamos.
—¿Qué?
—No tienes nada que perder.
Tu mundo ya está destruido.
Tus amigos están muertos.
Tu forma mortal ya no existe.
Solo te queda ella.
Y eso…
eso te hace más peligroso que cualquier dios que haya desafiado al Inquisidor.
Feral guardó silencio.
Delante de ellos, la niebla se abría hacia un nuevo paisaje: un bosque de árboles sin hojas, cuyas ramas sostenían fotografías que se desvanecían lentamente.
El segundo nivel.
—Vamos —dijo Feral, y adelantó el paso.
Muhō lo siguió, y en su pecho, algo que había estado dormido durante dos eras comenzó a latir con fuerza.
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