Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 78
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78: Las Batallas del Alma 78: Las Batallas del Alma El Castillo Infinito se desplegaba como un organismo vivo, sus pasadizos respirando al ritmo de los combates que albergaba.
Cada sala, cada escalera, cada rincón de aquella prisión dimensional se había convertido en un campo de batalla donde los dioses se destrozaban entre sí.
No por odio, no por venganza, sino por aquello en lo que creían.
O en lo que necesitaban creer para seguir existiendo.
En una sala de espejos rotos, Muhō bailaba.
La diosa de la anarquía se movía como una serpiente eléctrica, su daga de sombra trazando arcos imposibles en el aire.
Frente a ella, Chitsujo, el orden personificado, la esperaba con su armadura de plata reluciente.
No se movía.
No necesitaba moverse.
Cada ataque de Muhō era desviado por una pared invisible de reglas cósmicas.
—No puedes ganarme —dijo Chitsujo, y su voz era fría como el mármol—.
El orden no se destruye con caos.
El orden se destruye con un orden nuevo.
Y tú no tienes ninguno.
Muhō sonrió.
Era una sonrisa afilada, peligrosa.
—¿Crees que quiero destruir el orden?
—preguntó, mientras su daga rebotaba en la armadura de plata—.
No, Chitsujo.
Solo quiero que nadie tenga poder sobre nadie.
Ni siquiera yo.
Atacó de nuevo.
Esta vez, su daga encontró una grieta en la armadura.
Chitsujo retrocedió un paso.
Sangre plateada brotó de su hombro.
—Duele, ¿verdad?
—dijo Muhō—.
Que algo tan pequeño, tan insignificante, te haga sangrar.
Así se siente ser mortal.
Así se siente vivir bajo tu orden.
Chitsujo la miró.
Y por un instante, algo brilló en sus ojos.
No era odio.
Era algo más viejo.
Algo más triste.
—Yo no elegí ser el orden —dijo—.
Fui creado para esto.
Como tú fuiste creada para el caos.
No tenemos elección, Muhō.
Solo deberes.
Muhō detuvo su ataque.
Lo miró.
Y por primera vez, lo vio no como un enemigo, sino como un hermano atrapado en la misma jaula.
—Entonces rompamos los deberes juntos —dijo—.
Nadie tiene que ser lo que le dijeron que fuera.
Chitsujo dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
— En un jardín de flores marchitas, Yami y Shinjitsu se enfrentaban en silencio.
La diosa de la mentira y la diosa de la verdad habían sido amigas, una vez.
Antes de que el Inquisidor las separara con promesas y castigos.
Ahora se miraban desde los extremos de un puente que se partía en dos.
—¿Por qué, Yami?
—preguntó Shinjitsu, y su voz temblaba—.
¿Por qué lo apoyas?
Sabes que miente.
Sabes que todo lo que dice es una farsa.
Yami bajó la mirada.
Sus ojos cambiaron de color varias veces antes de encontrar uno que le sirviera.
—Porque la verdad duele —dijo—.
Y yo estoy cansada de doler.
Prefiero una mentira bonita que una verdad que me destruya.
Shinjitsu avanzó hacia ella.
No con violencia.
Con tristeza.
—No tienes que elegir entre mentiras y dolor —dijo—.
Puedes elegir la verdad que sana.
La verdad que libera.
La verdad que construye.
Yami levantó la cabeza.
Sus ojos eran del color del atardecer.
—¿Y si no sé cuál es esa verdad?
Shinjitsu le tendió la mano.
—Entonces búscala conmigo.
Yami la miró.
Y por un instante, el jardín de flores marchitas comenzó a florecer de nuevo.
— En un manicomio infinito, María reía.
La diosa de la locura había encontrado su hogar.
Las paredes de la sala se retorcían como vísceras vivas.
Los espejos reflejaban versiones distorsionadas de ella misma.
Y en una esquina, Utagai, la duda personificada, temblaba sin cesar.
—¿Por qué tienes miedo?
—preguntó María, dando un paso hacia él—.
La duda es solo otra forma de pensar.
No duele.
Solo confunde.
Utagai levantó la cabeza.
Sus ojos eran dos remolinos grises.
—No puedo decidir —susurró—.
Nada es seguro.
Nada es verdad.
Cada vez que elijo, me equivoco.
Cada vez que creo, me fallan.
María se sentó a su lado.
No con burla.
Con ternura.
—La duda no es tu enemiga —dijo—.
Es tu herramienta.
Dudar te permite no aceptar la primera respuesta.
Dudar te permite buscar.
Dudar te permite crecer.
Utagai la miró.
Por primera vez, sus remolinos se calmaron.
—¿Y si dudar me lleva a la locura?
María sonrió.
Y su sonrisa era, por una vez, completamente cuerda.
—Entonces serás bienvenido en mi casa.
— En una biblioteca infinita, Retza se enfrentaba a Fukushū.
La diosa del amor y el dios de la venganza se miraban desde los extremos de una mesa larguísima.
Entre ellos, libros que contenían todas las historias de amor que habían terminado mal.
Todas las parejas que se habían separado.
Todos los corazones que se habían roto.
—¿Ves esto?
—dijo Fukushū, señalando los libros—.
Esto eres tú.
Esto es lo que tu dominio causa.
Dolor.
Traición.
Abandono.
Sin mí, no existirías.
Yo soy la sombra que persigue a tu luz.
Retza no retrocedió.
Caminó hacia él con pasos firmes.
—El amor no causa dolor —dijo—.
El amor causa vida.
El dolor viene de la pérdida, no del amor.
Y la pérdida es parte de vivir, no de amar.
Fukushū levantó una garra de rencor.
—Entonces muere como viven los mortales: amando y perdiendo.
Retza lo miró a los ojos.
—Ya perdí.
Durante dos eras, perdí a Feral una y otra vez.
Y sigo aquí.
Sigo amando.
Sigo luchando.
Porque el amor no es frágil.
El amor es lo único que sobrevive al olvido.
Fukushū atacó.
Pero esta vez, Retza no esquivó.
Recibió el golpe con el pecho abierto.
Y cuando la garra de rencor atravesó su corazón, ella sonrió.
—Ahora —susurró—, siéntelo.
Y Fukushū sintió.
Por primera vez en su existencia, sintió lo que era ser amado.
Y le dolió más que cualquier venganza.
— Pero mientras las diosas luchaban por sus almas, los Titanes morían.
Pyros fue el primero en caer.
El titán del fuego, aquel que había calentado las primeras estrellas, se enfrentó a Kariostros en una sala de relojes rotos.
Kariostros no atacaba con violencia.
Atacaba con destino.
Cada movimiento de Pyros era anticipado.
Cada llamarada, desviada.
—No puedes quemar lo que ya está escrito —dijo Kariostros, mientras sus hilos invisibles envolvían al titán—.
Eres fuego.
Pero el fuego también se apaga.
Pyros rugió.
Sus llamas se elevaron hasta el techo.
Pero Kariostros solo sonrió.
—¿Sabes cómo fueron creados los Titanes?
—preguntó, mientras sus hilos se tensaban—.
Fueron forjados en el corazón del primer universo.
No nacieron.
Fueron hechos.
Herramientas para construir realidades.
Esclavos sin nombre hasta que Aelar, el dios de la libertad, los liberó.
Pyros intentó moverse, pero los hilos lo tenían atrapado.
—Pero Aelar está muerto —continuó Kariostros—.
Y tú…
tú solo eres una herramienta sin dueño.
Tiró de los hilos.
Pyros cayó de rodillas.
Sus llamas se apagaron.
Por primera vez en su existencia, el titán del fuego sintió frío.
—Aelar nos enseñó que podíamos ser más —susurró Pyros, mientras sus ojos se apagaban—.
Que no éramos solo herramientas.
Que éramos…
libres.
Kariostros apretó los hilos.
—La libertad es una ilusión.
Pyros se desmoronó.
Su cuerpo de fuego se convirtió en cenizas que flotaron en el aire como recuerdos de algo que nunca debió ser.
Terros fue el segundo.
El titán de la tierra, el que había levantado montañas y excavado océanos, se enfrentó a Khronos.
El dios del tiempo lo envejeció segundo a segundo, convirtiendo sus rocas en polvo, sus montañas en llanuras.
—¿Recuerdas cuando Aelar te encontró?
—preguntó Khronos, mientras Terros se desmoronaba—.
Estabas encadenado al núcleo de un planeta moribundo, obligado a sostenerlo para que los dioses pudieran extraer su energía.
Pasaste millones de años allí.
Solo.
Sin nadie que te hablara.
Sin nadie que te viera.
Terros intentó responder, pero su boca de piedra ya no podía formar palabras.
—Aelar te liberó —continuó Khronos—.
Te dio un nombre.
Te dio propósito.
Y ahora, ¿qué haces?
Luchas por su hijo.
Por otro mortal que cree que puede cambiar el mundo.
Terros levantó una mano de piedra.
Su último gesto fue un puño cerrado.
Un símbolo de resistencia.
Luego se derrumbó.
Sus restos se esparcieron por el suelo como las montañas que un día había creado.
Hydros fue el tercero.
El titán del agua, el que había dado forma a los primeros océanos, se enfrentó a Cirus.
El dios de la decisión no lo atacó con violencia.
Lo atacó con opciones.
—Puedes rendirte —dijo Cirus, mientras Hydros se retorcía—.
Puedes aceptar que esto ha terminado.
O puedes seguir luchando y morir ahogado en tu propio mar.
Hydros no respondió.
Se convirtió en una corriente que intentó arrastrar a Cirus.
Pero Cirus había decidido que eso no funcionaría.
Y así fue.
—Aelar te enseñó que el agua podía ser libre —dijo Cirus, mientras Hydros se evaporaba—.
Pero el agua no es libre.
El agua sigue el camino que le marcan las estrellas.
Como tú.
Como todos.
Hydros desapareció en un suspiro.
Su última gota cayó al suelo como una lágrima.
Aeros fue el cuarto.
El titán del aire, el que había respirado la vida en los primeros seres, se enfrentó a Hitsuyōsei.
La necesidad lo envolvió como una tormenta.
—Eres aire —dijo Hitsuyōsei—.
Y el aire es necesario.
Pero la necesidad no es libertad.
La necesidad es obligación.
Aeros intentó huir, pero el viento no puede huir de sí mismo.
Se disipó en una ráfaga que recorrió el Castillo Infinito y luego se desvaneció.
Metálicus fue el último.
El titán de los metales, el que había forjado las primeras espadas, se enfrentó a Seigi.
La justicia aparente lo juzgó y lo encontró culpable.
—Por haber servido a un mortal —dijo Seigi—, por haber desafiado el orden, por haber creído en la libertad…
te condeno al olvido.
Metálicus levantó sus brazos de acero.
Pero incluso el acero se rompe cuando la justicia es ciega.
—Aelar nos prometió que nunca volveríamos a ser esclavos —dijo Metálicus, mientras sus brazos se partían—.
Y aunque muera, esa promesa sigue viva.
En Feral.
En todos los que luchan.
Seigi levantó su espada de balanzas.
Y Metálicus cayó.
— En los mundos de abajo, los mortales sintieron la caída de los Titanes.
En un planeta pobre, una madre sostenía a su hijo moribundo.
No había médicos.
No había dioses.
Solo el frío y el hambre.
El niño cerró los ojos.
La madre gritó.
Pero nadie la escuchó.
En un megaverso lejano, un anciano recordaba la guerra de su juventud.
Había perdido a su hermano, a su esposa, a sus hijos.
Ahora estaba solo, en una habitación vacía, esperando que la muerte lo llevara.
Pero la muerte también estaba peleando en el Castillo Infinito.
Y no tenía tiempo para un anciano.
En un universo cualquiera, una niña miraba las estrellas.
Había oído historias de dioses que ayudaban a los mortales.
Historias de un dios llamado Aelar que había liberado a los esclavos.
Historias de un mortal llamado Feral que había abrazado al olvido.
La niña cerró los ojos y pidió un deseo.
No sabía que, en ese mismo instante, en el Castillo Infinito, los Titanes estaban muriendo para que su deseo pudiera hacerse realidad.
— Las diosas seguían peleando.
Muhō había hecho dudar a Chitsujo.
Yami había tomado la mano de Shinjitsu.
María había abrazado a Utagai.
Retza había recibido el golpe de Fukushū con el pecho abierto y lo había transformado en amor.
Pero la guerra no había terminado.
El Castillo Infinito seguía en pie.
El Inquisidor seguía luchando contra Feral en algún lugar más allá del tiempo y el espacio.
Y los Titanes, aquellos seres ancestrales que habían visto nacer y morir incontables universos, yacían derrotados.
No muertos del todo.
Solo dormidos.
Esperando.
Como habían esperado durante dos eras hasta que Aelar los liberara.
—Algún día —susurró Pyros desde sus cenizas—.
Algún día volveremos.
Pero ese día no era hoy.
El Castillo Infinito temblando, con las diosas luchando por sus almas, con los Titanes derrotados, y con los mortales, allá abajo, soñando con un mundo mejor sin saber que ese sueño costaba sangre divina.
La guerra continuaba.
Pero algo había cambiado.
Los dioses ya no peleaban solo por orden o caos.
Peleaban por recuerdos.
Peleaban por promesas.
Peleaban por un mortal que les había enseñado que hasta el olvido podía encontrar un hogar en la manada.
Y eso, pensó Muhō mientras su daga de sombra se encontraba de nuevo con la armadura de Chitsujo, era más peligroso que cualquier técnica destructiva.
Era esperanza.
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