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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 66

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  3. Capítulo 66 - 66 El Bosque De Los Traumas
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66: El Bosque De Los Traumas 66: El Bosque De Los Traumas El bosque no los recibió.

Los devoró.

Un paso más allá de las colinas del desuso y la niebla se volvió densa, oscura, viscosa.

Feral sintió cómo se cerraba a sus espaldas, como la boca de una bestia que hubiera estado esperando con paciencia infinita a que dieran el paso final.

A su alrededor, los árboles emergían de la penumbra con formas que no eran naturales.

Sus troncos se retorcían en espirales imposibles, sus ramas se curvaban hacia el suelo como brazos que imploraban, sus cortezas tenían texturas que recordaban demasiado a la piel humana cuando ha sido marcada por el sufrimiento.

Feral no necesitó que Muhō se lo dijera.

Este era el nivel del dolor.

—Los traumas —dijo ella, y su voz sonó apagada, como si el bosque absorbiera no solo la luz sino también el sonido—.

Los recuerdos que duelen tanto que el olvido los entierra.

Pero no los destruye.

Nunca puede destruirlos del todo.

Aquí están.

Esperando.

—¿Esperando qué?

—preguntó Feral, y su voz tembló.

Odio que temblara.

—Que alguien los despierte.

Caminaron entre los árboles retorcidos.

Las raíces se enredaban en el suelo formando patrones que parecían cuerpos—cuerpos que habían caído, cuerpos que se arrastraban, cuerpos que ya no podían levantarse.

Feral sintió que algo se movía en la periferia de su visión.

Sombras que se deslizaban entre los troncos, demasiado rápidas para seguirlas con la mirada, demasiado lentas para ignorarlas.

Y luego, los susurros.

—Feral…

Se detuvo en seco.

La voz era un eco, una caricia de algo que había sido.

Reconoció el timbre antes de reconocer el nombre.

Era Lissa.

Su amiga.

La que había muerto con el pecho explotado por un golpe de Omega, los ojos abiertos, la boca formando una palabra que nunca llegó a pronunciar.

—¿Por qué no nos salvaste?

Otra voz.

Mark.

El guerrero silencioso que había caído consumido por las llamas, sin un grito, con los dientes apretados y la mirada fija en Feral hasta el último instante.

—Podías hacer más.

Siempre podías hacer más.

Román.

Mila.

Trass.

Darius.

Dulce.

Las voces se multiplicaban, se superponían, formaban una polifonía de acusación y dolor que crecía desde todos los árboles, desde todas las sombras, desde cada grieta en la corteza que sangraba memoria.

—Feral —la mano de Muhō se cerró sobre su brazo con fuerza—.

Son solo ecos.

No son reales.

—Lo sé —dijo él, pero su voz era ronca, y su pecho se había vuelto demasiado pequeño para contener todo lo que estaba sintiendo.

No era solo dolor.

Era culpa.

Era la certeza, grabada a fuego en algún lugar de su esencia, de que si hubiera sido más fuerte, si hubiera despertado antes su poder, si hubiera sido el dios que ahora empezaba a ser, quizás ellos aún estarían vivos.

Leo enseñándole a pelear.

Vikthor mirándolo con ese odio que finalmente se había transformado en algo parecido al respeto.

Perla sonriendo antes de lanzar un ataque, Lirian con sus manos calientes curando heridas que él ni siquiera sentía.

—Míranos.

Una sombra emergió de entre los árboles.

No tenía rostro, no tenía forma definida, pero Feral supo quién era.

La silueta de un hombre alto, de hombros anchos, con algo que una vez fue una capa de general.

Leo.

La sombra extendió una mano hacia él, y de su pecho abierto—porque Omega le había arrancado el corazón, se lo había comido frente a todos—goteaba una sustancia oscura que se evaporaba antes de tocar el suelo.

—Míranos, Feral.

Míranos y recuérdanos.

Porque si nos olvidas, ¿quién nos recordará?

—No voy a olvidarlos —susurró Feral, y las palabras le rasgaron la garganta.

—Claro que vas a olvidarlos —la voz de Muhō fue cruel por necesidad, un látigo para sacarlo del trance—.

Eso es lo que hace este nivel.

Te muestra lo que más te duele para que quieras aferrarte.

Y mientras te aferras, el olvido te consume desde dentro.

Suéltalos, Feral.

Por ahora.

Suéltalos.

—No puedo.

—Tienes que poder.

Si te quedas aquí, si te dejas atrapar por su dolor, no llegarás a Retza.

Ella también te está esperando.

Ella también te necesita.

Feral cerró los ojos.

Las voces no cesaron, pero encontró algo dentro de sí—ese centro de calma que Aelar le había enseñado a buscar—y se ancló a él.

No olvidaba.

No soltaba.

Simplemente…

dejaba que el dolor existiera sin que lo gobernara.

Cuando abrió los ojos, las sombras se habían retirado.

No habían desaparecido.

Seguían moviéndose entre los árboles, esperando.

Pero por ahora, estaban a una distancia que podía soportar.

—Así —dijo Muhō, y había algo en su voz que no era solo alivio—.

Así se hace.

— Avanzaron.

El bosque se volvía más denso a cada paso, y con él, las visiones más intensas.

Feral vio a Konrrac arrastrándose por el suelo de la guarida, el brazo cortado, la sangre formando un charco a su alrededor.

Vio a su madre, Venecia, cayendo bajo las garras del usurpador mientras él, un cachorro escondido en un armario, miraba sin poder hacer nada.

Vio a Gor—o Darío, el nombre corregido por la memoria—con sus martillos levantados, listo para aplastarle el cráneo, y sintió otra vez el frío de haber matado a alguien que quizás solo había tenido miedo.

Y en medio de todo eso, una figura que no era sombra.

Era una mujer.

Caminaba sola entre los árboles, con pasos lentos pero decididos, como quien lleva siglos resistiéndose a algo que no quiere nombrar.

Su cabello era rojo—un rojo intenso, como hierro al rojo vivo, como sangre derramada hace un instante—y ondeaba a su espalda con un movimiento que no seguía el viento, porque en el bosque no había viento.

Vestía algo que una vez fue armadura, pero ahora solo eran fragmentos de metal oxidado sujetos por correas deshilachadas.

En su mano derecha, algo que pudo ser una espada o pudo ser un bastón, pero que el olvido había desdibujado hasta convertirlo en una mancha de intención.

No era una sombra.

Era alguien.

Alguien que aún estaba luchando.

—Muhō —dijo Feral, deteniéndose—.

¿Quién es ella?

Muhō siguió su mirada, y por primera vez desde que entraron al bosque, su expresión cambió.

No era sorpresa.

Era reconocimiento.

Y debajo del reconocimiento, algo que podía ser…

¿temor?

¿Admiración?

¿Ambos?

—Ella —dijo Muhō, y su voz era apenas un susurro— es la última.

—¿La última de qué?

—Del linaje Galdur Dragnor.

Los mortales que acompañaron a los dioses en la primera rebelión.

Los que lucharon codo a codo con Aelar, con Kibō, con Yume, con todos los que se atrevieron a enfrentarse al Inquisidor.

Fueron los más feroces.

Los más leales.

Y cuando la rebelión cayó, cuando el Inquisidor creó este lugar para encerrar a los que no podía destruir, ellos cayeron con nosotros.

Pero ella…

ella sigue aquí.

Sigue resistiendo.

Después de dos eras, ella aún no se ha dejado olvidar.

Feral observó a la mujer.

En su rostro—marcado por cicatrices que el olvido no había podido borrar—había una expresión que reconoció.

Era la misma que había visto en el espejo, después de que Omega destruyera su mundo.

La determinación de quien ha perdido todo y aún así se niega a dejar de luchar.

—¿Los mortales?

—preguntó—.

¿Qué pasó con los mortales que lucharon junto a ustedes?

Muhō guardó silencio un momento.

—La mayoría se desvaneció en los primeros años.

El olvido los consume más rápido que a nosotros.

Son…

más frágiles.

Más fáciles de borrar.

Pero algunos resistieron.

Algunos aún resisten.

Ella es la que más ha durado.

Nadie sabe por qué.

Quizás porque su dolor era tan grande que el olvido no pudo tragarlo entero.

Quizás porque…

No terminó la frase.

Porque en ese instante, la mujer se volvió hacia ellos.

Sus ojos no tenían color.

Eran dos pozos grises, igual que los de los olvidados, igual que los de Bōkyaku.

Pero había algo en ellos que los diferenciaba: una chispa.

Diminuta, casi extinta, pero real.

Algo que aún ardía en algún lugar profundo de su ser.

Y luego, se lanzó.

El movimiento fue tan rápido que Feral apenas tuvo tiempo de reaccionar.

La mujer estaba sobre él antes de que pudiera levantar los brazos, y sus manos—frías, huesudas, con uñas que eran casi garras—se cerraron sobre sus hombros.

Sintió cómo algo comenzaba a ser absorbido de él.

No era energía, no exactamente.

Era existencia.

La materia de la que estaba hecho, la esencia que lo definía como dios, fluyendo hacia ella en un torrente desesperado.

—¡Feral!

—Muhō levantó una mano, y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse.

—No —dijo Feral, y la palabra fue un gruñido—.

No la lastimes.

Se resistió.

No con violencia, sino con presencia.

Empujó desde su centro, desde ese núcleo de conciencia que era ahora su única identidad, y sintió cómo la absorción se detenía.

Pero no se rompió.

En lugar de eso, algo ocurrió que ninguno de los dos esperaba.

Los recuerdos comenzaron a fluir.

No de Feral hacia ella.

En ambos sentidos.

Como si el contacto hubiera abierto un canal que la absorbción había iniciado y la resistencia había sellado.

Imágenes, emociones, fragmentos de vidas enteras pasaron de uno a otro en un torrente imposible de detener.

Feral vio la guerra.

No la guerra que él había conocido, con Omega descendiendo del cielo como un meteorito de muerte.

Esta era más antigua.

Más grande.

Más terrible.

Flotas de naves—si es que podían llamarse naves—surcaban un cielo que no era cielo, entre estrellas que no eran estrellas.

Eran objetos de luz solidificada, de geometrías que la mente mortal no podía retener, y sobre ellas, dioses y mortales luchaban codo a codo contra ejércitos de sombras que no tenían rostro pero que tenían el propósito del Inquisidor grabado en cada uno de sus movimientos.

Las imágenes eran confusas, cortadas, como una película que hubiera sido rota y vueltan a pegar sin orden.

Fragmentos.

Retazos.

Pero en medio del caos, algunas imágenes se sostenían con claridad aterradora.

Vio a Aelar.

Su padre.

El dios de la libertad.

No el fragmento que había conocido en el espacio blanco, la voz paciente que le enseñaba a controlar su bestia.

Este era Aelar en su plenitud, con su piel oscura brillando como obsidiana pulida, sus rastas blancas flotando en un viento que no existía, sus ojos azules encendidos con una furia que era también amor.

Peleaba contra algo que Feral no podía mirar directamente.

Una presencia.

Un abismo con forma de hombre.

El Inquisidor.

Y por un instante, en el instante antes de que la imagen se rompiera, Feral vio cómo Aelar caía.

No derrotado.

Absorbido.

Su luz siendo tragada por la oscuridad, su esencia desgarrada en fragmentos que se dispersaban por el omniverso.

Luego, otro fragmento.

Una mujer.

No la que lo estaba absorbiendo ahora, sino otra.

Más joven.

Con el mismo cabello rojo, pero vivo, luminoso, cayendo en cascada sobre sus hombros mientras reía junto a un hombre de facciones cambiantes y ojos que contenían galaxias.

El dios de la Imaginación.

Feral supo su nombre sin que nadie se lo dijera, porque en el recuerdo de ella, su nombre era una canción que se cantaba en voz baja, en la intimidad de una habitación que ya no existía.

Shikō.

El dios de la Imaginación.

Y él la miraba como si ella fuera la única realidad que valía la pena imaginar.

Otro fragmento.

Manos sobre un vientre.

Su vientre.

La certeza de una vida creciendo dentro de ella.

La promesa de un hijo que nacería después de la guerra, cuando la libertad fuera real y el orden ya no fuera una jaula.

Y luego, nada.

El fragmento se rompió antes de que Feral pudiera ver qué había pasado con ese hijo.

Pero no necesitaba verlo.

La ausencia de ese recuerdo—el vacío donde debería haber estado el rostro de un niño, el sonido de una risa, el calor de un cuerpo pequeño contra el pecho—le contó toda la historia que necesitaba saber.

La mujer no quería olvidar a su hijo.

Esa era su ancla.

La única cosa en dos eras de olvido que había resistido porque ella se había negado a soltarla.

No el amor de un dios, no la gloria de la batalla, no la causa por la que había luchado.

Solo eso.

Su hijo.

El que nunca llegó a nacer.

El que no tenía rostro, ni nombre, ni memoria más allá de la promesa de lo que pudo haber sido.

Feral sintió que sus propios recuerdos comenzaban a fluir hacia ella.

Vio sus propios ojos a través de los de ella.

Vio su infancia en la guarida de Konrrac, el miedo constante, la certeza de que era un monstruo sin origen.

Vio a Retza en la luna, observándolo sin que él lo supiera.

Vio a Vikthor exigiéndole justicia, a Perla mirándolo antes de morir, a Lirian interponiéndose entre él y la muerte.

Vio la muñeca de Luna, el abrazo de Karim, las manos de Aron temblando mientras le entregaba la herramienta para cavar el pozo.

Y en medio de todo eso, vio algo que no sabía que había guardado: el momento en que supo que sería padre.

No lo había sido.

No había tenido tiempo.

Pero había imaginado, en las noches con Retza, la posibilidad.

Un hijo de piel oscura como la suya y cabello rojizo como la gloria de ella.

Un niño que no tendría que luchar, que no tendría que huir, que crecería en un mundo donde el amor no fuera un acto de rebelión.

El mismo sueño.

El mismo ancla.

Por un instante, en medio del bosque de los traumas, dos seres que habían perdido todo lo que tenían se encontraron en lo único que les quedaba: la promesa de un hijo que nunca llegó a nacer.

Y ese encuentro, ese instante de reconocimiento mutuo, se convirtió en el ancla que ninguno de los dos había tenido antes.

La mujer dejó de absorber.

Sus manos—frías, huesudas, casi garras—aflojaron su presión sobre los hombros de Feral.

Sus ojos grises, esos pozos de olvido, parpadearon.

Y por primera vez en dos eras, algo que no era el vacío se reflejó en ellos.

—Tú…

—dijo, y su voz era un crujido, como la de alguien que no ha hablado en milenios—.

Tú también…

—Sí —dijo Feral, y su voz tampoco era firme—.

También.

Ella lo miró largamente.

Y luego, lentamente, como quien aprende de nuevo un gesto olvidado, asintió.

—Ve —dijo—.

Ve por ella.

Yo…

yo seguiré resistiendo.

Un poco más.

Feral quiso decir algo.

Preguntarle su nombre.

Preguntarle qué había pasado con Shikō, con su hijo, con la guerra que había perdido.

Pero sabía que no había tiempo.

El olvido no esperaba.

Los niveles se cerraban a su espalda.

Retza lo esperaba en el centro.

—¿Cómo te llamas?

—preguntó, a pesar de todo.

La mujer sonrió.

Era una sonrisa pequeña, quebrada, pero real.

—Dragnaer —dijo—.

Me llamo Dragnaer.

Y tú…

—Feral.

—Feral —repitió, como si saboreara la palabra—.

Ve, Feral.

Sálvala.

Y cuando lo hagas…

recuérdanos.

A todos los que caímos para que tú pudieras estar aquí.

Feral asintió.

Muhō, que había observado todo en silencio, le tocó el brazo.

—Tenemos que seguir.

—Lo sé.

Se alejaron.

Dragnaer se quedó entre los árboles, su silueta roja destacando contra la niebla gris.

No los siguió.

No los llamó.

Pero Feral sintió su mirada en la nuca hasta que el bosque se la tragó por completo.

— Mientras tanto, en los bordes del olvido…

Bōkyaku se movió.

La duda que Yami había sembrado en su mente, la locura que María había inyectado en su esencia, no habían desaparecido.

Seguían allí, retorciéndose como gusanos en la fruta podrida.

Pero algo más profundo—algo más antiguo que la duda—lo impulsó hacia adelante.

Su función.

Su propósito.

Su existencia.

Era el olvido.

Y había intrusos en su dominio.

—Han jugado bien —dijo, y su voz no resonó en sus mentes esta vez, sino en el aire, áspera y real—.

Pero el juego termina.

Yami sintió el ataque antes de que llegara.

No fue físico.

Fue más profundo.

Bōkyaku no les lanzó sombras ni ejércitos.

Les lanzó el olvido mismo.

Un ariete de ausencia que buscaba no su cuerpo, sino su memoria.

Su identidad.

Su amor.

—María —gritó Yami, pero ya era tarde.

El olvido impactó contra ellas como una ola de frío polar.

Yami sintió cómo algo se rasgaba en su interior.

Un recuerdo.

No cualquiera.

El más importante.

El que las sostenía.

El que las había mantenido unidas durante dos eras de espera, de duda, de transformación lenta de leales a rebeldes.

El recuerdo de cómo comenzaron.

— Hace dos eras.

Después de la caída.

El omniverso estaba en llamas cuando Yami y María se encontraron por primera vez después de la derrota.

No llamas literales, sino algo peor: el orden recién impuesto por el Inquisidor, la certeza de que ningún dios volvería a desafiar su autoridad sin enfrentarse a la Dimensión del Olvido.

Yami lo había visto todo.

Desde su observatorio de mentiras, había presenciado la caída de Aelar, la absorción de su esencia, la creación de la prisión que ahora contenía a los rebeldes.

Y había llegado a una conclusión que la aterraba tanto como la liberaba: el Inquisidor nunca se detendría.

No hasta tener a todos los dioses bajo su yugo.

No hasta que no quedara ni una sola voluntad que no estuviera alineada con la suya.

María había llegado a la misma conclusión desde su propio ángulo.

La locura le había mostrado lo que la cordura se negaba a ver: que el orden absoluto era solo otra forma de locura.

Una locura fría, metódica, que no dejaba espacio para la duda, para el error, para la vida.

Se encontraron en un megaverso olvidado, en un planeta que el Inquisidor había considerado demasiado insignificante para merecer su atención.

No hubo grandes palabras.

No hubo juramentos.

Solo dos diosas que habían servido al orden y que ahora sabían que el orden las devoraría si no hacían algo.

—¿Qué hacemos?

—preguntó María, y por una vez su rostro no cambió.

Era solo el suyo.

El real.

El que guardaba para los momentos que importaban.

—No lo sé —respondió Yami, y por una vez su voz no fue un susurro helado.

Fue honesta.

Frágil—.

Pero si no hacemos nada, esto no terminará.

El Inquisidor seguirá tomando.

Seguirá encerrando.

Seguirá devorando hasta que no quede nadie que pueda recordar cómo era la libertad.

—¿Y qué podemos hacer nosotras?

Somos la mentira y la locura.

No la fuerza.

No la guerra.

No la libertad.

Yami la miró.

Y en sus ojos vacíos, por un instante, algo brilló.

—Podemos esperar —dijo—.

Podemos sobrevivir.

Podemos estar ahí cuando llegue el momento.

Y mientras esperamos…

podemos estar juntas.

María no preguntó por qué.

No necesitaba preguntar.

La locura le había enseñado que algunas cosas no necesitan razón.

Solo necesitan ocurrir.

Fue así como comenzó.

No con un juramento, no con una promesa, no con un plan.

Con dos diosas sentadas en la penumbra de un planeta olvidado, mirando las estrellas que aún no habían sido domadas por el orden, eligiendo no estar solas.

Y con los años—con las eras—esa compañía se convirtió en algo más.

Algo que ninguna de las dos supo nombrar hasta que ya era demasiado tarde para llamarlo de otra manera.

Amor.

Había sido amor desde el principio.

Solo que ninguna de las dos lo sabía.

— El olvido arrancó ese recuerdo.

No lo borró del todo—Bōkyaku no era tan poderoso como para destruir lo que dos diosas habían construido en dos eras—pero lo desgarró.

Lo hizo pedazos.

Yami sintió cómo las imágenes se rompían: el megaverso olvidado, el planeta insignificante, el rostro de María en ese momento en que había dejado de cambiar, cuando había sido solo ella.

—No —susurró Yami, cayendo de rodillas—.

No me lo quites.

No me quites eso.

—Duele, ¿verdad?

—dijo Bōkyaku, y su voz no tenía compasión.

Solo curiosidad—.

Eso es lo que sienten todos los que pasan por aquí.

El amor que no quieren olvidar.

La persona que no quieren perder.

Yo no soy cruel, Yami.

Solo soy necesario.

Alguien tiene que guardar lo que se pierde.

Alguien tiene que sostener el peso de lo que ya no importa.

—Eso —dijo María, y su voz era un filo—.

Eso importa.

Se puso frente a Yami, y su rostro cambió a una expresión que Bōkyaku no había visto antes.

No era locura.

Era determinación.

—Puedes quitarme cualquier recuerdo.

Puedes hacerme olvidar mi nombre, mi origen, todo lo que he sido.

Pero no puedes hacerme olvidar que la elegí.

Y mientras recuerde eso, todo lo demás puede volver.

Porque ella es mi ancla.

Y tú no puedes con los anclas, ¿verdad, Bōkyaku?

Puedes con los recuerdos, puedes con los nombres, puedes con las identidades.

Pero no puedes con lo que sostiene todo eso.

No puedes con lo que elige.

Bōkyaku no respondió.

Pero sus manos—esas manos de niebla solidificada—temblaron.

Yami se levantó.

Detrás de ella, el recuerdo desgarrado comenzaba a recomponerse.

Lentamente.

Dolorosamente.

Pero lo hacía.

Porque, como había dicho María, no era el recuerdo lo que importaba.

Era lo que sostenía el recuerdo.

La elección.

El amor.

El acto de haber decidido, hace dos eras, no estar sola.

—Nos veremos de nuevo —dijo Yami, y su voz era el susurro helado de siempre, pero había algo nuevo en él.

Algo que Bōkyaku no había escuchado antes.

Esperanza—.

Y cuando eso ocurra, te traeré una mentira tan hermosa que preferirás quedarte con ella antes que seguir siendo el olvido.

Tomó la mano de María.

Y juntas, antes de que Bōkyaku pudiera reaccionar, se desvanecieron en la niebla.

— Regreso al bosque.

Feral y Muhō llegaron al borde del bosque.

Delante de ellos, el cuarto nivel se extendía: una ciudad en ruinas, con calles que no llevaban a ninguna parte y casas que habían olvidado a sus habitantes.

—Feral —dijo Muhō, deteniéndose—.

Lo de Dragnaer…

lo que viste en sus recuerdos…

—Lo sé —dijo Feral, y su voz era grave—.

Aelar.

Shikō.

La guerra.

Todo eso está pasando ahora.

O pasó.

O pasará.

No sé cómo funciona el tiempo aquí.

—El tiempo no funciona aquí —dijo Muhō—.

Eso es lo peor del olvido.

Todo ocurre al mismo tiempo.

Nada ocurre nunca.

Feral asintió.

Pero en su interior, algo había cambiado.

Los recuerdos de Dragnaer seguían ahí, mezclados con los suyos propios.

Y entre ellos, uno en particular se repetía una y otra vez: el rostro de Shikō, el dios de la Imaginación, y la forma en que miraba a Dragnaer cuando ella le dijo que esperaba un hijo.

Ese hijo.

El que nunca nació.

¿Dónde estaba ahora?

¿Qué había sido de él?

No había tiempo para esas preguntas.

No ahora.

—Vamos —dijo, y adelantó el paso hacia la ciudad en ruinas.

Muhō lo siguió.

Y detrás de ellos, en el bosque de los traumas, una mujer de cabello rojo se quedó mirando el lugar donde habían desaparecido, aferrándose a la promesa de que alguien, en algún lugar, aún recordaba que ella había existido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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