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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 La ruptura del silencio
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8: La ruptura del silencio 8: La ruptura del silencio Fuera de la cúpula de luz, el campo de batalla había degenerado en un caos visceral.

Sin la voluntad directa de los Terrores, sus creaciones y seguidores se desmoronaban como marionetas sin hilos.

Los zombis de Dante, privados de su foco de odio, deambulaban en círculos, confundidos.

Los soldados rasos de los ALIADOS, viendo su oportunidad, lanzaron un ataque coordinado: redes de energía cinética y haces de calor concentrado los derribaron en masa, reduciendo la horda a montones de carne inerte que olía a carnicería vieja.

Las bestias mutantes de Teresa, sin el control químico de su creadora, sucumbieron a sus instintos primarios.

Una, con cuerpo de cocodrilo y cabeza de león, arrancó la cabeza a un zombi cercano.

Otra embistió a un grupo de soldados de Konrrac, sus cuernos de toro atravesando armaduras como papel.

El campo se convirtió en una pelea de todos contra todos: mutantes contra zombis, soldados de Wiber contra mutantes, todos mezclados en un torbellino de furia animal.

Solo un grupo mantenía coherencia: los cincuenta soldados de Arianna, sus ojos aún velados por el suave resplandor rosado de su control.

Entre ellos, uno se movía con una gracia sobrenatural, desdibujándose y reapareciendo metros más allá en un parpadeo.

Llevaba una capa hecha jirones que flotaba tras él como las alas de un murciélago herido.

Era el favorito de Arianna, conocido sólo como Capa Rota.

Con una sonrisa despiadada, Capa Rota se materializó detrás de un capitán ALIADO que cargaba su arma.

Un movimiento rápido, un destello de acero, y el hombre cayó con la garganta abierta.

En los siguientes diez segundos, el teletransportador se convirtió en un relámpago de muerte, apareciendo y desapareciendo, dejando a su paso una docena de soldados y un capitán más, todos muertos antes de que su sangre tocara el suelo.

Uno de los capitanes ALIADOS sobrevivientes, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el rostro, lo reconoció.

Su voz se quebró de incredulidad y dolor.

—¡Gliel!

¡Gliel, eres tú!

¡Hermano!

Capa Rota se detuvo en medio de su siguiente aparición, a dos metros del hombre.

Su rostro, bajo el casco, era una máscara de indiferencia perfecta.

—¿Quién carajo es Gliel?

—preguntó, su voz metálica y sin inflexiones.

Luego, volviéndose hacia los mutantes que aún luchaban entre sí, les gritó con un tono extrañamente persuasivo, aprovechando el residuo de control de Teresa que aún palpitaba en ellos: —¡Muchachos!

¡Eh!

¡Comida!

¡Allá!

—señaló a las filas ALIADAS—.

¡COMIDA!

Los cinco mutantes restantes, cada uno una pesadilla de tres metros de altura con la fuerza de una apisonadora, giraron sus cabezas monstruosas.

Un instinto más profundo que la lealtad los impulsó: el hambre.

Con rugidos que hicieron vibrar el suelo, se lanzaron contra los ALIADOS.

Fue una carnicería.

Los mutantes barrieron las filas como cosechadoras, aplastando, desmembrando, devorando.

Capa Rota y sus compañeros controlados siguieron su estela, atacando con precisión quirúrgica a los capitanes y comandantes que intentaban contener la marea.

El teletransportador se dirigió directamente a los tres generales, su sonrisa ahora visible: un gesto vacío y mecánico.

— Dentro de la cúpula de luz, el mundo era una prisión de silencio sofocante.

El aire, estático, olía a sudor, a rabia contenida y al dulzón aroma de las esporas de Utaku.

Konrrac, con los ojos cerrados en concentración, tenía las garras apoyadas en la pared luminosa.

Un ténue halo rojizo emanaba de sus manos, intentando succionar la energía.

Pero la cúpula palidecía y se reforzaba donde él tocaba, como un sistema inmune rechazando un virus.

Frustrado, retiró las garras con un gruñido.

—¡¿No que podías absorber cualquier cosa?!

—Marcus estalló, las llamas parpadeando en sus nudillos—.

¡¿Qué esperas, una invitación?!

Konrrac giró la cabeza lentamente.

Sus ojos, ahora de un verde opaco, contenían una amenaza quieta.

—Si vuelves a usar ese tono contigo, te absorberé hasta dejar tu esqueleto como yeso seco.

La energía se resiste.

Es… viva.

Adaptativa.

—¡Entonces déjame a mí!

—rugió Marcus, alzando un puño llameante—.

¡La quemaré hasta que no quede nada!

—¡NO, IDIOTA!

—chilló Teresa, saltando frente a él.

Marcus bajó el puño, su furia cambiando de objetivo.

—¿A QUIÉN LLAMAS IDIOTA, LOCA DE MIERDA?

—¡A TI, QUE NO OBSERVAS!

—gritó ella, señalando la cúpula con un dedo tembloroso de excitación—.

¡Mientras ustedes se medían la… eh, cosa, yo la estudié!

¡Se adapta!

¡Es reactiva!

Si la atacas con fuerza, se hace más dura.

Si la atacas con fuego, se vuelve refractaria.

Si intentas mentirle… bueno, no sé si tenga mente, pero seguro se confunde.

¡Es una jaula perfecta para nosotros!

Arianna se abanicó el rostro con una mano, arrugando la nariz.

—Un problema fascinante, querida.

Pero mientras filosofas, estoy sudando sobre este vestido, y Utaku huele a… a cripta húmeda.

Es insoportable.

Utaku emitió un sonido burbujeante, una risa desde su saco vocal.

—Tranquila, preciosa.

Todavía tengo fragancias más… íntimas que puedo liberar.

Jairo se apartó, con gesto de asco.

—¿Podemos centrarnos en el hecho de que estamos atrapados como ratas, en lugar de en el perfume de la descomposición?

Dante se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de aburrimiento infinito.

—De todos los infiernos posibles, tenía que terminar encerrado con ustedes.

El silencio de Melchor es lo único medianamente tolerable aquí.

Por favor, que alguien termine con este suplicio.

O que al menos Feral deje de respirar tan fuerte.

Todos miraron a Feral.

El lobo estaba al otro lado de la cúpula, alejado del grupo.

No los miraba.

Miraba la pared de luz.

Su respiración era, efectivamente, profunda y rápida.

Un temblor casi imperceptible recorría sus miembros.

No era miedo al enemigo.

Era algo más primal: la aversión a la trampa, el pánico del depredador enjaulado.

Sus ojos rojos, fijos en la luz, tenían un brillo vidrioso, animal.

—No… no puedo estar aquí —murmuró, más para sí mismo.

—Únete al club, cachorro —bufó Dante.

Feral no lo escuchó.

Alzó una garra y la estrelló contra la pared.

El impacto resonó con un sonido metálico y agudo.

La luz ondeó, pero no cedió.

Volvió a golpear.

Y otra vez.

Cada golpe era más fuerte, más desesperado.

Sus nudillos comenzaron a sangrar, la piel se desgarraba contra la energía resistente.

—Deja de hacer eso, es inútil —dijo Konrrac con desdén.

—Sólo está haciendo ruido —añadió Arianna, con fastidio.

Pero Teresa observaba.

Sus ojos, usualmente saltarines, se fijaron en el punto donde Feral golpeaba.

Allí, con cada impacto, la luz no solo se ondulaba.

Parpadeaba.

Un parpadeo casi imperceptible, una fracción de nanosegundo de opacidad.

—Esperen —susurró Teresa.

Feral, ahora en un estado de frenesí, comenzó a lanzar una ráfaga de golpes.

Boom.

Boom.

Boom.

La cúpula entera vibraba.

Gotas de sangre volaban, evaporándose al contacto con la luz.

—¡FERAL!

—gritó Teresa, no para detenerlo, sino con una urgencia nueva—.

¡NO ASÍ!

¡CONCENTRA TODO!

¡TODO LO QUE TIENES, EN UN SOLO PUNTO!

¡COMO SI TU VIDA DEPENDIERA DE ELLO, PORQUE DEPENDE!

Los demás Terrores la miraron asombrados.

Arianna puso los ojos en blanco.

—¿No dijiste que atacar era inútil?

¿O se te olvidó, como también se te olvida que el rojo y el verde no combinan?

—¡CÁLLATE Y MIRA!

—rugió Teresa, señalando—.

¡Sus ataques no son como los nuestros!

¡No son sólo fuerza bruta, son… son negación!

¡Está desgastando la matriz!

Feral había oído.

En el fondo de su pánico, la voz de Teresa perforó como un faro.

Dejó de golpear al azar.

Retrocedió un paso, jadeando.

Cruzó los brazos frente a su pecho.

Sus músculos se tensaron hasta que las venas sobresalieron bajo el pelaje negro.

El aire dentro de la cúpula se volvió pesado, denso.

Una oscuridad palpable comenzó a envolver sus garras, no como una ausencia de luz, sino como una presencia de vacío.

—GARRAS NEGRAS —no fue un grito, fue una declaración.

Lanzó el ataque.

No fue una onda expansiva esta vez.

Fue un haz concentrado de oscuridad pura, un taladro hecho de la negación de la realidad.

Golpeó el punto que había estado martillando.

El sonido fue el de un universo desgarrándose.

La cúpula de luz crujió.

Una brecha negra y dentada se abrió, de la que brotó un viento gélido del exterior.

Pero los bordes de la brecha inmediatamente comenzaron a cerrarse, la luz luchando por sanar, arrastrándose como tentáculos para sellar la herida.

—¡SE CIERRA!

—gritó Wiber.

Feral no lo pensó.

Se abalanzó.

Metió sus manos, sus brazos, dentro de la brecha.

La luz cerró sobre sus miembros como las fauces de una bestia lumínica.

Un dolor insoportable, como si sus átomos fueran disociados, lo recorrió.

Rugió, no de furia, sino de agonía pura.

Pero no soltó.

Sus músculos, reforzados por una voluntad que nacía del terror a la reclusión, se hincharon.

Empujó.

Con un sonido final, cristalino y catastrófico, la cúpula estalló en mil fragmentos de luz que se desvanecieron como nieve al sol.

El silencio que siguió fue absoluto.

Los Terrores parpadearon, libres, respirando el aire cargado de humo y muerte del exterior.

Por un segundo, todos miraron a Feral, que caía de rodillas, sus brazos humeando, las garras negras aún brillando con residuos de oscuridad.

—Increíble —murmuró Jairo.

—Bien hecho, bestia —concedió Dante, con un asentimiento casi respetuoso.

Teresa saltó de alegría.

—¡Lo sabía!

¡Eres magnifico!

Pero Konrrac caminó hacia Feral, lo miró desde arriba, y dijo con una voz plana, sin una chispa de calor: —No fue para tanto.

Ahora, quítate de en medio.

Tenemos una masacre que terminar.

Feral alzó la cabeza.

El dolor físico palidecía ante el frío que esas palabras plantaron en su pecho.

Bajó la mirada, una desilusión profunda apagando el brillo de sus ojos.

Teresa se acercó y le dio una palmada en el hombro no quemado.

—No le hagas caso.

Lo hiciste excelente.

Cada vez… cada vez me sorprendes más.

La efímera camaradería se evaporó al percibir la realidad del campo de batalla.

Su ejército, su legión de pesadillas, estaba diezmado.

Solo quedaban los cinco mutantes de Teresa, tambaleantes y cubiertos de sangre ajena, y los cinco soldados de Arianna, con Capa Rota al frente, de pie entre montañas de cadáveres.

Al otro lado, los ALIADOS, aunque maltrechos, conservaban a sus mejores: cinco capitanes, cuatro comandantes y los tres generales, este último con la armadura blanca agrietada pero la mirada inflexible.

Konrrac evaluó la escena.

Su rostro de reptil no mostró decepción, sólo un desprecio absoluto.

—Son unos inútiles —declaró, refiriéndose a los muertos de ambos bandos—.

Al fin, sólo nosotros importamos.

—Sus ojos verdes barrieron a sus nueve compañeros, deteniéndose un instante más en Feral—.

Ahora, limpiemos esta plaga de una vez.

Los Diez Terrores se desplegaron, formando una línea frente a los últimos defensores de los ALIADOS.

El aire, cargado de ozono y muerte, se tensó con la promesa de un choque que resonaría en los cimientos del mundo.

Y muy arriba, Retza contuvo el aliento.

Su corazón divino latía al unísono con el del lobo solitario que, sangrante y traicionado, se preparaba para una batalla en la que ya no creía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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