Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 75
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
75: El Primer Choque 75: El Primer Choque Nadie movió un músculo durante lo que pareció una eternidad.
El Gran Salón del Inquisidor, aquella mole de columnas de hueso y cielo petrificado, se había convertido en el centro del omniverso.
Todo lo que había sucedido antes, todas las batallas, todas las pérdidas, todas las lágrimas derramadas en la Dimensión del Olvido, todo había sido un preludio.
Esto era el primer latido de la guerra.
Feral miró a Omega.
Omega miró a Feral.
Entre ellos no había solo aire.
Había dos eras de dolor.
Había amigos convertidos en sombras.
Había un mandoble negro que había segado más vidas de las que Feral podía recordar.
El Inquisidor alzó un dedo.
—Mátalos a todos.
La orden no fue un grito.
Fue un susurro.
Pero cada dios en ese salón lo escuchó como si se lo hubieran clavado en el pecho.
Omega se lanzó.
Su mandoble negro bajó como un rayo invertido, buscando la cabeza de Feral con la misma intención con la que había matado a cientos antes.
Pero esta vez no iba a ser tan fácil.
Feral no retrocedió.
En lugar de eso, levantó el brazo y su piel se cubrió de diamante bruñido.
La armadura de Alfa surgió de su sangre, no de su voluntad.
El casco de lobo antiguo le cubrió el rostro justo cuando el mandoble impactaba contra su antebrazo.
El choque sonó como un trueno dentro de una cueva.
Las columnas de hueso se resquebrajaron.
—He esperado este momento —dijo Omega, y su voz de calavera resonó con hambre—.
Desde que escapaste del olvido, he soñado con partirte en dos.
—Entonces sueña mejor —respondió Feral, y empujó.
Omega voló hacia atrás, pero aterrizó de pie como un felino.
Su armadura de sombra líquida se ondulaba con cada respiración.
A su alrededor, el salón entero había estallado en caos.
— Muhō fue la primera en romper las filas.
Su daga de sombra, que hasta entonces había girado entre sus dedos como un juguete, encontró el cuello de un diose leal antes de que nadie parpadeara.
No era una asesina fría.
Muhō sonreía.
Porque la anarquía, para ella, no era destrucción.
Era libertad de no pedir permiso.
—¡Por los que nunca pudieron rebelarse!
—gritó, y su voz se perdió en el estruendo.
A su lado, María, la locura hecha diosa, reía con una risa que ponía los pelos de punta.
No llevaba armas.
No las necesitaba.
Su cuerpo se movía como si las leyes de la física fueran meras sugerencias.
Un diose leal intentó detenerla y ella le susurró algo al oído.
El diose cayó de rodillas, sus ojos abriéndose en parálisis perpetua, atrapado en un sueño del que nunca despertaría.
—¡Divertido!
—chilló María, y saltó hacia el siguiente.
Yami, la mentira, no peleaba con cuchillos ni con puños.
Peleaba con palabras.
Mientras los demás chocaban, ella se deslizaba entre las sombras y susurraba verdades a medias.
—El Inquisidor te va a traicionar —le dijo a Seigi, que levantaba su espada de balanzas.
Seigi dudó.
Solo un segundo.
Pero ese segundo fue suficiente para que Yurushi, el perdón, lo golpeara por la espalda con un mazo de luz.
—No quería hacer esto —dijo Yurushi, y sus ojos estaban llenos de lágrimas—.
Pero perdonarte a ti no puede significar condenar a todos los demás.
Seigi cayó.
No muerto.
Solo derrotado.
Por ahora.
— Los Titanes no necesitaban armas.
Eran armas.
Pyros, el titán del fuego, extendió sus brazos y el salón entero se llenó de llamas que no quemaban a sus aliados.
Terros levantó el suelo de hueso y lo convirtió en un escarabajo gigante que aplastó a tres dioses leales de una sola pisada.
Hydros se volvió agua y corriente, arrastrando a Hitsuyōsei contra una columna.
Aeros, viento puro, cortaba como cuchillas invisibles.
Y Metálicus, el titán de los metales, hizo que las espadas enemigas se doblaran y se negaran a obedecer a sus dueños.
Pero los leales no se quedaron atrás.
Kariostros tejía hilos de destino que enredaban a los Titanes, haciendo que sus movimientos se volvieran torpes, erráticos.
Khronos envejecía a los que se acercaban, convirtiendo a dioses jóvenes en polvo en cuestión de segundos.
Chitsujo, el orden personificado, no peleaba con violencia.
Peleaba con estructura.
Cada uno de sus movimientos era un comando, una ley, una regla que el universo se veía obligado a obedecer.
Los ataques de los Titanes se desviaban solos, como si la realidad misma dijera: esto no está permitido.
—El orden no se rompe —dijo Chitsujo, y su voz era tan fría como el vacío—.
Se restaura.
— Shinryoku, la forja, se enfrentó a Kibō, la esperanza.
Habían sido amigos, una vez.
Antes de que el Inquisidor los separara con promesas y castigos.
—¿Por qué, Shinryoku?
—gritó Kibō mientras bloqueaba un martillazo con sus brazos cruzados—.
¡Tú construiste este mundo!
¡Tú sabes que puede ser mejor!
Shinryoku no respondió.
Sus ojos eran dos yunques vacíos.
Cada golpe de su martillo era un recuerdo: de haber forjado las cadenas del olvido, de haber creado las puertas que atrapaban a los dioses, de haber creído, alguna vez, que el orden era lo mismo que la justicia.
—No puedo deshacer lo que hice —dijo al fin, y su voz se quebró—.
Pero puedo evitar que lo destruyan.
—¡No se trata de destruir!
—Kibō esquivó otro martillazo y contraatacó con una lanza de luz—.
¡Se trata de transformar!
Shinryoku no escuchó.
O no quiso.
— En otro rincón del salón, Byōdō, la igualdad, se enfrentaba a Fubyōdō, la desigualdad.
Eran opuestos.
Eran hermanos.
Y se odiaban con la furia de quien sabe que el otro es la razón de su existencia.
—Siempre has querido nivelar lo que no debe nivelarse —escupió Fubyōdō, su espada curva brillando con sangre ajena—.
Los fuertes merecen más.
Los débiles merecen menos.
Eso es la vida.
—No —respondió Byōdō, y su voz era tranquila como un lago—.
Eso es el miedo.
Chocaron.
Fubyōdō era más rápido, más cruel.
Pero Byōdō tenía algo que su hermano no entendía: no peleaba por ganar.
Peleaba por hacer que todos tuvieran la misma oportunidad de ganar.
Y eso, en una batalla, era una forma de poder que no se medía con espadas.
— Retza, la diosa del amor, no había movido un dedo.
Estaba en el centro del caos, rodeada de cuerpos que caían y dioses que gritaban, y sin embargo, nadie la atacaba.
No porque no pudieran.
Sino porque al mirarla, por un instante, recordaban por qué luchaban.
Un diose leal, Nikushimi, el odio personificado, se abrió paso entre la multitud.
Sus ojos ardían con rencor puro.
No había amor en él.
Nunca lo había habido.
—Tú —gruñó—.
Tú eres la razón de todo.
El amor debilita.
El amor hace que los dioses duden.
El amor es la enfermedad que el Inquisidor vino a curar.
Retza lo miró.
Y en sus ojos azules como el firmamento no había miedo.
Había lástima.
—No sabes lo que es ser amado —dijo—.
Por eso odias.
Nikushimi rugió y se lanzó contra ella.
Pero antes de que su garra de odio la tocara, una daga de sombra se clavó en su hombro.
Muhō apareció a su lado, sonriendo.
—A la diosa del amor no se le toca, pedazo de rencor mal llevado.
Y entonces Muhō y Nikushimi comenzaron su propia danza: anarquía contra odio, caos contra rencor.
Dos fuerzas que parecían iguales pero que en el fondo eran muy diferentes.
Una quería destruir las reglas.
La otra quería destruir todo lo que no fuera él mismo.
— En el centro del salón, donde la batalla era más densa, Feral y Omega seguían enfrentándose.
Sus armas chocaban una y otra vez.
El mandoble negro contra la espada de ébano.
La armadura de sombra líquida contra la de diamante bruñido.
El casco de lobo antiguo contra el rostro de calavera.
—¡Eres débil!
—gritó Omega, y su golpe hizo retroceder a Feral varios metros—.
¡Solo un mortal con poderes prestados!
—Prestados, no —respondió Feral, recuperando el equilibrio—.
Compartidos.
Golpeó.
Su espada de ébano se encontró con el mandoble en un choque que iluminó el salón entero.
Por un instante, los dos quedaron frozen, empujando con todas sus fuerzas.
—¿Por qué peleas?
—preguntó Feral, y su voz no era de odio.
Era de curiosidad—.
¿Qué ganas con esto?
Omega lo miró.
Y por un segundo, algo brilló en sus ojos de calavera.
No era odio.
Era algo más viejo.
Algo más triste.
—Porque él me salvó —dijo—.
Cuando nadie más quiso a un dios de la destrucción, el Inquisidor me dio un propósito.
Un lugar.
Una razón para existir.
Tú hablas de libertad, pero yo ya soy libre.
Libre de destruir.
Libre de matar.
Libre de ser lo que soy sin que nadie me juzgue.
Feral sintió algo en su pecho.
No era compasión.
No todavía.
Era comprensión.
—Te entiendo —dijo—.
Pero estás equivocado.
Empujó.
Omega voló hacia atrás.
Pero esta vez, Feral no lo persiguió.
Algo más estaba pasando.
— El Inquisidor había observado toda la batalla desde su trono.
No se había movido.
No había levantado un dedo.
Pero ahora, algo cambió.
Un dios se acercó a él.
Era Shin’ei, la identidad.
Uno de los indecisos.
Había visto suficiente.
Había sentido suficiente.
Y había tomado una decisión.
—Tú —dijo Shin’ei, señalando al Inquisidor con una espada temblorosa—.
Tú me robaste quién era.
Me hiciste creer que el orden era mi identidad.
Pero no lo es.
El Inquisidor lo miró.
Y por primera vez, sonrió.
No era una sonrisa paternal.
Era la sonrisa de un depredador que ha esperado demasiado tiempo para comer.
—¿Y quién eres, entonces?
—preguntó, con una voz tan suave que daba más miedo que un grito.
Shin’ei dudó.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
El Inquisidor se levantó.
No con prisa.
Con la lentitud de quien sabe que el tiempo está de su lado.
Extendió una mano.
Y Shin’ei, sin que nadie lo tocara, comenzó a desdibujarse.
—No —susurró Shin’ei—.
No…
—Sí —dijo el Inquisidor—.
Porque tú no eres nada.
Nunca lo fuiste.
Solo eres un reflejo de lo que yo decidí que fueras.
Shin’ei gritó.
Pero su grito se apagó antes de salir de su garganta.
Su cuerpo se volvió transparente, luego invisible, luego nada.
No había muerto.
Era peor.
Había sido borrado de la existencia.
Como si nunca hubiera estado.
El salón entero se detuvo.
Incluso los que estaban peleando a muerte se quedaron paralizados.
Miraron al Inquisidor.
Y por primera vez, muchos de ellos entendieron lo que realmente significaba enfrentarse a él.
—¿Alguien más quiere preguntarme quién es?
—dijo el Inquisidor, y su voz llenó cada rincón del salón.
Nadie respondió.
El Inquisidor se sentó de nuevo en su trono de silencio.
—Sigan —ordenó—.
La guerra no se detiene por un accidente.
Y la batalla continuó.
Pero algo había cambiado.
El miedo ahora era más denso.
Más real.
Más pesado.
— Feral miró a Omega.
Omega miró a Feral.
Pero en sus ojos ya no solo había odio.
Había algo más.
Una pregunta sin respuesta.
Un futuro incierto.
—Esto no ha terminado —dijo Omega.
—Apenas empieza —respondió Feral.
Chocaron de nuevo.
Y el salón entero tembló.
El primer combate de la guerra había comenzado.
Y aunque nadie lo sabía todavía, nada volvería a ser como antes.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com