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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 76

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76: El Colapso de la Realidad 76: El Colapso de la Realidad El salón entero tembló.

No era un temblor cualquiera.

No era el eco de un golpe o la vibración de un choque entre armas divinas.

Era algo más profundo, más primario.

Era la hiperdimensión número veintidós quejándose bajo el peso de dos fuerzas que nunca debieron enfrentarse dentro de ella.

Feral sintió el aviso antes de verlo.

Su armadura de diamante bruñido, que hasta ahora había sido una coraza rígida e impenetrable, comenzó a cambiar.

Las placas se reconfiguraron, moviéndose como un líquido espeso que se adaptaba a cada nuevo impacto.

No era un poder que él controlara conscientemente.

Era la memoria de los ochenta y un dioses que latían en su interior, reconociendo a Omega, reconociendo su patrón de ataque, y susurrándole a su cuerpo cómo sobrevivir.

Omega lo notó.

—Tu armadura se adapta —dijo, y en su voz de calavera había algo parecido al respeto—.

Interesante.

Pero la adaptación no sirve de nada cuando el poder es absoluto.

Levantó su mandoble negro hacia el cielo petrificado.

Y entonces, por primera vez, Omega usó una técnica con nombre.

—¡Aniquilación de Mil Soles!

El mandoble no brilló.

Se volvió negro.

Más negro que la oscuridad.

Más negro que el vacío.

Era un negro que absorbía todo: la luz, el sonido, el calor, incluso la mirada de los que se atrevían a observarlo.

Y luego explotó.

No fue una explosión de fuego.

Fue una explosión de ausencia.

Un círculo de nada que se expandió desde la hoja de Omega, devorando el suelo de hueso, las columnas de constelaciones muertas, el aire mismo.

Los dioses cercanos saltaron hacia atrás, algunos gritando, otros simplemente desapareciendo de la vista.

Feral levantó su escudo de ochenta y una estrellas justo a tiempo.

El impacto lo hizo retroceder veinte metros, sus pies trazando surcos profundos en el suelo destrozado.

Cuando la oscuridad se disipó, su escudo seguía intacto.

Pero sus brazos temblaban.

—Eso es todo —susurró Feral—.

Eso es lo que mató a Leo.

El recuerdo lo golpeó como un puñetazo.

Leo, su amigo, el de la sonrisa fácil y las manos siempre listas para ayudar.

Leo, a quien Omega le había arrancado el corazón del pecho con un movimiento de garra, riéndose mientras lo veía caer.

Leo, cuyo nombre todavía ardía en la memoria de Feral como una brasa que nunca se apagaría.

Feral apretó los dientes.

Y atacó.

No usó técnicas.

No las necesitaba.

Su espada de ébano se movió con la precisión de un cirujano y la furia de un huracán.

Cada golpe era una palabra no dicha.

Cada estocada, una oración no respondida.

—¡Este es por Leo!

—gritó, y su espada atravesó el hombro de Omega.

La sangre negra del dios de la destrucción salpicó el suelo.

Omega aulló, no de dolor, sino de sorpresa.

—¡Este es por Perla!

El escudo de Feral se convirtió en un arma.

Lo golpeó contra el costado de Omega, justo donde su mandoble había empalado a Perla aquella noche en la que el mundo de Feral se derrumbó.

La armadura de sombra líquida de Omega se onduló, tratando de absorber el impacto, pero Feral era más rápido.

Más fuerte.

Más hambriento.

—¡Y ESTE ES POR VIKTOR!

El último golpe fue con la cabeza del casco de lobo antiguo.

Un cabezazo que partió la mandíbula de Omega y lo envió volando contra una columna.

La columna se partió en dos.

La hiperdimensión número veintidós gimió de nuevo.

Omega se levantó lentamente.

Su mandíbula ya se estaba regenerando, pero sus ojos de calavera ahora brillaban con algo nuevo: respeto.

—Los recuerdas —dijo—.

A todos ellos.

Los que maté.

Los que borré.

Los que nunca volverán.

—Los recuerdo —respondió Feral, y su voz era el trueno antes del relámpago—.

Y cada vez que te golpeo, los vengó.

Omega sonrió.

Era una sonrisa horrible, porque su rostro de calavera no debería haber podido sonreír.

—Entonces déjame darte más recuerdos.

Mientras Feral y Omega se destruían mutuamente en el centro del salón, Retza no se quedaba de brazos cruzados.

La diosa del amor había encontrado a su oponente.

Fukushū, el dios de la venganza, la miraba con ojos que ardían de rencor.

Su cuerpo era pura ira contenida, cada músculo tenso como un resorte a punto de romperse.

—Tú —dijo Fukushū, y su voz era un cuchillo—.

Tú y tu amor.

Ustedes son la razón por la que yo existo.

Cada vez que alguien ama y pierde, cada vez que un corazón se rompe, cada vez que la esperanza se apaga…

yo estoy allí.

Alimentándome.

Creciendo.

Y tú eres mi fuente más fértil.

Retza no respondió con palabras.

Respondió con una lanza de luz rosa que atravesó el aire y se clavó en el pecho de Fukushū.

—El amor no es solo entrega —dijo, y su cabello negro azabache flotaba como una corona de medianoche—.

También es protección.

Y yo protegeré a los míos aunque tenga que destruir a cada dios que se interponga.

Fukushū arrancó la lanza de su pecho con un rugido.

La herida humeó, pero no sangró.

La venganza no sangra.

La venganza quema.

—¡Entonces muere!

Fukushū se lanzó contra ella, sus manos convertidas en garras de rencor puro.

Pero Retza no era una diosa indefensa.

Había sobrevivido al olvid, ese lugar donde su amado la olvidaba una y otra vez.

Y eso, más que cualquier entrenamiento, la había vuelto peligrosa.

Esquivó el primer zarpazo.

Bloqueó el segundo con un escudo de luz.

Y contraatacó con una ráfaga de besos que no eran besos, sino explosiones de ternura armada.

—El amor no es débil —dijo, mientras Fukushū retrocedía quemado—.

El amor es el único poder que sobrevive al olvido.

En otro rincón del salón, el Inquisidor observaba.

Un dios se acercó a él.

Era Cirus, el de la decisión.

Su rostro era una máscara de calma, pero sus ojos delataban una duda que no podía ocultar.

—Mi señor —dijo Cirus—.

La batalla está empatada.

Los leales caen.

Omega lucha, pero Feral no retrocede.

¿Debo intervenir?

El Inquisidor lo miró.

Y por un instante, Cirus sintió que el universo entero lo miraba también.

—No —dijo el Inquisidor—.

Aún no.

Quiero ver hasta dónde llega este mortal.

Quiero ver si su fe se sostiene cuando todo lo que ama se queme.

Cirus tragó saliva.

Algo en la voz de su señor le heló la sangre.

—¿Y si Omega pierde?

El Inquisidor sonrió.

Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Entonces yo pelearé.

Omega había tenido suficiente.

—¡Destrucción Cósmica de los Mil Mundos!

Su mandoble se partió en mil pedazos.

Pero no era una destrucción.

Era una transformación.

Cada fragmento se convirtió en una espada flotante, y cada espada apuntaba a un punto diferente del cuerpo de Feral.

No había espacio para esquivar.

No había tiempo para bloquear.

Feral levantó su escudo.

Las espadas comenzaron a caer.

Una.

Dos.

Diez.

Cien.

Cada impacto era un universo implotando.

Cada choque, un multiverso ardiendo.

El escudo de ochenta y una estrellas resistió, pero Feral sentía cómo sus brazos se quebraban, cómo sus rodillas temblaban, cómo la armadura de diamante bruñido comenzaba a agrietarse.

Pero la armadura se adaptó.

Las grietas se llenaron de luz.

Las estrellas del escudo brillaron más fuerte.

Y Feral, en lugar de seguir bloqueando, avanzó.

—¡No te escondas detrás de tus técnicas!

—gritó, mientras atravesaba la lluvia de espadas con el cuerpo ardiendo—.

¡Pelea como el dios que dices ser!

Omega rugió.

Y por primera vez, sus técnicas se volvieron personales.

—¡Erasión del Corazón!

Su mano derecha se transformó en una garra de sombra pura.

No era un ataque físico.

Era un ataque al recuerdo.

A la memoria.

A todo lo que Feral amaba.

Feral sintió cómo Leo, Perla y Viktor se desdibujaban en su mente.

Cómo sus rostros se volvían borrosos.

Cómo sus nombres empezaban a significar nada.

—No —susurró—.

No les harás eso.

Y entonces, por primera vez, Feral usó una técnica.

No la nombró.

No hacía falta.

Era la Garra Divina, el poder de absorber y transformar.

Pero esta vez no la usó para abrazar.

La usó para defenderse.

Su mano derecha se encontró con la garra de Omega.

El choque no fue físico.

Fue existencial.

Dos fuerzas opuestas: una que destruía recuerdos, otra que los protegía con la furia de quien ha perdido demasiado como para perder más.

Omega retrocedió primero.

Su brazo humeaba.

—Imposible —dijo—.

Nadie ha resistido la Erasión del Corazón.

—Yo no soy nadie —respondió Feral—.

Soy el que recuerda.

La batalla había escalado a niveles que ni siquiera los Titanes podían seguir.

Pyros, el titán del fuego, se retiró a un rincón del salón, sus llamas parpadeando débilmente.

—Se están excediendo —dijo a Terros—.

La hiperdimensión número veintidós no puede soportar esto.

Terros asintió.

Su cuerpo de piedra vibraba con cada nuevo impacto.

—Si colapsa aquí, caerá la veintiuno.

Y luego la veinte.

Y luego…

todo lo que hay debajo.

—Como un edificio —dijo Aeros, que flotaba cerca—.

Cuando la azotea se derrumba, los pisos de abajo no tienen adónde ir.

Hydros, que acababa de derrotar a otro leal, se unió a la conversación.

—Los universos.

Los multiversos.

Los megaversos.

Todos ellos dependen de la estabilidad de las hiperdimensiones superiores.

Si la veintidós colapsa…

—Todo colapsa —terminó Metálicus.

Los Titanes se miraron.

Y por primera vez en dos eras, sintieron miedo.

En el centro del salón, Feral y Omega ya no eran dos seres peleando.

Eran dos fuerzas de la naturaleza chocando una y otra vez.

Omega levantó su mandoble reconstruido hacia el cielo.

—¡Ultimo Recurso: Aniquilación Total del Omniverso!

La técnica no tenía nombre en vano.

Era su ataque más poderoso.

El que solo usaba cuando ya no le importaba nada más.

El que podía borrar no solo universos, no solo multiversos, no solo megaversos, sino el omniverso entero.

Todas las realidades.

Todos los tiempos.

Todas las memorias.

Una esfera de energía pura comenzó a formarse en la punta de su mandoble.

No era negra.

No era blanca.

Era del color de la nada.

Del color de lo que nunca debió existir.

Feral sintió el peso de la técnica.

Era como si el omniverso entero le hubiera caído encima.

Sus rodillas se doblaron.

Su armadura crujió.

Su escudo de ochenta y una estrellas brilló con toda su fuerza, pero incluso él sabía que no bastaría.

Entonces, en su mente, escuchó las voces.

No te rindas.

Era Leo.

Nosotros caímos para que tú pudieras seguir.

Era Perla.

Tú eres nuestra memoria.

Tú eres nuestra venganza.

Tú eres nuestra esperanza.

Era Viktor.

Feral cerró los ojos.

Y cuando los abrió, supo lo que tenía que hacer.

No tenía una técnica con nombre.

No tenía un poder especial más allá del que ya había mostrado.

Pero tenía algo que Omega no tenía: tenía a los ochenta y un dioses en su interior.

Tenía a Retza.

Tenía a Muhō.

Tenía a María y a Yami.

Tenía a los Titanes.

Tenía a todos los que habían creído en él.

Levantó su espada de ébano.

Y sin decir una palabra, la cargó con todo lo que era.

Con todo lo que había sido.

Con todo lo que sería.

No era una técnica con nombre.

Era Feral.

—¡Vamos!

—gritó.

Y se lanzó.

El choque fue apocalíptico.

La esfera de aniquilación total de Omega se encontró con la espada de ébano de Feral en el centro del Gran Salón.

Por un instante, nada se movió.

El tiempo se detuvo.

Los dioses dejaron de pelear.

Los Titanes dejaron de respirar.

El Inquisidor, por primera vez, se puso de pie.

Y entonces explotó.

No fue una explosión.

Fue un parto.

La realidad misma se desgarró.

Las columnas de hueso de constelaciones muertas se pulverizaron.

El techo de cielo petrificado se astilló como un espejo roto.

El suelo se abrió en grietas que descendían hacia abismos que nunca debieron existir.

La hiperdimensión número veintidós comenzó a colapsar.

Como un edificio cuya azotea se derrumba, los pisos de abajo sintieron el impacto.

La hiperdimensión número veintiuno, el dominio del Inquisidor, se resquebrajó.

La número veinte, la ciudad de los dioses, tembló hasta sus cimientos.

Y por debajo, los megaversos, los multiversos, los universos, todos ellos comenzaron a tambalearse.

Los mortales, en sus mundos lejanos, sintieron algo que no podían explicar.

Un escalofrío.

Una pesadilla repentina.

La sensación de que algo, en algún lugar, había salido terriblemente mal.

El salón se llenó de luz.

Una luz que no era luz.

Era la ausencia de todo.

Era el vacío hecho visible.

Los dioses gritaron.

Los Titanes se cubrieron.

El Inquisidor levantó una mano, creando un escudo que lo protegió a él y a sus leales más cercanos.

Pero en el centro de todo, donde la luz era más intensa, dos figuras seguían enfrentadas.

Feral y Omega.

Espada contra mandoble.

Recuerdo contra olvido.

Amor contra destrucción.

Y entonces, la hiperdimensión número veintidós colapsó del todo.

La explosión final fue silenciosa.

No porque no hubiera sonido, sino porque el sonido mismo fue borrado.

Los dioses que no alcanzaron a protegerse volaron por los aires.

Las columnas de hueso se convirtieron en polvo.

El techo de cielo petrificado se desmoronó sobre todos ellos.

Cuando la luz se apagó, cuando el silencio se hizo menos denso, cuando los dioses comenzaron a levantarse y a mirar a su alrededor…

…Feral no estaba.

Omega no estaba.

El centro del salón era un cráter vacío.

Profundo.

Oscuro.

Absoluto.

Nadie sabía quién había ganado.

Nadie sabía si alguien había sobrevivido.

Retza corrió hacia el borde del cráter, su cabello negro azabache flotando detrás de ella como una bandera de duelo.

—¡Feral!

—gritó.

No hubo respuesta.

Solo el eco de su propia voz, rebotando en los restos de la hiperdimensión número veintidós.

Y el silencio.

con el omniverso herido, los bandos diezmados, y un agujero en el centro de la realidad donde antes había esperanza.

La guerra no había terminado.

Pero nadie sabía si aún quedaba alguien para pelearla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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