Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 80
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80: La Ciudad de Cristal 80: La Ciudad de Cristal La hiperdimensión número diecinueve se extendía ante ellos como un sueño roto.
Había sido hermosa, una vez.
Una ciudad de cristal donde los dioses y los mortales más avanzados convivían en una armonía que parecía eterna.
Las torres de vidrio iridiscente se elevaban hacia un cielo de amatista, y los puentes de luz conectaban edificios que parecían flotar en el aire.
Los mortales que habitaban este lugar habían alcanzado un desarrollo tecnológico que les permitía viajar entre estrellas, manipular la materia a nivel cuántico y comunicarse a través de dimensiones.
Y sin embargo, seguían necesitando dioses.
Seguían arrodillándose en templos de silicio y oro, ofreciendo plegarias a seres que consideraban superiores.
Pero la guerra había llegado hasta aquí.
Las explosiones que habían destruido las hiperdimensiones veintidós, veintiuna y veinte habían enviado ondas expansivas que atravesaron el tejido de la realidad como un puño atraviesa un espejo.
La ciudad de cristal ahora estaba hecha pedazos.
Torres derrumbadas.
Puentes partidos.
Templos reducidos a escombros.
Y entre los restos, los mortales supervivientes se arrastraban como hormigas después de una tormenta, buscando a sus muertos, tratando de entender qué había pasado.
En medio de aquel paisaje de desolación, Feral y el Inquisidor se enfrentaban en un silencio roto solo por el crujir de los cristales bajo sus pies.
Sus armaduras estaban destrozadas.
La de Feral, que una vez había brillado como diamante bruñido, ahora mostraba grietas profundas por las que se filtraba una luz tenue.
El casco de lobo antiguo tenía la quijada rota, y su ojo izquierdo había sido reemplazado por una cicatriz aún fresca.
El escudo de ochenta y dos estrellas seguía intacto, pero sus estrellas parpadeaban como velas a punto de apagarse.
El Inquisidor no estaba mejor.
Su ropa blanca, antes impecable, ahora colgaba en jirones ensangrentados.
Su rostro de anciano cansado mostraba heridas que no terminaban de cicatrizar.
Su espada de energía, que había sido un rayo de orden puro, ahora titilaba inestable como una llama en medio de un huracán.
—Esto no ha terminado —dijo el Inquisidor, y por primera vez su voz sonó a humano.
Cansada.
Frágil.
Casi derrotada.
—Lo sé —respondió Feral—.
Apenas empieza.
En una plaza derruida, bajo la sombra de una torre partida, María, la diosa de la locura, se enfrentaba a Sensō, el dios de la guerra.
No era un combate físico.
Era un combate de ideas.
De experiencias.
De pecados.
—Te conozco, María —dijo Sensō, su cuerpo vibrando con violencia contenida—.
Conozco tu historia.
Conozco lo que hiciste.
Conozco a quién amaste.
María no retrocedió.
Sus ojos, normalmente brillantes de locura, ahora estaban apagados.
Serios.
Llenos de una tristeza que llevaba siglos oculta.
—Amé al Inquisidor —dijo, y su voz no tembló—.
Lo amé con todo mi ser.
Con toda mi locura.
Con todo lo que era.
Sensō sonrió.
Era una sonrisa cruel, llena de juicio.
—Y él te usó.
Te manipuló.
Te convirtió en su arma.
Contigo y con Omega, sembró la destrucción.
Millones de megaversos ardieron porque tú estabas enamorada.
Miles de millones de razas destruidas porque no supiste ver más allá de tu propio deseo.
María cerró los ojos.
Los recuerdos la golpearon como olas en un acantilado.
Recordó cuando el Inquisidor la había tomado de la mano por primera vez.
Había sido en un jardín de flores de cristal, bajo una luna de tres colores.
Él le había susurrado al oído que ella era especial, que su locura era hermosa, que juntos podrían crear un mundo mejor.
Recordó cuando él le pidió que destruyera su primer mundo.
Una raza rebelde, le dijo.
Gente que no quería seguir el orden.
Había llorado mientras las llamas consumían todo.
Pero él la había abrazado y le había dicho que estaba bien, que el dolor era parte del crecimiento, que algún día lo entendería.
Recordó cuando la locura comenzó a consumirla del todo.
Cuando ya no podía distinguir entre el amor y la obediencia.
Cuando su voluntad se convirtió en un eco de la de él.
Cuando dejó de ser María y se convirtió en su marioneta.
Y recordó el día que conoció a Yami.
La diosa de la mentira.
La que le había dicho la verdad más hermosa que jamás había escuchado: no estás sola.
—Sí —dijo María, abriendo los ojos—.
Hice todo eso.
Fui cómplice.
Fui víctima.
Fui verdugo.
No puedo cambiarlo.
No puedo deshacerlo.
Pero puedo elegir, hoy, en este momento, qué quiero ser de ahora en adelante.
Sensō levantó su espada.
—Las palabras son bonitas.
Pero los hechos hablan más fuerte.
¿Qué has hecho desde que te liberaste de él?
¿Qué has hecho para redimirte?
María sonrió.
Y su sonrisa no era de locura.
Era de paz.
—Acompañé a un mortal hasta el corazón del olvido.
Vi cómo abrazaba a su enemigo en lugar de destruirlo.
Aprendí que la locura no es solo destrucción.
También es creación.
También es amor.
También es libertad.
Sensō dudó.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
María avanzó hacia él.
No con violencia.
Con ternura.
Con la misma ternura con la que Yami la había abrazado cuando todo parecía perdido.
—No quiero destruirte, Sensō.
Quiero que entiendas.
La guerra que tú representas, esa violencia sin fin, ese conflicto perpetuo…
no es inevitable.
Se puede elegir la paz.
Se puede elegir el amor.
Se puede elegir dejar de pelear.
Sensō bajó su espada.
Sus ojos, antes llenos de furia, ahora mostraban algo parecido a la confusión.
—¿Y si no sé cómo?
—preguntó, y su voz era la de un niño asustado, no la de un dios de la guerra—.
He sido la guerra desde mi creación.
No conozco otra cosa.
María lo abrazó.
—Entonces aprende.
Como yo.
Como todos.
Nadie nace sabiendo.
Nadie está condenado a ser lo que fue.
La locura me enseñó eso.
La locura me enseñó que todo puede cambiar.
Siempre.
Incluso cuando parece imposible.
Sensō tembló en sus brazos.
Y luego, lentamente, su espada se disolvió en el aire.
Su armadura de guerra se desvaneció.
Y por primera vez en su existencia, el dios de la guerra sintió algo que no era violencia.
Sintió paz.
— Mientras María redimía a Sensō en la plaza derruida, el Inquisidor alzaba su espada hacia el cielo de amatista de la hiperdimensión diecinueve.
—Has sido un adversario digno, mortal —dijo, y su voz había recuperado algo de su antigua calma—.
Pero esto termina ahora.
Feral se puso en guardia.
Su espada de ébano temblaba en su mano.
Su escudo de ochenta y dos estrellas brillaba con la poca energía que le quedaba.
—No tengas miedo —dijo—.
Te prometo que no dolerá.
El Inquisidor sonrió.
Era una sonrisa triste.
Casi humana.
—No es para ti.
Es para ellos.
Y entonces, sin previo aviso, el Inquisidor ejecutó su técnica final.
—¡Prisión del Deseo: El Omniverso que Siempre Quisiste!
Su espada se fragmentó en miles de pedazos que se esparcieron por el aire como mariposas de luz.
Cada fragmento viajó a través de las dimensiones, encontrando a cada uno de los aliados de Feral, a cada uno de los dioses que habían osado desafiarlo.
Y entonces, la realidad se reconfiguró.
— Retza, la diosa del amor, abrió los ojos y se encontró en una cabaña en medio de un bosque de flores.
Feral estaba a su lado, sin armadura, sin cicatrices, sin el peso de la guerra sobre sus hombros.
Él la miró y sonrió.
—Terminó —dijo—.
Todo terminó.
El Inquisidor cayó.
La guerra se acabó.
Ahora podemos vivir en paz.
Retza sintió una alegría inmensa.
Era lo que siempre había deseado.
Un hogar.
Un amor tranquilo.
Un futuro sin miedo.
Pero algo en el fondo de su corazón le susurraba que no era real.
Decidió ignorarlo.
— Muhō, la diosa de la anarquía, abrió los ojos y se encontró en un mundo sin reglas.
Sin dioses.
Sin amos.
Cada ser era libre de hacer lo que quisiera, cuando quisiera, como quisiera.
No había prisiones.
No había leyes.
No había nadie diciéndole qué podía o no podía hacer.
—Esto es perfecto —dijo, y su sonrisa era más amplia que nunca.
Pero en algún rincón de su mente, una voz susurraba que la anarquía sin límites no es libertad.
Es caos.
Y el caos, cuando no hay nadie que lo contenga, también puede ser una cárcel.
Decidió no escucharla.
— María, la diosa de la locura, abrió los ojos y se encontró en una habitación blanca.
Limpia.
Ordenada.
Sin ruidos.
Sin voces.
Sin los susurros que la habían atormentado durante siglos.
—Por fin —susurró—.
Por fin estoy curada.
Pero la calma era tan absoluta que dolía.
La ausencia de locura no era paz.
Era vacío.
Y el vacío, pensó antes de que su mente se apagara del todo, también es una forma de locura.
Decidió no pensarlo más.
— Yami, la diosa de la interpretación, abrió los ojos y se encontró en una biblioteca infinita.
Cada libro contenía una verdad.
Cada verdad era absoluta.
No había mentiras.
No había dudas.
Solo hechos.
—La verdad por fin —dijo, y su voz temblaba—.
La verdad que siempre busqué.
Pero mientras hojeaba los libros, se dio cuenta de que las verdades eran frías.
No tenían matices.
No tenían contexto.
No tenían corazón.
Y la verdad sin corazón, pensó, no es verdad.
Es dogma.
Decidió cerrar los libros.
— Kaosu, el dios del caos, abrió los ojos y se encontró en un universo donde todo era posible.
Las leyes de la física cambiaban a cada instante.
La realidad se plegaba y desplegaba como un acordeón.
No había límites.
No había fronteras.
No había nada que no pudiera ser.
—Libertad absoluta —dijo, y su voz era un susurro de asombro.
Pero la libertad absoluta, se dio cuenta mientras intentaba aferrarse a algo, es idéntica a la nada.
Sin límites, no hay dirección.
Sin fronteras, no hay identidad.
Sin reglas, no hay juego.
Decidió que el caos también necesita un poco de orden para ser interesante.
— Kibō, la esperanza, abrió los ojos y se encontró en un mundo donde todos los deseos se cumplían.
No había pobreza.
No había enfermedad.
No había guerra.
Todos los mortales eran felices, todos los dioses eran bondadosos, todo era perfecto.
—El paraíso —susurró Kibō, con lágrimas en los ojos.
Pero el paraíso sin lucha, sin crecimiento, sin el dolor de superarse a uno mismo, se dio cuenta mientras observaba las sonrisas vacías de los mortales, no es paraíso.
Es una jaula de oro.
Decidió que la esperanza necesita obstáculos para ser esperanza.
— Uno por uno, los aliados de Feral fueron atrapados en sus propios deseos.
Encerrados en realidades que parecían perfectas, pero que eran prisiones más efectivas que cualquier cadena.
El Inquisidor había ganado.
—¿Ves, mortal?
—dijo, mirando a Feral con una sonrisa cansada—.
No necesito destruirlos.
Solo necesito darles lo que quieren.
Y nunca querrán salir.
Feral observó a sus aliados.
Los vio sonreír en sus sueños.
Los vio abrazar sus ilusiones.
Los vio perderse en un mundo que no era real.
Y sintió algo que no había sentido en toda la guerra.
Miedo.
No por él.
Por ellos.
—¿Y yo?
—preguntó—.
¿Qué deseo me vas a dar?
El Inquisidor negó con la cabeza.
—Tú no tienes deseos, Feral.
Solo tienes deberes.
Recuerdos.
Promesas.
Por eso eres peligroso.
Por eso tengo que destruirte.
Levantó su mano.
La energía comenzó a acumularse en su palma.
—Pero antes, quiero que veas.
Quiero que veas cómo tus amigos son felices sin ti.
Quiero que veas cómo el mundo sigue girando sin tu lucha.
Quiero que veas que todo lo que has hecho, todo lo que has sacrificado, todo lo que has sufrido…
no ha servido para nada.
Feral apretó los dientes.
—No me rendiré.
—Lo sé —dijo el Inquisidor—.
Por eso esto será tan divertido.
Y la batalla continuó.
Pero ahora, Feral peleaba solo.
Sus aliados estaban atrapados en sus propios sueños.
Y el omniverso, herido y sangrante, esperaba el desenlace.
la ciudad de cristal desmoronándose bajo el peso de la guerra, los dioses atrapados en ilusiones, y un mortal solitario enfrentándose al tirano que había esclavizado la creación durante dos eras.
La esperanza, pensó Kibō antes de perderse en su paraíso falso, no es solo desear.
Es luchar.
Y si dejas de luchar, dejas de esperar.
Pero ya era tarde.
La prisión del deseo había cerrado sus puertas.
Y nadie, excepto Feral, parecía querer salir.
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