Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 81
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81: El Tejido Roto de la Realidad 81: El Tejido Roto de la Realidad El Inquisidor observó a Feral con una mezcla de respeto y frustración.
Sus aliados habían caído uno tras uno en la Prisión del Deseo, atrapados en sueños tan perfectos que ninguno quería despertar.
Pero el mortal seguía en pie.
Su armadura rota, su escudo parpadeante, su espada mellada, pero en pie.
—No entiendo —dijo el Inquisidor, y su voz ya no era la del tirano omnipotente, sino la de un anciano que ve cómo su vida se desmorona—.
Todos tienen un deseo.
Todos quieren algo.
Tú también debes querer algo.
¿La paz?
¿El amor?
¿La venganza?
Feral no respondió.
Solo levantó su espada.
—Muy bien —suspiró el Inquisidor—.
Si no me dices qué quieres, te lo mostraré.
Extendió su mano.
La realidad se onduló como un espejo de agua.
Feral abrió los ojos y estaba en una cabaña.
No la cabaña de sus sueños, sino una real, con paredes de madera y un techo de paja.
El sol entraba por la ventana.
Olía a pan recién horneado.
Y Retza estaba a su lado, con su cabello negro azabache suelto sobre los hombros, sin armadura, sin cicatrices, sonriendo.
—Despertaste, mi amor —dijo ella, y su voz era música—.
El desayuno está listo.
Feral sintió un tirón en el pecho.
Era hermoso.
Era perfecto.
Era todo lo que siempre había querido.
Pero su armadura se calentó.
Las grietas en el diamante bruñido emitieron un brillo tenue.
No era un brillo de advertencia.
Era un brillo de reconocimiento.
Su armadura, forjada por ochenta y dos dioses, podía detectar las fluctuaciones en el tejido de la realidad.
Y esta realidad, por más perfecta que pareciera, tenía un fallo.
No era el sonido.
No era el olor.
No era la textura de la madera.
Era algo más sutil.
Era la ausencia de memoria.
En esta realidad, Feral no recordaba la guerra.
No recordaba el olvido.
No recordaba a sus amigos muertos.
Y sin esos recuerdos, el amor por Retza no era el mismo.
Era un amor vacío.
Un amor sin historia.
—No —dijo Feral, y su voz rompió el espejismo como una piedra rompe un espejo.
Retza, la cabaña, el sol, todo desapareció.
El Inquisidor frunció el ceño.
—Interesante.
Tu armadura te permite detectar inconsistencias dimensionales.
La realidad se reconfiguró.
Ahora Feral estaba en una ciudad vibrante, llena de gente riendo.
Leo estaba a su lado, vivo, bebiendo una cerveza en una terraza.
Perla reía con sus amigos.
Viktor contaba un chiste.
No había guerra.
No había olvido.
Omega nunca había existido.
—Oye, Feral —dijo Leo, dándole una palmada en la espalda—, ¿estás bien?
Te ves raro.
Feral sintió un nudo en la garganta.
Leo.
Su amigo.
El que había muerto con el corazón arrancado.
Estaba allí, sonriendo, vivo.
Pero su escudo de ochenta y dos estrellas comenzó a vibrar.
Las estrellas, cada una representando un dios que había absorbido, parpadeaban con furia.
No era un escudo pasivo.
Era un escudo que había aprendido a reconocer las mentiras del Inquisidor.
Y esta realidad, por más feliz que pareciera, era una mentira.
Porque sin Omega, Feral nunca habría conocido a Retza.
Sin Omega, los Titanes seguirían encadenados.
Sin Omega, el olvido nunca habría sido abrazado.
Sin Omega, Feral no sería quien era.
—No puedo aceptar una felicidad que borra mi dolor —dijo Feral, y su espada de ébano cortó el aire.
La realidad se desgarró como un telón.
El Inquisidor insistió.
Creó una realidad donde Feral era un niño, y una mujer de piel blanca y ojos amables lo abrazaba.
Su madre.
La que había muerto cuando él era apenas un bebé.
La que nunca había conocido.
—Hijo mío —susurró la mujer—.
Te he extrañado tanto.
Feral sintió cómo sus piernas temblaban.
Era su madre.
La reconocía sin haberla visto nunca.
Era el aroma.
Era el latido de su corazón.
Era la forma en que lo miraba.
Pero su armadura, su escudo y su espada actuaron al unísono.
Las tres piezas de su equipamiento resonaron con una frecuencia que solo él podía oír.
Era la frecuencia de la verdad.
La frecuencia de lo real.
—Eres hermosa —dijo Feral, con lágrimas en los ojos—.
Y te quiero.
Pero no eres real.
La mujer se desvaneció entre sus brazos.
El Inquisidor retrocedió un paso.
Por primera vez, algo parecido al miedo apareció en su rostro.
—¿Cómo lo haces?
—preguntó—.
He creado realidades perfectas.
He borrado tus heridas.
He cumplido tus deseos más profundos.
Y tú las rechazas una a una.
—Porque no son mías —respondió Feral—.
Mis deseos no son vivir feliz.
Mis deseos son que todos puedan vivir felices.
Incluso tú.
El Inquisidor rió.
Era una risa amarga, rota.
—¿Incluso yo?
¿Después de todo lo que he hecho?
—Sí —dijo Feral—.
Porque hasta un tirano puede encontrar un lugar en la manada.
El Inquisidor dejó de reír.
Su rostro se volvió serio.
Frío.
Absolutamente calculador.
—Entonces no te daré lo que quieres.
Te quitaré lo que eres.
El Inquisidor cerró los ojos.
Cuando los abrió, su cuerpo comenzó a brillar con una luz que no era luz.
Era tiempo.
Era la manifestación física de todas las líneas temporales que había controlado durante dos eras.
—Técnica del Inquisidor: Reescritura de la Historia.
Extendió sus manos.
Y el tiempo comenzó a reescribirse.
En una línea temporal lejana, en un planeta pobre y polvoriento, una mujer daba a luz a un niño.
Era Feral.
El Inquisidor apareció en esa línea temporal como una sombra.
Extendió su mano para aplastar la cabeza del recién nacido.
Pero la capa de Feral, la que había permanecido sobre sus hombros durante toda la guerra, se movió.
No era una capa cualquiera.
Era un artefacto dimensional, forjado por los 80 diose en el olvido, capaz de detectar cualquier cambio en el tejido del tiempo.
Cuando el Inquisidor intentó matar a Feral bebé, la capa lo transportó a él mismo, adulto, a esa línea temporal.
Feral apareció frente al Inquisidor, espada en mano.
—No funcionará —dijo—.
Mi capa me protege.
El Inquisidor retrocedió, confundido.
—¿Tu capa?
¿Esa simple prenda?
—No es simple —respondió Feral—.
Es el manto de los dioses.
Tejido con hilos de hiperdimensiones.
Capaz de moverse entre líneas temporales como un barco se mueve entre olas.
El Inquisidor probó de nuevo.
Esta vez, modificó la línea temporal donde Feral conocía a Retza y a los demás dioses.
Hizo que nunca llegara a la aldea.
Hizo que nunca despertara sus poderes.
Hizo que viviera como un mortal común, sin saber nada de la guerra.
Pero la capa de Feral brilló.
Y Feral, desde su posición atemporal, saltó a esa nueva línea temporal, encontró a su yo mortal, y le susurró al oído: recuerda.
El yo mortal, confundido, sintió un escalofrío.
Y aunque no entendió por qué, decidió viajar a la aldea.
El destino se reconfiguró.
El encuentro ocurrió de todas formas.
El Inquisidor rugió de frustración.
El Inquisidor, desesperado, intentó borrar el planeta donde Feral había nacido.
No matar a sus habitantes.
No destruir su civilización.
Borrar su existencia de la línea temporal.
Hacer que nunca hubiera sido formado por la acumulación de polvo estelar.
La hiperdimensión número diecinueve tembló.
El planeta de Feral, en una línea temporal lejana, comenzó a desvanecerse como un sueño al despertar.
Pero la capa de Feral actuó de nuevo.
Esta vez, no lo transportó a él.
Transportó el planeta entero.
Lo sacó de su línea temporal y lo colocó en un bolsillo dimensional seguro, fuera del alcance del Inquisidor.
—No puedes borrar lo que no puedes encontrar —dijo Feral.
—¿Qué eres?
—susurró—.
¿Qué eres para resistir tanto?
La acausalidad Feral sintió cómo algo cambiaba dentro de él.
No era un poder nuevo.
Era una comprensión nueva.
Su capa, su armadura, su escudo, su espada…
no eran solo herramientas.
Eran extensiones de su voluntad.
Y su voluntad, después de tanto luchar, tanto perder, tanto recordar, había alcanzado un estado que ningún dios había alcanzado antes.
La acausalidad.
—¿Sabes qué es la acausalidad?
—preguntó Feral, caminando hacia el Inquisidor.
El tirano levantó la cabeza, sus ojos llenos de odio y miedo.
—Es la capacidad de existir fuera de la causa y el efecto.
De ser independiente del tiempo.
De no depender de ninguna línea temporal para ser quien eres.
—Exacto —dijo Feral—.
Y eso es lo que soy ahora.
No porque un dios me lo haya dado.
No porque una técnica me lo haya enseñado.
Sino porque he vivido tantas vidas, recordado tantas muertes, abrazado tanto dolor, que ya no estoy atado a ninguna de ellas.
Levantó su espada de ébano.
La hoja, antes mellada y rota, ahora brillaba con una luz que no venía de ningún lugar.
Venía de él.
—Soy el que recuerda.
Y los recuerdos no tienen tiempo.
Los recuerdos son eternos.
El Inquisidor intentó huir.
Intentó saltar a otra línea temporal, a otra realidad, a otro rincón del omniverso.
Pero Feral ya estaba allí.
No porque se moviera más rápido.
Sino porque, al ser acausal, estaba en todas partes al mismo tiempo.
Desde la dimensión temporal más lejana, desde el punto donde el tiempo aún no había comenzado a fluir, Feral apareció frente al Inquisidor.
Su espada de ébano atravesó el costado del tirano.
No fue un golpe mortal.
Fue un aviso.
—Esto no ha terminado —dijo Feral, mientras la sangre del Inquisidor manchaba su espada—.
Pero ahora sabes que no puedes huir.
No puedes esconderte.
No puedes reescribirme.
El Inquisidor cayó al suelo, sujetándose la herida.
Su rostro, antes sereno y calculador, ahora era una máscara de dolor y derrota.
—¿Qué quieres de mí?
—preguntó—.
¿Matarme?
¿Absorberme?
¿Convertirme en parte de tu manada?
Feral negó con la cabeza.
—Quiero que entiendas.
El orden que defiendes no es malo porque sí.
Es malo porque no deja espacio para el cambio.
Y sin cambio, no hay vida.
Sin vida, no hay amor.
Sin amor, no hay nada.
El Inquisidor rió.
Era una risa débil, quebrada.
—Eres ingenuo, mortal.
El cambio trae caos.
El caos trae sufrimiento.
El sufrimiento trae muerte.
—La muerte también es parte de la vida —respondió Feral—.
Y el sufrimiento también puede ser maestro.
Se dio la vuelta.
Su capa flotó tras él como una bandera de esperanza.
—Prepárate, Inquisidor.
La batalla continúa.
Pero ahora sabes que no estás peleando contra un mortal.
Estás peleando contra alguien que ya no está sujeto a tus reglas.
El Inquisidor se levantó lentamente.
Su herida humeaba.
Su ropa blanca estaba manchada de rojo.
Pero su mirada, aunque dolida, seguía siendo la de un tirano.
—Esto no ha terminado —dijo, repitiendo las palabras de Feral—.
Apenas comienza.
los dos guerreros enfrentados en la hiperdimensión número diecinueve, la ciudad de cristal desmoronándose a su alrededor, los aliados atrapados en sus sueños, y el omniverso conteniendo el aliento.
La guerra continuaba.
Pero ahora, por primera vez, el Inquisidor sabía que podía perder.
Y ese conocimiento, pensó Feral mientras alzaba su espada, era más peligroso que cualquier técnica.
Porque el miedo a perder hace cometer errores.
Y los errores, en una batalla entre titanes, pueden significar la diferencia entre la tiranía y la libertad.
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