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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 79

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  3. Capítulo 79 - 79 El Aullido del Alfa
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79: El Aullido del Alfa 79: El Aullido del Alfa El Castillo Infinito se había convertido en un testigo mudo de la batalla más terrible que el omniverso había presenciado desde su creación.

Feral y el Inquisidor se enfrentaban en el centro de aquella prisión dimensional, sus cuerpos moviéndose a velocidades que desafiaban toda lógica.

No peleaban solo con espadas y escudos.

Peleaban con conceptos.

Peleaban con realidades enteras.

Cada choque entre la espada de ébano de Feral y la espada de energía del Inquisidor generaba ondas expansivas que atravesaban las paredes del castillo y se filtraban hacia las dimensiones inferiores.

No eran simples vibraciones.

Eran fracturas en el tejido de la existencia misma.

En un instante, Feral sintió cómo el suelo bajo sus pies desaparecía.

No había caído.

Había sido transportado.

El Castillo Infinito, bajo el control del Inquisidor, había movido la pelea a otro escenario.

Ahora estaban sobre un planeta.

Un mundo rocoso, sin vida, que orbitaba alrededor de una estrella moribunda.

El cielo era negro salpicado de puntos de luz lejanos.

El suelo crujía bajo sus pies.

—¿Ves esto?

—dijo el Inquisidor, señalando el horizonte—.

Un planeta insignificante.

Miles de millones como este existen en cada universo.

Y todos ellos dependen del orden que yo mantengo.

Feral no respondió.

Se lanzó contra él con su espada en alto.

El choque partió el planeta en dos.

Las mitades se separaron lentamente, girando en el vacío mientras la gravedad las desgarraba.

Feral y el Inquisidor ya no estaban allí.

El castillo los había movido de nuevo.

Ahora estaban sobre una estrella.

Una gigante roja, hinchada como un globo a punto de estallar, los recibió con sus llamas.

Feral sintió el calor incluso a través de su armadura de diamante bruñido.

El Inquisidor, en cambio, parecía indiferente.

—Una estrella —dijo, caminando sobre la superficie ardiente como si fuera un jardín—.

Forja de elementos.

Cuna de mundos.

Sin ellas, no habría vida.

Y sin orden, no habría estrellas.

Solo caos.

Solo oscuridad.

Feral levantó su escudo.

Ochenta y dos estrellas brillaron.

La estrella bajo sus pies comenzó a temblar.

—¡Basta de discursos!

—gritó, y golpeó.

El impacto generó una onda expansiva que apagó la estrella.

Su luz se extinguió.

Su calor se disipó.

Y en la oscuridad, los dos guerreros cayeron hacia el siguiente escenario.

Una galaxia.

Espiral, majestuosa, llena de miles de millones de estrellas.

Feral y el Inquisidor flotaban en su centro, rodeados de brazos giratorios que parecían ruedas de carro.

—Una galaxia —dijo el Inquisidor, abriendo los brazos—.

Un simple grano de arena en el desierto del omniverso.

Y sin embargo, contiene más historias de las que podrías contar en mil eras.

Más sueños.

Más dolores.

Más vidas.

Feral apretó la mandíbula.

—Y tú las controlas a todas.

Las aplastas bajo tu orden.

—Las protejo —corrigió el Inquisidor—.

Como un pastor protege a su rebaño.

—Los pastores se comen a las ovejas —respondió Feral, y atacó.

La galaxia se partió en dos.

Sus brazos espirales se desgarraron como telarañas.

Las estrellas se apagaron una tras otra.

Y en medio del caos, los dos guerreros cayeron hacia abajo.

Un universo.

Infinito.

Inabarcable.

Lleno de galaxias, estrellas, planetas, lunas, cometas, asteroides.

Y en cada rincón, vida.

Algunas inteligentes, otras no.

Todas luchando por sobrevivir.

—¿Sientes eso?

—preguntó el Inquisidor—.

La vida.

La esperanza.

El miedo.

Todo lo que los mortales sienten, yo lo siento por ellos.

Y todo lo que sufren, yo lo sufro.

Pero el sufrimiento es necesario.

El sufrimiento forja el carácter.

El sufrimiento enseña.

El sufrimiento…

—El sufrimiento sobra —lo interrumpió Feral—.

Siempre sobra.

Chocaron.

El universo entero tembló.

— Mientras Feral y el Inquisidor destruían realidades enteras con cada golpe, en una sala del Castillo Infinito, dos diosas se enfrentaban con palabras.

Yami, la diosa de la mentira, y Shinjitsu, la diosa de la verdad, se miraban desde los extremos de una mesa redonda.

No había armas.

No hacían falta.

Sus armas eran las ideas.

—Mientes —dijo Shinjitsu—.

Siempre mientes.

Es tu naturaleza.

Es tu esencia.

Yami sonrió.

Era una sonrisa triste.

—Y tú siempre dices la verdad.

Aunque duela.

Aunque destruya.

Aunque no sirva para nada.

Shinjitsu apretó los puños.

—La verdad siempre sirve.

La verdad libera.

—¿Libera?

—Yami se rió, pero su risa era amarga—.

Dime, Shinjitsu, ¿cuándo liberó la verdad a alguien?

¿Cuando le dijiste a un moribundo que iba a morir?

¿Cuando le dijiste a un amante que su pareja le era infiel?

¿Cuando le dijiste a un niño que sus padres ya no volverían?

Shinjitsu bajó la mirada.

—Eso es diferente.

Esa es la verdad cruel.

Pero hay otra verdad.

La verdad que sana.

La verdad que construye.

La verdad que…

—¿Que qué?

—la interrumpió Yami—.

¿Que te hace sentir mejor?

Esa no es la verdad, Shinjitsu.

Esa es una mentira con buena intención.

Y las mentiras con buena intención siguen siendo mentiras.

Shinjitsu levantó la cabeza.

Sus ojos brillaban con lágrimas.

—Entonces, ¿qué propones?

¿Que mintamos siempre?

¿Que vivamos en una fantasía donde todo es bonito y nada duele?

Yami negó con la cabeza.

—No propongo nada.

Solo observo.

La verdad y la mentira no son enemigas.

Son dos caras de la misma moneda.

La verdad duele, pero la mentira consuela.

La mentira engaña, pero la verdad traiciona.

Ninguna es mejor que la otra.

Solo son diferentes.

Shinjitsu se levantó de su silla.

—¡No puedo aceptar eso!

Yo soy la verdad.

Mi existencia se basa en que la verdad es superior.

Si acepto que la mentira tiene el mismo valor, entonces…

entonces…

—Entonces ¿qué?

—preguntó Yami—.

¿Dejas de existir?

¿Te desvaneces?

¿Te conviertes en nada?

Shinjitsu no respondió.

Pero sus lágrimas respondieron por ella.

Yami se levantó también.

Caminó hacia ella con pasos lentos.

—No quiero destruirte, Shinjitsu.

Eres mi amiga.

Siempre lo has sido.

Pero la verdad que defiendes…

esa verdad absoluta, inamovible, eterna…

no existe.

La verdad cambia.

La verdad se transforma.

Lo que hoy es verdad, mañana puede ser mentira.

Y lo que hoy es mentira, mañana puede ser verdad.

Shinjitsu levantó la cara.

—¿Y entonces qué queda?

¿En qué creemos?

¿Por qué luchamos?

Yami extendió su mano.

—Luchamos por lo que elegimos creer.

No porque sea verdad absoluta.

Sino porque es nuestra verdad.

La que construimos juntos.

La que compartimos.

La que nos hace quienes somos.

Shinjitsu miró la mano extendida.

Luego miró los ojos de Yami.

Y por primera vez, vio más allá de la mentira.

Vio el miedo.

La soledad.

El deseo de ser aceptada.

—Tienes miedo —dijo Shinjitsu—.

Miedo de que si digo la verdad, nadie querrá estar conmigo.

Yami bajó la mano.

—Todos tienen miedo, Shinjitsu.

Incluso tú.

—Yo no tengo miedo.

—Mientes.

Shinjitsu sonrió.

Era una sonrisa triste, cansada, derrotada.

—Sí.

Miento.

Y en ese momento, Yami la abrazó.

No con violencia.

Con ternura.

Y cuando sus cuerpos se fundieron, cuando sus esencias se mezclaron, algo nuevo nació.

No era verdad.

No era mentira.

Era algo más grande.

Algo más complejo.

Algo que contenía ambas y las trascendía.

Yami abrió los ojos.

Su cuerpo brillaba con una luz nueva.

Su atributo había cambiado.

Ya no era solo la diosa de la mentira.

Ahora era la diosa de la interpretación.

La que podía ver todas las versiones de la verdad y elegir cuál contar.

—Gracias, amiga —susurró, mientras las cenizas de Shinjitsu se disipaban en el aire—.

Tu verdad vivirá en mí.

Como parte de mi mentira.

— En el centro del omniverso, la batalla continuaba.

Feral y el Inquisidor habían atravesado ya incontables realidades.

Universos enteros habían quedado reducidos a escombros tras su paso.

Multiversos enteros se habían fracturado como espejos rotos.

Megaversos enteros habían implosionado bajo el peso de su conflicto.

Ahora estaban en el borde del omniverso.

El lugar donde las veintidós hiperdimensiones se encontraban y se separaban al mismo tiempo.

Un lugar que no era un lugar.

Un tiempo que no era un tiempo.

—¿Hasta cuándo piensas seguir, mortal?

—preguntó el Inquisidor, su ropa blanca manchada de sangre—.

¿Hasta que no quede nada?

¿Hasta que el omniverso entero sea polvo?

Feral respiró hondo.

Su armadura estaba agrietada.

Su escudo, aunque brillaba con ochenta y dos estrellas, mostraba señales de fatiga.

Su espada de ébano tenía melladuras por todas partes.

—Hasta que gane —dijo—.

O hasta que muera.

El Inquisidor negó con la cabeza.

—Esa es la diferencia entre nosotros.

Yo no puedo morir.

Soy el orden.

Mientras exista una sola regla, un solo límite, una sola frontera, yo existiré.

Tú, en cambio…

tú eres solo un mortal.

Y los mortales…

—Los mortales recordamos —lo interrumpió Feral—.

Los mortales amamos.

Los mortales luchamos.

Los mortales cambiamos.

Cerró los ojos.

Y por un instante, recordó todo.

A Leo.

A Perla.

A Viktor.

A Retza.

A Muhō.

A María.

A Yami.

A los Titanes.

A todos los que habían creído en él.

A todos los que habían muerto para que él pudiera estar allí.

Y entonces aulló.

No fue un aullido de lobo.

Fue el aullido del Alfa.

El que llama a su manada.

El que unifica.

El que convierte todo lo que toca en parte de sí mismo.

El sonido se expandió más allá del omniverso.

Atravesó las veintidós hiperdimensiones como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla.

Llegó a los megaversos, a los multiversos, a los universos, a las galaxias, a las estrellas, a los planetas.

Llegó a los mortales que sufrían en la pobreza, a los que lloraban la pérdida de sus seres queridos, a los que soñaban con un mundo mejor.

Y todos ellos respondieron.

No con palabras.

Con sentimientos.

Con esperanza.

Con el deseo profundo de ser parte de algo más grande que ellos mismos.

El Castillo Infinito comenzó a temblar.

No porque el Inquisidor lo ordenara.

Sino porque algo más poderoso que el orden lo estaba desafiando.

—¿Qué…

qué estás haciendo?

—preguntó el Inquisidor, por primera vez con miedo en la voz.

—Lo que tú nunca pudiste —respondió Feral—.

Convertir el omniverso en mi manada.

El Castillo Infinito se derrumbó.

No en ruinas.

En sumisión.

Cada pared, cada puerta, cada pasadizo se inclinó ante Feral como un lobo se inclina ante su alfa.

El laberinto de locura se convirtió en una fortaleza de unidad.

Y todas las armas de esa fortaleza apuntaron a un solo enemigo.

El Inquisidor.

—Ahora —dijo Feral—, pelea contra todos nosotros.

Pero el Inquisidor no retrocedió.

En lugar de eso, levantó su espada hacia el cielo del omniverso y comenzó a cargar energía.

No era una técnica cualquiera.

Era la culminación de dos eras de tiranía.

Dos eras de orden impuesto.

Dos eras de sufrimiento silenciado.

—¡Ráfaga del Juicio Final: Aniquilación del Orden Supremo!

La espada se convirtió en un rayo de energía espesa, densa, casi sólida.

No era luz cortante.

Era peso puro.

Era la presión de incontables reglas aplastando todo lo que encontraban a su paso.

El rayo impactó contra la fortaleza que Feral había creado.

Y la atravesó como si fuera papel.

La hiperdimensión número veintiuno, el dominio del Inquisidor, fue la primera en colapsar.

Sus paredes de tiempo solidificado se derritieron como cera.

Sus suelos de espacio comprimido se evaporaron como agua en un horno.

Los dioses que aún peleaban en su interior sintieron cómo la realidad se desgarraba a su alrededor.

La hiperdimensión número veinte, la ciudad de los dioses, fue la siguiente.

Sus calles se partieron.

Sus templos se derrumbaron.

Los pocos mortales que habían logrado llegar hasta allí huyeron despavoridos mientras el cielo se teñía de negro.

Los megaversos comenzaron a colapsar.

No todos, pero suficientes como para que el equilibrio del omniverso se tambaleara.

Civilizaciones enteras desaparecieron en un instante.

No con dolor.

Con el simple cese de existir.

Los multiversos se desgarraron como telas viejas.

Realidades paralelas que habían coexistido durante eones se separaron para siempre.

Universos enteros quedaron aislados, sin conexión con nada más.

Y los universos…

los pobres universos…

sintieron el impacto como un terremoto en sus cimientos.

Las leyes de la física se volvieron inconsistentes.

La gravedad fallaba aquí, la velocidad de la luz cambiaba allá, el tiempo avanzaba o retrocedía sin control.

Los mortales, allá abajo, no entendían qué estaba pasando.

Solo sentían que algo andaba mal.

Que el mundo se había vuelto frágil.

Que cualquier cosa podía romperse en cualquier momento.

Una madre sostenía a su hijo.

Un anciano miraba al cielo.

Una niña rezaba a dioses que ya no podían escucharla.

La guerra no había terminado.

Pero el omniverso estaba muriendo.

En el centro del colapso, Feral y el Inquisidor se miraban fijamente.

El primero tenía su escudo levantado, las ochenta y dos estrellas brillando con una intensidad que dolía mirarlas.

El segundo tenía su espada humeante, la energía aún reverberando en su hoja.

—¿Ves lo que has causado?

—preguntó el Inquisidor—.

¿Ves el sufrimiento que tu rebelión ha traído?

—No —respondió Feral—.

Veo el sufrimiento que tu orden ha causado durante dos eras.

Y veo el fin de ese sufrimiento.

Se lanzaron el uno contra el otro por última vez.

El choque fue tan violento que la hiperdimensión número veinte se partió en dos.

La ciudad de los dioses, aquel lugar que había sido el hogar de los seres más poderosos del omniverso, quedó reducida a escombros flotantes en el vacío.

Y en medio de los escombros, dos figuras seguían enfrentadas.

El capítulo se cerró con el omniverso desangrándose, los dioses luchando en la oscuridad, y los mortales soñando con un amanecer que tal vez nunca llegaría.

La guerra continuaba.

Pero algo había cambiado.

El Castillo Infinito había caído.

El orden del Inquisidor se había resquebrajado.

Y en algún lugar, en medio del caos, un lobo aullaba llamando a su manada.

El siguiente choque lo decidiría todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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