Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 82
- Inicio
- Hasta los dioses se arrodillan
- Capítulo 82 - 82 El Orden Devora a sus Hijos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
82: El Orden Devora a sus Hijos 82: El Orden Devora a sus Hijos El Inquisidor se levantó sobre los escombros de la hiperdimensión número diecinueve.
La ciudad de cristal, que alguna vez fue el orgullo de dioses y mortales por igual, ahora era un cementerio de torres derrumbadas y puentes partidos.
Los supervivientes, aquellos mortales avanzados que habían logrado escapar de las explosiones, miraban desde las sombras con ojos llenos de terror.
No entendían qué estaba pasando.
Solo sabían que sus dioses estaban peleando, y que el mundo se estaba desmoronando.
El Inquisidor alzó su espada hacia el cielo fracturado.
Su rostro, antes sereno y paternal, ahora era una máscara de dolor y furia contenida.
Pero no era la furia del tirano que quiere aplastar a sus enemigos.
Era la furia del mártir que cree que sus sacrificios no han sido valorados.
—¡Escuchadme, dioses y mortales!
—gritó, y su voz resonó a través de las hiperdimensiones como un trueno—.
Yo no quería esto.
Yo nunca quise esto.
Solo quería orden.
Solo quería que la creación no se autodestruyera.
¿Y cómo me pagáis?
¿Con rebelión?
¿Con caos?
¿Con un mortal que se cree más sabio que los dioses?
Feral lo miró fijamente.
Su espada de ébano temblaba en su mano.
Su escudo de ochenta y dos estrellas parpadeaba débilmente.
Su capa de los Titanes ondeaba con la brisa dimensional.
—No eres una víctima —dijo Feral, con voz firme—.
Eres un verdugo que se disfraza de salvador.
El Inquisidor sonrió.
Era una sonrisa triste, cansada, rota.
—Eso diría alguien que no ha visto lo que yo he visto.
Alguien que no ha cargado con el peso de mantener el equilibrio.
Alguien que no ha tenido que elegir entre salvar a millones o condenar a miles.
Bajó su espada y la clavó en el suelo de cristal roto.
Las grietas se extendieron como telarañas.
—Pero ya no más.
Si los dioses no siguen las reglas, yo los obligaré.
Si los mortales no respetan el orden, yo los someteré.
No porque sea un tirano.
Porque soy el único dispuesto a ensuciarse las manos para que otros puedan vivir en paz.
Feral sintió un escalofrío.
No era miedo.
Era la certeza de que el Inquisidor realmente creía lo que decía.
Y los dictadores que creen en su propia justicia son los más peligrosos de todos.
—¡Técnica del Inquisidor: El Abrazo del Orden!
La espada del Inquisidor explotó en una luz cegadora.
No era una luz cálida.
Era una luz fría, calculadora, absoluta.
Se expandió en todas direcciones, atravesando las paredes de la hiperdimensión diecinueve, filtrándose hacia los niveles superiores e inferiores.
Feral levantó su escudo, preparado para bloquear cualquier ataque.
Pero no fue un ataque físico.
Fue algo mucho más terrible.
El Inquisidor no atacaba con energía.
Atacaba con esencia.
Comenzó con los leales.
Chitsujo, el orden personificado, fue el primero.
Su armadura de plata se desvaneció como humo.
Su cuerpo se volvió transparente, luego brillante, luego nada.
No gritó.
No tuvo tiempo.
Su esencia, su alma divina, fue absorbida por la espada del Inquisidor como agua por una esponja.
Kariostros fue el siguiente.
El tejedor de destinos intentó huir, saltando entre líneas temporales, pero el Abrazo del Orden no respetaba el tiempo.
Lo alcanzó en el pasado, en el presente, en el futuro.
Lo absorbió todo.
Khronos, el dios del tiempo, intentó envejecer la técnica, hacer que se desvaneciera antes de llegar a él.
Pero el orden no envejece.
El orden es eterno.
Khronos desapareció con una expresión de sorpresa en su rostro.
Cirus, Hitsuyōsei, Fukushū, Zetsubō, Seigi, Sensō, Osore, Fusei.
Uno tras otro, los dioses leales que habían servido al Inquisidor durante dos eras fueron absorbidos por su propia técnica.
No hubo piedad.
No hubo distinción.
El orden devoraba a sus propios hijos.
Luego llegó el turno de los rebeldes.
Muhō fue la primera.
La diosa de la anarquía estaba en medio de su combate contra Nikushimi cuando sintió cómo su esencia comenzaba a desgarrarse.
Miró a sus manos, vio cómo se volvían transparentes, y sonrió.
—Al final —susurró—, el orden siempre gana.
No fue resignación.
Fue ironía.
Porque Muhō, incluso en su último momento, se negó a tomarse en serio a sí misma.
María sintió cómo la locura se desvanecía de su mente.
Por primera vez en siglos, estuvo completamente cuerda.
Y en esa cordura, entendió todo.
Entendió por qué el Inquisidor hacía lo que hacía.
Entendió por qué ella lo había amado.
Entendió por qué debía morir.
—Gracias —dijo, antes de desaparecer—.
Gracias por mostrarme la verdad.
Yami, la diosa de la interpretación, intentó usar su poder para reinterpretar la técnica, para convertirla en algo que no la absorbiera.
Pero el orden no se interpreta.
El orden se acata o se muere.
Yami murió con una sonrisa en los labios, porque al menos había tenido tiempo de despedirse de Shinjitsu.
Kibō, la esperanza, fue el más difícil de absorber.
La esperanza no se rinde fácilmente.
Luchó contra la técnica con cada fibra de su ser, aferrándose a la posibilidad de que todo saldría bien.
Pero el orden no entiende de posibilidades.
El orden entiende de certezas.
Y la certeza era que Kibō iba a morir.
—No importa —dijo Kibō, mientras se desvanecía—.
La esperanza nunca muere del todo.
Siempre renace.
En alguien.
En algún lugar.
En algún momento.
Shinjitsu, Yume, Gūzen, Luminara, Hikari, Dunkelheit, Rizumu, Byōdō, Heiwa, Shinkō, Yurushi, Entoropī, Mugen, Eien, Tamashī no Seimei, Chi, Yokubō, Hozon, Zentai.
Todos los que habían creído en Feral, todos los que habían arriesgado sus vidas por la libertad, fueron absorbidos uno tras otro.
Feral vio todo.
Vio cómo sus aliados se desvanecían uno tras otro.
Vio cómo sus esperanzas se convertían en cenizas.
Vio cómo su sueño de un omniverso libre se desmoronaba ante sus ojos.
Y entonces llegó el momento que más temía.
Retza.
La diosa del amor estaba en medio de su combate contra Fukushū cuando sintió el abrazo del orden.
No luchó.
No intentó huir.
Simplemente miró a Feral con sus ojos negros como el azabache, y sonrió.
—Te quiero —dijo—.
Siempre te he querido.
Desde el primer momento en que te vi en esa aldea, sucio, cansado, pero con una luz en los ojos que no había visto en ningún otro mortal.
Te quiero, Feral.
Y te querré incluso después de que me olvides.
Feral intentó correr hacia ella.
Su capa lo transportó a través del espacio y el tiempo.
Su escudo bloqueó los ataques del Inquisidor.
Su espada cortó las líneas de absorción.
Pero nada funcionó.
El abrazo del orden no era un ataque que pudiera bloquearse o cortarse.
Era una ley.
Y las leyes, en el universo del Inquisidor, no se negocian.
—¡RETZA!
—gritó Feral, mientras su amada se desvanecía entre sus brazos.
Retza extendió su mano y tocó su rostro por última vez.
Su piel ya era transparente, casi invisible.
—No llores por mí —susurró—.
Llora por los que aún pueden salvarse.
Y desapareció.
Feral cayó de rodillas.
Su armadura de diamante bruñido se apagó.
Su escudo de ochenta y dos estrellas perdió su brillo.
Su espada de ébano cayó al suelo con un ruido sordo.
Su capa de los Titanes dejó de ondear.
Estaba solo.
Todos sus aliados habían muerto.
Todos sus amigos habían desaparecido.
Todos los dioses que habían creído en él, todos los Titanes que habían luchado a su lado, todas las esperanzas que había construido durante dos eras, todo se había desvanecido en un solo instante.
El Inquisidor se irguió sobre él.
Su cuerpo comenzó a transformarse.
No era una transformación monstruosa.
Era hermosa.
Aterradora, pero hermosa.
Su piel se volvió blanca como el mármol.
Sus ojos se llenaron de estrellas.
Su cabello se convirtió en hilos de luz que flotaban como serpientes de energía.
Y en su pecho, allí donde antes había un corazón, ahora había un agujero negro perfectamente redondo, que absorbía todo a su alrededor.
—Ahora tengo sesenta y dos dioses dentro de mí —dijo el Inquisidor, y su voz era un coro de voces—.
Los leales y los rebeldes.
Los que me sirvieron y los que me desafiaron.
Todos son parte de mí ahora.
Todos son orden.
Extendió sus brazos.
Y el omniverso entero tembló.
Porque el Inquisidor no se había detenido en los dioses.
Su técnica, El Abrazo del Orden, se había extendido más allá del Castillo Infinito, más allá de las hiperdimensiones, más allá de los infinitos megaversos, más allá de los incontables multiversos, más allá de los impermeables universos.
Había llegado a los mortales.
En un megaverso cualquiera, en un planeta pobre y polvoriento, una madre abrazaba a su hijo.
Sintió cómo su esencia comenzaba a desgarrarse.
No entendía qué estaba pasando.
Solo sabía que tenía miedo.
Y luego, el miedo desapareció.
Todo desapareció.
En un multiverso lejano, un anciano recordaba su juventud.
Había visto guerras, hambrunas, pestes.
Había sobrevivido a todo.
Pero no sobrevivió al abrazo del orden.
Su recuerdo, su historia, su vida, todo fue absorbido.
En un universo cercano, una niña miraba las estrellas.
Soñaba con ser astronauta, con viajar a otros mundos, con conocer dioses y monstruos.
Pero los dioses ya no estaban.
Los monstruos también.
Y la niña, antes de desaparecer, alcanzó a ver cómo las estrellas se apagaban una tras otra.
El Inquisidor estaba absorbiendo no solo a los dioses.
Estaba absorbiendo a todos los seres vivos del omniverso.
A todos los mortales.
A todas las almas.
A todas las esperanzas.
—¿Ves, Feral?
—dijo, mientras su cuerpo se elevaba sobre la ciudad de cristal—.
El orden no es solo para los dioses.
El orden es para todos.
Y todos, algún día, deben aprender a obedecer.
Feral levantó la cabeza.
Sus ojos estaban enrojecidos por las lágrimas.
Su cuerpo temblaba de rabia y dolor.
Pero no se rindió.
—No —dijo, con voz quebrada pero firme—.
No lo harás.
—¿Qué vas a hacer, mortal?
—preguntó el Inquisidor, y en su voz había una mezcla de desprecio y curiosidad—.
Estás solo.
Todos tus aliados han muerto.
Tu amada ha desaparecido.
Los mortales que juraste proteger están siendo absorbidos.
No tienes nada.
No eres nada.
Feral se puso de pie lentamente.
Recogió su espada de ébano del suelo.
Ajustó su escudo de ochenta y dos estrellas en su brazo.
Alisó su capa de los Titanes sobre sus hombros.
Y miró al Inquisidor a los ojos.
—Tengo algo que tú no tienes —dijo—.
Tengo recuerdos.
El Inquisidor frunció el ceño.
—¿Recuerdos?
¿De qué te sirven los recuerdos si todos los que los compartían han muerto?
—Los recuerdos no se comparten —respondió Feral, y su voz comenzó a recuperar fuerza—.
Los recuerdos se llevan dentro.
Y mientras yo los recuerde, ellos no han muerto del todo.
Leo sigue vivo en mi corazón.
Perla sigue viva en mi mente.
Viktor sigue vivo en mi espíritu.
Retza sigue viva en mi alma.
Levantó su espada.
La hoja de ébano comenzó a brillar con una luz tenue.
—Y mientras ellos vivan en mí, yo pelearé por ellos.
No importa cuántas veces me derribes.
No importa cuántas veces me rompas.
Siempre me levantaré.
Siempre recordaré.
Siempre pelearé.
El Inquisidor lo miró en silencio.
Y por primera vez, algo parecido al respeto apareció en sus ojos.
—Eres un necio, mortal.
Pero un necio valiente.
—Gracias —dijo Feral—.
Lo tomaré como un cumplido.
Y se lanzó al ataque.
El capítulo terminó con los dos guerreros chocando en el centro de la hiperdimensión número diecinueve, la ciudad de cristal derrumbándose a su alrededor, los mortales desapareciendo en el abrazo del orden, y el omniverso conteniendo el aliento.
La guerra no había terminado.
Pero Feral ya no peleaba por la victoria.
Peleaba por los recuerdos.
Y los recuerdos, pensó mientras su espada se encontraba con la espada del Inquisidor, son más poderosos que cualquier dios.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com