Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 65
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65: Las Colinas Del Desuso 65: Las Colinas Del Desuso La niebla del primer nivel quedó atrás como un sueño del que se despierta sin recordar los detalles.
Feral sintió el cambio antes de verlo: el aire se volvió más denso, más viejo, como el interior de una catedral abandonada donde el polvo ha enterrado siglos de oraciones.
Y luego, el paisaje se desplegó ante ellos.
Colinas.
No las colinas verdes y vivas de Zulú, cubiertas de hierba que ondulaba con el viento.
Estas eran colinas grises, cubiertas de una maleza que parecía tejida con ceniza y olvido.
La vegetación—si podía llamársela así—crecía en formas retorcidas, sin flores, sin frutos, sin ningún propósito más allá de existir porque siempre habían existido.
Sobre ellas, como costillas de bestias muertas hace eones, se alzaban ruinas.
Feral se detuvo a mirar una estructura que había sido algo, en algún momento.
Arcos de piedra quebrada que una vez sostuvieron un techo.
Columnas caídas que alguna vez separaron un espacio sagrado de uno profano.
Escaleras que no llevaban a ninguna parte, quebradas a mitad de su ascenso.
—¿Qué fue esto?
—preguntó.
Muhō caminó junto a él, y por primera vez desde que la conocía, Feral la vio cansada.
No físicamente—los dioses no se cansaban como los mortales—sino de una manera más profunda, como si algo dentro de ella estuviera empezando a pesar demasiado.
—Un templo —dijo—.
O una biblioteca.
O la casa de alguien.
Eso es lo que pasa aquí: las cosas pierden su propósito, y cuando ya nadie las usa, cuando ya nadie las recuerda, terminan en este nivel.
Las habilidades que no se practican.
Los conocimientos que no se aplican.
Las relaciones que se dejan morir.
Feral sintió un escalofrío que no vino del frío.
—Es el olvido por desuso.
—Así es.
No es violento como otros niveles.
No arranca nada.
Simplemente…
deja que se desmorone.
Y un día despiertas y te das cuenta de que ya no sabes hacer algo que antes te salía sin pensar.
Que ya no sientes algo que antes te quemaba por dentro.
Y ni siquiera sabes cuándo dejaste de sentirlo.
Avanzaron entre las ruinas.
Feral notó que sus pies se movían con menos seguridad, como si hubiera olvidado algo sobre caminar.
No, no caminar.
Algo sobre caminar.
Una técnica.
Una forma de moverse que había sido parte de él durante tanto tiempo que ni siquiera recordaba haberla aprendido.
Intentó concentrarse, buscar en su memoria la forma de invocar sus garras.
Las negras, las que había usado contra Konrrac.
Las blancas, las que había despertado en Zulú.
Nada.
Sabía que existían.
Sabía que las había usado.
Pero los momentos—los instantes exactos en que sus dedos se habían alargado, en que la energía había brotado de sus nudillos—se desdibujaban como tinta en agua.
Había usado las Garras Negras contra Omega.
¿O no?
¿Había sido en ese combate?
¿O en otro?
¿O quizás nunca las había usado realmente y solo lo había soñado?
—Muhō —dijo, y su voz sonó más aguda de lo que quería—.
No recuerdo cómo usar mis garras.
Ella se volvió.
Lo miró con una expresión que era compasión y advertencia al mismo tiempo.
—No las has olvidado.
Solo las estás…
perdiendo de vista.
Es lo que hace este nivel.
Las habilidades que no usas, los conocimientos que no practicas…
aquí empiezan a parecer sueños.
Y luego, un día, lo son.
—¿Cómo las recupero?
—Usándolas.
Pero no puedes.
No aquí.
El olvido no permite que nada vuelva a la vida.
Solo puedes aferrarte a lo que aún no se ha ido.
Feral apretó los puños.
Cerró los ojos.
Buscó dentro de sí, en ese espacio donde su esencia divina bullía como un río subterráneo, y encontró…
algo.
No las garras.
No la técnica.
Sino el propósito de las garras.
La razón por la que las había desarrollado.
Proteger.
Defender.
No dejar que nadie más muriera mientras él pudiera hacer algo.
Se aferró a eso.
Al porqué.
No al cómo.
El vértigo cesó.
—Así se hace —dijo Muhō, y había orgullo en su voz—.
No te aferres a lo que sabes.
Aferrate a lo que eres.
— Caminaron entre las colinas durante un tiempo que no supieron medir.
Las ruinas se multiplicaban a su alrededor: una biblioteca entera con estantes vacíos, un anfiteatro sin público, una casa con una mesa puesta para una cena que nunca llegó.
Y entre las ruinas, los habitantes.
Eran más numerosos que en el primer nivel.
Y más variados.
Feral vio figuras que alguna vez fueron soldados, con armaduras que se deshacían como papel mojado.
Vio a una mujer que repetía una y otra vez el mismo gesto: levantar la mano, señalar algo invisible, bajarla.
Levantar, señalar, bajar.
Como si en ese gesto hubiera estado todo su propósito, y ahora solo le quedara el gesto, vacío de significado.
Vio a un hombre que sostenía una fotografía.
El rostro impreso en ella se había desvanecido por completo, solo quedaba un círculo blanco donde deberían estar los rasgos de alguien.
Pero el hombre la miraba con devoción, como si aún pudiera ver lo que ya no estaba.
—¿Quién era?
—preguntó Feral.
—No lo sabe —respondió Muhō en voz baja—.
Sabe que alguien fue importante.
Sabe que debería recordarlo.
Pero el qué, el quién, el porqué…
todo se ha ido.
Solo le queda el hueco donde estuvo el amor.
Y ese hueco duele más que el olvido.
Feral sintió que sus propios recuerdos comenzaban a deshilacharse.
Los nombres de sus amigos—Leo, Vikthor, Perla, Lirian—flotaban en su mente como barcos a punto de perderse en la niebla.
Podía verlos, pero los contornos se desdibujaban.
Los momentos que habían compartido se volvían borrosos, como fotografías dejadas al sol.
Leo enseñándole a pelear.
Vikthor mirándolo con odio y dolor.
Perla sonriendo antes de lanzar un ataque.
Lirian interponiéndose entre él y el mandoble de Omega.
Los nombres empezaron a desvanecerse.
Primero los apellidos.
Luego los nombres de pila.
Luego solo iniciales.
Luego nada.
—No —susurró Feral, deteniéndose—.
No, no, no…
—¿Qué pasa?
—Muhō se acercó, alarmada.
—Ellos.
Mis amigos.
Sus nombres.
Leo…
ya no sé si se llamaba Leo.
O algo parecido.
O si ese era su nombre o solo un apodo.
Y Vikthor.
¿Vikthor se llamaba?
¿O era Víctor?
¿O algo completamente diferente?
Muhō lo tomó del brazo con fuerza.
—No importan los nombres —dijo, y su voz era firme—.
Los nombres son lo primero que se va.
Lo que importa es lo que hicieron.
Lo que significaron.
Aferrate a eso.
—¿Cómo?
—la voz de Feral era un ruego—.
¿Cómo me aferro a algo que ya no puedo nombrar?
—Dime lo que hicieron.
Feral cerró los ojos.
Las imágenes—lo que quedaba de ellas—parpadeaban en su mente como luciérnagas en la oscuridad.
—Uno…
uno me enseñó a pelear.
Me mostró que la fuerza no es solo músculos.
Me enseñó a ser estratega, a pensar antes de actuar.
—Eso es Leo —dijo Muhō—.
Sigue.
—Otro…
otro me odiaba.
Con razón.
Le había quitado algo irremplazable.
Pero cuando llegó el momento de enfrentarse al monstruo, él no huyó.
Se puso frente a mí.
Eligió morir protegiendo a quien había sido su enemigo.
—Eso es Vikthor.
Sigue.
—Una mujer.
Joven.
Con una sonrisa que desarmaba a cualquiera.
Antes de morir, me miró a los ojos.
Y no había miedo en su mirada.
Solo…
confianza.
Como si supiera que yo iba a lograrlo.
—Perla.
—Y otra.
Una sanadora.
Tenía el cabello color trigo y las manos siempre calientes.
Se interpuso entre yo y el mandoble.
Dijo…
dijo que solo yo podía vencerlo.
—Lirian.
Feral abrió los ojos.
Los nombres habían vuelto.
No todos los detalles—aún quedaban borrosos en los bordes—pero lo esencial estaba ahí.
Quiénes fueron.
Qué hicieron.
Por qué importaban.
—Gracias —dijo.
Muhō asintió, pero su mirada se había vuelto distante, perdida en algún lugar entre las ruinas.
—Yo también olvido, Feral —dijo, y su voz era apenas un susurro—.
Cada era que pasa, pierdo un poco más de él.
Su risa.
La forma en que decía mi nombre.
El color exacto de sus ojos.
Al principio, pensé que podría aferrarme para siempre.
Que el amor que sentía por él era más fuerte que cualquier olvido.
Pero han pasado dos eras, Feral.
Dos eras desde que lo vi caer.
Y cada día…
cada día pierdo algo nuevo.
A veces es pequeño: una palabra que solía usar, un gesto que hacía cuando estaba pensando.
Otras veces es algo más grande: el recuerdo de nuestra primera noche juntos, la forma en que me miró cuando le dije que lo amaba.
Su voz se quebró.
Feral vio entonces lo que había estado ocultando tras sus sonrisas juguetonas y sus manoseos provocadores: una herida abierta que no había cicatrizado en dos eras.
Un vacío que el olvido ensanchaba lentamente, día tras día, era tras era.
—No quiero olvidarlo —dijo Muhō, y por primera vez Feral la escuchó llorar—.
Es todo lo que me queda de él.
Es todo lo que fui cuando estábamos juntos.
Feral sintió un impulso.
Contarle la verdad.
Decirle que Aelar no estaba completamente perdido, que un fragmento de él vivía dentro de su esencia, que lo había visto, que había hablado con él, que su padre—porque Aelar era su padre, eso también debía contarle—estaba ahí, en algún lugar, esperando.
Pero el recuerdo de las palabras de Aelar lo detuvo: No le digas a nadie.
Especialmente a Muhō.
Si el Inquisidor descubre que sobrevivo, la buscará.
La usará para llegar a mí.
Cerró la boca.
El secreto pesó en su pecho como una piedra.
En lugar de eso, dijo: —Cuéntame de él.
Muhō levantó la vista, sorprendida.
—¿Qué?
—Cuéntame de Aelar.
Cómo lo conociste.
Cómo la anarquía se enamora de la libertad.
Quiero saberlo.
Y mientras me lo cuentas, te aferras a ello.
Como yo me aferro a Retza cuando el olvido intenta llevármela.
Muhō lo miró largamente.
Algo en su expresión cambió—no era la diosa juguetona que manoseaba sus pectorales ni la estratega fría que navegaba el laberinto.
Era, simplemente, una mujer que había amado y perdido y que seguía amando a pesar de todo.
—Está bien —dijo, en voz baja—.
Camina conmigo.
Y te contaré.
Mientras tanto, en los bordes del olvido…
Yami y María se detuvieron frente al último ejército.
Detrás de ellas, el campo estaba sembrado de sombras deshechas.
Algunas yacían en el suelo como trapos olvidados, otras se desintegraban lentamente en la niebla, otras simplemente habían dejado de existir.
Los guardianes de Bōkyaku habían caído uno tras otro: los que enfrentaron a Yami habían muerto creyendo que recordaban; los que enfrentaron a María habían muerto preguntándose si eran reales.
Pero ahora, frente a ellas, no había más ejército.
Había una presencia.
Bōkyaku emergió de la niebla como quien emerge de su propia casa después de una larga siesta.
Su rostro liso—esa superficie sin facciones que era más aterradora que cualquier máscara—se volvió hacia ellas con una lentitud deliberada.
No había prisa en sus movimientos.
No había urgencia.
Había, pensó Yami, la paciencia de algo que ha esperado eternidades y puede esperar unas cuantas más.
Han hecho un buen trabajo, dijo la voz en sus mentes, fría y clara como agua de deshielo.
Mis guardianes eran muchos.
Ustedes son solo dos.
Y sin embargo, aquí están.
—No vinimos a pelear contigo —dijo Yami, y por primera vez su voz de susurro helado no era una amenaza, sino una evaluación—.
Vinimos a distraerte.
Lo sé.
Han venido con él, ¿verdad?
El lobo.
El error.
María sonrió, y su rostro cambió a una expresión de inocencia infantil.
—¿Qué lobo?
No sé de qué lobo me hablas.
Somos solo dos diosas aburridas que vinimos a hacer un poco de caos.
¿No te gusta el caos, Bōkyaku?
¿No te aburre este lugar?
Siempre igual.
Siempre gris.
Siempre olvidando.
Bōkyaku no respondió.
Pero su rostro liso pareció…
fruncirse.
Como si debajo de la superficie algo intentara formarse y no pudiera.
No mientas.
La mentira es tu dominio, Yami.
Pero aquí, en mi dominio, las mentiras pesan menos que el olvido.
Yami dio un paso al frente.
Sus ojos vacíos, esos pozos negros que nunca reflejaban nada, se fijaron en Bōkyaku con una intensidad que hizo que la niebla a su alrededor se apartara.
—¿Quieres probarlo?
—dijo, y su voz era un filo—.
Déjame mostrarte una mentira tan hermosa que el olvido preferirá quedarse con ella antes que borrarla.
Bōkyaku se quedó inmóvil.
Y Yami comenzó a susurrar.
No eran palabras que María pudiera entender.
Eran sonidos que no pertenecían a ningún idioma, ritmos que no seguían ninguna métrica, promesas que no podían cumplirse.
Pero mientras Yami susurraba, el rostro de Bōkyaku comenzó a cambiar.
Lentamente, como la lenta erosión de un acantilado, su superficie lisa empezó a agrietarse.
Y debajo de las grietas, algo intentaba emerger.
¿Qué…?
—Una mentira —dijo Yami—.
La mentira de que recuerdas.
La mentira de que antes de ser el olvido, fuiste otra cosa.
Que tuviste nombre.
Que tuviste rostro.
Que tuviste a alguien a quien amaste.
Bōkyaku dio un paso atrás.
Fue un movimiento mínimo, apenas perceptible, pero María lo vio.
Y sonrió.
—Eso es —dijo, y su risa silenciosa se extendió como ondas—.
Eso es miedo.
¿Ves?
Incluso el olvido puede temer.
No temo, dijo Bōkyaku, pero su voz tembló.
Solo…
no recuerdo.
—Exacto —dijo Yami, y avanzó un paso más—.
No recuerdas quién eras antes de ser esto.
Y eso, Bōkyaku, es la mentira más hermosa que puedo ofrecerte: la mentira de que puedes recordar.
La mentira de que hubo algo antes.
El dios del Olvido se detuvo.
Y por primera vez en incontables eras, algo que se parecía a la duda cruzó su rostro liso.
—Ahora —dijo María, y su voz ya no era risueña.
La locura brotó de ella como un río desbordado.
No tuvo forma, no tuvo dirección, no tuvo propósito más allá de ser.
Bōkyaku intentó retroceder, pero ya era tarde: la locura de María no se esquivaba, se respiraba.
Se pensaba.
Y una vez que entraba en la mente, ya no había modo de expulsarla.
Bōkyaku sintió su propia realidad desmoronarse.
¿Era el olvido?
¿O había sido algo antes?
¿Y si Yami tenía razón?
¿Y si todo lo que era—el guardián, el carcelero, el dios sin rostro—no era más que una mentira que él mismo había creído durante tanto tiempo que se había vuelto verdad?
—Te dejamos una pregunta —dijo María, mientras ella y Yami comenzaban a retroceder hacia la niebla—.
Una pequeña semilla de locura.
Y mientras crezca, tú no podrás hacer nada más que preguntarte: ¿quién fui antes de ser esto?
Bōkyaku intentó moverse, intentó detenerlas, intentó recordar por qué debía detenerlas.
Pero la pregunta ya había echado raíces.
Y mientras la duda crecía, él se quedó inmóvil, atrapado en su propia incertidumbre.
—No será suficiente para siempre —dijo Yami, mientras la niebla las envolvía—.
Pero será suficiente para que ellos lleguen al centro.
—Y cuando lleguen —agregó María, tomando su mano—, veremos qué pasa.
Desaparecieron en la bruma.
Bōkyaku se quedó solo, frente a un campo sembrado de guardianes deshechos, preguntándose por primera vez en su existencia quién había sido antes de convertirse en el olvido.
— Regreso a las colinas.
—Fue en una guerra —decía Muhō, mientras caminaban entre las ruinas—.
Una guerra entre dioses que ya nadie recuerda.
Yo estaba del lado de los que querían derribar el orden.
Él también.
Pero mientras yo luchaba por el caos, por la libertad de no tener reglas, él luchaba por la libertad de elegir.
No era lo mismo.
Y sin embargo, nos encontramos en medio del campo de batalla.
Feral la escuchaba en silencio, caminando a su lado.
La niebla a su alrededor parecía más tenue ahora, como si las palabras de Muhō la ahuyentaran.
—Yo iba a matarlo —dijo Muhō, y casi rió—.
Había derribado a tres dioses esa mañana, y él era el cuarto.
Pero cuando levanté mi espada—¿tuve espada alguna vez?
No lo sé, los detalles se desdibujan—él me miró.
No con miedo.
No con odio.
Con curiosidad.
Y me dijo: “¿Por qué luchas?” —¿Qué respondiste?
—”Porque el orden es una jaula”.
Él sonrió.
Dijo: “El caos también lo es.
Pero al menos en el caos, puedes escoger tu jaula.” Y me tendió la mano.
Muhō se detuvo.
Frente a ellos, la siguiente capa del olvido se extendía: un mar de arenas movedizas que tragaban recuerdos como un desierto tragaba viajeros.
—Nunca solté su mano después de eso —dijo Muhō, y su voz era un susurro—.
Durante mucho tiempo caminamos juntos por el omniverso.
Derribamos órdenes, construimos caos, reímos, lloramos, nos amamos.
Él era…
él era la única regla que yo estaba dispuesta a seguir.
No porque me la impusiera, sino porque elegir seguirlo era la libertad más hermosa que había conocido.
—¿Por qué lo dejaste ir?
—preguntó Feral, aunque ya sabía la respuesta.
—No lo dejé.
El Inquisidor lo tomó.
Y yo…
yo tuve miedo.
Miedo de que me consumiera a mi también.
Miedo de ser olvidada de ya no existir.
Así que me oculte.
Durante dos eras.
Esperando.
Olvidando.
Feral sintió el peso de su secreto como una cadena alrededor del cuello.
Podía decírselo.
Podía decirle que Aelar estaba vivo, que había hablado con él, que su padre—porque también tendría que decirle que era su padre—la recordaba con amor.
Pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.
No es el momento, pensó.
O quizás nunca lo sea.
En lugar de eso, puso una mano en el hombro de Muhō.
—No lo has olvidado del todo —dijo—.
Lo llevas aquí.
Y mientras lo lleves, algo de él sigue vivo.
Muhō levantó la vista hacia él.
Por un instante, sus ojos azules se llenaron de algo que no era deseo ni coquetería.
Era gratitud.
—Eres más sabio de lo que pareces, pequeño lobo —dijo, y por primera vez la frase no sonó a provocación.
Feral asintió hacia el siguiente nivel.
—Vamos.
Retza nos espera.
Y cuando la saquemos de aquí, te ayudaré a buscar a Aelar.
Te lo prometo.
Muhō sonrió.
Era una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
—Cuida tus promesas, Feral.
En el omniverso, las promesas tienen peso.
Y las tuyas…
No terminó la frase.
En lugar de eso, tomó su mano y lo guió hacia las arenas movedizas del tercer nivel.
Detrás de ellos, las colinas del desuso se desvanecieron en la niebla.
Y con ellas, algunos nombres que nunca volverían a ser recordados.
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