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Heredero del origen. El principio - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 Capítulo 10-Los que observan desde la sombra
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10: Capítulo 10-Los que observan desde la sombra 10: Capítulo 10-Los que observan desde la sombra El amanecer llegó con un silencio extraño, como si el bosque estuviera esperando algo.

Pierina despertó sobresaltada, con la marca tibia bajo la piel y la sensación de que alguien había estado observándola mientras dormía.

No era Aldric.

Era otra cosa.

Algo más antiguo.

Más silencioso.

Pedro estaba sentado en la silla junto a la puerta, dormido a medias, con la cabeza apoyada en el puño.

Parecía agotado.

Desde el enfrentamiento, no se había permitido descansar más de unos minutos.

Pierina lo observó en silencio.

Había algo en él que la conmovía: la forma en que la protegía incluso cuando no sabía cómo hacerlo.

Pero también había algo que la inquietaba: la forma en que la miraba cuando creía que ella no lo veía.

Como si temiera perderla.

Como si supiera que la luna podía arrebatársela en cualquier momento.

Como si ella fuera de él.

Pierina se levantó despacio.

La marca ardió.

Y entonces lo sintió.

No era Aldric.

No era Pedro.

No era la manada.

Era alguien más.

Los Vigilantes del Valle Cuando salió al exterior, el aire estaba cargado de humedad.

La niebla se arremolinaba entre los árboles como si tuviera vida propia.

Pierina avanzó unos pasos y entonces los vio.

Tres figuras encapuchadas, de pie entre los abetos, inmóviles como estatuas.

No eran lobos.

No eran humanos.

No eran brujas.

Eran algo intermedio.

La figura del centro levantó la cabeza.

Sus ojos brillaron en un tono plateado.

—Pierina de la Luna Dorada —dijo con una voz que parecía venir de muy lejos—.

Te estábamos esperando.

Pierina retrocedió.

—¿Quiénes son ustedes?

La figura dio un paso adelante.

—Somos los Los Vigilantes del Valle.

Los que guardan los pactos antiguos.

Los que recuerdan lo que las manadas olvidaron.

Pierina sintió un escalofrío.

—¿Qué quieren de mí?

La figura inclinó la cabeza.

—Advertirte.

Pedro apareció detrás de ella, transformado a medias, con los ojos brillantes y los colmillos expuestos.

—¡Atrás!

—rugió.

Los Vigilantes no se movieron.

—No venimos a pelear, Alfa de Luna Rossa —dijo la figura del centro—.

Venimos a cumplir nuestro deber.

Pedro gruñó.

—No tienen derecho a entrar en nuestro territorio.

La figura lo miró con calma.

—Tenemos derecho a entrar donde la luna nos llama.

Pierina sintió que la marca ardía.

—¿Qué quieren advertirme?

La figura la observó con una mezcla de respeto y tristeza.

—Que Aldric no es tu único peligro.

Que tu magia no es tu único enemigo.

Y que tu destino no pertenece solo a los lobos.

La bruja del bosque Antes de que Pedro pudiera responder, una cuarta figura emergió entre los árboles.

Una mujer.

Alta.

Delgada.

Con el cabello blanco como la nieve y los ojos verdes como el musgo.

Pierina sintió que el aire se volvía más frío.

—Ella no debería estar acá —susurró Pedro, retrocediendo un paso.

La mujer sonrió.

—Oh, Pedro… siempre tan territorial.

Pierina la observó, fascinada y aterrada.

—¿Quién sos?

La mujer se inclinó ligeramente.

—Mi nombre es Liora.

Soy la bruja del bosque.

La última de mi linaje.

Y vos, niña, sos un problema que no puedo ignorar.

Pierina tragó saliva.

—¿Por qué?

Liora la miró con una intensidad que la atravesó.

—Porque tu magia está despertando sin guía.

Y una magia sin guía… destruye.

Pedro se interpuso entre ellas.

—No vas a tocarla.

Liora lo ignoró.

—Tu poder no pertenece solo a los lobos, Pierina.

Pertenece a la luna.

Y la luna no reconoce fronteras.

Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué querés de mí?

Liora sonrió.

—Quiero enseñarte a sobrevivir.

La fractura interna Mientras los Vigilantes y Liora hablaban con Pierina, la manada comenzó a reunirse alrededor del claro.

Murmullos.

Miradas.

Miedo.

Helena llegó con los brazos cruzados y una expresión de furia contenida.

—¿Qué significa esto?

—exigió—.

¿Desde cuándo dejamos entrar brujas y vigilantes en nuestro territorio?

Liora la miró con una sonrisa burlona.

—Desde que ustedes dejaron de poder manejar lo que se les viene encima.

Helena gruñó.

—No necesitamos tu ayuda.

Liora arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

¿Y cómo piensan detener a Aldric?

¿Con gruñidos y orgullo?

La manada murmuró.

Helena apretó los dientes.

—No confiamos en brujas.

Liora se encogió de hombros.

—No tienen que confiar.

Solo tienen que sobrevivir.

Al menos si pueden hacerlo.

Pedro dio un paso adelante.

—¿Qué querés a cambio?

Liora lo miró con una expresión que no era humana.

—Nada.

Por ahora.

Esto recién comienza.

Pierina sintió un escalofrío.

El mensaje de Aldric De repente, un viento helado recorrió el claro.

Las hojas se levantaron del suelo.

Los árboles se inclinaron.

Y una voz resonó en la mente de todos.

Ella es mia.

No interfieran.

Pierina cayó de rodillas.

La marca ardió como fuego líquido.

Pedro corrió hacia ella.

—¡Pierina!

Liora levantó una mano.

—No la toques.

La luz dorada estalló desde la piel de Pierina.

El bosque tembló.

Los lobos retrocedieron.

Aldric no estaba allí físicamente.

Pero su presencia llenaba el aire.

No pueden protegerla.

No pueden esconderla.

La luna ya decidió.

Liora apretó los dientes.

—Ese maldito lobo blanco… Pierina gritó.

La luz se apagó.

Y cayó inconsciente.

Pedro la sostuvo antes de que tocara el suelo.

De una forma diferente, como si ella fuera demasiado frágil.

—¡Pierina!

¡Pierina!

Liora se acercó.

—No está muerta.

Pero su magia está reclamando algo.

Y si no la entrenamos… la va a consumir.

Pedro la miró con desesperación.

Su pulso acelerado, sus ojos vidrioso.

—¿Qué tengo que hacer?

Liora sonrió.

—Nada.

Esto es entre ella… y la luna.

El nuevo camino Pierina despertó horas después, en la cama de Pedro.

La marca estaba fría.

Demasiado fría.

Y en su mente, una frase resonaba como un eco.

Elegí.

Pierina abrió los ojos.

Y supo que la luna le estaba pidiendo algo.

Algo que cambiaría todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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