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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 73

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73: La Máscara Cae 73: La Máscara Cae El Gran Salón del Inquisidor latía como un corazón de cristal frío.

Sus paredes reflejaban no solo estrellas y universos, sino cada recuerdo que el orden había intentado silenciar.

Allí, en el centro de todo, el trono se alzaba como una herida abierta en la carne del omniverso: puro, implacable, devorando la luz para convertirla en obediencia.

Los doce dioses leales ya estaban arrodillados cuando el resto del panteón se materializó sin ser llamado.

No fue una entrada grandiosa.

Fue un despertar.

Kaosu llegó envuelto en remolinos de caos que susurraban promesas de libertad rota.

Mugen trajo consigo el vértigo de lo infinito, como si el espacio mismo se negara a contenerlo.

Entoropī arrastraba una estela de desgaste que hacía que el cristal del suelo pareciera envejecer con cada paso.

Eien permanecía inmóvil, pero en sus ojos se podía leer el cansancio de una eternidad vigilada.

Shi proyectaba sombras que no mataban, sino que amenazaban con borrar el nombre de quien las mirara demasiado tiempo.

Shinryoku cargaba sus martillos forjadores como quien lleva el peso de sueños rotos.

Tamashī no Seimei brillaba con un fulgor vital que dolía, porque recordaba a todos que la vida no estaba hecha para ser encadenada.

Yume flotaba envuelta en sueños que ya no eran solo suyos, sino de todos los que alguna vez habían osado imaginar algo distinto.

Kibō irradiaba una luz suave, pero esta vez esa luz temblaba con algo nuevo: esperanza que se negaba a morir.

Luminara pulsaba con la energía primordial que había dado origen a todo y que ahora exigía ser liberada.

Gūzen aparecía y desaparecía, como si el azar mismo estuviera cansado de ser controlado.

Byōdō y Fubyōdō, Shinjitsu, Hikari, Dunkelheit, Rizumu, Hozon, Yokubō, Mukanjīn, Kūkyō, Nikushimi, Shinkō, Utagai, Cirus, Osore, Heiwa, Sensō, Fusei, Seigi, Hitsuyōsei y todos los demás completaron el semicírculo.

Cuarenta y cinco dioses.

Cuarenta y cinco corazones que, por primera vez en dos eras, latían al mismo tiempo con una pregunta que nadie se había atrevido a formular en voz alta: ¿y si el olvido ya no es eterno?

El Inquisidor los miró desde su trono.

Conocía cada pensamiento, cada miedo, cada grieta en su lealtad.

Aun así, sonrió con esa calidez que había usado durante eras como un cuchillo envuelto en seda.

—¿Qué hacen aquí?

—preguntó, voz suave, casi paternal—.

No recuerdo haberlos llamado.

Kibō fue la primera en romper el silencio.

Su luz, normalmente serena, temblaba como una llama que ha descubierto que puede quemar.

—Hemos sentido una gran conmoción en el omniverso —dijo—.

La Dimensión del Olvido, que ocupa una décima parte de todo lo que existe, ha sido desgarrada como presa ante una bestia hambrienta.

Las grietas llegan hasta aquí.

Las sentimos en la piel, en la memoria, en el alma.

Ya no podemos fingir que no pasó.

El Inquisidor inclinó la cabeza, fingiendo una tristeza profunda que no llegaba a sus ojos.

—Ah, sí.

El híbrido.

El lobo que se hace llamar Alfa.

—La palabra sonó como una maldición disfrazada de nombre—.

Aquellos a quienes envié para capturarlo… fracasaron.

No solo liberó a la Diosa del Amor.

También venció a Bōkyaku.

Absorbió al Olvido mismo y lo convirtió en parte de su ser, como si el vacío pudiera ser abrazado.

Omega apretó los puños hasta que el metal de su armadura crujió.

Khronos y Chitsujo bajaron la mirada, pero la ira ardía en ellos como brasas bajo la ceniza.

Aún no era suficiente para romper las cadenas invisibles.

El Inquisidor levantó una mano con gesto magnánimo, como un padre que perdona a sus hijos descarriados.

—No se preocupen, mis hijos.

No es culpa de ustedes.

Yo les pedí demasiado.

Yo no los preparé lo suficiente.

Perdónenme.

El murmullo que recorrió el semicírculo fue como el primer trueno antes de la tormenta.

Shinryoku dio un paso adelante.

Sus martillos crepitaron con el sonido de cadenas rompiéndose.

—¿Perdonarte?

¿A ti?

—Su voz retumbó como metal que despierta después de eras dormido—.

La prisión del Olvido era nuestro símbolo de terror.

Los dioses no podemos morir… pero sí podemos ser olvidados.

Y después del olvido solo queda la nada.

Ninguna alma que viaje.

Ningún renacer.

Solo un vacío donde ni siquiera existe el eco de nuestro propio nombre.

¿Eso es lo que nos ofreces como orden?

Yume flotó hacia adelante, sus formas oníricas agitadas como un sueño que se niega a terminar en pesadilla.

—Nos temías.

Por eso nos encerrabas.

Para que nunca pudiéramos soñar con un omniverso donde el amor no sea castigado, donde la libertad no sea considerada traición.

Luminara brilló con más fuerza, su luz haciendo que el cristal del salón pareciera frágil por primera vez.

—Y ahora que la prisión ha caído, ¿pretendes que sigamos fingiendo que todo está en orden?

¿Que sigamos arrodillados como si el corazón del omniverso no estuviera sangrando?

Gūzen apareció y desapareció, su voz resonando desde todos los rincones.

—El azar ya no puede ser controlado.

Las posibilidades escapan de tus manos como arena entre los dedos.

Y nosotros… nosotros ya no queremos ser la arena.

Byōdō y Fubyōdō hablaron casi al unísono, uno defendiendo la igualdad rota por el miedo, el otro denunciando la desigualdad que el Inquisidor había impuesto como ley divina.

Shinjitsu gritó que la verdad ya no se podía ocultar bajo capas de mentiras que olían a control.

Kibō, con voz cada vez más firme y su luz creciendo hasta iluminar las grietas del salón, declaró: —Nos quieres olvidar a todos.

Nos manipulas para que creamos que tu orden es amor, que tu control es protección.

¡Pero ya no!

¡Somos la voz que se levanta contra el tirano!

¡Somos la memoria que se niega a morir!

Kaosu reclamó que el caos primordial nunca había sido domado del todo, que seguía latiendo bajo la superficie como un corazón salvaje.

Entoropī advirtió que la descomposición llegaría incluso al trono si seguían fingiendo que todo estaba bien.

Eien habló de una eternidad que ya no quería ser vigilada, sino vivida.

Tamashī no Seimei recordó que la vida misma se marchitaba bajo tanto miedo, que los mortales y los dioses merecían respirar sin que alguien decidiera qué era permitido.

Yokubō habló de deseos reprimidos durante eras, de pasiones que el orden había convertido en pecado.

Mukanjīn cuestionó el desapego que el Inquisidor exigía, porque hasta la indiferencia se había vuelto una cárcel.

Kūkyō describió el vacío que él mismo había sentido en la prisión, un vacío que ahora se negaba a volver.

Nikushimi dejó que su odio hacia el control se filtrara en cada palabra, puro y ardiente.

Shinkō, dios de la Fe, admitió con voz rota que su propia creencia en el orden se había fracturado para siempre.

El salón se convirtió en un caos de voces que llevaban dos eras conteniendo el aliento.

Dioses que habían guardado silencio ahora gritaban argumentos, acusaciones y verdades que dolían porque eran ciertas.

El cristal vibraba.

Las estrellas reflejadas en las paredes parecían parpadear, como si el omniverso mismo estuviera escuchando y, por primera vez, dudando.

El Inquisidor los dejó hablar.

Dejó que las voces subieran, que las palabras “manipulación”, “tirano” y “prisión” resonaran como campanas que despiertan a los muertos.

Su rostro permanecía sereno, casi compasivo.

Pero en sus ojos brillaba algo frío y antiguo.

Luego se levantó.

La máscara cayó.

Su rostro se endureció hasta convertirse en piedra.

La calidez desapareció.

Solo quedó el dictador absoluto, el ser que había moldeado el omniverso a su imagen y semejanza porque temía que cualquier otra forma fuera su fin.

—Basta.

Una sola palabra.

Y con ella, su poder verdadero se desató.

El aire se volvió denso como plomo fundido.

Cada dios sintió una presión invisible que nacía del centro mismo del omniverso y los obligaba a arrodillarse.

Uno a uno cayeron.

Shinryoku gruñó y luchó con cada fibra de su ser forjado, pero sus rodillas tocaron el cristal.

Kibō intentó brillar con más fuerza y casi se apagó como una estrella que muere sola.

Luminara luchó por mantener su luz y sintió cómo su energía era absorbida, robada, convertida en obediencia.

El suelo tembló.

Las estrellas reflejadas parecieron apagarse una a una, como si el cosmos entero estuviera siendo silenciado.

—¿Quiénes creen que son?

—rugió el Inquisidor.

Su voz ya no era suave.

Era el sonido de mil realidades rompiéndose al mismo tiempo—.

Yo les di existencia.

Yo les di propósito.

Yo mantengo este omniverso unido.

Sin mí solo habría caos, olvido y nada.

¡Y ustedes se atreven a cuestionarme!

Cerró el puño.

La presión aumentó hasta hacerse insoportable.

Recuerdos de cada dios comenzaron a retorcerse dentro de sus mentes, amenazando con borrarse si seguían resistiendo.

Omega sintió una furia impotente que le quemaba el pecho.

Los leales bajaron la cabeza, sabiendo que cualquier rebelión ahora sería aplastada antes de nacer.

—Recuerden quién manda —susurró el Inquisidor, y su voz se clavó en cada mente como una espada que corta el nombre propio—.

Yo soy el orden.

Yo soy la ley.

Y si es necesario, volveré a encerrar a quien sea para mantenerlo.

Hasta que aprendan que la libertad no es un derecho.

Es un lujo que yo decido dar.

El salón quedó en un silencio roto solo por respiraciones agitadas y corazones que latían con rabia contenida.

En el laberinto omniversal, territorio de Muhō, las plataformas flotantes brillaban con una luz suave que parecía susurrar promesas de refugio.

Los Titanes conversaban en voz baja cuando dos nuevas figuras cruzaron una puerta plateada.

La Diosa de la Mentira llegó primero, su presencia haciendo que la realidad misma pareciera dudar de sus propios contornos.

Detrás de ella, la Diosa de la Locura, cuyos ojos giraban con visiones imposibles que hacían que el aire se volviera eléctrico.

Muhō se levantó, su sonrisa anárquica pero sus ojos serios.

—Llegan justo a tiempo.

¿También lo sintieron?

Allá arriba en los dominios del inquisidor.

La Diosa de la Mentira habló con una voz que cambiaba de tono como el viento.

—Una conmoción.

Los dioses se han reunido sin ser llamados.

Protestan.

La prisión del Olvido ha caído y ellos lo sienten en la piel.

Sienten que algo cambió para siempre.

La Diosa de la Locura rio suavemente, pero su risa no era alegre.

Era el sonido de un sueño que despierta.

—Sienten que es posible.

Que el lobo lo hizo.

Que tal vez… puedan vencerlo.

Que la memoria puede ser más fuerte que el olvido.

La anarquía sonrió —Sabía que esto pasaría.

Una vez destruida la prisión, los dioses comenzarían a revelarse.

Perciben que es posible romper su control.

Pero no será fácil.

Necesitarán un empujón.

Un símbolo.

Alguien que les recuerde que no están solos.

En ese momento Feral llegó a la plataforma, Retza a su lado.

La armadura de diamante bruñido se disolvió con un solo pensamiento, dejando solo al lobo de piel oscura, cabello azabache y ojos que contenían ochenta y una estrellas.

Retza le apretó el brazo, su cabello negro azabache brillando como la noche que habían recuperado juntos.

Muhō extendió la mano.

—Pequeño lobo, es momento de que uses tu omnisciencia.

Mira lo que está pasando.

Feral cerró los ojos.

La conexión se abrió como una herida que sana al mismo tiempo.

Vio el salón.

Vio a los dioses arrodillados.

Vio la presión del Inquisidor aplastándolos como si fueran mortales.

Sintió su miedo, su rabia, su esperanza frágil.

Retza le apretó más fuerte el brazo.

—Estás listo —susurró con orgullo que le llenó el pecho—.

Te has convertido en alguien decidido, valiente.

El Alfa que siempre llevaste dentro.

La Diosa de la Mentira advirtió con voz que se quebraba: —Deberían aguardar.

No es el momento.

La precipitación puede ser la peor mentira.

La Diosa de la Locura agregó, ojos girando: —Los dioses dentro de ti claman justicia y venganza.

Pero la precipitación puede volverse locura verdadera.

Feral abrió los ojos.

Su voz salió firme, sin duda, cargada de la voluntad de ochenta y un dioses y de un mortal que había cavado pozos en Zulú buscando esperanza.

—He esperado suficiente.

Por mis amigos que murieron a manos de Omega.

Por lo que le hicieron a Retza.

Por mi padre, Aelar, cuya voz sigue atrapada dentro del Inquisidor.

Voy a terminar lo que él comenzó.

Liberar a los dioses.

Proteger a los mortales.

Traer verdadera libertad al omniverso.

No por venganza sola… sino porque el olvido ya no tiene lugar en la manada.

Se volvió hacia Muhō.

—Ábreme la puerta.

Es momento de acabar con esto.

Retza sonrió, orgullosa, con lágrimas en los ojos que no eran de dolor sino de amor profundo.

Muhō abrió una grieta plateada.

Los Titanes, la Mentira, la Locura y todos se prepararon.

El laberinto mismo pareció contener el aliento.

De vuelta en el Gran Salón, el Inquisidor mantenía la presión.

Los dioses luchaban por respirar, por recordar quiénes eran.

En ese instante exacto, la grieta plateada se abrió en el centro del salón.

No fue violenta.

Fue inevitable.

De ella emergió Feral —Alfa— con la armadura de diamante bruñido ya manifestada, casco de lobo antiguo brillando con ojos que lo observaban todo, escudo de ochenta y una estrellas reflejando la luz como un desafío vivo, espada de ébano lista pero no sedienta de sangre.

A su lado caminaban Retza, con el cabello completamente negro y ojos llenos de un fuego que el olvido nunca había podido apagar; Muhō, con su sonrisa anárquica que prometía que nada volvería a ser igual; la Diosa de la Mentira, cuya presencia hacía que la realidad pareciera cuestionarse a sí misma; la Diosa de la Locura, cuyos ojos giraban con visiones que desestabilizaban el control; y los Titanes, elementos primordiales crepitando con poder contenido, listos para proteger la manada que los había liberado.

El Inquisidor se giró lentamente.

Por primera vez en dos eras, sus ojos mostraron algo parecido al reconocimiento real.

No sorpresa.

Reconocimiento.

Feral dio un paso adelante.

Su voz resonó clara, sin temblor, cargada de la voluntad de ochenta y un dioses y del corazón de un lobo que había aprendido que el verdadero poder no es destruir, sino abrazar.

—Se acabó.

El omniverso contuvo el aliento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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