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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 68

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68: Las Cámaras De Inducción 68: Las Cámaras De Inducción El océano no tenía fondo.

Feral lo supo cuando el agua le llegó al pecho y sus pies siguieron buscando suelo sin encontrarlo.

No se hundió.

Simplemente flotó, sostenido por una densidad que no era física sino memorial.

Cada paso era una decisión.

Cada movimiento, una renuncia.

A su alrededor, los cinco Titanes avanzaban con la facilidad de quienes ya han atravesado estas aguas antes.

Templo iba a su derecha, su armadura de tormenta crepitando suavemente, manteniendo a raya la humedad que amenazaba con filtrarse en sus formas.

Mareal, en cambio, parecía fundirse con el océano, su cuerpo líquido ondulando al mismo ritmo que las aguas.

Cálido ardía con una llama baja que no se apagaba.

Roc caminaba sobre el agua como si fuera tierra firme.

Viento se deslizaba en la superficie, una brisa constante que apenas perturbaba la quietud.

Muhō iba detrás.

Y Feral sentía su mirada en la nuca como una espada suspendida.

Llevaban así desde que salieron de la ciudad vacía.

Ella no había vuelto a tocarle el brazo, no había soltado un comentario juguetón, no se había enganchado de él con esa familiaridad provocadora que lo ponía nervioso.

Caminaba en silencio, con los brazos cruzados, los labios apretados, los ojos fijos en él con una intensidad que no necesitaba palabras.

Feral sabía lo que venía.

Lo había estado esperando desde que pronunció las palabras es mi padre en la plaza de los Titanes.

Pero el océano no daba tregua, y cada vez que abría la boca para hablar, una imagen emergía bajo la superficie y le robaba el aliento.

—Feral —dijo Muhō al fin.

Su voz no era un susurro helado como la de Yami.

No era el filo cortante de una acusación.

Era algo más terrible: era la voz de alguien que ha estado esperando dos eras una respuesta y ya no puede esperar un segundo más.

Feral se detuvo.

Los Titanes también se detuvieron, sintiendo el cambio en el aire, en el agua, en la tensión que se tensaba entre los dos dioses.

—No aquí —dijo Templo, con su voz de tormenta contenida—.

El agua escucha.

El agua recuerda.

Todo lo que digan aquí…

—Lo sé —cortó Muhō.

No apartó la mirada de Feral—.

Por eso lo voy a decir aquí.

Feral se volvió hacia ella.

La vio entonces—no a la diosa juguetona que manoseaba sus pectorales, no a la estratega que tejía planes en el laberinto, no a la mujer rota que había llorado por Aelar entre las colinas del desuso.

Vio a alguien que había estado sosteniendo una pregunta durante dos eras y que ahora, frente al hijo del hombre que amó, no podía sostenerla más.

—¿Cuánto sabías?

—preguntó.

Su voz tembló en la última sílaba—.

Desde el principio.

¿Cuánto sabías?

Feral podía mentir.

Podía decir que lo descubrió después, en el espacio blanco, cuando Aelar se le apareció.

Podía decir que no supo quién era su padre hasta que Omega lo atravesó con el mandoble.

Podía decir tantas cosas.

Pero miró sus ojos azules—los mismos ojos que lo habían mirado con coquetería, con admiración, con dolor contenido—y supo que no podía.

—Lo supe en el espacio blanco —dijo—.

Cuando desperté después de que Omega me atravesara.

Él estaba allí.

Un fragmento de él.

Me dijo quién era.

Me dijo que no te lo dijera.

Las palabras cayeron en el agua como piedras.

Las ondas se alejaron de ellos en círculos concéntricos, llevándose el secreto a todas las direcciones.

Muhō cerró los ojos.

Por un instante, Feral creyó que iba a caer.

Pero no cayó.

Abrió los ojos y en ellos ya no había dolor.

Había algo peor: una calma que no era paz, sino el vacío que deja la esperanza cuando se va.

—No te lo dijo —dijo, y su voz era plana—.

No te dijo que me lo dijeras.

Porque él sabe que si yo supiera que sobrevive…

entraría.

Entraría aquí.

Y no saldría.

—Muhō…

—No —levantó una mano—.

No ahora.

Dijiste que después de Retza hablaríamos.

Después de Retza.

Se alejó caminando sobre el agua con pasos que no dejaban huella.

Los Titanes la miraron pasar, luego miraron a Feral.

Templo hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza: déjala.

Feral quiso seguirla, pero algo en la forma en que Muhō caminaba—los hombros tensos, las manos cerradas, la espalda demasiado recta—le dijo que no.

No ahora.

Había dicho después de Retza.

Y en esa espera, había algo que Feral no podía nombrar: un misterio que ella no había compartido.

Porque cuando habló de entrar al olvido para buscar a Aelar, lo dijo como si fuera imposible.

Como si él no estuviera aquí.

Como si estuviera en otro lugar.

Pero él sí está aquí, pensó Feral, sintiendo el latido del fragmento en su pecho.

Y ella no lo sabe.

Y no puede saberlo.

No todavía.

El peso del secreto se le clavó en el pecho como una lanza.

El agua a sus pies comenzó a brillar.

Emergió de las profundidades como un sueño que se recuerda antes de despertar.

No era Retza.

No podía serlo.

Feral lo supo desde el momento en que vio su rostro reflejado en la superficie lisa del océano, porque sus ojos no tenían el brillo de quien ha amado.

Eran ojos vacíos, ojos de muñeca, ojos que miraban sin ver.

Pero tenía su cara.

Su cabello oscuro flotaba en el agua como algas marinas.

Sus labios, siempre tan generosos en la sonrisa, eran una línea recta e indiferente.

Y cuando habló, su voz no tenía el calor que Feral recordaba.

—¿Por qué me buscas?

Feral sintió que el agua se enfriaba a su alrededor.

No era ella.

No podía serlo.

Pero el océano le estaba ofreciendo algo.

Y la figura, con su voz plana, comenzó a hablar de una manera que encontraba las grietas que él mismo no sabía que tenía.

—Sufres —dijo la falsa Retza—.

Sufres porque la amas.

Sufres porque ella te amó.

Y por ese amor, ella está aquí.

Tu mundo está destruido.

Tus amigos están muertos.

Todo lo que tocaste se deshizo.

Y todo porque ella te miró desde la luna.

Feral sintió que sus puños se apretaban.

—Si no te hubiera mirado —continuó la figura, y su voz era suave, peligrosamente suave—, ella seguiría siendo la diosa del amor.

No estaría en este infierno.

Tu mundo seguiría existiendo.

Tus amigos vivirían.

Vikthor aún tendría a sus hijos.

Perla seguiría sonriendo.

Lirian seguiría sanando.

Todo sería diferente.

Tú serías diferente.

Las palabras encontraron su blanco.

Porque Feral lo había pensado.

En las noches de Zulú, cuando Retza dormía a su lado y él se quedaba mirando el techo, había pensado en eso.

¿Y si ella no lo hubiera mirado?

¿Y si él hubiera muerto en la guarida de Konrrac, o en la batalla contra los señores de la guerra, o en cualquiera de las veces que la muerte lo rozó?

¿Habría sido mejor?

¿Habría sido más justo?

La falsa Retza extendió una mano hacia él.

—Déjala ir —susurró—.

Déjame ser ella.

La que no te ama.

La que no te necesita.

La que no sufrió por ti.

Elige eso, Feral.

Elige la paz.

Elige no ser la causa de su dolor.

Feral sintió que sus rodillas flaqueaban.

Por un instante—un instante terrible—la imagen se volvió nítida: Retza en su trono de diosa, gobernando el amor de los mortales, sin saber que él existió, sin haber roto las reglas, sin estar condenada.

Y él, en algún rincón del omniverso, viviendo una vida que no la incluía.

Doloroso, sí.

Pero simple.

Sin culpa.

Y entonces, en algún lugar de su interior, algo rugió.

No era el lobo.

No era el dios.

Era algo más simple.

Era la certeza de que ese pensamiento—ese deseo de que todo fuera diferente—era un insulto.

A Retza.

A lo que ella había elegido.

Al amor que ella había decidido sentir, aunque le costara todo.

—Tú no eres ella —dijo Feral, y su voz salió como un gruñido—.

Ella nunca me ofreció un camino fácil.

Ella nunca me pidió que dejara de amarla para estar tranquilo.

Ella me miró desde la luna durante años sin decirme nada, solo observándome, solo esperando que yo estuviera listo para saber que no estaba solo.

Ella rompió las reglas por mí.

Ella está en el centro de este infierno porque me amó.

Y yo voy a buscarla.

No a ti.

A ella.

Levantó la mano y atravesó el rostro de la figura.

No con violencia.

Con la certeza de quien sabe lo que quiere.

La imagen se rompió en mil fragmentos de luz que se hundieron en el agua como estrellas fugaces al revés.

A su alrededor, los Titanes observaban en silencio.

Muhō, que se había detenido a unos pasos, lo miraba con una expresión que no supo descifrar.

Pero en sus ojos, por un instante, algo se había suavizado.

—Bien dicho —dijo Viento, y su voz era una brisa que traía consigo algo que no estaba antes.

No era admiración.

Era evaluación—.

Pero las palabras no son suficientes.

Feral se volvió hacia el Titán de Aire.

Su forma era apenas visible, una distorsión en la niebla que ahora se mantenía quieta, expectante.

—¿Qué quieres decir?

—Que te seguimos por gratitud —dijo Viento, y los otros Titanes se tensaron—.

Nos devolviste los nombres.

Nos recordaste quiénes éramos.

Pero eso no te convierte en Aelar.

—Viento —advirtió Templo.

—Déjalo —dijo Feral.

Sintió el peso de las palabras, pero también sintió algo más: la oportunidad.

Si no resolvía esto ahora, la duda crecería como una grieta en su grupo—.

Tiene razón.

No soy mi padre.

—No lo eres —confirmó Viento, y su voz no era cruel, pero era despiadadamente honesta—.

Aelar tenía siglos de lucha.

Nosotros lo seguimos porque sabíamos que tenía un plan, que tenía la experiencia, que había visto cosas que nosotros no podíamos imaginar.

Tú…

tú eres un accidente.

Un dios sin atributo que ni siquiera sabe lo que eso significa.

Tienes miedo.

Tienes dudas.

Tienes un pasado que te persigue y un futuro que no controlas.

Y eso…

eso se te ve.

En cada paso que dudas.

En cada vez que miras atrás.

En cada momento que te detienes a pensar si lo que estás haciendo es lo correcto.

Viento se acercó, y su forma se condensó lo suficiente para que Feral viera algo parecido a unos ojos.

Ojos que lo miraban con una claridad que dolía.

—Yo te veo, Feral.

Te veo dudar.

Te veo preguntarte si eres suficiente.

Te veo cargar con la culpa de los que murieron por ti.

Te veo pensar que si hubieras sido más fuerte, si hubieras sido mejor, si hubieras hecho las cosas de otra manera, ellos aún vivirían.

Y esa duda te va a matar.

No aquí.

No ahora.

Pero algún día.

Porque un líder que duda de sí mismo es un líder que hace que los que lo siguen duden también.

Feral sintió que las palabras le atravesaban la piel.

No era una crítica externa.

Era un espejo.

Viento le estaba mostrando todo lo que él mismo se decía en las noches de insomnio.

Todo lo que la crítica había señalado.

La masacre de sus amigos.

Su pasividad en los primeros niveles.

Su necesidad constante de que Muhō lo guiara.

Todo eso estaba ahí, en la mirada de Viento, esperando ser reconocido.

—Tienes razón —dijo Feral.

Su voz no tembló, pero fue porque la sostuvo con fuerza—.

Dudo.

Tengo miedo.

Cargo con la culpa.

Y no sé si soy suficiente.

No sé si voy a llegar al centro.

No sé si voy a salvarla.

No sé si voy a ser el líder que ustedes necesitan.

Viento lo miró en silencio.

—Pero lo voy a intentar —continuó Feral, y en su voz había algo que no estaba antes.

No era seguridad.

Era decisión—.

No porque eso me convierta en Aelar.

No porque quiera ser como él.

No porque me importe ser un dios o tener poder.

Lo voy a intentar porque si no lo hago, no voy a poder salvarla.

No voy a poder cumplir la promesa que les hice a mis amigos cuando cayeron.

No voy a poder proteger a las diosas que me ayudaron.

No voy a poder estar a la altura de lo que Retza vio en mí cuando me miró desde la luna.

Dio un paso hacia Viento.

No era un paso de desafío.

Era un paso de presencia.

—No sé cuál es mi camino.

No sé qué clase de dios voy a ser.

Pero sé que hay una forma mejor de hacer las cosas que la que he estado usando.

No sé cuál es.

Pero voy a buscarla.

Y mientras la busco, voy a seguir adelante.

No porque no tenga miedo.

Porque sí lo tengo.

Pero porque si me detengo, todo lo que perdimos no sirvió de nada.

El silencio se extendió sobre el agua.

Los otros Titanes miraban a Viento, esperando.

Viento no respondió de inmediato.

Pero algo en su forma cambió.

La distorsión se hizo menos errática, más estable.

—No es suficiente —dijo al fin.

Pero su voz ya no era un desafío.

Era una puerta entreabierta—.

Pero es más de lo que tenías hace un momento.

De repente alguien llego algo que era olvido No fue Bōkyaku.

El ataque llegó desde un ángulo que Yami y María no habían cubierto.

Un esbirro—un ser sin rostro, hecho de luz negativa, más grande que los que habían enfrentado antes—emergió del agua con una lentitud que era más aterradora que cualquier embestida.

No había caído en las distracciones.

Había observado.

Había calculado.

Y ahora había encontrado a los intrusos.

—Ellas vinieron a hacer caos —dijo el esbirro, y su voz era estática, interferencia, ruido—.

Pero el caos no era el objetivo.

El objetivo era ocultarlos.

A ustedes.

A los que despiertan a los olvidados.

A los que les devuelven el dolor.

Feral sintió cómo la mirada del esbirro se posaba en él.

No era un guardián más.

Era un investigador.

Alguien que había entendido que lo que estaba ocurriendo en el olvido no era una rebelión ordinaria.

—El Inquisidor debe saber —dijo el esbirro, y levantó una mano.

El agua a su alrededor comenzó a hervir.

La pelea fue breve y brutal.

Muhō y los Titanes lanzaron sus ataques, pero el océano los traicionaba: cada movimiento era más lento, cada ataque se disolvía antes de llegar.

El esbirro no peleaba solo.

Desde las profundidades, más figuras sin rostro comenzaron a emerger, atraídas por la anomalía.

—No podemos pelear aquí —dijo Templo, mientras su rayo se disipaba en el agua antes de alcanzar a su objetivo—.

El nivel nos consume.

—Hacia adelante —ordenó Muhō, señalando una estructura que se alzaba en la distancia, más allá del océano—.

Las cámaras.

Allí hay tierra firme.

Corrieron—o nadaron, o volaron, o simplemente se movieron con la desesperación de quienes saben que si se detienen, todo termina.

Feral sintió cómo el agua tiraba de sus piernas, cómo los esbirros se acercaban, cómo los recuerdos más recientes comenzaban a deshilacharse otra vez.

Llegaron a la plataforma de piedra gris justo cuando el primer esbirro tocaba el borde.

Muhō giró y lanzó un muro de anarquía que distorsionó la realidad lo suficiente para cerrar el paso.

—Esto no durará —dijo.

—No necesitamos que dure —respondió Templo, señalando hacia adelante—.

Necesitamos pasar.

Y entonces Feral los oyó.

Gritos.

No los gritos vagos de los olvidados que deambulaban sin rumbo.

Estos eran gritos de desgarro.

De identidades siendo arrancadas de sus cuerpos.

De nombres que luchaban por no ser olvidados.

Las cámaras de inducción se alzaban frente a ellos como una colmena de luz negativa.

Cada burbuja suspendida en el aire contenía un ser que era deshecho lentamente, metódicamente.

Y dentro de ellas, Feral vio formas que reconoció.

Titanes.

No como Templo, Mareal, Cálido, Roc y Viento.

Eran diferentes.

Algunos combinaban elementos: tierra y aire formando arenas movedizas vivientes; fuego y trueno creando tormentas de plasma contenidas; agua y tierra dando forma a lodos que aún conservaban rasgos humanos.

Al menos siete.

Quizás más.

Sus formas elementales eran distintas, pero su esencia era la misma: habían sido los primeros en entrar.

Los que vinieron a rescatar a los suyos.

Los que el olvido había atrapado antes de que pudieran cumplir su misión.

Y ahora estaban siendo procesados.

Feral se movió antes de pensar.

Sus pies golpearon la piedra gris, sus manos buscaron las Garras Blancas, su pecho ardía con una furia que no había sentido desde que Omega masacró a sus amigos.

—Voy a sacarlos —dijo, y no era una pregunta.

—Feral, espera —Muhō lo agarró del brazo—.

Si los sacas ahora, estarán rotos.

El proceso ya comenzó.

Sus identidades están siendo reescritas.

Si lo interrumpes ahora, no sabrán quiénes son.

No sabrán ni siquiera que fueron alguien.

—No me importa —dijo Feral, y la verdad de esas palabras lo golpeó mientras las decía—.

No me importa si quedan rotos.

No me importa si no saben quiénes son.

No voy a dejar que sigan sufriendo mientras yo paso de largo.

Eso es lo que hizo el Inquisidor.

Eso es lo que hizo Omega.

Eso es lo que hicieron todos los que me dijeron “primero lo importante, después los demás”.

Después nunca llega.

Muhō lo miró.

En sus ojos no había coquetería, no había estrategia, no había máscara.

Había algo que Feral no había visto antes: miedo.

No por ella.

Por él.

—Si te quedas aquí —dijo, y su voz era baja, urgente—, no llegarás a ella.

Ella te está esperando.

Ella te está necesitando.

¿Vas a dejarla sola en el centro porque no pudiste esperar?

—Voy a hacer las dos cosas —dijo Feral—.

Voy a salvarlos.

Y voy a llegar a ella.

Porque si no puedo hacer ambas, entonces todo esto no tiene sentido.

Se soltó del brazo de Muhō y se giró hacia los Titanes.

—Templo.

Ustedes contienen a los esbirros.

Muhō, ayúdales.

Yo me encargo de las cámaras.

—¿Y si no puedes?

—preguntó Viento.

Su voz ya no era un desafío.

Era una advertencia.

Feral lo miró.

—Entonces muero intentándolo.

Pero no me voy a quedar mirando.

Los Titanes intercambiaron miradas.

Muhō apretó los dientes, luego asintió.

—Un minuto —dijo—.

Un minuto, Feral.

Si no funciona, nos vamos.

¿Entendido?

—Entendido.

Muhō y los Titanes se lanzaron contra los esbirros que comenzaban a romper el muro de anarquía.

Feral se quedó solo frente a las cámaras.

Se acercó a la primera cámara.

La burbuja de luz negativa temblaba, y en su interior, un Titán cuya forma era una tormenta de arena viviente se retorcía en silencio.

Sus ojos—dos puntos de luz en medio del caos—lo miraron con una súplica que no necesitaba palabras.

Feral levantó sus manos.

Las Garras Negras brotaron de sus dedos, y las lanzó contra la superficie de la cámara.

La energía destructiva impactó contra la luz negativa y…

nada.

La burbuja absorbió el ataque como si fuera agua.

—No funciona así —dijo una voz a su espalda.

Feral se giró.

Aelar estaba allí, de pie sobre la piedra gris, sus rastas blancas flotando en una brisa que no existía.

Solo Feral podía verlo.

Solo Feral podía oírlo.

—¿Qué hago entonces?

—preguntó Feral, y su voz era un ruego.

—Lo que ya empezaste a aprender en el nivel anterior —dijo Aelar, y su voz era paciente, pero había urgencia en sus ojos—.

No se trata de destruir la energía.

Se trata de comprenderla.

La luz negativa no es tu enemiga.

Es olvido.

Es ausencia.

No puedes destruir la ausencia con más destrucción.

—Entonces ¿cómo?

—Siente la naturaleza de lo que tienes enfrente.

No como un enemigo.

Como un fenómeno.

Como un río.

Como el viento.

El taoísta no lucha contra el río; aprende su curso, se deja llevar, encuentra el momento justo para moverse.

Tú no estás aquí para vencer al olvido.

Estás aquí para entenderlo.

Y en esa comprensión, encontrarás la forma de trascenderlo.

Feral cerró los ojos.

Dejó de pensar en la cámara como un obstáculo.

Dejó de pensar en la luz negativa como un enemigo.

Sintió su textura, su ritmo, su propósito.

No era maldad.

Era función.

Era el mecanismo mediante el cual el olvido protegía su dominio.

Y en ese mecanismo, había un punto…

un lugar donde la energía se volvía sobre sí misma, donde el ciclo se hacía vulnerable.

Abrió los ojos.

Sus Garras Blancas brotaron, pero no para atacar.

Para conectar.

Para tocar.

Puso sus manos sobre la burbuja, y en lugar de luchar contra la luz negativa, se fundió con ella.

Sintió el dolor del Titán en su interior—no como un eco, sino como una presencia viva.

Sintió su nombre, su historia, su propósito.

Sintió cómo el olvido lo estaba deshaciendo capa por capa, recuerdo por recuerdo.

Y entonces, en lugar de resistir, comprendió.

La luz negativa no era el enemigo.

Era el río.

Y él podía navegarlo.

Su esencia divina—esa energía sin atributo que lo definía—se extendió a través de la burbuja, no para romperla, sino para estar en ella.

Para ser un ancla.

Un punto fijo alrededor del cual el Titán podía aferrarse.

—Agárrate —dijo Feral, y su voz no era un grito.

Era una conexión—.

Agárrate a esto.

A mí.

No te sueltes.

El Titán de tormenta de arena tembló.

Su forma comenzó a estabilizarse.

Sus ojos—esos dos puntos de luz—se fijaron en Feral con una intensidad que dolía.

—Mi nombre —dijo, y su voz era arena y viento—.

No recuerdo mi nombre.

—No importa —dijo Feral—.

Yo te recordaré.

Hasta que tú puedas hacerlo.

¿Me oyes?

YO TE RECORDARÉ.

El Titán asintió.

Lentamente, su forma comenzó a condensarse, a recuperar los contornos de un cuerpo, de un rostro, de una identidad.

No completa.

No curada.

Pero presente.

La burbuja estalló.

Feral cayó de rodillas, agotado.

Pero el Titán—el primero—estaba a su lado, tambaleándose, pero en pie.

—¿Cómo te llamas?

—preguntó Feral.

El Titán abrió la boca.

Cerró los ojos.

Los abrió.

—Arena —dijo al fin—.

Me llamo Arena.

Detrás de ellos, los otros Titanes—los que habían dudado, los que habían observado—se acercaron con una nueva expresión en sus rostros.

No era admiración.

Era algo más valioso: era la certeza de que estaban donde debían estar.

Las diosas de la Mentira y la Locura llegaron como un huracán de engaño y caos.

Yami susurró algo a los oídos de los esbirros, y ellos se detuvieron, confundidos, creyendo que eran otra cosa, que servían a otro amo, que nunca habían estado allí.

María rió su risa silenciosa, y donde llegaba, la realidad se distorsionaba, las órdenes se olvidaban, los propósitos se desmoronaban.

En segundos, los esbirros que no habían huido yacían en el suelo, deshechos por sus propias dudas.

—Los leales saben —dijo Yami, y su voz era un susurro helado—.

Omega sintió la anomalía.

Vienen.

—¿Cuánto tiempo?

—preguntó Muhō.

—Horas.

Quizás menos.

Feral se levantó para liberar al segundo Titán.

Pero algo lo detuvo.

El olvido no perdonaba las transgresiones.

Desde las profundidades de la cámara, una corriente de luz negativa se elevó y lo envolvió.

No era un ataque.

Era un cobro.

Había quitado al olvido una de sus presas.

Ahora el olvido tomaba algo a cambio.

Sus recuerdos comenzaron a fluir fuera de él.

No los dolorosos.

Esos se quedaron.

El olvido quería lo más valioso: los recuerdos hermosos.

La primera vez que Retza lo besó.

La risa de Lirian cuando él hizo un chiste torpe.

El abrazo de Karim en Zulú, cuando el odio se convirtió en perdón.

La sonrisa de Luna entregándole la muñeca de su madre.

La mano de Perla en su hombro antes de la batalla.

El orgullo en los ojos de Leo cuando ganó su primer combate.

Uno a uno, los recuerdos más preciosos de Feral se desprendían de él como hojas en otoño.

—No —susurró, pero no podía detenerlo.

Y entonces, en el centro de ese vacío, en el lugar donde deberían estar los momentos más luminosos de su vida, algo despertó.

No era rabia.

No era poder.

Era la negación de la pérdida.

Era la certeza de que esos recuerdos no le pertenecían solo a él.

Eran suyos y de Retza.

Suyos y de Lirian.

Suyos y de Leo.

Suyos y de todos los que habían muerto para que él estuviera aquí.

No los dejaría ir.

Un aullido brotó de su pecho.

No era un sonido.

Era un terremoto de energía que sacudió la cámara, que hizo que las burbujas temblaran, que la luz negativa se retorciera como herida.

Feral sintió cómo su cuerpo cambiaba, cómo sus huesos se reconfiguraban, cómo el pelaje brotaba de su piel.

La forma de lobo.

La que no había usado desde que despertó como dios.

Pero diferente.

Sus ojos ardían con un color que no era amarillo ni rojo.

Eran dorados.

Y su pelaje—negro azabache—estaba surcado por vetas de luz blanca que no eran purificación, sino memoria solidificada.

El aullido se extendió por todo el nivel.

Las burbujas comenzaron a estallar una a una.

La luz negativa se fragmentó.

Y en el centro de la explosión, Feral—lobo de tres metros, ojos dorados, pelaje estrellado de recuerdos—vio cómo el corazón del nivel se resquebrajaba.

Las grietas se abrieron como ramas de un árbol invertido.

El océano comenzó a retirarse, a huir de la luz que emanaba de él.

Los esbirros que quedaban se desintegraron.

Y las cámaras de inducción—todas—se apagaron.

Los Titanes caían al suelo, liberados, confusos, pero vivos.

Mientras tanto, en la séptima dimensión…

Omega sintió el aullido.

No con los oídos.

Con algo más profundo.

Algo que reconoció porque era el mismo poder que lo había enfrentado antes, pero transformado.

—Lo encontré —dijo, y sus alas de dragón se desplegaron con un sonido que era la promesa de destrucción—.

Informen al Inquisidor.

El lobo está en el olvido.

Kariostros y Khronos intercambiaron miradas.

En sus rostros—en los pocos rasgos que tenían—no había emoción.

Solo cálculo.

—Ve —dijo Kariostros—.

Nosotros seguimos.

Omega se lanzó al vacío con un rugido que hizo temblar las dimensiones a su paso.

Feral cayó de rodillas en la plataforma de piedra gris.

Su forma humana regresó con la violencia de un latigazo, dejándolo temblando, agotado, con las manos ensangrentadas y la respiración entrecortada.

A su alrededor, el nivel colapsaba.

El océano se retiraba, pero lo hacía con furia, arrastrando consigo las burbujas rotas, los fragmentos de luz negativa, los esbirros que aún intentaban levantarse.

Las grietas en el corazón del nivel se extendían hacia el cielo que no era cielo, hacia la niebla que no era niebla, hacia todo lo que sostenía la quinta capa del olvido.

—Tenemos que irnos —dijo Muhō, levantándolo con un brazo—.

Este nivel está muriendo.

—Los Titanes —dijo Feral, la voz ronca—.

Los que liberé…

—Están con nosotros —respondió Templo, y señaló hacia atrás.

Detrás de él, al menos siete figuras se mantenían en pie, tambaleándose, confusas, pero presentes.

Sus formas elementales eran distintas—tormentas de arena, lodos vivientes, plasmas contenidos—pero sus ojos tenían algo que no había estado allí antes: conciencia.

—Vamos —dijo Yami, abriendo un camino entre las grietas—.

El sexto nivel.

Antes de que esto se desmorone del todo.

Corrieron.

Detrás de ellos, el océano se tragaba las cámaras, las plataformas, los esbirros que no habían logrado huir.

La luz negativa se fragmentaba en millones de partículas que se hundían en la nada.

Y desde la distancia, desde un lugar donde las grietas no llegaban, Bōkyaku observaba.

Su rostro liso—esa superficie sin facciones que era más aterradora que cualquier máscara—se volvió hacia la figura que huía.

Había visto muchas intrusiones en su dominio.

Había visto rebeldes, rescatadores, suicidas.

Pero nunca había visto a alguien que liberara a los condenados.

Nunca había visto a alguien que recordara a los que él había hecho olvidar.

La próxima vez, pensó, iré yo mismo.

Se desvaneció en la niebla, dejando atrás un nivel en ruinas y una promesa silenciosa.

— Feral llegó al borde del sexto nivel con las fuerzas justas para mantenerse en pie.

Muhō seguía a su lado, sosteniéndolo sin decir nada.

Los Titanes—los cinco originales y los siete liberados—formaban un círculo a su alrededor, protegiéndolo de lo que aún pudiera venir.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—preguntó Feral, la voz rota.

—Menos del que creíamos —respondió Muhō—.

Omega viene.

Y después de lo que hiciste en el quinto nivel…

no va a detenerse hasta encontrarte.

Feral asintió.

Miró hacia adelante.

El sexto nivel se extendía frente a ellos: un paisaje de espejos rotos que reflejaban versiones distorsionadas de sí mismos.

—Entonces lleguemos antes que él.

Se puso en pie.

No sin dolor.

No sin temblor.

Pero se puso en pie.

El fragmento de Aelar latió en su pecho con una fuerza que no había tenido en dos eras.

Su hijo estaba listo.

Y la guerra estaba por comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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