Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 71
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- Capítulo 71 - 71 EL DIOS QUE FUE EL DIOS QUE ES EL DIOS QUE SERÁ
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71: EL DIOS QUE FUE, EL DIOS QUE ES, EL DIOS QUE SERÁ 71: EL DIOS QUE FUE, EL DIOS QUE ES, EL DIOS QUE SERÁ La luz no fue un destello.
Fue una expansión.
La esfera negra—el cuerpo de los ochenta dioses, la prisión que habían construido para sobrevivir—estalló desde dentro, no como una bomba que destruye, sino como un sol que recuerda que debe brillar.
La luz prismática que había estado contenida en la perla se derramó por todas las fisuras de la masa oscura, llenándola, saturándola, transformándola.
Los Titanes—Templo, Mareal, Cálido, Roc, Viento, Arena, y los otros que habían sido liberados en las cámaras de inducción—fueron envueltos por la ola de luz antes de que pudieran gritar.
No sintieron dolor.
Sintieron algo que no habían sentido en dos eras: pertenencia.
Como si aquella luz los reconociera.
Como si supiera que ellos también habían esperado.
El octavo nivel entero comenzó a colapsar.
Las paredes de sombra solidificada se resquebrajaron.
El vacío que había sostenido la esfera durante dos eras se llenó de colores que no tenían nombre.
Y en el centro de todo, algo nuevo comenzaba a tomar forma.
Bōkyaku retrocedió.
El dios del Olvido sintió cómo su dominio temblaba.
No era un terremoto.
Era una expulsión.
Algo que no pertenecía a su reino estaba naciendo dentro de él, y su propia esencia—el olvido mismo—se replegaba instintivamente, como la carne que se aparta de una espada.
—No —susurró, y su rostro liso se contrajo en algo que podía ser miedo—.
No es posible.
Pero era posible.
Y estaba ocurriendo.
Los Titanes cayeron.
No al vacío.
Al noveno nivel.
Sus cuerpos elementales tocaron el suelo de una cámara que no habían visto nunca, una cámara que estaba en el centro de todo, en el corazón de la Dimensión del Olvido, donde Bōkyaku guardaba a los que más temía.
Y entonces, la vieron.
Retza estaba suspendida en el aire, sus brazos extendidos, sus muñecas envueltas en esposas de sombra que susurraban nombres que ella ya no recordaba.
Las cadenas no eran de metal.
Eran de olvido solidificado, oscuridad que goteaba recuerdos como una herida que no cicatriza.
Se enredaban en sus tobillos, en su cintura, en su cuello, en cada lugar donde el amor podía anidar.
Su piel blanca como porcelana brillaba débilmente en la penumbra, un faro que se apagaba lentamente.
Su cabello—negro azabache, intenso, vivo—estaba teñido de blanco.
Mitad y mitad.
La memoria y el olvido peleando por cada hebra, por cada instante, por cada latido.
Sus ojos estaban abiertos, pero no veían.
Miraban hacia algún lugar que no estaba en esta dimensión, hacia algún tiempo que ya no existía, hacia algún rostro que el olvido le había arrancado de la memoria.
No reconoció a los Titanes que caían a sus pies.
No reconoció el suelo que temblaba bajo sus pies.
No reconoció la luz que se filtraba por las grietas del techo.
Pero sintió la luz.
No la vio con los ojos.
La sintió en el pecho, en el vacío donde antes había latido algo que ahora no podía nombrar.
Era cálida.
Era antigua.
Era familiar.
Como si alguien que había estado lejos durante mucho tiempo, demasiado tiempo, finalmente estuviera cerca.
—Ven —susurró, y no sabía por qué decía eso, ni a quién se lo decía.
Las cadenas se tensaron, como si el olvido hubiera sentido ese pensamiento prohibido.
La luz que había estallado en el octavo nivel no se disipó.
Se condensó.
Los Titanes, aún de rodillas por el impacto de la caída, vieron cómo los colores prismáticos se arremolinaban en el centro de la cámara, girando sobre sí mismos como un remolino de memoria y voluntad.
No era caótico.
Era intencional.
Cada color buscaba su lugar, cada luz encontraba su forma, cada fragmento de aquella explosión sabía dónde debía estar.
Poco a poco, el remolino se aquietó.
Y de su interior, algo comenzó a tomar forma.
No era una silueta difusa.
Era una armadura.
Pies primero.
Botas de placas que parecían talladas en diamante bruñido, blancas como la luz de una estrella en su punto más vivo, pero no traslúcidas.
Eran sólidas.
Reales.
Cada junta, cada remache, cada curva estaba diseñada con una precisión que no pertenecía a ningún artesano conocido.
Las piernas, esbeltas pero poderosas, se alzaron sobre el suelo que crujía bajo su peso.
La cadera, cubierta por faldones de placas que se movían como escamas de un dragón de luz.
El torso, una coraza que parecía hecha de luz solidificada, pero no la luz fría del trono del Inquisidor.
Era una luz cálida.
Una luz que recordaba.
Los hombros eran grandes y pronunciados, como los de un guerrero que ha cargado con el peso de mundos enteros.
Los brazos, cubiertos de placas que se articulaban con la suavidad de la seda, sostenían algo que aún no se veía del todo.
La espalda—una capa que no era tela, sino fragmentos de memoria, millones de instantes tejidos en un manto que ondeaba sin viento.
Y la cabeza.
Un casco con forma de lobo.
No un lobo feroz, no un lobo salvaje.
Un lobo antiguo.
Un lobo que había visto demasiado, que había perdido demasiado, que había aprendido que la fuerza no está en los dientes sino en la manada.
La melena blanca que brotaba de la parte posterior del casco caía sobre los hombros como una cascada de luz de luna.
Los ojos del casco—amarillos—brillaban en la penumbra con una intensidad que no era agresiva.
Era observadora.
Como si detrás de ellos hubiera alguien que lo estaba viendo todo, que lo estaba entendiendo todo, que lo estaba aceptando todo.
En su mano derecha, un escudo.
No era un escudo grande ni pequeño.
Era del tamaño justo para cubrir el pecho de quien lo portaba, y en su superficie, grabado en un relieve que parecía vibrar con luz propia, el emblema de un lobo.
No un lobo solitario.
Un lobo rodeado de estrellas.
Ochenta estrellas.
En su mano izquierda, una espada.
No era un arma cualquiera.
Era casi tan grande como aquel que la portaba—un metro y medio de hoja negra como el ébano, que contrastaba brutalmente con el fulgor blanco de la armadura.
La empuñadura era negra, de un material que no reflejaba la luz.
El pomo era diamantino, una gema que contenía todos los colores que habían estado en la perla.
La guarda era plateada, reflectante, como un espejo pulido que mostraba no el presente, sino lo que debía ser.
El ser que vestía aquella armadura medía dos metros de altura.
Cuando sus botas tocaron el suelo—si es que aquello era suelo—la piedra gris se cuarteó bajo su peso, no por la fuerza, sino por la presencia.
Como si la realidad misma estuviera aprendiendo a sostener algo que nunca antes había tenido que sostener.
Los Titanes sintieron una divinidad emanar de aquella figura.
No era como la presencia del Inquisidor, que aplastaba y sometía.
Era como la presencia de un hogar al que no sabías que necesitabas volver.
Templo, el primero, bajó la cabeza.
No por miedo.
Por reverencia.
Mareal, Cálido, Roc, Viento, Arena, y los otros liberados hicieron lo mismo.
Uno tras otro, los Titanes se arrodillaron ante aquel ser, no porque se lo ordenaran, sino porque no podían hacer otra cosa.
Era como arrodillarse ante el amanecer después de una noche demasiado larga.
Retza lo miró.
Sus ojos perdidos—esos ojos que habían visto tanto y ahora apenas podían ver—encontraron la figura de la armadura.
No la reconocía.
No podía.
Las cadenas que la ataban le habían robado tantos nombres, tantos rostros, tantos momentos.
Pero sintió algo.
Algo que el olvido no podía robar.
—¿Quién…?
—susurró, y su voz era frágil, quebradiza, como una copa que se sostiene milagrosamente después de haber caído.
El ser no respondió.
Se movió.
Un paso.
Luego otro.
Sus botas crujían sobre la piedra cuarteada, y cada pisada era un latido que hacía temblar las cadenas.
Se detuvo frente a Retza.
Sus ojos amarillos—los del casco de lobo—la miraron con una intensidad que no podía ser descrita.
Levantó la espada.
Los Titanes contuvieron la respiración.
Las cadenas se tensaron, como si el olvido supiera lo que iba a pasar y estuviera tratando de aferrarse a su presa.
Pero no hubo resistencia.
No hubo lucha.
Un solo tajo.
La hoja negra cortó el aire con un silbido que no era agresivo.
Era liberador.
Las cadenas—las que ataban las muñecas, las que apretaban el cuello, las que enredaban los tobillos, las que oprimían la cintura—se partieron como si siempre hubieran estado esperando ese momento.
Fragmentos de sombra cayeron al suelo y se desvanecieron, susurrando nombres que ya nadie recordaría.
Retza cayó.
No tuvo fuerzas para mantenerse en pie.
El olvido la había dejado frágil, vacía, casi transparente.
Sus rodillas se doblaron, su cuerpo se inclinó hacia adelante, y esperó el impacto frío de la piedra.
Pero no llegó.
Un brazo envuelto en armadura de luz la atrapó antes de que cayera.
La sostuvo con una delicadeza que contrastaba con la imponencia de la armadura.
La acercó a su pecho, donde las placas de diamante bruñido brillaban con un calor que no era físico.
Era emocional.
Retza sintió ese calor y algo se rompió dentro de ella.
No era dolor.
Era un tapón.
Algo que había estado conteniendo un río durante dos eras, y que ahora, finalmente, cedía.
Los recuerdos no volvieron de golpe.
No fueron una avalancha.
Fueron como las primeras gotas de lluvia después de una sequía.
Una imagen.
Una sensación.
Una certeza.
Zulú.
El pozo.
La noche.
Un hombre.
Piel oscura como la noche.
Cabello azabache.
Ojos que habían visto demasiado dolor, pero que aún podían sonreír.
Manos ásperas por el trabajo, suaves por el amor.
—Feral —susurró, y el nombre salió de sus labios como el primer aliento después de haber estado ahogándose.
No era un recuerdo completo.
Era un nombre.
Y mientras lo pronunciaba, sintió que algo en su interior—algo que creía muerto—comenzaba a latir de nuevo.
El brazo que la sostenía tembló.
Solo un instante.
Pero ella lo sintió.
—Feral —repitió, y esta vez su voz fue más fuerte—.
Tú eres Feral.
La mano izquierda del ser—la que sostenía la espada—se abrió.
El arma negra cayó al suelo con un ruido sordo, y en su lugar, aquellos dedos cubiertos de placas de diamante se movieron hacia el casco de lobo.
Retza lo vio hacer.
Vio cómo los dedos encontraban los bordes del casco, cómo se aferraban a ellos, cómo tiraban.
El casco se desprendió.
Y debajo, estaba él.
No la armadura de luz.
No el escudo de estrellas.
No la espada de ébano.
Él.
Feral.
Piel oscura, cabello azabache despeinado, ojos negros profundos.
El mismo que había cavado pozos en Zulú.
El mismo que había abrazado a Karim cuando el odio se convirtió en perdón.
El mismo que había aullado en el quinto nivel y había roto los espejos con su verdad.
Pero había algo diferente en sus ojos.
Algo que no estaba antes.
No era poder.
No era sabiduría.
Era paz.
La paz de quien ha aceptado todo lo que es, todo lo que fue, todo lo que será.
—Hola, Retza —dijo Feral, y su voz no tembló, pero sus ojos sí—.
Te extrañé.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Retza como un río que ha estado represado No eran lágrimas de dolor.
Eran lágrimas de reencuentro.
De alivio.
De casa.
—Feral —dijo, y esta vez no fue un susurro.
Fue un grito contenido, una explosión de todo lo que el olvido no había podido quitarle—.
Feral, Feral, Feral…
Sus manos—frágiles, temblorosas—buscaron su rostro.
Lo encontraron.
Sus dedos recorrieron sus mejillas, su mandíbula, sus labios.
Como si necesitara confirmar que era real.
Que no era otro espejismo del olvido.
—Estoy aquí —dijo Feral, y su voz se quebró—.
Estoy aquí.
No voy a dejarte.
Nunca más.
La beso y la apretó contra su pecho con la fuerza de quien ha caminado a través del infierno para llegar a este momento.
Y ella se aferró a él como si fuera el único ancla en un mar de olvido.
Los Titanes observaban en silencio.
Algunos bajaron la mirada, no por vergüenza, sino por respeto.
Otros lloraron sin hacer ruido.
Todos sintieron que algo en aquella cámara—algo que había estado roto durante dos eras—comenzaba a sanar.
Feral separó ligeramente a Retza para mirarla a los ojos.
Su cabello era mitad negro, mitad blanco.
Las marcas del olvido aún estaban en ella.
Pero sus ojos—esos ojos que habían estado perdidos, vacíos, ausentes—comenzaban a brillar de nuevo.
—Vamos a salir de aquí —dijo Feral—.
Juntos.
—Lo sé —respondió Retza, y por primera desde que se separaron sonrió—.
Siempre lo supe.
El momento se sostuvo en el aire como una burbuja de cristal, frágil y hermosa, llena de todo lo que habían perdido y todo lo que aún podían recuperar.
Y entonces, la burbuja estalló.
Su rostro liso—esa superficie sin facciones que era más aterradora que cualquier máscara—se volvió hacia Feral con una lentitud deliberada.
Pero ya no había curiosidad en su postura.
No había paciencia.
Había furia.
La furia de un dios que ha visto cómo su dominio es invadido, cómo sus prisioneros son liberados, cómo su esencia misma es desafiada.
—Has venido muy lejos, lobo —dijo Bōkyaku, y su voz resonó en la cámara como un eco que no terminaba—.
Has roto mis niveles.
Has liberado a mis condenados.
Has despertado a los ochenta.
Y ahora…
ahora vienes a mi santuario y robas a mi prisionera más preciada.
—No es tu prisionera —dijo Feral, y su voz no era un gruñido.
Era una declaración—.
Nunca lo fue.
—¿Ah, no?
—Bōkyaku extendió sus brazos—.
Ella estuvo aquí durante mucho tiempo.
El olvido la ha besado en cada rincón de su memoria.
Su cabello es blanco por mí.
Sus ojos están vacíos por mí.
Su nombre—el que pronunciaste con tanta ternura—casi lo olvida por mí.
Ella es mía.
—Nadie es tuyo —respondió Feral, y mientras hablaba, sintió que algo en su interior se movía.
No eran voces.
No eran susurros.
Era una certeza—.
El olvido no posee.
El olvido solo…
espera.
Y la espera terminó.
Bōkyaku lo miró largamente.
Sus brazos—esos brazos que habían golpeado con la fuerza de mil tragedias—se desplegaron a su alrededor.
—¿Crees que porque liberaste a los ochenta eres invencible?
—preguntó, y su voz era un susurro—.
¿Crees que porque te has llenado de recuerdos ajenos el olvido no puede alcanzarte?
El olvido es más antiguo que cualquier recuerdo.
El olvido es el fin de todo recuerdo.
Y yo soy el olvido.
—Tú eres su carcelero —dijo Feral, y su voz no tembló—.
No su dueño.
Hay una diferencia.
Bōkyaku atacó.
No con sus brazos.
Con algo más profundo.
Con la séptima capa del olvido: la que usó contra Muhō, Yami y María.
La que no golpea el cuerpo, sino la identidad.
Un ariete de ausencia que buscaba no destruir a Feral, sino hacerle olvidar quién era.
Por qué había venido.
A quién estaba sosteniendo entre sus brazos.
Feral sintió cómo el olvido penetraba en su mente, buscando las grietas, los miedos, las dudas que aún quedaban.
Pero no encontró vacío.
Encontró estrellas.
Ochenta dioses.
Ochenta voluntades.
Ochenta formas de decir no.
—Esa técnica no funciona conmigo —dijo Feral, y levantó su escudo.
El escudo de lobo, con sus ochenta estrellas grabadas, absorbió el ataque de Bōkyaku como si fuera agua.
No lo reflejó.
No lo anuló.
Lo contenió.
Lo hizo parte de sí mismo, como había hecho con los ochenta, como había hecho con todo el dolor que había atravesado en los niveles anteriores.
—No puedes— dijo Bōkyaku, y por primera vez, su voz tembló—.
No puedes contener el olvido.
El olvido no se contiene.
Se olvida.
—Tal vez —dijo Feral, y soltó a Retza suavemente, dejándola en manos de los Titanes que se acercaron para sostenerla—.
Pero yo no soy el que recuerda.
Soy el que elige recordar.
Levantó su espada.
La hoja negra como el ébano brilló en la penumbra con una luz que no era propia.
Era la luz de los ochenta dioses que vivían en su interior.
Era la luz de los recuerdos que había salvado del quinto nivel.
Era la luz de Retza, que lo miraba desde atrás, sus ojos llenos de lágrimas y esperanza.
—Garra Divina —dijo Feral, y la hoja se partió en dos.
No físicamente.
La hoja negra se abrió como un ojo que despierta, y de su interior brotó una onda de luz con forma de media luna.
No era blanca ni dorada.
Era prismática.
Contenía todos los colores de la perla que había estado en la esfera.
Todos los recuerdos de los ochenta.
Toda la voluntad de Feral.
El corte atravesó el aire, atravesó los brazos de Bōkyaku, atravesó la cámara, atravesó el noveno nivel, atravesó el octavo, el séptimo, el sexto, el quinto, el cuarto, el tercero, el segundo, el primero.
Atravesó la Dimensión del Olvido entera.
La décima parte del omniverso fue partida en dos por un solo tajo.
Bōkyaku no gritó.
No tuvo tiempo.
Su cuerpo—esa masa de sombra solidificada y brazos infinitos—se separó limpiamente, como un árbol partido por un rayo.
Sus dos mitades cayeron a los lados, y de ellas no brotó sangre ni sombra.
Brotó luz.
La luz de todo lo que había olvidado.
De todo lo que había guardado.
De todo lo que había sido y ya no era.
—No…
—susurró, y su voz era apenas un hilo—.
No puedes…
matar al olvido…
—No voy a matarte —dijo Feral, y sus ojos brillaron bajo el casco que ya no llevaba—.
Voy a salvarte.
Abrió la boca.
No era una boca humana.
Era la boca del lobo que llevaba dentro, del dios que había decidido ser, del vacío que podía llenarse de todo.
Una mandíbula de luz se abrió frente a él, y de ella emergió un aullido que no era un aullido.
Era un hambre.
Un hambre que no devoraba para destruir, sino para acoger.
—Hambre Divina —dijo Feral, y el olvido comenzó a fluir hacia él.
No lo absorbió como un vacío que traga.
Lo abrazó.
Cada fragmento de Bōkyaku, cada sombra que se desprendía de sus brazos, cada susurro de olvido que había llenado la dimensión durante dos eras, fue atraído hacia Feral no por la fuerza, sino por la paz.
Como si supieran que en él no serían olvido.
Serían recuerdo.
Bōkyaku sintió cómo su esencia se deshacía, no en la destrucción, sino en la aceptación.
Los recuerdos que había guardado durante dos eras—los nombres, los rostros, los momentos que había arrancado de los mortales y los dioses—comenzaron a fluir de regreso.
No hacia sus dueños originales, sino hacia Feral.
Porque Feral era el lugar donde todo podía ser guardado.
Donde nada se perdía.
Donde el olvido, finalmente, podía descansar.
—Tendrás un lugar en mí —dijo Feral, mientras el olvido se arremolinaba a su alrededor, perdiendo su forma, perdiendo su dolor, perdiendo su necesidad de ser olvido—.
No como carcelero.
Como parte de la manada.
Bōkyaku quiso resistir.
Quiso aferrarse a lo que era.
Pero algo en su interior—algo que había estado dormido durante dos eras, quizás desde antes de que el Inquisidor lo moldeara—sintió esas palabras y supo que eran verdad.
No cerró los ojos.
No tenía ojos para cerrar.
Pero su rostro liso se onduló, y por un instante, algo que podía ser una sonrisa se formó en su superficie.
Gracias, susurró, y fue la última palabra que dijo como olvido.
Luego, fluyó hacia Feral.
Y en el interior del lobo, ochenta estrellas se convirtieron en ochenta y una.
Cuando la última sombra del olvido desapareció en la boca de Feral, la cámara del noveno nivel tembló.
No para caer.
Para abrirse.
Tres formas cayeron desde el techo que ya no era techo, envueltas en fragmentos de luz negativa que se disolvían antes de tocar el suelo.
Muhō, Yami y María aterrizaron sobre la piedra cuarteada con la gracia de quien ha caído desde muy alto y ya no espera que la atrapen.
Sus rostros estaban marcados por la batalla.
Sus cuerpos mostraban las heridas del enfrentamiento con Bōkyaku.
Pero sus ojos…
sus ojos se abrieron cuando vieron lo que estaba frente a ellas.
Feral.
No Feral con armadura.
No Feral con espada y escudo.
Feral desnudo en su esencia, con la luz de ochenta dioses brillando en su pecho, con el olvido recién absorbido danzando en sus venas, con sus ojos negros mirándolas con una calma que no era humana ni divina.
Era otra cosa.
—Feral…
—dijo Muhō, y su voz era un hilo—.
¿Qué…
qué eres ahora?
Feral se acercó a ellas.
Las ayudó a levantarse una por una.
Su tacto era cálido, no por la temperatura, sino por la presencia.
—Soy el que fui —dijo—.
Soy el que soy.
Soy el que será.
Yami lo miró con sus ojos vacíos, esos pozos negros que nunca reflejaban nada.
Pero esta vez, en ellos, algo brilló.
—Eres…
como el Inquisidor —dijo, y su voz era un susurro helado, pero no había miedo en él—.
Pero no.
Eres su opuesto.
Él absorbe para controlar.
Tú absorbes para…
liberar.
—No soy el Inquisidor —dijo Feral—.
No soy nadie.
Y por eso…
puedo serlo todo.
María rió.
No era la risa silenciosa de la locura.
Era una risa limpia.
Como si algo en su interior se hubiera desatado.
—Un dios sin atributos —dijo—.
Un dios vacío.
Un dios que puede llenarse de todo lo que ama.
Nunca…
nunca habíamos visto algo así.
—No lo habías visto —dijo Feral—.
Porque no existía.
Hasta ahora.
Las tres diosas se miraron.
Y luego, una tras otra, hicieron algo que ninguna de ellas había hecho ante nadie.
Se arrodillaron.
No por sumisión.
No por miedo.
Por reconocimiento.
Porque lo que tenían frente a ellas no era un tirano.
No era un libertador.
Era un hogar.
Un lugar al que podían pertenecer sin dejar de ser quienes eran.
—Levantaos —dijo Feral, y su voz era suave pero firme—.
No necesitáis arrodillaros ante mí.
Caminad a mi lado.
Eso es todo lo que pido.
Muhō levantó la cabeza.
En sus ojos azules, las lágrimas que había contenido durante dos eras finalmente fluyeron.
—Aelar…
—dijo—.
Él está…
—Está en mí —dijo Feral, y por primera vez, reveló la verdad sin miedo—.
Desde el principio.
Un fragmento de él.
Me ha guiado.
Me ha enseñado.
Me ha esperado.
Y ahora…
ahora está en paz.
Porque su hijo está donde debe estar.
Muhō cerró los ojos.
Y por primera vez en dos eras, dejó de cargar con la culpa.
No porque la hubiera olvidado.
Porque alguien más la estaba cargando con ella.
Los Titanes que habían sido liberados en las cámaras de inducción—Arena, Tormenta, Lodo, Plasma, y los otros cuyos nombres Feral aún no conocía—se pusieron de pie.
Habían observado todo en silencio.
Habían visto cómo Feral se convertía en algo que ninguna de sus memorias podía clasificar.
Templo se acercó.
Su armadura de tormenta crepitaba suavemente, pero no con agresividad.
Con respeto.
—Hijo de Aelar —dijo, y su voz era grave—.
Has hecho lo que ninguno de nosotros pudo.
Has entrado en el corazón del olvido.
Has liberado a los condenados.
Has absorbido al olvido mismo.
¿Qué eres?
¿Qué debemos llamarte?
Feral lo miró.
Y en sus ojos, Templo vio algo que no había visto en ningún otro ser: infinitud.
—No tengo nombre —dijo Feral—.
No tengo atributo.
No tengo límite.
Soy el que fui.
Soy el que soy.
Soy el que será.
Llamadme…
Alfa.
Si necesitáis un nombre.
—Alfa —repitió Templo, y la palabra resonó en la cámara como un acorde que llevaba dos eras sin ser escuchado.
Los Titanes se arrodillaron.
No por sumisión.
Por pertenencia.
La Dimensión del Olvido se desgarraba.
Las grietas que Feral había abierto con su Garra Divina se extendían por toda la décima parte del omniverso, no para destruirla, sino para abrirla.
La luz prismática de los ochenta dioses se filtraba por cada fisura, devolviendo a los prisioneros olvidados sus nombres, sus rostros, sus memorias.
Pero fuera, en el borde de la dimensión, algo se acercaba.
Omega sintió el cambio antes de verlo.
El aullido de Feral había atravesado niveles y dimensiones, llegando a sus oídos no como sonido, sino como desafío.
Y cuando vio cómo la Dimensión del Olvido se partía en dos, cuando sintió cómo la presencia de Bōkyaku se desvanecía, cuando olió en el aire el eco de ochenta dioses que volvían a la vida…
sonrió.
No era una sonrisa cálida.
—Es hora —dijo, y sus alas de dragón se desplegaron.
Detrás de él, los dioses leales se preparaban.
Khronos, Kariostros, Chitsujo, Cirus, Hitsuyōsei, Fukushū, Zetsubō, Sensō, Osore, Fusei, Seigi, Yurushi.
Doce dioses del orden, más poderosos que cualquier ejército mortal.
Todos mirando hacia la dimensión que se desgarraba, hacia la luz que emergía de su interior, hacia el lobo que había desafiado al Inquisidor.
—Después de ustedes —dijo Khronos, y su voz era el tiempo mismo, paciente e inevitable.
Omega no esperó.
Se lanzó hacia la grieta con un rugido que hizo temblar las estrellas.
Los demás lo siguieron.
Dentro de la cámara del noveno nivel, Feral levantó la vista.
Sus ojos negros—llenos de estrellas, llenos de memoria, llenos de olvido transformado—miraron hacia el techo que ya no existía.
—Vienen —dijo.
A su lado, Retza se aferró a su brazo.
Su cabello aún era mitad blanco, mitad negro.
Sus ojos aún estaban marcados por dos eras de ausencia.
Pero su voz era firme.
—Déjalos venir.
Feral sonrió.
No era una sonrisa de arrogancia.
Era la sonrisa de quien ha encontrado su lugar en el mundo.
—Los recibiremos.
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