Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 83
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83: La Sopa de Energía y el Último Debate 83: La Sopa de Energía y el Último Debate La hiperdimensión número veinte había sido el reino de los dioses.
Un lugar de templos flotantes y jardines de luz, donde los seres más poderosos del omniverso habían vivido durante dos eras de orden impuesto.
Ahora no quedaba nada de eso.
El primer golpe del Inquisidor, cargado con la esencia de sesenta y dos dioses y la vida de incontables mortales, había reducido todo aquel reino a partículas de energía que brillaban como polvo de estrellas moribundas.
Feral sintió el impacto en su escudo de ochenta y dos estrellas como si el peso de todas las realidades hubiera caído sobre él.
Sus brazos temblaron.
Sus rodillas se doblaron.
Pero no cayó.
No podía caer.
No mientras Retza viviera en sus recuerdos.
El Inquisidor no le dio tiempo para recuperarse.
Su espada, ahora una extensión de su voluntad absoluta, brilló de nuevo.
—¡Segundo golpe!
La onda expansiva atravesó lo que quedaba de la hiperdimensión número veinte y se estrelló contra la número diecinueve.
Este nivel del omniverso era un océano infinito de energía cristalizada.
Cada gota de aquel océano era un megaverso completo.
Cada megaverso contenía infinitos multiversos.
Cada multiverso contenía infinitos universos.
Y cada universo contenía infinitas historias, infinitos sueños, infinitas vidas.
El escudo de Feral absorbió parte del impacto, pero no pudo devolverlo.
La magnitud era demasiado grande.
Ochenta y dos estrellas parpadearon débilmente, al borde del colapso.
—¡Tercer golpe!
El océano de energía cristalizada comenzó a evaporarse.
No como agua hirviendo, sino como sueños al despertar.
Los megaversos desaparecieron por millones, luego por miles de millones, luego por cantidades que ningún número podía expresar.
Civilizaciones enteras, dioses menores que no habían participado en la guerra, realidades completas que habían existido durante eones, todo se convirtió en vapor.
En nada.
En recuerdo de algo que ya no era.
—¡Cuarto golpe!
El escudo de Feral crujió.
Una grieta recorrió su superficie de lado a lado.
Las ochenta y dos estrellas, una tras otra, comenzaron a apagarse.
No porque hubieran sido destruidas, sino porque los dioses que representaban, los seres que había absorbido y protegido, estaban siendo arrancados de él por la fuerza del ataque.
Feral gritó.
No de dolor.
De impotencia.
El Inquisidor detuvo su avance.
Miró a su alrededor.
La hiperdimensión número diecinueve, aquel océano infinito de energía cristalizada, ya no existía.
Solo quedaba una sopa caliente de partículas subatómicas, un caldo primordial donde no había forma, ni orden, ni vida.
Solo energía.
Solo potencial.
Solo el vacío esperando ser llenado.
—¿Ves, mortal?
—dijo el Inquisidor, y su voz resonó en aquel desierto de calor—.
Esto es lo que has causado.
Todo el omniverso, todas las realidades que alguna vez existieron, todos los seres que alguna vez soñaron, reducidos a esto.
Una sopa de energía.
Un caldo primigenio.
El mismo estado en el que estaba antes de que la primera chispa de vida apareciera.
Feral se puso de pie con esfuerzo.
Su armadura de diamante bruñido estaba apagada, cubierta de hollín dimensional.
Su capa de los Titanes colgaba hecha jirones.
Su espada de ébano, la única que aún conservaba algo de brillo, temblaba en su mano.
—No —dijo, con voz ronca—.
Esto lo has causado tú.
Tu obsesión por el orden.
Tu miedo al caos.
Tu incapacidad para confiar en que otros puedan elegir.
El Inquisidor rió.
Era una risa amarga, desesperada.
—¿Elegir?
¿Los mortales eligiendo?
¿Los dioses eligiendo?
¿Sabes lo que pasa cuando dejas que otros elijan, Feral?
Pasa lo que siempre ha pasado.
Guerras.
Hambrunas.
Esclavitud.
Genocidio.
He visto civilizaciones enteras autodestruirse porque alguien decidió que su libertad valía más que la vida de sus vecinos.
He visto dioses corromperse hasta convertirse en monstruos porque nadie les puso límites.
He visto el caos, Feral.
He visto lo que tú defiendes.
Y no es hermoso.
Es horrible.
Levantó su espada hacia el cielo inexistente.
—Por eso voy a terminar con esto.
Voy a destruirte, voy a absorber los ochenta y dos dioses que llevas dentro, y con el poder de todos ellos más la vida de todos los mortales que he absorbido, voy a moldear esta sopa de energía.
Voy a crear un nuevo omniverso.
Uno que solo conozca el orden.
Uno que agradezca su existencia sin preguntar por qué.
Uno que no sepa nada de lo que pasó antes.
Un omniverso donde yo pueda reinar sin que nadie se me imponga.
Donde no haya rebeliones.
Donde no haya dudas.
Donde no haya sufrimiento.
Feral lo miró fijamente.
Y en sus ojos, a pesar de todo, había compasión.
—¿De verdad crees que un omniverso sin sufrimiento es posible?
—preguntó—.
¿De verdad crees que borrar la memoria de la gente los hará felices?
—Los hará obedientes —respondió el Inquisidor—.
Y la obediencia es la base de la paz.
—La obediencia no es paz —dijo Feral—.
La obediencia es miedo.
Y el miedo, al final, siempre se convierte en odio.
Siempre.
Chocaron.
No fue un choque físico.
Fue un choque de ideologías, de mundos, de almas.
Sus espadas se encontraron en el centro de aquella sopa de energía caliente, y el impacto generó ondas que se extendieron sin encontrar nada que destruir.
Porque ya no quedaba nada.
Solo ellos dos.
Y el vacío.
—¡Hablas de libertad!
—gritó el Inquisidor mientras su espada presionaba contra la de Feral—.
¿Pero qué libertad has traído?
¿La libertad de sufrir?
¿La libertad de morir?
¿La libertad de ver cómo tus seres queridos desaparecen?
—La libertad de elegir —respondió Feral, resistiendo—.
La libertad de equivocarse.
La libertad de aprender.
La libertad de crecer.
La libertad de ser quien quieres ser, no quien otros dicen que debes ser.
—¡Esa libertad es una ilusión!
—El Inquisidor empujó con más fuerza, y Feral retrocedió un paso—.
Los mortales no saben lo que quieren.
Los dioses no saben lo que es mejor para ellos.
Necesitan una guía.
Necesitan un pastor.
Necesitan a alguien que les diga qué hacer, cuándo hacerlo, y por qué.
—Necesitan a alguien que les enseñe a pensar por sí mismos —replicó Feral, recuperando terreno—.
No un pastor.
Un maestro.
Alguien que los acompañe, no que los dirija.
Alguien que los escuche, no que los calle.
—¿Y tú eres ese maestro?
—El Inquisidor rió con desprecio—.
¿Un mortal que ni siquiera pudo salvar a sus amigos?
El golpe bajo encontró su objetivo.
Feral sintió cómo las palabras le atravesaban el pecho como una espada.
Pero no bajó la guardia.
—No —admitió—.
No pude salvarlos.
Y eso me duele cada día.
Pero no por eso voy a dejar de intentarlo.
No por eso voy a rendirme.
No por eso voy a convertirme en lo que tú eres.
—¿Y qué soy yo?
—preguntó el Inquisidor, y por primera vez su voz tembló.
Feral lo miró a los ojos.
Y en aquellos ojos llenos de estrellas, en aquel rostro hermoso y aterrador, vio algo que no esperaba ver.
Vio a un ser que también había sufrido.
Vio a un ser que también había perdido.
Vio a un ser que, en algún momento, también había querido hacer el bien.
—Eres un dictador —dijo Feral—.
Pero no naciste siendo uno.
Te hiciste.
Porque viste el sufrimiento y no supiste cómo manejarlo.
Porque viste el caos y te dio miedo.
Porque viste la libertad y pensaste que era desorden.
No eres malo, Inquisidor.
Eres un hombre roto que cree que rompiendo a los demás se arreglará a sí mismo.
El Inquisidor quedó en silencio.
Su espada bajó ligeramente.
—No sabes de lo que hablas —susurró.
—Sé más de lo que crees —respondió Feral—.
Porque también he querido rendirme.
También he querido controlarlo todo.
También he querido borrar el dolor de los demás para no tener que verlo.
Pero luego recordé algo que tú has olvidado.
—¿Qué?
—Que el dolor también es parte de la vida.
Que el sufrimiento también enseña.
Que las heridas también sanan.
Y que no puedes proteger a alguien sin respetar su capacidad de elegir, aunque elija mal.
Chocaron de nuevo.
Pero esta vez no fue solo un choque de espadas.
Fue un choque de convicciones.
Y en ese choque, algo cambió.
El Inquisidor comenzó a hablar, y sus palabras ya no eran las del tirano omnipotente.
Eran las del hombre que alguna vez fue.
—Yo también tuve sueños, Feral.
Yo también quise un mundo donde todos fueran felices.
Pero luego vi a los dioses pelear por poder.
Vi a los mortales matarse por religión.
Vi a los fuertes aplastar a los débiles.
Vi a los débiles convertirse en fuertes para aplastar a otros débiles.
Y entendí que el problema no era la maldad.
El problema era la libertad.
—El problema no es la libertad —dijo Feral—.
El problema es que nadie enseña a usarla.
Los dioses no educan.
Los mortales no aprenden.
Y los que saben, en lugar de enseñar, prefieren controlar.
Tú eres uno de esos, Inquisidor.
Preferiste controlar a enseñar.
Preferiste ordenar a acompañar.
Preferiste ser un tirano a ser un maestro.
El Inquisidor bajó la espada.
—¿Y tú?
—preguntó—.
¿Tú eres un maestro?
—No —admitió Feral—.
Solo soy un mortal que aprendió a recordar.
Y que quiere que otros también recuerden.
No para que sufran.
Para que sepan que pueden elegir.
Para que sepan que no están solos.
Para que sepan que incluso en el dolor, incluso en la pérdida, incluso en la desesperación, hay algo que vale la pena proteger.
—¿El qué?
—preguntó el Inquisidor.
Feral sonrió.
Era una sonrisa cansada, triste, pero llena de una luz que no venía de ninguna estrella.
—La esperanza —dijo—.
La esperanza de que mañana puede ser mejor.
La esperanza de que podemos aprender de nuestros errores.
La esperanza de que, aunque hoy hayamos perdido, mañana podemos ganar.
La esperanza de que no estamos solos.
La esperanza de que alguien nos recuerda.
La esperanza de que, incluso después de la muerte, el amor sigue vivo.
El Inquisidor lo miró en silencio.
Por un instante, algo brilló en sus ojos.
Algo que no era orden.
Algo que no era control.
Algo que no era miedo.
Era duda.
Y en esa duda, por un instante, Feral vio la posibilidad de que todo terminara de otra manera.
No con una muerte.
No con una absorción.
Con un abrazo.
Pero el Inquisidor apartó la mirada.
—Es demasiado tarde para mí —dijo—.
He hecho demasiadas cosas malas.
He matado a demasiada gente.
He destruido demasiados mundos.
No puedo volver atrás.
No puedo pedir perdón.
No puedo…
—Puedes —lo interrumpió Feral—.
Siempre puedes.
Mientras estés vivo, siempre puedes elegir de nuevo.
Siempre puedes cambiar.
Siempre puedes intentarlo.
El Inquisidor levantó la espada.
—No —dijo—.
No puedo.
Y atacó.
Feral levantó su escudo.
Pero el escudo ya no tenía fuerza.
Las ochenta y dos estrellas se habían apagado.
La armadura de diamante bruñido se había agrietado.
La capa de los Titanes colgaba hecha jirones.
Solo quedaba su espada de ébano.
Solo quedaba su voluntad.
La espada del Inquisidor atravesó su defensa como un cuchillo atraviesa la mantequilla.
Se clavó en su pecho, justo donde el corazón debería estar.
Feral sintió el frío del acero.
Sintió cómo la energía del orden recorría su cuerpo, tratando de absorberlo, de convertirlo en parte de la sopa de energía.
Pero algo lo detuvo.
Algo que el Inquisidor no había previsto.
Los recuerdos.
Leo sonriendo.
Perla bailando.
Viktor contando chistes.
Retza con su cabello negro azabache flotando al viento.
Muhō jugando con su daga.
María riendo.
Yami cambiando el color de sus ojos.
Los Titanes, aquellos gigantes elementales, levantándose por primera vez gracias a Aelar.
Todos esos recuerdos, todas esas vidas, todas esas esperanzas, formaron un escudo que ninguna espada podía atravesar.
El Inquisidor intentó retirar su espada, pero no pudo.
Estaba atrapada, no por la carne de Feral, sino por su alma.
—¿Qué…
qué es esto?
—preguntó, con miedo en la voz.
—Recuerdos —respondió Feral, con la espada clavada en el pecho—.
Los recuerdos de todos los que he amado.
De todos los que he perdido.
De todos los que he prometido recordar.
El Inquisidor tiró con fuerza.
La espada salió del pecho de Feral, chorreando sangre que no era roja, sino dorada.
Dorada como la esperanza.
Feral cayó de rodillas.
Su mano se llevó a la herida.
El dolor era inmenso.
Pero no era un dolor de muerte.
Era un dolor de vida.
—Esto no ha terminado —dijo el Inquisidor, retrocediendo—.
Te mataré.
Te juro que te mataré.
Feral levantó la cabeza.
Sonrió.
A pesar de todo, sonrió.
—Lo sé —dijo—.
Pero mientras tanto, recuerda esto.
—¿El qué?
—Que incluso con una espada en el pecho, incluso con todos mis aliados muertos, incluso con el omniverso reducido a sopa de energía…
sigo aquí.
Sigo peleando.
Sigo recordando.
Sigo esperando.
El Inquisidor lo miró.
Y en sus ojos, por primera vez, no había odio.
No había miedo.
No había orden.
Había admiración.
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