Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 La Esfera De Los Condenados
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70: La Esfera De Los Condenados 70: La Esfera De Los Condenados La oscuridad lo envolvió antes de que pudiera gritar.
No fue una caída.
Fue una absorción.
La esfera negra se abrió bajo sus dedos como la superficie de un lago en calma, y Feral se hundió en ella sin resistencia, sin tiempo para apartar la mano, sin tiempo para llamar a los Titanes que se quedaron en el exterior, sus voces cortándose como si alguien hubiera cerrado una puerta entre dos mundos.
Silencio.
No el silencio vacío de los niveles anteriores, lleno de susurros y ecos.
Este era un silencio denso, un silencio que pesaba, que respiraba, que tenía memoria.
Feral flotaba en él sin saber dónde estaba arriba ni dónde abajo, sin saber si tenía cuerpo o si era solo conciencia suspendida en un vacío que no era vacío.
Aquí, susurró una voz.
Aquí estamos.
No era una voz.
Eran muchas.
Un coro de susurros que se superponían, se entrecruzaban, se buscaban unos a otros en la oscuridad.
Feral sintió que algo lo rodeaba—no físicamente, sino en un nivel más profundo.
Presencias.
Decenas de ellas.
Cientos.
Todas apretadas en el mismo espacio, fundidas en una misma masa, compartiendo el mismo latido.
Y entre ellas, una que reconoció.
—Padre —dijo Feral, y su voz no encontró eco en la oscuridad, pero encontró respuesta.
—Estoy aquí —dijo Aelar, y su forma comenzó a tomar cuerpo en la penumbra, sus rastas blancas flotando en una corriente que no existía, sus ojos azules brillando como faros en la noche—.
Estos son mis camaradas.
Hace dos eras que no los escuchaba.
—¿Por qué están aquí?
—preguntó Feral, y mientras hablaba, sintió que las presencias a su alrededor se movían, se acercaban, lo observaban—.
¿Quién los encerró?
Aelar no respondió de inmediato.
Algo en su expresión—algo que Feral no había visto antes—se movió detrás de sus ojos.
No era tristeza.
Era reconocimiento.
—Escucha —dijo—.
Ellos quieren que escuches.
Las voces comenzaron a crecer.
No eran aterradoras.
Feral lo esperaba—esperaba gritos, lamentos, el eco de una guerra perdida.
Pero lo que llegó a él desde la oscuridad era otra cosa.
Voces de alegría.
Recuerdos de días en que el omniverso era joven y los dioses caminaban entre los mortales como iguales.
Voces de lucha.
El eco de batallas que habían durado generaciones, donde la libertad había sido un ideal por el que valía la pena morir.
Voces de esfuerzo.
La respiración contenida de quienes empujaban contra un muro que no cedía, pero seguían empujando porque detenerse era peor que morir.
Feral flotó en ese mar de voces durante un tiempo que no pudo medir.
Las palabras individuales se perdían en la corriente, pero el sentimiento—el peso de lo que aquellos dioses habían sido y aún eran—se grababa en él como un segundo latido.
Y entonces, vio la luz.
No era una salida.
No era una puerta.
Era una perla suspendida en el centro de la oscuridad, pequeña al principio, pero creciendo a medida que se acercaba, hasta que llenó su campo de visión.
Era hermosa de una manera que las palabras no podían contener.
Su luz no era blanca ni dorada.
Era prismática.
Cada color que Feral había visto—y muchos que no había visto, que no sabía que existían—fluía en su superficie como si un arcoíris hubiera sido encerrado en una esfera de cristal líquido.
Rojo como la sangre derramada por causas justas.
Azul como la profundidad de un cielo sin nubes.
Verde como el primer brote después de un incendio.
Dorado como la promesa de un amanecer después de una guerra.
Y en el centro de todo, un latido.
No el latido de un corazón.
El latido de ochenta corazones, sincronizados en un solo ritmo, resistiendo, esperando.
Feral sintió que sus manos se movían sin su permiso, atraídas por la luz como una polilla hacia la llama.
No era deseo lo que sentía.
Era necesidad.
La certeza de que aquella perla lo estaba esperando.
Que lo había estado esperando desde antes de que él supiera que existía.
—No temas —dijo Aelar a su lado, y su voz era calma—.
Tócala.
Feral extendió la mano.
Sus dedos rozaron la superficie de la perla.
Y el mundo explotó.
No fue destrucción.
Fue revelación.
Un torrente de imágenes, de recuerdos, de vidas enteras condensadas en un instante, se abrió ante él como un libro cuyas páginas se desplegaban todas al mismo tiempo.
Vio civilizaciones nacer y caer.
Vio dioses caminar entre mortales, enseñándoles a construir, a soñar, a amar.
Vio guerras que no eran guerras sino la agonía de un universo que aprendía a ser libre.
Vio caras—miles de millones de caras—que lo miraban desde el abismo del tiempo y le preguntaban, sin palabras, ¿quién eres?
Y entonces, la comprensión.
La masa negra en la que había entrado no era una prisión.
Era un cuerpo.
El cuerpo de los ochenta dioses que habían caído en la guerra, que habían sido arrojados a este lugar, que habían decidido unir sus esencias en un solo punto para que el olvido no pudiera quitarles lo único que les quedaba.
Sus entrañas.
Su carne.
Su materia.
Todo unido, compactado, esperando.
Y la perla de luz no era otra cosa que sus recuerdos.
Todas las vidas.
Toda la sabiduría.
Todo el poder de ochenta dioses, concentrado en un solo punto, resistiendo al olvido, resistiendo a la destrucción, resistiendo a todo lo que quería silenciarlos.
Habían puesto lo que eran en esa esfera para que nada pudiera borrarlos del todo.
Y ahora, cuando la mano de Feral la tocó, la esfera respondió.
Las voces se unificaron.
No eran ochenta susurros superpuestos.
Eran una sola voz, clara como el agua de manantial, antigua como las primeras estrellas: Eres el hijo de Aelar.
Feral sintió que la afirmación lo atravesaba, buscando en su interior no mentiras, sino verdad.
No era una pregunta.
Era un reconocimiento.
Ochenta dioses que habían luchado junto a su padre, que lo habían visto caer, que habían sido encerrados por defender lo mismo que él defendía, ahora lo miraban a él y veían en su esencia el eco de quien lo engendró.
—Sí —respondió Feral, y su voz no tembló—.
Soy su hijo.
Un instante de silencio.
Luego, la voz volvió, y esta vez había algo nuevo en ella.
No era frialdad.
Era escrutinio.
Eres diferente.
No tienes atributo.
Eres…
vacío.
—No vacío —dijo Aelar, y su forma se hizo más sólida junto a Feral, su presencia un escudo invisible—.
Potencial.
Él puede ser lo que elija ser.
Potencial, repitieron las voces, y la palabra se extendió por la oscuridad como ondas en un estanque.
Potencial.
Como nosotros al principio.
Antes de que el Inquisidor nos dijera lo que éramos.
El escrutinio no cesó.
Al contrario, se intensificó.
Feral sintió cómo los ochenta dioses lo miraban no con los ojos, sino con algo más profundo.
Con la esencia misma de lo que eran.
Buscaban en él no poder, no linaje, no promesas.
Buscaban quién era.
—¿Por qué has venido?
—preguntaron las voces, y no era una pregunta retórica—.
¿Qué buscas en el corazón del olvido?
—A Retza —respondió Feral, y el nombre salió de sus labios como un aullido contenido—.
La condenaron por amarme.
Voy a sacarla de aquí.
¿Solo eso?
—También a ustedes —dijo Feral, y sintió cómo la esfera de luz latía con más fuerza—.
Cuando la tenga a ella, cuando esté a salvo, voy a volver.
Los voy a liberar.
A todos.
¿Y después?
La pregunta lo encontró desprevenido.
Después.
No había pensado en después.
Su mundo estaba destruido.
Sus amigos estaban muertos.
El Inquisidor gobernaba el omniverso con puño de hierro.
Omega lo buscaba para destruirlo.
Después no era un territorio que hubiera explorado.
—No lo sé —admitió, y las voces se aquietaron, esperando—.
No sé qué voy a hacer después de sacarla.
No sé si puedo vencer al Inquisidor.
No sé si puedo cambiar algo.
Pero sé que voy a intentarlo.
Porque si no lo intento, entonces todo esto—ustedes aquí, ella en el centro, mis amigos muertos—no sirvió para nada.
Eso no es un plan.
—No —dijo Feral—.
Es una promesa.
El silencio se extendió.
Feral sintió que sus palabras colgaban en el vacío, frágiles, insuficientes.
¿Qué podía ofrecer él a dioses que habían desafiado al Inquisidor antes de que él naciera?
¿Qué podía prometerles que no hubieran prometido ya?
Y entonces, las voces hablaron de nuevo.
Y esta vez, no había escepticismo en ellas.
Eres joven.
Eres frágil.
No sabes lo que enfrentas.
Pero tienes algo que nosotros perdimos.
—¿Qué?
Fe.
En que las cosas pueden ser diferentes.
En que vale la pena intentarlo.
Nosotros tuvimos esa fe, una vez.
La perdimos en la guerra.
La perdimos cuando Aelar cayó.
La perdimos cuando nos arrojaron aquí.
Pero tú…
tú la tienes.
Y eso, hijo de Aelar, es más valioso que cualquier atributo.
Feral sintió que algo se soltaba en su pecho.
No era el peso de la culpa.
Era el peso de la soledad.
Porque por primera vez desde que entró en la Dimensión del Olvido, por primera vez desde que perdió a sus amigos, por primera vez desde que su mundo fue destruido, alguien lo miraba y no veía a un monstruo, no veía a un error, no veía a un salvador improbable.
Veían a alguien que podía ser suficiente.
—Estás listo —dijo Aelar a su lado, y en su voz había orgullo—.
Ellos quieren que sepas.
Quieres que entiendas lo que pasó.
Por qué estamos aquí.
Por qué esto empezó.
¿Quieres saber?, preguntaron las voces, y Feral sintió que la esfera de luz se abría ante él como un libro cuyas páginas esperaban ser leídas.
—Sí —dijo—.
Quiero saberlo todo.
La oscuridad se retiró.
No desapareció, pero se hizo fondo, un lienzo sobre el cual las voces comenzaron a pintar imágenes que no eran imágenes sino memoria solidificada.
Al principio, susurraron, estaban los Arquetípicos.
Seres más allá del omniverso.
Más allá del tiempo.
Más allá de la existencia como tú la conoces.
Ellos crearon este omniverso como una chispa—una pequeña chispa en un universo infinitamente más grande.
Para ellos, no era más que un experimento.
Un juego.
Un pensamiento que tuvieron y luego olvidaron.
Feral vio algo que no podía nombrar.
Formas que no tenían forma.
Presencias que no tenían límites.
Y en medio de ellas, una pequeña burbuja de luz que crecía, palpitaba, se expandía.
Dentro de esa chispa, surgieron fuerzas.
No eran conscientes al principio.
Eran solo…
funciones.
El tiempo.
El espacio.
El caos.
El orden.
Fuerzas que necesitaban existir para que la chispa no se apagara.
Fueron 144.
Más tarde, los llamaríamos dioses.
La lista comenzó a desplegarse ante Feral no como palabras, sino como esencias.
Kaosu, el caos primordial, la primera grieta en el orden perfecto.
Chitsujo, la estructura que vino después para contenerlo.
Mugen, lo infinito que no podía ser contenido.
Entoropī, el desgaste que hacía que todo tuviera un final.
Eien, la eternidad que negaba ese final.
Shi, la muerte que lo aceptaba.
Khronos, el tiempo que lo medía.
Shinryoku, la forja que lo construía.
Tamashī no Seimei, la vida que lo habitaba.
Uno tras otro, los nombres se desplegaron en la mente de Feral como una constelación que aprendía a brillar.
144 puntos de luz en la oscuridad primordial.
144 formas de existencia que se buscaban, se encontraban, se rechazaban, se amaban.
Vivieron en armonía, continuaron las voces, y Feral vio imágenes de un tiempo que no tenía medida.
Dioses caminando entre dioses.
Dioses creando no por necesidad, sino por deseo.
Sus interacciones, sus conflictos, sus uniones dieron forma a todo lo que después sería: los Megaversos, los Multiversos, los universos.
La vida como la conocía Feral—desde las bacterias en un océano primigenio hasta las civilizaciones que alzaban torres hacia el cielo—era solo el eco de lo que los dioses hacían cuando jugaban.
Pero algo más surgió de nuestra comunión.
No fue creado.
No fue invocado.
Nació.
De nuestro caos y nuestro orden.
De nuestras mentiras y nuestras verdades.
De nuestro amor y nuestro odio.
De todo lo que éramos, un ser tomó forma.
Feral sintió un escalofrío que no venía del frío.
Porque supo, antes de que las voces lo dijeran, quién era ese ser.
El Inquisidor.
La imagen que se formó en la oscuridad era difusa, cambiante, como si la memoria misma se negara a fijarla.
Un rostro que no era un rostro.
Una presencia que no era una presencia.
Un vacío con forma de voluntad.
Había nacido de los dioses, pero no era como ellos.
Ellos eran atributos.
Él era juicio.
La necesidad de que el caos tuviera orden.
La necesidad de que la libertad tuviera límites.
La necesidad de que todo lo que existía estuviera en su lugar.
Rápidamente se convirtió en el director de nuestra orquesta.
Al principio, no nos pareció mal.
Alguien tenía que llevar la cuenta.
Alguien tenía que marcar el ritmo.
Nosotros estábamos demasiado ocupados creando, destruyendo, amando, odiando.
Él se encargó de que nada se desbordara.
Al principio, fue un alivio.
Feral vio cómo el Inquisidor se alzaba en el centro de los 144 dioses, sus ojos dorados—dos abismos que no pedían, exigían—mirando en todas direcciones.
Vio cómo su presencia se hacía más sólida, más real, mientras los dioses a su alrededor se volvían más difusos, más pálidos, como si él estuviera absorbiendo su luz.
Durante gran parte de esa era, fortaleció su dominio.
Nos convenció de que era necesario.
Nos convenció de que sin él, todo sería caos.
Nos convenció de que la libertad era una ilusión peligrosa.
Y nosotros…
nosotros le creímos.
Porque era más fácil.
Porque era más cómodo.
Porque tener a alguien que decida por ti es más simple que decidir por ti mismo.
Las voces se hicieron más graves, más densas.
Hasta que alguien dijo “no”.
Feral sintió un latido en la oscuridad, y supo que esa parte de la historia le pertenecía a alguien que conocía.
Muhō.
La Anarquía.
La que nunca pudo soportar que le dijeran qué hacer.
Ella fue la primera en levantarse.
No con un ejército.
No con una guerra.
Con una pregunta: “¿Por qué?” La imagen cambió.
Muhō—más joven, más feroz, su cabello dorado flotando en un viento que no existía—de pie frente al Inquisidor.
Sus ojos azules no tenían miedo.
Tenían furia.
Y frente a ella, el Inquisidor la miraba con sus ojos dorados, y en ellos no había enojo.
Había algo peor: paciencia.
No hubo lucha.
Solo palabras.
Muhō lo desafió, y el Inquisidor no respondió con fuerza.
Respondió con lógica.
“El orden protege”, dijo.
“El caos destruye.
¿Prefieres la destrucción?” Muhō no supo qué responder.
Porque en el fondo, sabía que el caos también destruía.
Sabía que su propia esencia podía ser tan cruel como cualquier tiranía.
Entonces Aelar intercedió.
La imagen de su padre apareció en la oscuridad, y Feral sintió que el fragmento en su pecho latía con más fuerza.
Aelar—joven, entero, sus rastas blancas cayendo sobre sus hombros, sus ojos azules llenos de algo que no era furia ni sumisión, sino equilibrio—se puso entre Muhō y el Inquisidor.
“No hay destrucción sin creación”, dijo.
“No hay orden sin libertad.
No hay caos que valga la pena si no hay elección.
Déjanos ser libres en los niveles bajos.
Que los mortales vivan sus vidas sin nuestra intervención.
Que los dioses jueguen en los universos.
Y tú, Inquisidor, conserva los niveles superiores.
Mantén el orden donde el orden es necesario.
Pero déjanos respirar.” El Inquisidor aceptó.
Porque Aelar le había dado lo que quería: un territorio definido.
Un límite.
Una forma de controlar la libertad sin tener que destruirla.
Los dioses descendieron a los niveles bajos del omniverso.
Y el universo se convirtió en un patio de juegos.
La imagen se oscureció.
Las voces se hicieron más graves.
Fue un error.
El Inquisidor no quería paz.
Quería tiempo.
Y mientras nosotros jugábamos en los universos, él consolidaba su poder en los niveles superiores.
Construyó un trono de cristal hecho de luz solidificada.
Reunió a los dioses que preferían el orden a la libertad.
Y poco a poco, fue cerrando el cerco.
Un dios tras otro fue llamado a los niveles superiores.
Algunos volvían cambiados.
Otros no volvían.
Los que preguntaban qué pasaba eran silenciados.
Los que se negaban a obedecer eran marcados.
El Inquisidor no gobernaba con violencia—al principio.
Gobernaba con promesas.
Con favores.
Con la certeza de que si te mantenías en su buena voluntad, nada malo te pasaría.
Hasta que Retza se enamoró.
El nombre de su amada resonó en la oscuridad como una campana, y Feral sintió que sus puños se apretaban.
Una diosa del amor que dejó su trono para vivir entre los mortales.
Que se enamoró de un hombre—no de un dios, de un mortal—y descendió a su mundo para estar con él.
El Inquisidor vio su oportunidad.
Acusó a Retza de abandonar su deber.
De contaminar el orden divino con debilidades mortales.
De crear una anomalía que debía ser corregida.
No la castigó a ella.
Castigó a todo su mundo.
Lo borró.
Y a los mortales que lo habitaban, los hizo olvidar que alguna vez fueron amados por una diosa.
Esa fue la primera vez que entendimos que el Inquisidor no nos protegería.
Que nos usaría.
Que nos consumiría.
Que no había límite en su deseo de control.
Muhō volvió a levantarse.
Esta vez, no con palabras.
Con un ejército.
Y esta vez, Aelar la acompañó.
La imagen que se formó en la oscuridad era una herida abierta.
Feral vio flotas de naves que no eran naves, luces que no eran luces, ejércitos que no tenían número.
Dioses y mortales luchando codo a codo.
Titanes—la raza que los dioses habían creado como sirvientes y que Aelar había liberado—formando legiones enteras.
Y en el centro de todo, los líderes: Aelar, Muhō, Shikō el de la Imaginación, y otros cuyos nombres Feral no alcanzaba a retener.
Noventa y nueve dioses se unieron a la rebelión.
Cuarenta y cinco se quedaron con el Inquisidor.
Los Titanes se alzaron con nosotros.
Los mortales—los descendientes de Galdur Dragnor, los primeros que aprendieron a desafiar a los dioses—marcharon a nuestro lado.
Éramos más.
Éramos más fuertes.
Éramos más libres.
Perdimos.
La imagen se fragmentó.
Feral vio batallas que no eran batallas sino masacres.
El Inquisidor no luchaba con ejércitos.
Luchaba con existencia.
Donde ponía su mirada, los dioses dejaban de ser.
Donde extendía su mano, la realidad se plegaba a su voluntad.
Vio a Kibō, la esperanza, apagándose como una vela en un huracán.
Vio a Yume, los sueños, haciéndose añicos.
Vio a dioses que no alcanzaba a nombrar siendo absorbidos, disueltos, convertidos en parte de la oscuridad que emanaba del Inquisidor.
Pero no fue el Inquisidor lo que nos derrotó.
Fue el miedo.
La imagen se detuvo en un momento.
Muhō, de pie frente a Aelar, sus ojos azules llenos de algo que no era furia.
Era terror.
El Inquisidor avanzaba hacia ellos, y ella…
ella dio un paso atrás.
Muhō huyó.
No por cobardía.
Porque la anarquía no puede enfrentarse a algo que no tiene estructura.
Porque su esencia—la negación del orden—no tenía nada que oponer a un orden absoluto.
Y cuando ella huyó, Aelar se quedó solo.
Feral vio a su padre enfrentándose al Inquisidor.
Sus rastas blancas flotaban en el vacío, sus ojos azules ardían con una luz que no se apagaría, sus manos sostenían una lanza que era la libertad hecha arma.
Pero el Inquisidor no tenía forma que la lanza pudiera herir.
No tenía esencia que la libertad pudiera liberar.
Era un vacío con forma de voluntad.
Y cuando extendió su mano, Aelar fue absorbido.
Lo consumió.
No lo destruyó.
Lo hizo parte de sí mismo.
Porque el Inquisidor no mata la libertad.
La encierra.
La asimila.
La convierte en parte de su orden.
Aelar ha estado dentro de él desde entonces.
Consciente.
Esperando.
Sin poder actuar.
Los que no fueron absorbidos fueron arrojados aquí.
A este lugar que el Inquisidor construyó para los que no podía controlar.
Ochenta dioses.
Los que sobrevivieron a la guerra.
Los que no huyeron.
Los que no se rindieron.
Fuimos arrojados a este vacío, y el olvido comenzó a consumirnos.
Nos aferramos.
Unimos nuestras esencias.
Pusimos todo lo que éramos en un solo lugar.
Para que el olvido no pudiera tomarnos uno por uno.
Para que algo de nosotros quedara cuando todo lo demás se hubiera ido.
Y esperamos.
La imagen se desvaneció.
La oscuridad volvió a ser solo oscuridad.
Pero Feral sentía ahora su peso—el peso de ochenta dioses que habían esperado dos eras en un vacío que no era vacío, que habían puesto sus recuerdos en una esfera de luz para que nada los borrara, que habían escuchado a su hijo llegar y habían abierto sus entrañas para recibirlo.
Ahora sabes, dijeron las voces, y ya no eran un coro distante.
Eran una presencia, un círculo de luz que comenzaba a formarse en la oscuridad a su alrededor—ochenta formas que tomaban cuerpo, que dejaban de ser memoria para ser presencia—.
Ahora sabes quién nos encerró.
Por qué estamos aquí.
Qué perdimos.
La pregunta es: ¿qué vas a hacer con lo que sabes?
Feral los miró.
Ochenta dioses que habían sido más grandes que la vida, que habían desafiado al orden, que habían caído, que habían esperado.
Y en sus ojos—en las luces que comenzaban a brillar en la oscuridad como estrellas que vuelven a la vida después de una noche demasiado larga—vio algo que no esperaba.
No era desesperanza.
No era súplica.
Era espera.
La misma espera que había visto en los Titanes cuando abrían una puerta que ya estaba abierta.
La misma espera que había sentido en Dragnaer cuando se aferraba al recuerdo de su hijo.
La misma espera que lo había sostenido a él cuando caminaba hacia el centro del olvido.
—Voy a liberarlos —dijo Feral, y su voz no fue un susurro.
Fue una promesa—.
No sé cómo.
Pero Los voy a liberar.
Ahora.
No después.
Ahora.
El silencio que siguió fue tan denso que Feral sintió que podía sostenerlo entre sus manos.
No puedes, dijeron las voces, y no había desdén en ellas.
Solo una verdad que habían aceptado hacía mucho tiempo.
No puedes liberarnos.
Nuestros cuerpos están fundidos en esta masa.
Nuestras almas están unidas en esta esfera.
No hay un “nosotros” para liberar.
Solo hay esto.
Lo que somos.
Lo que hemos elegido ser para no desaparecer.
Feral sintió que el peso de esas palabras caía sobre él como una losa.
No podía liberarlos.
No porque no quisiera.
Porque no había nada que liberar.
Eran la esfera.
La esfera era ellos.
Habían cruzado un umbral del que no se volvía.
Pero entonces, en el silencio que siguió, algo se movió en su interior.
No era el fragmento de Aelar.
Era algo más profundo.
Era la certeza de que había venido hasta aquí para salvar a los que amaba, y no iba a irse con las manos vacías.
—Entonces —dijo Feral, y su voz no era un susurro ni un grito.
Era una decisión— los llevaré dentro de mí.
Las voces enmudecieron.
—No puedo liberarlos —continuó, y las palabras salían de él con la fuerza de quien ha caminado a través del infierno y sabe lo que quiere—.
No puedo deshacer lo que hicieron para sobrevivir.
Pero puedo llevarlos.
Puedo ser el lugar donde sus recuerdos no sean olvidados.
Donde sus voces no se apaguen.
Donde su lucha no termine.
Aelar lo miró.
En sus ojos azules, Feral vio algo que no había visto nunca: asombro.
—Soy un dios sin atributo —dijo Feral, y mientras hablaba, sintió que algo en su interior comenzaba a abrirse, a desplegarse, a recibir—.
No tengo forma.
No tengo límite.
No soy nada.
Y si no soy nada…
puedo ser todo.
Puedo ser el lugar donde ustedes sigan existiendo.
Puedo ser el que los recuerde cuando todo lo demás los haya olvidado.
Puedo ser…
su manada.
El silencio se hizo eterno.
Y entonces, las voces hablaron.
No era un coro.
Era cada voz, individual, única, rompiendo el silencio con la fuerza de quienes han esperado dos eras para escuchar exactamente esas palabras.
¿Lo harías?, preguntó una.
¿Llevarías el peso de ochenta dioses en tu interior?
—Sí —respondió Feral.
¿Sabes lo que significa?, preguntó otra.
No serás solo Feral.
Serás Feral y todos nosotros.
Sus voces.
Sus recuerdos.
Sus dolores.
Sus esperanzas.
No habrá separación.
—Lo sé.
¿Y si te pierdes en nosotros?, preguntó una tercera.
¿Si dejas de ser tú para convertirte en algo que no puedes controlar?
—No me perderé —dijo Feral, y en su voz había una certeza que no necesitaba pruebas—.
Porque ella me espera.
Y mientras ella me espere, siempre sabré quién soy.
El silencio volvió a extenderse.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio lleno de decisión.
Hijo de Aelar, dijeron las voces, y ahora eran una sola, un acorde que resonó en la oscuridad como el primer latido de un universo que vuelve a la vida, eres digno de lo que vamos a darte.
No porque seas fuerte.
No porque seas sabio.
Porque eres el que vino.
El que no se rindió.
El que está dispuesto a llevar el peso de otros para que no tengan que cargarlo solos.
Tú eres vacío.
Y el vacío…
puede ser todo.
Llévanos.
La luz de la perla explotó hacia él no como un torrente, sino como un abrazo.
Ochenta voces, ochenta vidas, ochenta memorias comenzaron a fluir hacia su interior, no para poseerlo, sino para habitar en él.
Feral sintió cómo su esencia—ese vacío que había sido su atributo—se llenaba de estrellas.
Cada dios que se unía a él era una luz nueva en su interior, un latido más en su pecho, una voz más en el coro que comenzaba a cantar su nombre.
No perdió su identidad.
Al contrario, por primera vez, supo con claridad quién era.
Era Feral.
Y era todos ellos.
Era el lobo que había aprendido a perdonar.
Era el guerrero que había perdido a sus amigos.
Era el amante que cruzaba el infierno por su amada.
Y ahora, era también la esperanza de ochenta dioses que habían esperado dos eras para ser recordados.
La luz lo envolvió por completo.
Y en el centro de esa luz, con las voces de los ochenta resonando en su interior como un corazón colectivo, Feral sintió que algo nuevo nacía en él.
Algo que no tenía nombre.
Algo que el omniverso no había visto antes.
Ahora ve, susurraron las voces, y susurraban desde dentro, desde el centro de su ser.
Ve por ella.
Te espera.
—Los llevaré conmigo —dijo Feral, y su voz era suya, pero también era la de ellos—.
Hasta el final.
La luz estalló.
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