Heredero del origen. El principio - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11- La bruja y la luna
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11: Capítulo 11- La bruja y la luna 11: Capítulo 11- La bruja y la luna El bosque estaba cubierto por una neblina espesa cuando Pierina llegó al claro donde Liora la había citado.
El aire olía a tierra húmeda, a hojas viejas y a algo más… algo metálico, como electricidad antes de una tormenta.
Pedro había querido acompañarla, pero Liora había sido tajante: —Si él está cerca, tu magia no va a escucharte.
Va a escucharlo a él.
Pierina no sabía si eso la tranquilizaba o la aterraba más.
Liora estaba de pie en el centro del claro, con el cabello blanco cayéndole como un río helado por la espalda.
A su lado había dos figuras encapuchadas: los Vigilantes del Valle, inmóviles como sombras.
—Llegaste —dijo Liora sin volverse—.
La luna te siente.
Pierina tragó saliva.
—No sé si estoy lista.
Liora sonrió apenas.
—Nadie lo está.
La magia no espera a que estés preparada.
Solo exige.
La prueba del silencio Liora levantó una mano y el bosque entero pareció contener la respiración.
—Tu primer entrenamiento es simple —dijo—.
Tenés que entrar en tu propio silencio.
Pierina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Liora se acercó.
Sus ojos verdes brillaban con una intensidad inquietante.
—Significa que tenés que callar todas las voces que no son tuyas.
Pierina sintió un escalofrío.
Sabía exactamente a qué voz se refería.
—¿Aldric?
Liora negó lentamente.
—Él es solo una de ellas.
La más fuerte, sí.
Pero no la única.
La luna también habla.
Tu linaje habla.
Tu miedo habla.
Si no aprendés a distinguir tu voz de las demás… te van a consumir.
Pierina respiró hondo.
—¿Qué tengo que hacer?
Liora señaló el suelo.
—Sentate.
Cerrá los ojos.
Y escuchá.
Pierina obedeció.
El suelo estaba frío.
La neblina le rozaba la piel como dedos helados.
Cerró los ojos.
Y el bosque habló.
Susurros.
Ecos.
Respiraciones.
Latidos.
Y entre ellos, una voz profunda, suave, peligrosa.
Pierina…
Aldric.
Pierina apretó los dientes.
—No —susurró—.
No ahora.
La voz rió, como si disfrutara de su resistencia.
No pódes ignorarme.
Pierina sintió que la marca ardía.
—Callate… Liora habló desde algún lugar cercano.
—No luches contra él.
Luchá por vos.
Pierina respiró hondo.
Buscó dentro de sí.
Entre el miedo.
Entre el dolor.
Entre la confusión.
Y encontró algo.
Una chispa.
Pequeña.
Frágil.
Pero suya.
La sostuvo.
La protegió.
La escuchó.
Y por un instante, el bosque quedó en silencio.
Aldric desapareció.
La luna se apagó.
El linaje calló.
Solo quedó ella.
Su respiración.
Su pulso.
Su voz.
—Soy yo —susurró.
Liora sonrió.
—Bien.
La prueba del dolor Liora se acercó y le tomó la mano.
Su piel estaba helada.
—Ahora viene lo difícil.
Pierina abrió los ojos.
—¿Qué es lo difícil?
Liora levantó la otra mano.
—Esto.
Un destello verde salió de sus dedos y golpeó la marca de Pierina.
El dolor fue inmediato.
Brutal.
Como si la estuvieran quemando desde adentro.
Pierina gritó.
—¡¿Qué estás haciendo?!
Liora no se movió.
—Tu magia responde al dolor.
Si no aprendés a controlarla cuando duele, nunca vas a controlarla del todo.
Pierina cayó de rodillas.
La luz dorada estalló bajo su piel.
El aire vibró.
Los Vigilantes retrocedieron.
—¡Liora, basta!
—gritó Pierina.
—No —respondió la bruja—.
No hasta que seas vos quien diga basta.
Pierina apretó los dientes.
El dolor era insoportable.
La magia quería salir.
Quería destruir.
Quería quemar.
Pero Pierina recordó la chispa.
Su voz.
Su silencio.
Y habló.
—Basta.
La luz dorada se apagó.
El dolor desapareció.
El bosque exhaló.
Liora sonrió, satisfecha.
—Muy bien, Luna Dorada.
Pierina temblaba.
—¿Eso fue… necesario?
Liora se inclinó hacia ella.
—Si no podés controlar tu magia cuando duele, Aldric te va a controlar a vos.
Pierina sintió un escalofrío.
La prueba del espejo Liora chasqueó los dedos.
Los Vigilantes se movieron por primera vez.
Trajeron un cuenco de agua negra como tinta.
—Mirate —ordenó Liora.
Pierina se inclinó sobre el cuenco.
El agua se agitó.
Y su reflejo cambió.
No era ella.
No del todo.
Sus ojos eran dorados.
Su piel brillaba.
Su expresión era salvaje.
—¿Qué… qué es esto?
Liora habló con voz grave.
—Tu magia sin control.
Tu linaje sin guía.
Tu destino si no elegís quién querés ser.
Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No quiero ser eso.
Liora la miró fijamente.
—Entonces decidilo.
Pierina cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y habló con una voz que no sabía que tenía.
—No soy tuya.
El reflejo se quebró.
El agua se calmó.
Y su rostro volvió a ser el suyo.
Liora asintió.
—La primera lección está completa.
Pierina temblaba.
—¿Cuántas lecciones hay?
Liora sonrió.
—Todas las que necesites para sobrevivir.
El observador oculto Cuando Pierina y Liora regresaron al territorio, Pedro estaba esperándolas.
Sus ojos estaban oscuros.
Su postura, tensa.
—¿Qué te hizo?
—preguntó, mirando a Liora con furia.
Pierina negó con la cabeza.
—Estoy bien.
Pedro la tomó por los brazos.
—Estás temblando.
—Es parte del entrenamiento.
Pedro la miró, dolido.
—No quiero que sufras.
Pierina apoyó una mano en su pecho.
—No quiero que me pierdas.
Pedro se quedó inmóvil.
Liora los observó con una sonrisa enigmática.
—No se encariñen demasiado —dijo—.
La luna no suele ser amable con los que se aman.
Pedro gruñó.
—No te metas.
Liora se encogió de hombros.
—No me meto.
Solo aviso.
Y se alejó entre los árboles.
Pierina suspiró.
—Pedro… tengo miedo.
Él la abrazó.
—Yo también.
Pero ninguno de los dos sabía que, desde lo profundo del bosque, Aldric la observaba.
Y sonreía.
Porque sabía que el entrenamiento de Pierina solo la acercaba más a él.
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