Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 74
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74: El Embudo 74: El Embudo El Gran Salón del Inquisidor se alzaba bajo un techo que había sido cielo y ahora era solo piedra petrificada.
Columnas de hueso de constelaciones muertas sostenían la mentira de que allí reinaba la justicia.
En el centro, el trono no era de oro ni de poder aparente.
Era de silencio.
Y sobre él, el Inquisidor había dejado caer por fin la máscara.
Su rostro era el de un anciano cansado, de ojos claros como cuchillas recién afiladas.
No parecía un monstruo.
Parecía un padre severo, de esos que creen que el rigor es amor y que el miedo es respeto.
A sus pies estaban los doce leales.
Omega apoyaba su mandoble negro en el suelo, su rostro de calavera con una satisfacción contenida que no lograba ocultar del todo la frustración.
Kariostros tejía hilos invisibles con los dedos, su mirada perdida en futuros que solo él podía ver.
Khronos hacía girar lentamente pequeñas esferas que contenían instantes, como quien juega con canicas de tiempo.
Chitsujo, el orden personificado, brillaba con su armadura de plata y ocupaba un lugar destacado, porque no podía estar en otro sitio que no fuera junto al guardián del orden supremo.
Cirus esperaba con la paciencia de quien sabe que todo momento es el adecuado para decidir.
Hitsuyōsei palpitaba a su lado con una urgencia casi insoportable, recordando a todos que el tiempo era esencial.
Fukushū ardía con rencor contenido, sus ojos recorriendo la asamblea en busca de algo que vengar.
Zetsubō se arrastraba en las sombras, alimentándose de la tensión como un parásito.
Seigi observaba con sus balanzas invisibles, equilibrando su necesidad de justicia con su lealtad al sistema.
Yurushi, a su lado, mantenía la calma, aunque sus ojos delataban una incomodidad que no se atrevía a expresar.
Sensō vibraba con violencia latente, anticipando el conflicto como un perro de caza huele la sangre.
Osore temblaba en su rincón, alimentando el miedo de los demás.
Y Fusei sonreía con malicia, disfrutando de la injusticia que estaba por venir.
Detrás de ellos, el resto del panteón.
Treinta dioses más.
Algunos nombres que pronto dejarían de ser solo nombres: Kibō, la esperanza que aún no se apagaba del todo; Shinryoku, la forja que había construido este orden con sus propias manos; Yume, los sueños que el Inquisidor había prohibido; Gūzen, el azar que siempre encontraba la manera de colarse; Shinjitsu, la verdad que llevaba dos eras callada; Luminara, la energía primordial que latía incluso en el silencio.
Todos estaban allí.
Todos esperaban.
Todos temían.
El aire se rasgó.
Feral entró como había entrado siempre en cada batalla: sin armadura, sin corona, sin nada que no fuera su propia piel oscura y una mirada que había visto el olvido y lo había abrazado en lugar de destruirlo.
A su lado caminaba Retza, la diosa del amor, con su cabello negro azabache brillando como la primera vez que se encontraron en aquella aldea que ya nadie recordaba.
Del otro lado, Muhō sonreía con esa sonrisa anárquica que le conocían los pocos que habían sobrevivido a sus dominios, jugando con una daga de sombra entre los dedos.
María llegaba detrás, la locura hecha diosa, con sus risas bajas que ponían los pelos de punta incluso a los más valientes.
Yami, la mentira, cambiaba el color de sus ojos sin cesar, nadie sabía si por nervios o por costumbre.
Y detrás de ellos, los Titanes.
Pyros, Terros, Hydros, Aeros, Metálicus y los demás.
Antiguos como el omniverso mismo.
Olvidados durante dos eras.
Nunca más.
El salón entero contuvo el aliento.
—Has llegado, Feral —dijo el Inquisidor con una sonrisa que pretendía ser paternal y resultaba viscosa—.
El mortal que se cree dios.
El caos que se cree libertad.
Mira a tu alrededor.
Todos estos dioses…
¿saben que tú eres la razón de su miedo?
Feral dio un paso.
Solo uno.
Pero ese paso resonó como si hubiera cruzado un océano.
—Yo soy la razón de que aún tengan memoria.
El Inquisidor lo miró en silencio durante un instante que se hizo eterno.
Luego se volvió hacia los treinta dioses del panteón, hacia los doce leales, hacia todos aquellos que había sometido con promesas de orden y castigos de olvido.
—¿Oyen eso?
—dijo con falsa ternura—.
Memoria.
Este ser absorbió a Bōkyaku, el dios del olvido.
Un ser necesario.
Un equilibrio.
Y ahora viene aquí con su manada de rebeldes a decirles que son libres.
Pero díganme…
¿eran libres cuando él no había nacido?
¿Eran libres cuando yo mantenía el orden?
Hizo una pausa, justo la suficiente para que la duda germinara.
—Yo nunca los borré.
Yo solo los organicé.
Él, en cambio, ha desatado a los Titanes.
Ha roto la Dimensión del Olvido.
¿Y qué creen que pasará ahora?
Caos.
Caos puro.
Y él, como todo caos, no sabe construir.
Solo destruir.
Algunos dioses bajaron la mirada.
Utagai, la duda personificada, se retorció en su sitio.
Heiwa, la paz, cerró los ojos como si no quisiera ver lo que estaba por venir.
Omega se adelantó.
Su mandoble negro silbó al levantarse.
—Mi señor —dijo con voz de acero—, permíteme aniquilarlo.
Aquí.
Ahora.
El Inquisidor asintió.
—Hazlo.
Por el orden.
Omega saltó.
Fue rápido, brutal, implacable.
Su mandoble bajó hacia la cabeza de Feral con la intención de partirlo en dos mitades que nunca volverían a juntarse.
Pero antes de que el filo tocara su objetivo, un hacha negra de energía entrópica se interpuso en el camino.
El choque hizo temblar el salón entero.
Las columnas de hueso crujieron.
Algunos dioses menores cayeron al suelo.
Kaosu sostenía el hacha.
El dios del caos, el primigenio, el que nunca debía ser nombrado, había aparecido de entre las sombras como si siempre hubiera estado allí.
Su cuerpo era un remolino contenido de estrellas naciendo y muriendo en el mismo instante.
Sus ojos eran dos agujeros negros que miraban con una furia que llevaba dos eras acumulándose.
Omega retrocedió un paso, sorprendido.
—¿Tú?
—escupió—.
¿Por qué te interpones?
Yo soy la voz y la voluntad del Inquisidor.
Chocar tu hacha contra mi espada es levantarte en armas contra él.
Kaosu no gritó.
Susurró.
Pero su susurro llenó el salón como un trueno.
—Porque estoy cansado de que me echen la culpa.
Empujó con su energía.
Omega voló hacia atrás y cayó de rodillas, su mandoble golpeando el suelo con un ruido metálico que sonó a derrota.
Kaosu alzó la voz, y cada palabra fue un terremoto.
—Eres un dictador, Inquisidor.
Siempre lo has sido.
Y tu táctica favorita es culpar al caos.
El caos es malo.
El caos desordena.
Sin mí, el caos devoraría todo.
—Se rió, y su risa fue amarga como la hiel—.
Pero el caos no es bueno ni malo.
El caos es simplemente lo que pasa cuando aprietas demasiado.
Tú has apretado el omniverso durante dos eras.
Has borrado memorias.
Has encadenado dioses.
Has matado la esperanza.
Y ahora, cuando la cuerda se rompe, dices: miren, es el caos.
¡No!
¡Eres tú!
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Los treinta dioses del panteón se miraron unos a otros.
Algo había cambiado.
Algo se había roto.
La duda ya no era solo de Utagai.
Era de todos.
Feral dio otro paso.
Ahora estaba junto a Kaosu.
No lo tocó, pero se puso a su lado.
El mortal y el caos, hombro con hombro.
Luego miró al Inquisidor y habló.
—Tú, que te sientas en ese trono de silencio.
Escúchame bien, porque no voy a repetirlo.
Tomó aire.
Y soltó el discurso que había estado construyendo durante dos eras.
—Crees que mantienes el orden.
Pero lo que mantienes es una cárcel.
No solo para los dioses.
Para toda la creación.
Cada mortal que sufre en la pobreza extrema.
Cada madre que pierde a un hijo en un cataclismo y clama al cielo sin obtener respuesta.
Cada hombre al que otros hombres destrozan por codicia o poder.
¿Dónde estás tú?
¿Dónde están los dioses cuando los mortales realmente necesitan ayuda?
Algunos dioses bajaron la cabeza.
Shinryoku apretó los puños.
Luminara parpadeó con una intensidad que no había mostrado en siglos.
—No digo que debamos hacer su trabajo —continuó Feral—.
No digo que debamos resolverles la vida.
Eso sería otra forma de esclavitud.
Pero nosotros, los dioses, los gobernantes del omniverso…
—Se corrigió—.
No.
Yo no soy dios.
Soy un mortal que aprendió a recordar.
Y te digo: tenemos la obligación de construir un mundo donde los mortales puedan alcanzar su máximo potencial.
Donde tengan control sobre sus vidas.
Donde puedan ser felices.
No una felicidad impuesta.
Una felicidad elegida.
Retza puso una mano en su hombro.
No dijo nada.
No hacía falta.
Feral señaló a los treinta dioses.
—Ustedes son dioses.
Pueden crear mundos, estrellas, esperanzas.
¿Y lo único que hacen es obedecer a este tirano?
¿Mantener un orden que solo beneficia a quienes ya tienen poder?
Los treinta se agitaron.
Murmullos recorrieron el salón como un río subterráneo.
Kibō dio un paso al frente.
—Tiene razón —dijo la esperanza con una voz que temblaba pero no se rompía—.
Yo he visto mortales rezar hasta sangrar.
Y yo no podía responder porque el orden lo prohíbe.
Shinjitsu asintió.
—El Inquisidor miente —dijo la verdad, y sus palabras pesaron como plomo—.
Siempre lo supo.
Yo solo no quería verlo.
Yume sonrió con tristeza.
—Los sueños prohibidos merecen ser soñados.
Gūzen se rió.
—El orden es aburrido.
Apuesto por el caos.
El Inquisidor se levantó.
No con prisas.
Con la certeza de quien ha visto este momento llegar desde hace milenios.
Su presencia aplastó los murmullos como una ola aplasta un castillo de arena.
—Hermosas palabras —dijo, y su voz ya no tenía nada de paternal.
Era hielo puro—.
Llenas de idealismo juvenil.
Pero déjenme contarles lo que realmente pasará si este caos gana.
Caminó entre sus leales.
Los tocó en el hombro.
Gestos que querían ser paternales y eran, en el fondo, una advertencia.
—Los mortales, libres sin supervisión, se autodestruirán.
Ya lo hacen.
Guerras.
Hambrunas.
Codicia.
¿Y qué pasará cuando, además, los dioses empiecen a intervenir sin control?
¿Crees que todos los dioses son buenos, Feral?
¿Crees que no hay dioses que esclavizarían mortales por diversión?
Miró a Fusei, que sonrió con malicia.
—Yo los contengo.
Yo los ordeno.
Sin mí…
—Hizo una pausa teatral— los mortales algún día intentarán superar a los dioses.
Y cuando eso pase, el omniverso entero arderá en una guerra que ni tú ni yo podremos detener.
María soltó una risa aguda.
—¡Miedo!
—gritó la locura—.
¡Solo miedo!
¡El miedo es su verdadero dios!
El Inquisidor la ignoró.
—Yo no soy un tirano.
Soy un guardián.
Y si tengo que romper unos huevos para hacer una tortilla, lo haré.
Una y otra vez.
Porque el orden, aunque imperfecto, es mejor que el caos absoluto.
Entonces ocurrió.
No de golpe, sino en oleadas.
La formación de los bandos.
Retza fue la primera.
Se puso a la derecha de Feral, su cabello negro azabache brillando como un estandarte.
Muhō se puso a la izquierda, su daga de sombra girando entre los dedos.
Kaosu se plantó detrás, hacha al hombro.
María se rió y se unió.
Yami suspiró y también.
—Por una vez —dijo la mentira—, mentiré diciendo que esto saldrá bien.
Los Titanes se movieron como una sola masa.
Pyros habló por todos.
—Hace dos eras nos olvidaron.
No otra vez.
Y luego, uno a uno, los dioses del panteón comenzaron a cruzar.
Kibō fue el primero.
—Ya no quiero esperar.
Quiero actuar.
Shinjitsu cruzó sin dudar.
Yume lo siguió.
Gūzen también.
Luminara brilló con intensidad.
—Mi luz será libre —dijo, y cruzó.
Hikari y Dunkelheit, la luz y la oscuridad, cruzaron juntos.
—Hasta nosotros nos unimos —dijeron al unísono.
Rizumu sintió el ritmo del cambio y cruzó.
Byōdō, la igualdad, cruzó con pasos firmes.
—Sin igualdad no hay orden justo.
Heiwa dudó un segundo, luego cruzó.
—La paz no se impone —susurró.
Shinkō, la fe, cruzó con los ojos cerrados.
—Creo en esta causa.
Yurushi se separó de los leales.
Había sido uno de ellos, pero algo se había roto dentro de él.
—He perdonado demasiado —dijo, y su voz era cansada pero libre—.
Ahora actúo.
Otros ocho cruzaron después.
Entoropī, Mugen, Eien, Tamashī no Seimei, Chi, Yokubō, Hozon, Zentai.
Todos con gestos firmes.
Todos con la mirada clara.
Del otro lado, Omega se plantó frente al Inquisidor con su mandoble listo.
Los once leales restantes formaron un escudo humano.
Kariostros, Khronos, Chitsujo, Cirus, Hitsuyōsei, Fukushū, Zetsubō, Seigi, Sensō, Osore.
Y con ellos, Fusei, que se unió con saña.
Shinryoku, para sorpresa de muchos, se quedó.
—Construí este orden —dijo la forja, y su voz era triste pero firme—.
No lo destruiré.
Mukanjīn se quedó por indiferencia.
Kūkyō por vacío.
Nikushimi por odio.
Shi por lealtad a la muerte.
Fubyōdō por miedo a la igualdad.
Utagai tembló y se quedó por no saber decidir.
En el centro, tres dioses permanecieron indecisos.
Ch, el conocimiento, necesitaba más datos.
Shin’ei, la identidad, no sabía quién era sin el orden.
Y Tamashī no Seimei, la vida, aunque había cruzado con Feral en su corazón, aún dudaba con los pies.
El Inquisidor observó la división.
No mostró sorpresa.
Mostró decepción.
La peor de todas.
—Muy bien —dijo con una voz que ya no era de hielo, sino de absoluto cero—.
Elijan, entonces.
Pero sepan esto: cuando el caos los devore, cuando los mortales los superen y los esclavicen, cuando todo lo que construí se derrumbe, recuerden este día.
Recuerden que yo les ofrecí orden.
Y ustedes eligieron la destrucción.
Hizo una pausa.
Miró a Feral.
Y por un instante, algo brilló en sus ojos.
No era miedo.
No era rabia.
Era algo peor: certeza.
—Guerra, entonces —dijo—.
No la quería.
Pero si es la única manera de salvar el omniverso de sí mismo…
Levantó una mano.
El salón entero tembló.
Las columnas de hueso de constelaciones muertas crujieron.
El cielo petrificado del techo se agrietó.
Y su susurro retumbó en cada átomo del omniverso.
—Que así sea.
Feral no retrocedió.
—No es guerra por destrucción —dijo, y su voz llevaba ochenta y un corazones latiendo al unísono—.
Es guerra por liberación.
Y cuando gane, no te destruiré.
Te integraré.
Como hice con el olvido.
Porque hasta un dictador puede encontrar un lugar en la manada.
El Inquisidor sonrió por última vez.
Una sonrisa triste.
Loca.
Rota.
—Entonces ven, mortal —dijo—.
Ven a abrazarme.
El omniverso contuvo el aliento.
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