Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 67
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67: Las Ciudades Vacías 67: Las Ciudades Vacías La ciudad surgió de la niebla como un cadáver emerge de aguas estancadas.
No había murallas, no había puertas, no había inscripciones que dieran nombre a lo que una vez fue.
Solo calles.
Perfectamente trazadas, en ángulos que respondían a una geometría que ya nadie recordaba.
Adoquines pulidos por pasos que habían cesado hace dos eras.
Faroles sin llama que aún sostenían la forma de la luz que alguna vez los habitó.
Feral caminó entre las casas con las puertas abiertas.
No rotas.
Abiertas.
Como si quienes vivieron allí hubieran salido un día a hacer un recado y nunca hubieran regresado, dejando las llaves puestas, las cortinas descorridas, las sillas en la posición exacta en que las habían usado por última vez.
En una de las casas, una mesa puesta para una cena.
Platos de cerámica blanca.
Cubiertos de un metal que no se había oxidado.
Una jarra con agua que aún parecía fresca, como si acabaran de servirla hacía un instante.
Tres sillas.
Tres platos.
Tres personas que habían estado a punto de comer y luego habían olvidado por qué tenían hambre, por qué estaban sentadas, por qué la comida importaba.
—¿Qué lugar es este?
—preguntó Feral, y su voz resonó en las calles vacías con un eco que no debería existir.
Muhō caminaba a su lado con los hombros encorvados, como si la ciudad pesara sobre ella.
—El nivel patológico —dijo—.
Aquí no se pierden los recuerdos.
Aquí se pierde el significado.
Los habitantes de este nivel saben quiénes son.
Saben de dónde vienen.
Pero ya no saben por qué importa.
Feral observó a su alrededor.
Las ventanas de las casas eran espejos opacos que devolvían reflejos distorsionados.
En una de ellas, vio su propio rostro—o lo que quedaba de él—y por un instante no reconoció al hombre que lo miraba.
Piel oscura, cabello azabache, ojos negros.
Sí, era él.
Pero ¿qué significaba ser él?
¿Qué significaba tener ese rostro, ese nombre, esa historia?
Lo apartó con un esfuerzo de voluntad.
—¿Por qué están las puertas abiertas?
—Porque no hay nada que proteger.
No hay nada que esconder.
Cuando todo deja de importar, las puertas dejan de cerrarse.
Avanzaron.
Las calles se ensanchaban hasta convertirse en avenidas, y las avenidas en plazas.
En el centro de una de ellas, una fuente que había dejado de manar.
En otra, un mercado con puestos aún levantados, frutas petrificadas en los mostradores, telas que se deshacían al contacto con el aire que movía su paso.
Y luego, los habitantes.
Feral los vio al final de una avenida.
Caminaban en círculo.
No era una metáfora.
Caminaban literalmente en círculo, uno detrás de otro, con pasos medidos, uniformes, como las agujas de un reloj que marcara una hora que ya no existía.
No se miraban.
No se hablaban.
No se tocaban.
Sus rostros eran humanos—algunos tenían rasgos de hombres, otros de mujeres, otros de algo que no pertenecía a ninguna de esas categorías—pero sus ojos miraban hacia adelante sin ver, sus bocas se movían sin formar palabras, sus manos pendulaban a los costados sin propósito.
—¿Quiénes son?
—Habitantes —dijo Muhō—.
Mortales, en su mayoría.
Algunos semidioses.
Todos olvidaron por qué están aquí.
Por qué caminan.
Por qué existen.
Así que caminan.
Es lo único que les queda.
Feral sintió que el pecho se le contraía.
No era lástima lo que sentía.
Era algo más primitivo.
Terror.
El terror de ver lo que le esperaba si dejaba de aferrarse.
Si un día despertaba y ya no recordaba por qué Retza importaba, por qué la libertad importaba, por qué él mismo importaba.
—Vámonos de aquí —dijo, y su voz salió más áspera de lo que quería.
—No podemos evitarlo —respondió Muhō—.
Tenemos que atravesarlo.
Es el único camino.
Caminaron entre los círculos.
Los habitantes no les prestaron atención.
Algunos pasaron tan cerca que Feral pudo olerlos—polvo, piedra, ausencia—pero ninguno desvió la mirada, ninguno alteró su paso, ninguno reconoció que había alguien más en su mundo.
En la cuarta plaza, Feral los encontró.
Eran cinco.
Se alzaban entre los círculos de mortales como montañas entre colinas, sus formas recortándose contra la niebla gris que envolvía la ciudad.
No eran humanos.
Nunca lo habían sido.
Feral sintió sus energías antes de verlas con claridad: agua, fuego, tierra, aire, trueno.
Cinco elementos, cinco formas, cinco condenas.
Los Titanes.
Muhō se detuvo en seco.
Su mano encontró el brazo de Feral con una fuerza que no esperaba de ella.
—No puede ser —susurró.
Feral observó a las criaturas.
El de agua era una columna líquida que mantenía forma de hombre, con brazos que eran corrientes y un rostro que era remolino.
El de fuego ardía sin consumirse, su silueta parpadeando entre naranja y azul, su respiración una ráfaga de calor que hacía ondear el aire a su alrededor.
El de tierra era una mole de roca y arcilla, con grietas que se abrían y cerraban al ritmo de un latido que no tenía corazón.
El de aire era apenas visible, una distorsión en la niebla, un movimiento perpetuo que nunca se detenía.
Y el de trueno—el más grande de todos—era luz solidificada, electricidad atrapada en una armadura de tormenta, sus dedos chispas, sus ojos dos relámpagos contenidos.
Todos repetían el mismo gesto.
Intentaban abrir una puerta.
La puerta era de madera oscura, con un pomo de bronce, y estaba en medio de la plaza.
No había pared a su alrededor.
No había casa.
Solo la puerta, sosteniéndose en el vacío, abierta de par en par.
Pero ellos no lo veían.
Sus manos—las que tenían forma de mano, al menos—se cerraban sobre el pomo, empujaban, giraban, abrían.
Una y otra vez.
Como si cada vez fuera la primera.
Como si nunca hubieran conseguido abrirla.
Como si no pudieran darse cuenta de que ya no había nada que abrir.
—Estos son los Titanes —dijo Muhō, y su voz temblaba—.
Una raza de mortales que existió hace dos eras.
Los primeros que se aliaron con Aelar contra el Inquisidor.
Los más feroces.
Los más leales.
Cuando la rebelión cayó, Omega los persiguió.
Los cazó uno por uno.
Pensé que los había exterminado a todos.
No entiendo qué hacen aquí.
—¿Y eso?
—preguntó Feral, señalando la puerta.
—No lo sé.
Pero llevan dos eras intentando abrirla.
Feral observó al Titán de Trueno.
Su gesto era meticuloso: acercaba la mano al pomo, la cerraba, giraba, empujaba.
La puerta se abría.
Él miraba el umbral.
Y luego, retrocedía, dejaba que la puerta se cerrara, y comenzaba de nuevo.
Una y otra vez.
Cada vez con la misma expectación.
Cada vez con la misma decepción.
—Ya no sufren —dijo Muhō, como si tratara de convencerse a sí misma—.
Ya no esperan.
Solo…
existen.
Pero Feral vio algo que Muhō no podía ver.
Quizás porque él mismo había estado al borde de ese abismo.
En los ojos del Titán de Trueno—dos relámpagos contenidos, sí, pero también dos ventanas a algo que no se había apagado del todo—había una chispa.
Diminuta.
Casi extinta.
Pero real.
Y entonces, Aelar habló.
—Son mis amigos.
Feral sintió la presencia de su padre antes de verla.
Un calor en la nuca, una voz que resonaba en el interior de su cráneo, no en el aire.
Muhō no la oyó.
Siguió observando a los Titanes con expresión de horror contenido, ajena a que el dios de la libertad estaba allí, a su lado, invisible para ella.
—No te muestres —susurró Feral, apenas moviendo los labios.
—No puedo —respondió Aelar.
Su voz era calma, pero había algo debajo.
Un dolor que llevaba dos eras sin expresión—.
Solo tú puedes verme.
Solo tú puedes oírme.
Es el fragmento que vive en ti.
Mientras más profundo vas en el olvido, más se fortalece nuestra conexión.
—¿Por qué no me dijiste que los Titanes estaban aquí?
—Porque no lo sabía.
Cuando caí, los dieron por exterminados.
Omega los cazó durante siglos.
Pensé que había tenido éxito.
—Pero no.
—Porque vendrían aquí ya el olvido los atrapó.
Feral sintió el peso de esas palabras.
Los Titanes no estaban en este nivel porque hubieran sido derrotados.
Estaban porque habían elegido entrar.
¿Porque habían decidido entrar?
¿Que buscaban?
No eran tan distintos, pensó Feral.
Él también había entrado.
Él también estaba buscando a alguien.
Él también podía terminar así.
—No terminarás así —dijo Aelar, como si hubiera escuchado sus pensamientos—.
Ellos entraron sin saber.
Sin preparación.
Sin un ancla.
Tú tienes algo que ellos no tuvieron.
—¿Qué?
—A mí.
Feral sintió algo que no había sentido desde que era un cachorro, desde antes de que Konrrac lo arrebatara de los brazos de su madre.
La presencia de un padre.
No la distancia de un fragmento que observaba desde dentro.
No la paciencia de un dios que enseñaba desde un espacio blanco.
Esto era más primitivo.
Más humano.
Era la certeza de que no estaba solo.
Se acercó al Titán de Trueno.
Muhō hizo un gesto para detenerlo, pero Feral levantó una mano.
—Necesito entender.
El Titán no lo miró cuando se acercó.
Seguía con su gesto.
Mano al pomo.
Girar.
Empujar.
Mirar.
Retroceder.
Cerrar.
Empezar de nuevo.
Feral levantó su mano.
Vaciló un instante.
Luego, tocó la armadura de tormenta.
El dolor lo golpeó como un rayo.
No era un dolor físico.
Era memoria.
Dos eras de ella, condensadas en un instante que se desplegó en su mente como un abanico de cuchillas.
Vio un mundo que ya no existía.
Montañas que tocaban el cielo, océanos que cantaban con voces que no eran humanas, ciudades construidas con viento solidificado.
Vio a los Titanes—no cinco, sino miles, millones—reunidos en asamblea, sus formas elementales brillando bajo una luz que ya no tenía nombre.
Vio a Aelar de pie frente a ellos, no como dios, sino como igual.
Como amigo.
—Nos exterminarán —dijo uno de los Titanes, el de Trueno, su voz un retumbo que hacía temblar la tierra—.
El Inquisidor no permitirá que exista nada que no pueda controlar.
—Entonces no nos dejes controlar —respondió Aelar—.
No nos dejes existir en silencio.
Si vamos a desaparecer, que sea luchando.
Y los Titanes habían elegido.
Habían elegido la libertad.
Habían elegido la muerte.
Habían elegido a Aelar.
La visión cambió.
La guerra.
Feral la había visto antes, en los recuerdos de Dragnaer, pero desde los ojos de un Titán era diferente.
No había naves de luz, no había geometrías imposibles.
Había fuego.
Había trueno.
Había tierra abriéndose bajo los pies de ejércitos de sombras.
Había agua convirtiéndose en ácido, aire volviéndose veneno.
Y sobre todo, había Omega.
El dios de la destrucción cayó sobre ellos como una plaga.
Feral lo vio desde dentro del recuerdo: los cuatro cuernos, el rostro de calavera, los ojos rojos como acero al rojo vivo.
Sus alas de dragón gris barriendo el campo de batalla, su mandoble colosal rebanando Titanes como si fueran hierba.
Y los Titanes, a pesar de todo, resistiendo.
No por victoria—sabían que no podían vencer—sino por tiempo.
Tiempo para que Aelar llegara al Inquisidor.
Tiempo para que la libertad tuviera una oportunidad.
La visión se fragmentó.
El Titán de Trueno huía.
No por cobardía.
Por supervivencia.
Llevaba consigo un fragmento de su pueblo, los últimos, los que aún podían pelear.
Omega los persiguió a través de dimensiones, a través de eras, a través de la línea de tiempo que el dios de la destrucción rebanaba como si fuera un cordón umbilical.
Y luego, la Dimensión del Olvido.
La puerta.
—No podemos esperar —dijo el Titán de Trueno, ya no con voz de tormenta, sino con algo más frágil—.
Abrid la puerta.
Entrad.
Encontradlo.
—La puerta ya está abierta —dijo alguien, pero él no oyó.
No podía oír.
El olvido ya estaba en él.
Y desde entonces, dos eras.
Abriendo la misma puerta.
Esperando encontrarse con un amigo que estaba al otro lado, tan cerca, tan lejos, tan olvidado.
Feral retiró la mano.
Su pecho ardía, pero no por las descargas eléctricas que habían recorrido su brazo.
Por el peso de dos eras de espera.
Dos eras de abrir la misma puerta.
Dos eras de no darse cuenta de que ya estaba abierta.
—Lo siento —dijo, y su voz era apenas un hilo—.
Lo siento tanto.
El Titán de Trueno no respondió.
No podía.
Pero algo en sus ojos cambió.
Un parpadeo.
Un instante de conciencia.
Y luego, volvió a su gesto.
Mano al pomo.
Girar.
Empujar.
Mirar.
Retroceder.
—No puedes salvarlos —dijo Aelar, y su voz también era un hilo—.
No ahora.
Quizás nunca.
Pero puedes entenderlos.
Y entenderlos…
eso es más de lo que nadie ha hecho por ellos en dos eras.
Feral miró a los cinco Titanes.
El de Agua, abriendo la misma puerta.
El de Fuego, quemándose sin llama.
El de Tierra, desmoronándose sin caer.
El de Aire, dispersándose sin volar.
El de Trueno, esperando sin esperanza.
—¿Cómo se pelea contra esto?
—preguntó, y no estaba seguro de si la pregunta era para Muhō, para Aelar, o para sí mismo.
—No se pelea —respondió Muhō, que había observado todo en silencio—.
Se resiste.
Se avanza.
Se aferra.
Eso es todo lo que podemos hacer.
—No —dijo Aelar al mismo tiempo—.
Se siente.
Se siente tanto como ellos sienten.
Se soporta.
Y luego, se transforma.
Feral sintió el conflicto en su interior.
Dos voces.
Dos caminos.
Resistir o transformar.
Y en algún lugar entre ambas, una tercera opción que aún no podía nombrar.
El Titán de Trueno dejó de moverse.
Feral sintió antes de ver.
El aire a su alrededor se cargó de electricidad estática.
Los cabellos de Muhō comenzaron a levantarse.
La niebla se iluminó con destellos internos, como si dentro de ella hubiera tormentas contenidas durante dos eras y ahora, de repente, algo las hubiera liberado.
—Feral —dijo Muhō, y su voz era una advertencia—.
Aléjate.
Pero Feral no se movió.
Porque en los ojos del Titán, en esos relámpagos contenidos que eran su mirada, había visto algo que no esperaba.
Reconocimiento.
Y debajo del reconocimiento, algo más.
Dolor.
Dos eras de dolor que no tenían adónde ir, que no tenían cómo expresarse, que habían estado esperando—como el Titán había esperado frente a la puerta—a que alguien los tocara.
El Titán levantó un brazo.
La electricidad que lo componía se concentró en su mano, formando una lanza de luz pura.
No era un ataque.
Era un grito.
La única forma que le quedaba de decir: estoy aquí.
He estado aquí todo este tiempo.
¿Por qué nadie me vio?
—Feral, CORRE —gritó Muhō.
Pero Feral no corrió.
Extendió sus propias manos, y las Garras Blancas brotaron de sus dedos como una promesa que no sabía si podía cumplir.
La luz purificadora se enrolló alrededor de sus antebrazos, buscando la forma de un ataque que había usado antes, que había aprendido en Zulú, que había despertado cuando aprendió a perdonar.
El Titán lanzó la lanza.
La lanza de electricidad impactó contra las Garras Blancas de Feral y el mundo se detuvo.
No hubo explosión.
No hubo cataclismo.
Hubo, simplemente, una conexión.
Dos eras de dolor contenido encontraron un cauce en la luz purificadora que brotaba de los dedos del lobo, y en lugar de rechazarla, Feral la recibió.
Como había recibido el dolor de Dragnaer.
Como había recibido la culpa de Vikthor.
Como había recibido el odio de Karim en Zulú, transformándolo en abrazo.
La electricidad recorrió sus brazos, su pecho, su corazón.
Le mostró cosas que ningún mortal debería ver.
La caída de una raza.
La persecución implacable de Omega a través de dimensiones.
La entrada a este lugar de olvido, no por deseo de escapar, sino por la esperanza desesperada de encontrar a los suyos.
Y luego, dos eras.
Dos eras frente a una puerta que nunca se cerraba, abriéndola una y otra vez, esperando que esta vez, quizás, detrás del umbral, estuvieran ellos.
—Yo…
—susurró Feral, y su voz era un hilo que se tendía entre dos abismos—.
Yo los veo.
A todos.
Los veo.
Las lágrimas—porque aún podía llorar, aunque ya no fuera mortal—cayeron sobre sus manos, y donde caían, la luz de las Garras Blancas se volvía más intensa.
No para purificar.
Para recordar.
Para devolver.
—Ustedes no son olvido —dijo, y su voz creció—.
Ustedes son lealtad.
Son los que no se rindieron.
Los que entraron aquí sabiendo que quizás no saldrían.
Los que abrieron la puerta dos eras para encontrar a los suyos.
La electricidad dejó de fluir hacia él.
Comenzó a fluir de regreso.
El Titán de Trueno tembló.
Su armadura de tormenta, que durante dos eras había sido una jaula de repetición, comenzó a resquebrajarse.
No para destruirse.
Para abrirse.
Para dejar salir algo que había estado atrapado dentro durante tanto tiempo que casi se había olvidado de que existía.
Un nombre.
—Templo —dijo el Titán, y su voz no fue un retumbo, sino un susurro.
Como el primer trueno después de una sequía eterna—.
Mi nombre es Templo.
Feral sintió cómo ese nombre resonaba en su interior, ocupando un lugar que no sabía que estaba vacío.
No era un recuerdo.
Era una presencia.
Un ser que había estado allí todo el tiempo, esperando ser nombrado.
Los otros Titanes se detuvieron.
El de Agua dejó de abrir la puerta.
Su forma líquida comenzó a condensarse, a definirse, a recordar los contornos de un cuerpo que había olvidado que poseía.
—Mareal —dijo, y su voz era el sonido del océano cuando finalmente encuentra la orilla después de una marea que dura siglos.
El de Fuego se irguió.
Las llamas que lo envolvían dejaron de parpadear sin propósito y comenzaron a arder con una intensidad que tenía dirección.
—Cálido —dijo, y su voz era el crepitar de la primera hoguera, la que da calor a los que han pasado demasiado tiempo en el frío.
El de Tierra se enderezó.
La arcilla que lo componía encontró cohesión, las grietas que recorrían su cuerpo comenzaron a cerrarse, no para borrar las heridas, sino para mostrar que podían sanar.
—Roc —dijo, y su voz era la primera piedra que se coloca para construir algo que durará.
El de Aire dejó de ser una distorsión en la niebla.
Su forma se volvió visible, no sólida, pero presente.
Una brisa que no huía, que se quedaba.
—Viento —dijo, y su voz era el susurro que trae consigo el cambio, la promesa de que nada permanece igual para siempre.
Cinco nombres.
Cinco presencias.
Cinco Titanes que habían estado perdidos durante dos eras y que ahora, por primera vez, volvían a ser ellos mismos.
Muhō observaba con los ojos abiertos, la mano sobre el pecho, la respiración contenida.
No dijo nada.
No podía.
Templo—el Titán de Trueno, el primero, el que había liderado a su pueblo en la guerra—dio un paso hacia Feral.
Sus ojos ya no eran dos relámpagos vacíos.
Eran dos ventanas a algo que había estado esperando.
—Tú llevas dentro algo que reconocemos —dijo, y su voz era grave, antigua, pero también joven, como la de alguien que acaba de despertar de un sueño demasiado largo—.
Un fragmento.
Un eco.
Algo que fue de él.
Feral sintió el pulso de Aelar en su interior.
No una presencia que hablara, no una voz que diera instrucciones.
Solo una certeza.
Una conexión que los Titanes podían percibir aunque no comprendieran.
—¿Aelar?
—preguntó Templo, y había esperanza en su voz.
Una esperanza que llevaba dos eras abriendo una puerta, esperando encontrarlo al otro lado.
—Sí —dijo Feral, y no mintió, aunque tampoco contó todo—.
Es mi padre.
Las palabras cayeron en el silencio como una piedra en aguas quietas.
Detrás de él, Muhō se quedó inmóvil.
No fue un movimiento brusco.
Fue, al contrario, una detención.
Como si el tiempo hubiera dejado de existir para ella.
Sus ojos azules—siempre juguetones, siempre calculadores—se fijaron en la nuca de Feral con una intensidad que él no podía ver, pero que habría helado la sangre de cualquier mortal.
Su mano, la que había estado descansando sobre su muslo en un gesto de espera, se cerró sobre la tela de su túnica con una fuerza que hizo crujir las fibras.
Un espasmo recorrió sus dedos, apenas perceptible, pero real.
Y en su rostro—ese rostro de diosa que todo lo controlaba, que todo lo jugaba—algo se quebró.
No era ira.
No era sorpresa.
Era algo más antiguo, más profundo.
Era la certeza de que había estado a su lado todo este tiempo—durante el juicio, durante el viaje, durante las horas en que él le había preguntado por Aelar, en que le había pedido que le contara sobre su amor—y él lo sabía.
Él sabía quién era ella para Aelar.
Él sabía que ella había amado a su padre.
Y no había dicho nada.
Sus labios temblaron.
Un instante.
Luego, los apretó con la fuerza de quien ha aprendido a no mostrar debilidad frente a nadie.
Pero la máscara, la perfecta máscara de la diosa juguetona, había caído.
Y detrás de ella, lo que quedaba era una mujer que llevaba dos eras preguntándose si el hombre que amaba la recordaba, si había sobrevivido de alguna forma, si algún día volvería a verlo.
Y la respuesta estaba ahí, de pie frente a ella.
No era Aelar.
Era su hijo.
Y él lo había sabido desde el principio.
Muhō no dijo nada.
No podía.
En lugar de eso, su mirada se desvió hacia los Titanes, que ahora observaban a Feral con una reverencia que ella entendía demasiado bien.
Su mano seguía aferrada a su túnica, los nudillos blancos, la respiración contenida.
Después, se dijo a sí misma.
Después de que encontremos a Retza.
Después de que salgamos de aquí.
Después me sentaré con él y le haré pagar cada silencio.
Pero en algún rincón de su corazón—ese rincón que había creído muerto hace dos eras—algo empezaba a latir de nuevo.
Porque si Aelar había tenido un hijo, si ese hijo estaba aquí, entonces quizás…
quizás no todo estaba perdido.
— Templo no percibió el drama que se desarrollaba a sus espaldas.
Sus ojos de relámpago estaban fijos en Feral, y en ellos había algo que no estaba presente desde hacía dos eras: esperanza.
Los otros Titanes se acercaron.
Mareal, Cálido, Roc, Viento.
Cinco presencias que habían estado perdidas y que ahora, por primera vez, volvían a ser ellas mismas.
—Vinieron a buscarlo —dijo Feral—.
A él.
¿Verdad?
Templo negó con la cabeza.
—Vinimos a buscar a los nuestros.
La respuesta golpeó a Feral con más fuerza de la que esperaba.
No a Aelar.
A su raza.
A los Titanes que habían caído en la guerra, que habían sido arrastrados a este lugar, que estaban esperando—como estos cinco habían esperado—a que alguien viniera por ellos.
—Omega nos persiguió durante siglos —dijo Mareal, y su voz líquida tenía un filo de acero—.
Nos cazó uno por uno.
A los que no mataba, los traía aquí.
Bajo órdenes del Inquisidor.
Este lugar…
no es solo una prisión para los rebeldes.
Es un cementerio para los que se atrevieron a soñar con libertad.
—Nosotros siempre escapábamos —dijo Cálido, y sus llamas parpadeaban con un orgullo que no se había apagado—.
Omega nos perseguía, pero nunca lograba atraparnos.
Hasta que decidimos entrar.
—Entrar —repitió Feral.
—Supimos que los nuestros estaban aquí —dijo Roc, y su voz era la tierra misma, firme, inmutable—.
Los que habían caído en la guerra.
Los que Omega había capturado antes de que supiéramos que había que huir.
Vinimos a rescatarlos.
—Pero llegamos hasta aquí —dijo Viento, y su susurro llevaba el eco de una promesa quebrada—.
Solo hasta aquí.
Y entonces…
nos perdimos.
Templo levantó una mano.
La electricidad que lo componía ya no era una jaula.
Era un manto.
Una armadura.
Algo que había recuperado su propósito.
—Tú nos encontraste —dijo, y miró a Feral con una intensidad que hizo que incluso Muhō, sumida en su propio terremoto, contuviera el aliento—.
Tú nos recordaste quiénes éramos.
Y en tu interior…
llevas algo que nos devolvió los nombres.
Feral sintió el peso de lo que le estaban ofreciendo.
No era gratitud.
Era lealtad.
Era la misma lealtad que los había llevado a entrar en este lugar hace dos eras, la misma que los había sostenido mientras abrían una puerta que nunca se cerraba, esperando un milagro que no llegaba.
—Pueden seguir buscando —dijo Feral, y su voz fue firme—.
Pueden encontrar a los suyos.
No tienen que venir conmigo.
Templo sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero en ella había algo que no había estado en este nivel durante dos eras: calidez.
—Hemos estado aquí tanto tiempo —dijo—, que nos perdimos a nosotros mismos.
Tanto tiempo, que olvidamos quiénes éramos.
Tanto tiempo, que la única cosa que nos quedaba era abrir una puerta que ya estaba abierta.
Sus ojos de relámpago se encontraron con los de Feral, y en ellos ya no había vacío.
—Tú nos trajiste de vuelta.
Nos diste algo que creíamos perdido.
Y estoy seguro…
estoy seguro de que si te seguimos, encontraremos algo más que a los nuestros.
Mareal asintió.
Cálido elevó sus llamas en un gesto que podía ser un saludo o un juramento.
Roc afirmó la cabeza con la lentitud de las montañas que se mueven.
Viento se arremolinó a su alrededor, no para huir, sino para marcar el camino.
—Encontraremos la libertad —dijo Templo—.
La que Aelar nos prometió.
La que tú vas a ganar.
Feral sintió que algo se cerraba en su pecho.
No era miedo.
No era duda.
Era la certeza de que acababa de ocurrir algo que cambiaría el curso de todo lo que estaba por venir.
Se volvió hacia Muhō.
La diosa de la anarquía lo miraba con una expresión que nunca había visto en ella.
No era coquetería.
No era admiración.
Era algo más profundo.
Algo que tal vez ella misma no podía nombrar.
Y en sus ojos—por un instante brevísimo antes de que ella desviara la mirada—Feral vio algo que le heló la sangre: dolor.
No el dolor abstracto de una diosa que había perdido a su amante.
Era el dolor concreto de alguien que acababa de descubrir que el hombre a quien amaba había tenido un hijo, y que ese hijo había estado a su lado todo el tiempo, sabiéndolo, callándolo.
Más tarde, pensó Feral, repitiendo sin saberlo el mismo pacto que ella había hecho consigo misma.
Después de que encontremos a Retza, hablaré con ella.
Le contaré todo.
Pero ahora no era el momento.
—Tienes un ejército, pequeño lobo —dijo Muhō, y su voz era apenas un susurro, pero había un temblor en ella que no estaba antes—.
Y ni siquiera lo sabías.
Feral miró a los cinco Titanes.
Los cinco que habían estado perdidos y ahora estaban aquí, a su lado, esperando.
—No soy un líder —dijo—.
Solo soy alguien que quiere salvar a la mujer que ama.
—Eso —dijo Templo— es exactamente lo que hace a un líder.
Detrás de ellos, las calles de la ciudad vacía comenzaron a desvanecerse.
No porque el nivel desapareciera, sino porque ya no importaba.
Frente a ellos, el quinto nivel se extendía: un océano de recuerdos que nadaban en aguas quietas, esperando ser pescados o ahogarse en ellos.
—Vamos —dijo Feral—.
Tenemos que llegar al centro.
Y por primera vez desde que entraron en la Dimensión del Olvido, no caminó solo.
A sus espaldas, Muhō lo siguió en silencio.
Sus dedos seguían aferrados a su túnica.
Sus ojos seguían fijos en la nuca de Feral.
Pero en su interior, algo que creía muerto empezaba a despertar.
Y no sabía si era esperanza o furia.
Quizás ambas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com