Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 69
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69: La Fortaleza del Olvido 69: La Fortaleza del Olvido El séptimo nivel no se extendió ante ellos como un paisaje.
Se alzó.
Una fortaleza de sombra solidificada, cuyas torres eran recuerdos petrificados y cuyos muros eran la ausencia de lo que una vez fue.
Feral sintió su presencia antes de verla—un peso en el pecho, un vacío en la garganta, la certeza de que todo lo que había construido en los niveles anteriores no era más que arena en el viento.
—La Fortaleza del Olvido —dijo Templo, y su voz de tormenta sonó apagada, diminuta frente a la inmensidad de la estructura—.
Donde Bōkyaku guarda a los que más teme.
A los que aún pueden recordar.
—Y a ella —dijo Feral, y su voz no tembló.
Estaba más allá del temblor—.
Ella está allí.
Muhō se acercó a su lado.
Los espejos del nivel anterior habían dejado marcas en ella—sus ojos aún tenían el brillo de quien ha llorado, pero había algo nuevo en su mirada.
No era la máscara juguetona.
Era la certeza de quien ha enfrentado su peor versión y ha decidido no huir más.
—Vamos —dijo—.
Antes de que…
No terminó la frase.
Porque el aire frente a ellos se condensó, se solidificó, se hizo presencia.
Bōkyaku no caminó hacia ellos.
Emergió de la fortaleza como la marea emerge del océano, lento, inevitable, eterno.
Su rostro liso—esa superficie sin facciones que era más aterradora que cualquier máscara—se volvió hacia Feral con una lentitud deliberada.
No había prisa en sus movimientos.
No había urgencia.
Había, pensó Feral, la paciencia de algo que ha esperado eternidades y puede esperar un poco más.
Pero había algo más.
Algo que Feral no había sentido en su primer encuentro.
Curiosidad.
—Has llegado lejos —dijo Bōkyaku, y su voz no resonó en sus mentes esta vez.
Fue en el aire, áspera, real, humana—.
Más lejos que cualquier otro que haya intentado rescatar a los condenados.
Los Titanes libres.
Los espejos rotos.
El aullido que sacudió mi quinto nivel.
Todo eso…
es impresionante.
Para un accidente.
Feral sintió el insulto, pero no mordió el anzuelo.
—No soy un accidente.
—No —dijo Bōkyaku, y algo que podría ser una sonrisa se dibujó en la superficie lisa de su rostro—.
Eres peor.
Eres una anomalía.
Un dios sin atributo.
Un lobo que no sabe qué es.
Un líder que duda de sí mismo.
Un salvador que no puede salvarse a sí mismo.
Feral sintió que los Titanes se tensaban a su alrededor.
Muhō puso una mano en su brazo, un gesto de advertencia.
Pero Feral no necesitaba advertencias.
Había escuchado peores verdades en los espejos.
—Dime algo que no sepa —respondió.
Bōkyaku se detuvo.
Por un instante, la superficie lisa de su rostro pareció ondularse, como si bajo ella algo intentara formarse y no pudiera.
—Sabes que no llegarás —dijo—.
Sabes que incluso si llegaras a ella, incluso si la liberaras, el Inquisidor la encontrará.
La volverá a encerrar.
La borrará del todo.
No hay final feliz para los que desafían el orden.
Eso lo sabes.
Lo has sabido desde que entraste.
Feral sintió el peso de las palabras.
Eran verdaderas.
Cada una de ellas era verdadera.
El Inquisidor era más poderoso que cualquier cosa que hubiera enfrentado.
Omega era solo su perro de caza.
Y él era un dios sin atributo que apenas comenzaba a entender lo que eso significaba.
—Sí —dijo, y la palabra salió sin defensa—.
Lo sé.
Bōkyaku esperó.
—Pero lo voy a intentar —continuó Feral, y en su voz había algo que no estaba antes.
No era seguridad.
Era decisión—.
No porque tenga un plan.
No porque sepa cómo va a terminar.
No porque esté seguro de que voy a ganar.
Porque alguien tiene que hacerlo.
Porque si nadie lo intenta, entonces el Inquisidor ya ganó.
Entonces el olvido ya ganó.
Entonces todos los que murieron—mis amigos, los Titanes, los dioses rebeldes, los mortales que lucharon en la primera guerra—murieron para nada.
Bōkyaku no se movió.
Pero algo en su presencia cambió.
—No sé cómo voy a cambiar las cosas —dijo Feral, y su voz creció—.
No sé qué clase de dios voy a ser.
No sé si voy a ser el líder que todos necesitan.
Pero sé una cosa: voy a llegar hasta el final.
Y si me caigo, me levanto.
Y si me rompo, me reconstruyo.
Porque eso es lo que ellos hicieron por mí.
Y yo voy a hacerlo por ella.
Por todos.
El silencio se extendió entre ellos como un abismo.
—Hermoso —dijo Bōkyaku, y su voz tenía un tono que Feral no esperaba.
No era sarcasmo.
Era admiración.
La admiración de quien ha visto mil discursos de mil héroes y sabe que este es diferente no por las palabras, sino por la verdad detrás de ellas—.
Hermoso e inútil.
Levantó un brazo.
Luego otro.
Luego otro.
Los brazos comenzaron a brotar de su cuerpo como ramas de un árbol muerto que de repente recuerda que debe crecer.
No eran brazos humanos.
Eran formas de sombra solidificada, cada una con una textura diferente, una forma diferente, una memoria diferente.
Uno tenía la forma de un martillo que había aplastado cráneos.
Otro tenía la forma de una caída desde una altura quebradiza.
Otro tenía la forma de una pérdida tan repentina que la mente había preferido olvidar antes que sentir.
—¿Sabes cuál es la séptima capa del olvido?
—preguntó Bōkyaku, mientras sus brazos se desplegaban a su alrededor como las alas de un ángel caído—.
No es un lugar.
Soy yo.
El olvido que viene por la fuerza.
El golpe que borra.
La tragedia que no deja tiempo para despedirse.
El trauma físico que rompe la memoria como se rompe un hueso.
Cada uno de mis brazos es una forma de olvidar.
Cada uno es una vida que se rompió tan de repente que no tuvo tiempo de recordar.
Feral sintió que sus piernas temblaban.
No era miedo.
Era la certeza de que no podía enfrentar esto solo.
—No voy a pelear contigo —dijo.
—No —respondió Bōkyaku, y sus brazos comenzaron a moverse, cada uno con un ritmo diferente, cada uno con una historia de violencia contenida—.
Vas a olvidar.
Los brazos se lanzaron.
Feral no tuvo tiempo de reaccionar.
No habría podido aunque lo tuviera.
El primer brazo—el que tenía forma de martillo—se abatió sobre él con la fuerza de una vida destruida.
Y entonces Muhō estuvo allí.
Su mano se levantó, y la anarquía se desplegó como un abanico de realidades alternativas.
El brazo de Bōkyaku golpeó no a Feral, sino a una versión de Feral que no estaba allí, una distorsión, una mentira con forma de verdad.
—No le toques —dijo Muhō, y su voz no era la de la diosa juguetona.
Era la de la que había huido de Aelar y había pasado dos eras arrepintiéndose.
La de la que había jurado no volver a huir—.
Nunca más.
Bōkyaku giró hacia ella.
Sus brazos se reconfiguraron, algunos apuntando a Feral, otros a Muhō, otros a los Titanes que se acercaban.
—Tú —dijo, y su voz tenía un matiz nuevo.
No era curiosidad.
Era reconocimiento—.
La cobarde.
La que abandonó a su amante en la guerra.
La que pasó una era escondida, lamiéndose las heridas, mientras el Inquisidor construía su orden.
¿Crees que porque liberaste a unos cuantos Titanes y rompiste unos espejos ya eres valiente?
Muhō sintió el golpe.
Era verdad.
Todo era verdad.
Pero ya había enfrentado esa verdad en los espejos.
Ya había llorado por ella.
Ya había decidido que no iba a definirla.
—No soy valiente —dijo, y su voz no tembló—.
Tengo miedo.
Siempre tuve miedo.
Pero eso ya no me detiene.
Bōkyaku lanzó tres brazos contra ella.
Muhō los esquivó—no con velocidad, sino con realidad.
Donde debía estar su cuerpo, había un vacío, una negación, un espacio que la anarquía había declarado inaccesible.
—Vete —dijo Muhō, sin mirar a Feral—.
Llévalos al octavo nivel.
Yo me encargo de esto.
—No —dijo Feral, y su voz era un gruñido—.
No voy a dejarte.
—No es una elección —respondió Muhō, y por primera vez en todo el viaje, sonrió.
No era la sonrisa coqueta de la diosa juguetona.
Era la sonrisa de alguien que ha encontrado su lugar—.
Tengo una conversación pendiente contigo.
Sobre Aelar.
Sobre lo que pasó.
Sobre todo lo que no me dijiste.
Pero eso será después.
Ahora…
ahora lucha.
Yami y María aparecieron a su lado.
Sus rostros estaban marcados por los espejos, pero sus ojos brillaban con algo que no estaba antes.
No era esperanza.
Era determinación.
—Nosotras también tenemos cuentas pendientes —dijo Yami, y su voz de susurro helado tenía un filo nuevo—.
Con este lugar.
Con lo que hicimos.
Con lo que permitimos.
María asintió.
Su rostro cambiante se fijó en una expresión que Feral no había visto antes: serenidad.
—Ve —dijo—.
Nosotras lo contuvimos una vez.
Podemos hacerlo de nuevo.
Feral las miró.
Muhō, con sus manos levantadas, la anarquía fluyendo de ella como un río de posibilidades negadas.
Yami, tejiendo mentiras tan hermosas que la realidad misma dudaba de sí misma.
María, su risa silenciosa extendiéndose como ondas en un estanque, corroyendo la certeza de Bōkyaku desde dentro.
—No mueran —dijo Feral.
—No es promesa que podamos hacer —respondió Muhō—.
Pero haremos lo posible.
Feral asintió.
Se giró hacia los Titanes.
—Vamos —dijo—.
Al octavo nivel.
Corrieron.
Detrás de ellos, la batalla comenzaba.
Bōkyaku lanzó sus brazos contra Muhō con la fuerza de mil tragedias.
Pero ella ya no estaba allí.
La anarquía no es destrucción.
Es la negación de la forma, la ruptura de la causalidad, la certeza de que nada tiene que ser como es.
Muhō se desplegó en el espacio como un acorde disonante, ocupando todas las posiciones y ninguna, siendo todas las versiones de sí misma que podían esquivar y ninguna de las que podían ser golpeadas.
—¡Quédate quieta!
—rugió Bōkyaku, y sus brazos se multiplicaron, buscándola en cada ángulo, en cada dimensión, en cada pliegue de la realidad.
—Nunca —respondió Muhō, y su voz venía de todas partes y de ninguna.
Pero Bōkyaku era el olvido.
Y el olvido no necesita atrapar.
Necesita erosionar.
Sus brazos cambiaron de táctica.
En lugar de golpear, comenzaron a absorber.
Cada vez que Muhō se desplegaba en una nueva posición, un brazo la rozaba, extrayendo un fragmento de su esencia.
Un recuerdo de Aelar.
Un momento de felicidad en el laberinto.
La sensación del viento en su cabello cuando era joven y no sabía lo que era perder.
—Estás perdiendo —dijo Bōkyaku, y su voz era un susurro—.
Como perdiste a Aelar.
Como perdiste a los Titanes.
Como perderás al lobo.
Muhō sintió el vacío crecer en su interior.
Pero también sintió algo más.
Algo que no estaba allí antes de los espejos.
No voy a huir.
Se detuvo.
Dejó de moverse.
Dejó de esquivar.
Y cuando Bōkyaku lanzó sus brazos contra ella, Muhō no se desplegó en la anarquía.
Se plantó en la realidad con la fuerza de quien ha decidido que el suelo bajo sus pies es suyo.
—Anarquía —dijo, y la palabra no fue un susurro.
Fue un grito—.
No es huir.
Es elegir.
La realidad a su alrededor se fracturó.
No se rompió.
Se abrió.
Cada brazo de Bōkyaku que intentó alcanzarla encontró no un objetivo, sino una pregunta: ¿por qué?
¿Por qué golpear?
¿Por qué olvidar?
¿Por qué seguir siendo el carcelero de un orden que no elegiste?
Bōkyaku retrocedió.
No porque Muhō fuera más fuerte.
Porque ella le estaba mostrando algo que había olvidado: que él también había sido otra cosa.
Que el olvido no era su esencia.
Era su función.
—No —dijo Bōkyaku, y sus brazos se retorcieron—.
Yo soy esto.
Yo soy el olvido.
No hay nada más.
—Mientes —dijo Yami, y su voz de susurro helado se deslizó entre las fracturas de la realidad como un cuchillo entre costillas—.
Todos fuimos otra cosa.
Todos podemos ser otra cosa.
Esa es la mentira más hermosa que te voy a contar: que puedes recordar.
La mentira de Yami no era una negación.
Era una posibilidad.
Y cuando Bōkyaku la escuchó, sintió cómo su propia esencia se tambaleaba.
Porque si podía recordar, entonces no era solo olvido.
Entonces era algo más.
Algo que había sido antes de que el Inquisidor lo moldeara.
—No —repitió Bōkyaku, pero su voz temblaba.
María rió.
No era la risa silenciosa de la locura.
Era una risa que resonó en cada fractura, en cada pregunta, en cada posibilidad abierta por Muhō y Yami.
—¿Sabes qué es lo divertido?
—dijo, y su rostro cambió a una expresión de inocencia cruel—.
Que tienes razón.
No puedes recordar.
No hay nada antes.
El Inquisidor te creó así.
Vacío.
Propósito.
Función.
Pero…
¿y si eso también es una mentira?
¿Y si el Inquisidor te mintió?
¿Y si antes de ser olvido, fuiste algo más?
¿Y si ese algo más sigue aquí, esperando?
Bōkyaku sintió que su forma se desestabilizaba.
No era un ataque físico.
Era un ataque a su identidad.
Las tres diosas—anarquía, mentira, locura—no peleaban contra sus brazos.
Peleaban contra la certeza de que él era solo lo que le habían dicho que era.
—¡BASTA!
—rugió.
Sus brazos se unieron en un solo golpe, un golpe que contenía todas las tragedias de todos los olvidados, todas las caídas, todas las pérdidas, todos los momentos en que la memoria se rompió como un hueso.
El impacto no fue físico.
Fue existencial.
Muhō, Yami y María fueron lanzadas hacia atrás no por la fuerza, sino por el peso de todo lo que habían querido olvidar y no podían.
Muhō cayó de rodillas.
Su cabello dorado estaba desordenado, su respiración entrecortada, pero sus ojos azules ardían.
—No será suficiente —dijo Bōkyaku, y sus brazos se alzaron de nuevo—.
Pero será suficiente para esto.
La fortaleza a su alrededor comenzó a temblar.
No era un terremoto.
Era el olvido mismo que se replegaba, que se concentraba, que se volvía sobre sí mismo para crear algo nuevo.
Bōkyaku no estaba lanzando un ataque.
Estaba invocando.
—El octavo nivel —dijo, y su voz resonó en todas las dimensiones, en todos los pliegues del omniverso—.
No es un lugar.
Es una prisión.
Y ustedes…
ustedes serán sus primeros huéspedes.
La realidad se invirtió.
Muhō sintió cómo el suelo bajo sus pies desaparecía, cómo la fortaleza se convertía en un pozo sin fondo, cómo los brazos de Bōkyaku dejaban de golpear para convertirse en cadenas.
No podía moverse.
No podía desplegarse.
La anarquía no tenía sentido donde no había orden que romper.
—No —susurró, mientras la oscuridad la envolvía—.
Feral…
—Llegará tarde —dijo Bōkyaku, y su voz era la última cosa que escuchó antes de que el olvido la tragara—.
Como todos.
Yami y María cayeron con ella, sus poderes inútiles contra un vacío que no tenía estructura que mentir, no tenía cordura que volver loca.
Las tres diosas fueron absorbidas por el octavo nivel, por la prisión que Bōkyaku había estado construyendo durante dos eras, y las puertas de la fortaleza se cerraron detrás de ellas.
Bōkyaku se quedó solo en el séptimo nivel.
Sus brazos se replegaron, agotados.
Su rostro liso se volvió hacia el abismo donde Feral había desaparecido con los Titanes.
—Ahora sí —dijo, y algo que podría ser satisfacción se dibujó en la superficie sin facciones—.
Ahora sí estás solo.
Feral llegó al octavo nivel con los Titanes a su espalda.
No había rastro de Muhō, de Yami, de María.
La última imagen que tuvo de ellas fue la fortaleza cerrándose a su espalda, los brazos de Bōkyaku envolviéndolas como raíces de un árbol que no conocía la luz.
No había tiempo para mirar atrás.
El octavo nivel no era una fortaleza.
Era un vacío.
Un espacio infinito donde no había luz, no había sonido, no había tiempo.
Solo una presencia.
Una masa.
Una esfera.
Flotaba en el centro de la nada, negra como el espacio entre las estrellas, densa como un agujero negro que hubiera olvidado cómo atraer materia.
No emitía luz.
No emitía calor.
No emitía nada.
Pero Feral sintió su presencia como se siente la mirada de alguien que te observa desde la oscuridad.
Muchos alguien.
—¿Qué es eso?
—preguntó Templo, y su voz de tormenta sonó diminuta, insignificante, frente a la inmensidad de la esfera.
Feral no respondió.
Se acercó.
Sintió que sus piernas se movían sin su permiso, atraídas por algo que no podía nombrar.
—Feral, espera —dijo Viento, pero su voz llegaba desde muy lejos.
No podía esperar.
Algo en la esfera lo llamaba.
No con palabras.
Con ausencia.
Con la certeza de que allí, en el corazón de esa masa negra, estaban todos los que había venido a buscar.
Levantó la mano.
Los Titanes gritaron algo detrás de él, pero ya no los escuchaba.
Sus dedos tocaron la superficie de la esfera.
Y entonces sintió.
No eran voces.
Eran presencias.
Ochenta de ellas.
Ochenta formas de existencia que habían sido arrojadas a este lugar, que habían luchado, que habían caído, que habían elegido no desaparecer.
Habían puesto sus recuerdos, sus poderes, sus esencias en un solo lugar.
Para que el olvido no pudiera tomarlos uno por uno.
Para que algo de ellos quedara cuando todo lo demás se hubiera ido.
Estaban allí.
Dentro de la esfera.
Esperando.
¿Quién eres?, susurraron sus voces, no en el aire, sino en la mente de Feral.
¿Quién nos busca?
La esfera latió.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y entonces, por primera vez en dos eras, algo que no era olvido se movió en su interior.
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