Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 72
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72: El Refugio Del Laberinto 72: El Refugio Del Laberinto La grieta se abrió del todo.
La luz prismática y la sombra del orden chocaron en el umbral con un estruendo que hizo vibrar la décima parte del omniverso.
Los dioses leales irrumpieron como una tormenta de propósito implacable.
Omega a la cabeza, alas de dragón desplegadas, mandoble envuelto en energía morada.
Detrás, los doce: Khronos, Kariostros, Chitsujo y el resto, una falange de orden absoluto.
Feral —Alfa— se plantó frente a ellos.
La armadura de diamante bruñido brillaba con la luz de ochenta y un dioses.
El escudo del lobo y la espada de ébano ya estaban en sus manos.
No gruñó.
No amenazó.
Solo miró.
Y en esa mirada había paz y guerra al mismo tiempo.
Pero antes de que diera un paso, Muhō se interpuso.
Su mano se posó en el brazo blindado de Feral con una familiaridad que nadie más se atrevía a mostrar.
—No es buen momento, pequeño lobo —dijo en voz baja, solo para él—.
Has obtenido un gran poder.
Has evolucionado más de lo que cualquiera podía imaginar desde que te conocí.
Pero Retza necesita descansar.
Su fuerza aún es frágil.
Y nosotros… necesitamos ver la reacción de los demás dioses.
Esto solo ha sido el primer movimiento.
Feral la miró.
En sus ojos negros aún ardían las estrellas recién nacidas.
Por un segundo consideró ignorarla, lanzarse al choque, terminarlo todo aquí.
Luego miró a Retza.
Ella seguía aferrada a su brazo, el cabello mitad negro, mitad blanco, los ojos aún marcados por dos eras de vacío.
Pero sonreía.
Débilmente.
Confiadamente.
—Tienes razón —dijo Feral, y su voz no tembló—.
Vámonos.
Muhō no perdió tiempo.
Extendió la mano y, como si siempre hubiera estado ahí, una puerta plateada se materializó en el aire.
Un atajo.
Su atajo.
El laberinto omniversal que ella controlaba.
—¡Ahora!
—ordenó.
Los Titanes, Retza, Yami, María y Feral cruzaron en una sola oleada.
Muhō fue la última.
Cuando la puerta comenzaba a cerrarse, los dioses leales irrumpieron en la cámara vacía.
Omega rugió.
Un rugido de pura furia que hizo temblar realidades enteras.
Su mandoble descendió una sola vez.
Un megaverso completo —el 479023— se desintegró en silencio.
Planetas, estrellas, civilizaciones enteras borradas en un parpadeo de rabia divina.
Los demás dioses lo contuvieron.
Khronos posó una mano en su hombro y el tiempo mismo se ralentizó alrededor del dragón.
—Calma —murmuró Chitsujo—.
No es el momento.
Desde su trono de cristal, en el centro de todo, la voz del Inquisidor resonó por cada capa del omniverso.
Fría.
Sin emoción.
Pero cargada de decepción absoluta.
—Me han vuelto a fallar, escoria divina.
Los doce dioses leales sintieron el peso de esas palabras como cadenas invisibles.
No discutieron.
No se justificaron.
Con las manos vacías y el orgullo herido, dieron media vuelta y regresaron a los dominios del Inquisidor, sabiendo que el castigo sería merecido.
La puerta se cerró con un chasquido suave.
Silencio.
Estaban dentro del laberinto omniversal de Muhō.
La puerta se cerró con un chasquido suave.
Silencio.
Estaban dentro del laberinto omniversal de Muhō.
*** El lugar no era una dimensión.
Era un refugio vivo: pasillos infinitos de puertas que se abrían a cualquier punto del omniverso, plataformas flotantes, luces suaves que no provenían de ningún sol.
Aquí el tiempo obedecía a Muhō.
Aquí nadie podía encontrarlos a menos que ella lo permitiera.
Feral sintió la armadura disolverse con un solo pensamiento.
Las placas de diamante bruñido se deshicieron en partículas de luz que se hundieron en su piel.
El casco de lobo, la espada y el escudo se plegaron dentro de su pecho.
No los necesitaba.
El poder —los ochenta y un dioses, el olvido transformado en abrazo— latía ahora directamente en su sangre.
Estaba solo piel oscura, cabello azabache y ojos que contenían galaxias.
Retza lo miró.
Estaban solos en una plataforma flotante rodeada de puertas cerradas.
Muhō había guiado a los demás a otras salas para darles intimidad.
“Os merecéis esto”, había dicho con una sonrisa pícara antes de desaparecer.
Retza levantó una mano temblorosa y tocó el pecho de Feral.
Justo donde antes brillaba la coraza.
—Estás aquí —susurró—.
De verdad.
Feral cubrió esa mano con la suya.
Grande, áspera, cálida.
—Siempre estuve aquí —respondió—.
Solo tuve que recordarlo.
Las lágrimas de Retza volvieron, pero esta vez eran de regreso.
Poco a poco, hebra por hebra, el blanco de su cabello se retiró.
El negro azabache reclamó su lugar.
El olvido se rindió.
La memoria volvió a casa.
—Recuerdo el pozo —dijo ella, voz quebrada—.
La noche que te encontré.
Olías a tierra mojada y a esperanza.
Feral sonrió, pequeña, privada, solo para ella.
—Y yo recuerdo que me dijiste que el amor no se cava.
Se comparte.
Retza soltó una risa entre lágrimas y se acercó más.
Sus cuerpos se encontraron sin prisa.
Sin armadura.
Sin dioses.
Solo dos seres que habían cruzado el olvido para volver a encontrarse.
—Te extrañé tanto… —susurró contra su cuello—.
Cada día era un nombre que olvidaba.
Cada noche era tu rostro que se borraba.
Pero algo siempre se negaba a irse.
Algo que gritaba tu nombre aunque yo no pudiera oírlo.
Feral la abrazó con fuerza y con una delicadeza infinita.
Besó su frente, sus párpados, la comisura de sus labios.
Besos lentos, reverentes.
Besos que curaban.
—Estoy aquí —repitió—.
Y no voy a dejarte.
Nunca más.
Ni el olvido, ni el Inquisidor, ni todo el orden del omniverso podrán separarnos otra vez.
Retza levantó la cabeza.
Sus ojos ya brillaban.
El negro de su cabello era casi completo.
Solo una fina mecha blanca en la sien quedaba como cicatriz hermosa.
—Luchamos por esto —dijo—.
Por momentos como este.
Por poder abrazarte sin que el mundo se rompa.
Por poder amarte sin que el olvido nos robe el mañana.
—Te amo, Feral —susurró ella, y su voz ya no era frágil.
Era la diosa del amor recordando exactamente quién era.
—Y yo a ti, Retza —respondió él—.
Más que a mi propia divinidad.
Se quedaron así, abrazados, flotando en el silencio del laberinto.
El omniverso podía arder afuera.
Aquí, por un momento, solo existían ellos.
*** En otra plataforma, más apartada, Yami y María encontraron su propio rincón de paz.
No hicieron falta palabras al principio.
Después de todo lo que habían atravesado —la séptima capa del olvido, la batalla contra Bōkyaku, la caída desde el techo que ya no era techo— solo necesitaban tocarse.
María tomó el rostro de Yami entre sus manos, pulgares recorriendo las mejillas marcadas por la batalla.
Yami cerró los ojos y se dejó sostener, algo que rara vez permitía.
—Todavía estás temblando —murmuró María.
—Porque sigues aquí —respondió Yami, voz ronca—.
Porque las dos seguimos aquí.
Se besaron con lentitud desesperada, como si cada segundo fuera prestado.
No era pasión salvaje.
Era alivio profundo, el beso de dos diosas que habían visto el olvido de cerca y habían elegido, una vez más, permanecer juntas.
María enredó los dedos en el cabello oscuro de Yami.
Yami la atrajo contra su pecho, donde el corazón de ambas latía al mismo ritmo irregular.
—Cuando te vi caer… —comenzó María.
—No digas nada —la interrumpió Yami, besándola otra vez—.
Solo quédate.
Solo quédate conmigo.
Se tumbaron sobre la plataforma, cuerpos entrelazados, respirando el mismo aire.
Fuera, el omniverso se preparaba para la guerra.
Aquí solo existía el calor de la otra, la certeza de que, después de todo, seguían siendo ellas.
*** En la sala principal del laberinto, Muhō conversaba con los Titanes.
Estaban reunidos en círculo: Templo, Mareal, Cálido, Roc, Viento, Arena, Tormenta, Lodo, Plasma y los demás.
Cada uno representaba un elemento primordial o de la tabla periódica, y sus armaduras crepitaban suavemente con la energía contenida de dos eras de prisión.
Muhō se sentó en el borde de una plataforma, piernas cruzadas, sonrisa ladeada pero mirada seria.
—Hace dos eras luchamos juntos —dijo—.
Vosotros contra el orden absoluto.
Yo abriendo puertas por las que escapabais.
Y ahora… aquí estamos otra vez.
La manada se completa.
Templo, líder de los cinco elementos primarios, inclinó la cabeza.
—Alfa nos liberó.
Bōkyaku ya no existe como lo conocíamos.
Pero el Inquisidor sigue en su trono.
¿Qué esperamos ahora, Diosa de la Anarquía?
¿Guerra abierta?
Muhō miró a cada uno.
—Guerra, sí.
Pero no como la anterior.
Esta vez el lobo no pelea solo.
Esta vez los ochenta y uno están con él.
Y vosotros… vosotros sois la fuerza que el orden siempre temió.
Los elementos mismos.
Si hay guerra, los mortales sufrirán.
Los megaversos se resquebrajarán.
Los multiversos se plegarán.
El omniverso mismo sentirá cada golpe.
Pero si no luchamos… el olvido volverá.
Y esta vez no habrá corazón que lo contenga.
Mareal, diosa de los mares primordiales, habló con voz como oleaje: —¿Y los mortales?
¿Los que no pidieron ser parte de esta guerra divina?
—Ellos son la razón —respondió Muhō—.
Feral lo sabe.
Retza lo sabe.
No luchamos para destruir el omniverso.
Luchamos para que los mortales puedan seguir existiendo sin que un trono de cristal decida su destino.
Cálido, titán del fuego eterno, cruzó los brazos.
—Entonces que venga la guerra.
Nosotros ya fuimos olvidados una vez.
No volverá a pasar.
Los demás Titanes asintieron.
La sala se llenó de un crepitar de elementos unidos: tormenta, roca, viento, arena, plasma… todos en armonía.
Muhō sonrió, esta vez con verdadero respeto.
—Bienvenidos de nuevo a la manada.
*** Muy lejos, en el centro absoluto del omniverso, el trono de cristal del Inquisidor brillaba con luz fría.
Los doce dioses leales regresaron con las manos vacías.
Omega al frente, mandoble todavía humeante por la destrucción del megaverso 479023.
Khronos, Kariostros, Chitsujo y los demás se arrodillaron en semicírculo.
El Inquisidor los miró desde su trono.
Su rostro era sereno, casi paternal.
Pero sus ojos… sus ojos eran abismos.
—**Me han vuelto a fallar** —dijo con voz suave, casi triste—.
Después de todo lo que os he dado.
Después de haberos elevado por encima del resto.
Después de confiaros la décima parte del omniverso… regresáis con nada.
Omega apretó la mandíbula.
Los demás bajaron la mirada.
—Fue el lobo —gruñó Omega—.
Se ha convertido en algo… diferente.
—Diferente —repitió el Inquisidor, y su tono se volvió más dulce, más peligroso—.
Claro.
Y por eso os dejasteis escapar a la diosa del amor, a los Titanes y a ochenta y un recuerdos que ahora caminan libres.
Porque el lobo es “diferente”.
No porque vosotros fuisteis lentos.
No porque fallasteis en lo más básico.
Hizo una pausa.
Dejó que el silencio cayera como una losa.
—Entiendo —continuó, voz ahora llena de falsa compasión—.
Es difícil.
Yo os pedí demasiado.
Soy yo quien os ha fallado al no prepararos mejor.
Perdonadme.
Los doce se removieron incómodos.
La culpa se clavó en ellos como garras invisibles.
No era rabia lo que sentían ahora.
Era vergüenza.
Era la necesidad de redimirse.
El Inquisidor sonrió con calidez.
—Volveremos a intentarlo.
Juntos.
Como siempre.
Y entonces, sin que nadie los hubiera llamado, el resto de los dioses apareció.
Uno a uno, o en pequeños grupos, se materializaron ante el trono: Kaosu, Mugen, Entoropī, Eien, Shi, Shinryoku, Tamashī no Seimei, Ch, Yume, Yokubō, Mukanjīn, Kūkyō, Nikushimi, Shinkō, Utagai, Kibō, Byōdō, Fubyōdō, Shinjitsu, Luminara, Shikō, Zentai, Shin’ei, Gūzen, Hikari, Dunkelheit, Rizumu, Hozon y todos los demás cuya lealtad nunca había sido absoluta.
El Inquisidor se irguió en su trono.
Por primera vez en eras, la sorpresa cruzó su rostro.
No los había convocado.
Y aun así, allí estaban.
Cuarenta y cinco dioses.
El panteón completo, mirándolo en silencio.
El omniverso contuvo el aliento.
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