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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 77

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77: El Castillo Infinito 77: El Castillo Infinito La hiperdimensión número veintidós había muerto.

No fue un final silencioso.

Fue un parto invertido, un colapso que comenzó en el centro y se extendió hacia afuera como una onda expansiva hecha de ausencia.

Para entender lo que había sucedido, había que imaginar la arquitectura del omniverso como un edificio de veintidós pisos, donde cada piso era una hiperdimensión que sostenía a las de arriba y era sostenida por las de abajo.

La número veintidós era la azotea, el punto más alto, el lugar donde la realidad se volvía tan delgada que casi podía tocarse a sí misma.

Cuando Feral y Omega habían hecho chocar sus técnicas en el centro del Gran Salón, habían generado una energía que superaba la capacidad de carga de esa azotea.

Las cuerdas dimensionales, aquellas hebras invisibles que mantenían unidas las veintidós capas de la existencia, se habían roto como hilos de algodón bajo el peso de un elefante.

La hiperdimensión veintidós no había explotado.

Se había plegado sobre sí misma, comprimiéndose en un punto que luego se había desintegrado en nada.

Y como la azotea de un edificio que se derrumba, todo lo que estaba debajo sintió el impacto.

La hiperdimensión número veintiuno, el dominio personal del Inquisidor, se resquebrajó.

Sus paredes de tiempo solidificado se agrietaron.

Sus suelos de espacio comprimido se ondularon como un océano en tormenta.

Los dioses que habían sobrevivido al choque se encontraron de repente en un lugar que no era el Gran Salón, pero que tampoco era ningún lugar que reconocieran.

Era la hiperdimensión veintiuno.

Inestable.

Temblorosa.

Al borde del colapso.

Retza fue la primera en levantarse.

Su cabello negro azabache estaba cubierto de polvo dimensional, ese polvo que no es polvo sino realidad desmenuzada.

Miró a su alrededor con los ojos desorbitados.

—¡Feral!

—gritó.

Su voz se perdió en el eco de las grietas.

No hubo respuesta.

—¡FERAL!

Nada.

El Inquisidor se puso de pie entre los restos de lo que alguna vez fue su trono.

No tenía una sola herida.

Su ropa blanca seguía impecable.

Su rostro de anciano cansado seguía sereno.

Pero había algo nuevo en sus ojos.

Algo que se parecía peligrosamente a la alegría.

—Ha caído —dijo, y su voz resonó en la hiperdimensión herida como un trueno—.

El mortal que se creía dios ha sido derrotado por mi Omega.

La destrucción ha cumplido su misión.

Los dioses leales, los que aún seguían en pie, murmuraron entre ellos.

Algunos sonrieron.

Otros, como Utagai, la duda, simplemente bajaron la cabeza.

—Y ahora —continuó el Inquisidor, dando un paso hacia adelante—, castigaré a todos los que se han revelado contra mí.

No por venganza.

No por placer.

Porque el orden debe restaurarse.

Porque la creación no puede permitirse el lujo de dudar.

Porque si los dioses dudan, los mortales sufren.

Y si los mortales sufren demasiado, el omniverso entero se pudre.

Muhō escupió en el suelo.

—Habla como un dictador, como siempre —dijo, su daga de sombra girando entre los dedos—.

Siempre es por nuestro bien.

Siempre es para protegernos.

Pero la única protección que ofreces es la de la tumba.

El Inquisidor la miró.

Y por un instante, Muhō sintió que su nombre propio dejaba de existir en su mente.

Pero no.

No era el momento.

Aún no.

—Hablas porque aún no entiendes —respondió el Inquisidor con suavidad—.

Pero lo entenderás.

Todos lo entenderán.

Entonces ocurrió.

El aire se rasgó detrás de él.

No como antes, cuando Feral había entrado por primera vez en el Gran Salón.

Esta vez fue diferente.

Esta vez fue un desgarro limpio, preciso, casi quirúrgico.

Como si alguien, desde dentro de la nada, hubiera decidido que la nada ya no era suficiente.

Feral salió de la grieta.

Y no era el mismo Feral que había caído.

Su armadura de diamante bruñido brillaba con una luz que no tenía fuente.

Cada placa, cada junta, cada remache parecía haber sido forjado de nuevo en el corazón de una estrella moribunda.

El casco de lobo antiguo tenía ahora una grieta que recorría su lado izquierdo, pero esa grieta no era una herida.

Era una cicatriz.

Y las cicatrices, en un guerrero, son medallas.

Pero lo que más llamó la atención, lo que hizo que todos los dioses, incluso los leales, incluso los Titanes, incluso el propio Inquisidor, contuvieran el aliento, fue su escudo.

El escudo de ochenta y una estrellas ahora tenía ochenta y dos.

Una estrella nueva brillaba en su centro.

Era más pequeña que las demás, pero también más intensa.

Parpadeaba con una luz que no era blanca ni dorada, sino del color de la memoria hecha materia.

Retza llevó una mano a su boca.

—Feral…

Él la miró.

Y por un segundo, todo el dolor de la batalla, toda la pérdida, toda la esperanza, se concentró en esa mirada.

—Lo sé —dijo—.

Lo siento.

No hacía falta explicar más.

Retza entendió.

La nueva estrella en su escudo era Omega.

No porque lo hubiera destruido.

Porque lo había abrazado.

Porque la Garra Divina no solo desgarraba a sus enemigos.

Los devoraba.

Los asimilaba.

Los convertía en parte de la manada.

Omega no estaba muerto.

Omega estaba dentro de Feral.

Como Bōkyaku.

Como los ochenta dioses del olvido.

Como todos los que habían caído para que él pudiera seguir.

—Imposible —susurró Chitsujo, el orden personificado, retrocediendo un paso—.

Nadie puede absorber a la destrucción.

—Yo no soy nadie —respondió Feral, y su voz llevaba ahora ochenta y dos tonos diferentes, ochenta y dos corazones latiendo al unísono—.

Soy el que recuerda.

Los dioses rebeldes se llenaron de fulgor.

Kibō levantó los brazos al cielo.

Shinjitsu sonrió por primera vez en dos eras.

Los Titanes, aquellos seres antiguos que habían visto nacer y morir incontables universos, sintieron algo que creían perdido para siempre: esperanza.

Pero el Inquisidor no se inmutó.

—Interesante —dijo, y su voz no había perdido ni un ápice de su calma—.

Has absorbido a Omega.

Eso te convierte en algo…

nuevo.

Pero aún eres mortal.

Y los mortales, por muy brillantes que sean sus armaduras, siempre se rompen.

Comenzó a caminar hacia Feral.

No con prisas.

Con la lentitud de quien sabe que el tiempo está de su lado.

—Creías que esto era una guerra por la libertad —dijo, mientras caminaba—.

Pero no lo es.

Esto es una guerra por el control.

Tú quieres que los dioses sean libres para que los mortales también lo sean.

Yo quiero que los dioses estén ordenados para que los mortales no sufran.

¿Quién tiene razón?

¿Tú, que ofreces una libertad que puede convertirse en caos?

¿O yo, que ofrezco un orden que puede convertirse en cárcel?

Se detuvo a diez metros de Feral.

—No lo sé —admitió—.

Pero lo que sí sé es que no permitiré que la creación siga sufriendo mientras tú aprendes a gobernar.

Así que haré lo que debía haber hecho desde el principio.

Sus ojos se volvieron blancos.

No blancos de luz.

Blancos de vacío.

—Te castigaré con mis propias manos.

Feral se puso en guardia.

Su espada de ébano brilló.

Su escudo de ochenta y dos estrellas se alzó frente a él.

A su alrededor, sus aliados se prepararon para apoyarlo.

—No —dijo Feral sin mirarlos—.

Este es mi combate.

Protéjanse.

Muhō iba a protestar, pero Retza la detuvo con una mano en el hombro.

—Confía en él —dijo la diosa del amor—.

Como yo confío.

El Inquisidor sonrió.

Y entonces rió.

No era una risa de alegría.

Era la risa de alguien que ha guardado un as en la manga durante dos eras y por fin ha decidido mostrarlo.

—¿Crees que te dejaré pelear acompañado?

—dijo, y su risa se convirtió en una mueca—.

No, Feral.

Esto no será un duelo.

Esto será una masacre.

Levantó las manos.

Y el omniverso entero se retorció.

—Técnica del Inquisidor: Castillo Infinito de las Realidades Fragmentadas.

La hiperdimensión número veintiuno se reconfiguró.

No se rompió.

No colapsó.

Se reordenó.

Las paredes de tiempo solidificado se convirtieron en pasillos que se bifurcaban infinitamente.

Los suelos de espacio comprimido se transformaron en escaleras que subían y bajaban sin sentido.

Las grietas dimensionales se abrieron como puertas que llevaban a ningún lugar y a todos los lugares a la vez.

Era un castillo.

Un castillo infinito hecho de realidades superpuestas.

Un caleidoscopio espaciotemporal donde las reglas de la física, la lógica y la causalidad eran meras sugerencias que el Inquisidor podía aceptar o ignorar a voluntad.

Los dioses rebeldes gritaron mientras el suelo se abría bajo sus pies y los tragaba hacia pasillos diferentes.

Retza intentó aferrarse a Feral, pero una puerta dimensional se cerró entre ellos en el último segundo.

Muhō maldijo mientras caía hacia una escalera que no llevaba a ninguna parte.

María rió con locura mientras su cuerpo se desdoblaba en diez versiones diferentes de sí misma, cada una cayendo hacia una dirección distinta.

Yami, la mentira, intentó engañar al castillo, pero el castillo era más mentiroso que ella.

Desapareció en un corredor que se plegaba sobre sí mismo como una cinta de Moebius.

Los Titanes, aquellos gigantes elementales, intentaron resistir, pero el castillo era más grande que ellos.

Pyros se encontró en una sala de espejos donde cada reflejo era una versión suya que lo atacaba.

Terros fue sepultado por su propia tierra cuando el castillo convirtió el suelo en arena movediza.

Hydros se disolvió en un océano que no tenía fondo ni orillas.

En cuestión de segundos, el ejército rebelde había desaparecido.

Cada dios, cada titán, cada aliado de Feral había sido enviado a un rincón diferente del Castillo Infinito.

Y en cada rincón, un dios leal los esperaba.

El Inquisidor había planeado esto desde el principio.

—Kibō —dijo su voz, resonando en todo el castillo a la vez—, tú pelearás contra Zetsubō.

La esperanza contra la desesperación.

Poético, ¿no crees?

Kibō apareció en una sala oscura.

Frente a él, Zetsubō sonreía con dientes podridos.

—Shinjitsu —continuó el Inquisidor—, tú pelearás contra Yami.

La verdad contra la mentira.

Aunque, siendo sinceros, ¿cuál es cuál?

Shinjitsu y Yami, que habían sido amigas antes de la guerra, se encontraron en un jardín de flores marchitas.

—Byōdō —dijo el Inquisidor—, tú pelearás contra Fubyōdō.

La igualdad contra la desigualdad.

Hermanos enfrentados.

Qué tragedia.

Los dos hermanos se miraron desde los extremos de un puente que se partía en dos.

—Muhō —el Inquisidor casi se rió—, tú pelearás contra Chitsujo.

La anarquía contra el orden.

La pelea que define esta guerra.

Muhō apareció en una sala de relojes.

Todos marcaban horas diferentes.

Todos estaban rotos.

Chitsujo la esperaba con su armadura de plata brillando.

—María —dijo el Inquisidor, y esta vez sí se rió—, tú pelearás contra Utagai.

La locura contra la duda.

No sé quién ganará, pero apostaré a que será divertido.

María apareció en un manicomio infinito.

Utagai temblaba en una esquina.

—Yurushi —dijo el Inquisidor—, tú pelearás contra Fukushū.

El perdón contra la venganza.

Veremos si tu perdón sobrevive a lo que él te hará.

Yurushi cerró los ojos.

Cuando los abrió, Fukushū ya estaba frente a él, sus garras de rencor humeando.

—Luminara —continuó el Inquisidor—, tú pelearás contra Kūkyō.

La energía contra el vacío.

La luz contra la nada.

Apuesto por la nada.

Luminara brilló con intensidad.

Kūkyō no dijo nada.

El vacío no habla.

—Heiwa —dijo el Inquisidor—, tú pelearás contra Sensō.

La paz contra la guerra.

Qué ironía.

Heiwa suspiró.

Sensō rugió de alegría.

—Shinkō —dijo el Inquisidor—, tú pelearás contra Mukanjīn.

La fe contra el desapego.

Veremos si tu fe resiste su indiferencia.

Shinkō apretó los puños.

Mukanjīn bostezó.

—Rizumu —dijo el Inquisidor—, tú pelearás contra Osore.

El ritmo contra el miedo.

Si pierdes el ritmo, el miedo te devorará.

Rizumu comenzó a marcar el compás con los pies.

Osore temblaba, pero su temor era contagioso.

—Hikari y Dunkelheit —dijo el Inquisidor—, pelearán juntos contra Nikushimi.

La luz y la oscuridad unidas contra el odio.

Qué bonito.

Lástima que el odio no entienda de alianzas.

Los dos dioses, opuestos pero aliados, se enfrentaron a Nikushimi.

Sus heridas del combate anterior aún no habían sanado del todo.

—Y el resto —dijo el Inquisidor—, pelearán contra el resto.

No importa quién contra quién.

Todos caerán.

Los Titanes, uno por uno, fueron asignados a leales.

Pyros contra Kariostros.

Terros contra Khronos.

Hydros contra Cirus.

Aeros contra Hitsuyōsei, que ya había sido derrotado pero que el Inquisidor había revivido con un gesto.

Metálicus contra Seigi, también revivido.

El castillo infinito se llenó de combates.

Cada sala, cada pasillo, cada escalera se convirtió en un campo de batalla.

Los dioses rebeldes luchaban solos, sin apoyo, sin aliados, sin nadie que cubriera sus espaldas.

El Inquisidor lo había logrado.

Había separado al ejército rebelde como se separa la carne del hueso.

Y ahora, frente a él, solo quedaba Feral.

—¿Ves?

—dijo el Inquisidor, caminando hacia él con pasos lentos—.

No eres un líder.

Eres un hombre solo.

Siempre lo has sido.

Siempre lo serás.

Feral no respondió.

Levantó su espada de ébano y su escudo de ochenta y dos estrellas.

—Pelea entonces —dijo—.

Pero no esperes que me rinda.

El Inquisidor rió de nuevo.

Y luego, sin previo aviso, atacó.

—Ráfaga del Juicio Final: Borrador de Mil Millones de Megaversos.

Su mano se abrió.

Y de su palma salió una luz que no era luz.

Era una ráfaga de energía pura, sin forma, sin color, sin límites.

Una ráfaga que, si hubiera sido liberada sin control, habría borrado del mapa no solo la hiperdimensión veintiuno, no solo el Castillo Infinito, sino mil millones de megaversos enteros.

Civilizaciones enteras.

Historias completas.

Mundos que nunca habían conocido la guerra, la pobreza, el dolor.

Todo desaparecería.

Todo se convertiría en nada.

Feral levantó su escudo.

La ráfaga lo golpeó.

Y entonces ocurrió algo que el Inquisidor no esperaba.

El escudo absorbió el ataque.

No lo bloqueó.

No lo desvió.

Lo absorbió como una esponja absorbe agua.

Las ochenta y dos estrellas brillaron con intensidad cegadora, y luego, un segundo después, el escudo devolvió la ráfaga.

El Inquisidor apenas tuvo tiempo de protegerse.

El ataque lo golpeó de lleno, haciéndolo retroceder varios metros.

Cuando levantó la cabeza, su ropa blanca estaba chamuscada.

Por primera vez, tenía una herida.

—Interesante —dijo, y su voz había perdido algo de su calma—.

Tu escudo es un bolsillo espaciotemporal.

Absorbe energía y la libera cuando tú quieres.

¿Quién te enseñó eso?

—Nadie —respondió Feral—.

Aprendí solo.

Como todo en mi vida.

El Inquisidor asintió, como si aquello mereciera respeto.

Luego levantó las manos y creó una espada de energía pura.

—Entonces aprendamos juntos.

Se lanzaron el uno contra el otro.

La espada de ébano de Feral se encontró con la espada de energía del Inquisidor en el centro del Castillo Infinito.

El choque no fue como los anteriores.

No fue físico.

Fue existencial.

Dos concepciones opuestas del omniverso colisionando: orden contra memoria, control contra libertad, tiranía contra esperanza.

La hiperdimensión veintiuno, que ya estaba inestable, se resquebrajó aún más.

Feral usó la Garra Divina, esa técnica que desgarraba a sus enemigos y devoraba su esencia.

Pero el Inquisidor no era un enemigo común.

Su cuerpo no estaba hecho de carne ni de energía.

Estaba hecho de reglas.

Y las reglas no se desgarran.

Se reescriben.

—¡Orden Absoluto!

—gritó el Inquisidor, y su espada se convirtió en una luz que cortaba la realidad misma.

Feral bloqueó con su escudo.

La luz rebotó y se perdió en el infinito.

—¡Garra Divina!

—respondió Feral, y su mano atravesó la defensa del Inquisidor.

Pero el Inquisidor no sangró.

Simplemente sonrió.

—¿Crees que puedes devorarme como devoraste a Omega?

—preguntó—.

No soy un dios, Feral.

Soy el orden.

Y el orden no se devora.

Se impone.

Golpeó.

Feral voló hacia atrás.

Golpeó de nuevo.

El escudo absorbió, pero esta vez no devolvió.

—Tu escudo tiene límites —dijo el Inquisidor—.

Y yo los conozco.

Feral se levantó.

Su armadura brillaba.

Su espada temblaba en su mano.

Pero no retrocedió.

—Entonces enséñamelos —dijo.

Y se lanzó de nuevo.

Chocaron una y otra vez.

Cada impacto generaba ondas expansivas que hacían temblar el Castillo Infinito.

Las paredes se agrietaban.

Los suelos se hundían.

Los techos se derrumbaban.

La hiperdimensión veintiuno estaba muriendo.

Pero ninguno de los dos parecía importarle.

Feral atacaba con la furia de ochenta y dos dioses.

El Inquisidor respondía con la frialdad de dos eras de tiranía.

Sus técnicas chocaban, se anulaban, se reconfiguraban.

—¡Caída del Orden!

—¡Memoria Eterna!

—¡Anulación de Realidad!

—¡Abrazo del Olvido!

El Castillo Infinito crujió.

Las paredes comenzaron a caer.

Las puertas dimensionales se abrieron y cerraron sin control.

Los combates en las salas lejanas se vieron interrumpidos por olas de energía que atravesaban todo.

Y en el centro, Feral y el Inquisidor seguían peleando.

La guerra estaba lejos de terminar.

El capítulo se cerró con ambos chocando una vez más, sus técnicas fundiéndose en una explosión de luz que lo cubrió todo.

No se sabía quién ganaría.

No se sabía si alguien sobreviviría.

Solo se sabía que la pelea apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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