Heredero del origen. El principio - Capítulo 9
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9: Capítulo 9- El precio de la luna 9: Capítulo 9- El precio de la luna La tensión en el territorio de Luna Rossa era tan densa que parecía un hilo a punto de romperse.
Desde el enfrentamiento en el claro, la manada se movía como un solo cuerpo inquieto: miradas desconfiadas, susurros que se apagaban cuando Pierina pasaba, respiraciones contenidas.
El bosque mismo parecía observarla, como si supiera que algo dentro de ella había cambiado para siempre.
Pedro no se había separado de ella desde la noche anterior.
Caminaba detrás, delante o a su lado, siempre atento, siempre alerta, como si temiera que Aldric pudiera materializarse entre las sombras en cualquier momento.
Y tal vez tenía razón.
Pierina sentía la presencia de Aldric como un eco constante en su mente.
No palabras.
No órdenes.
Solo una vibración suave, un pulso que coincidía con el de su marca.
Un recordatorio de que él estaba cerca.
De que la luna lo había traído por ella.
La madre de Pedro la observaba desde la mesa, con los ojos hundidos y la piel cada vez más pálida.
Su enfermedad avanzaba como una sombra silenciosa.
—Tu magia está despertando —dijo la mujer, con voz suave—.
Y cuando la magia despierta, siempre reclama algo a cambio.
Pierina tragó saliva.
—¿Qué… qué quiere reclamar?
La mujer la miró con una tristeza profunda.
—Eso depende de vos.
La fractura El Consejo se reunió al mediodía.
Pierina no fue invitada, pero escuchó los gritos desde la habitación contigua.
—¡No podemos protegerla!
—rugió uno de los ancianos—.
¡Aldric ya cruzó nuestras fronteras!
—Si la entregamos, firmamos nuestra sentencia de muerte —respondió otro.
—¡Si no la entregamos, también!
Helena habló por encima de todos.
—La presencia de Pierina es una amenaza.
No sabemos qué es.
No sabemos qué puede hacer.
Y Aldric la quiere.
Eso debería ser suficiente para actuar.
Pedro golpeó la mesa.
—¡No vamos a tocarla!
—No se trata de tocarla —dijo Helena, con una sonrisa fría—.
Se trata de decidir si vale la pena arriesgar a toda la manada por ella.
Pedro gruñó.
—La luna la eligió.
—La luna también eligió a Aldric —respondió Helena—.
¿Y qué nos trajo eso?
Guerra.
El silencio cayó como un golpe.
Pierina sintió un nudo en el estómago.
No quería ser la causa de una guerra.
No quería ser la razón por la que la manada se rompiera.
Pero algo dentro de ella (algo antiguo, profundo, salvaje) sabía que ya no había vuelta atrás.
El mensaje Esa noche, mientras la manada dormía inquieta, un aullido resonó en el bosque.
No era un aullido común.
Era un llamado.
Pedro salió de la casa de inmediato.
Pierina lo siguió.
En el borde del territorio, encontraron un cuerpo.
Un lobo.
Uno de los suyos.
Tendido en el suelo, sin heridas visibles.
Pero sus ojos estaban abiertos.
Dorados.
Como si algo hubiera entrado en él antes de matarlo.
Helena llegó detrás de ellos y se cubrió la boca.
—No… —susurró—.
No puede ser… Pedro se arrodilló junto al cuerpo.
Lo tocó.
Su expresión se endureció.
—No fue un ataque físico —dijo—.
Fue magia.
Pierina sintió que la marca ardía.
—Aldric… Pedro levantó la vista hacia ella.
—Es un mensaje.
Helena dio un paso atrás.
—¿Qué mensaje?
Pedro se puso de pie.
—Que puede entrar cuando quiera.
Que puede matar cuando quiera.
Y que no vino por nosotros.
Pierina sintió que el aire se le escapaba del pecho.
—Vino por mí.
Pedro la tomó por los hombros.
—No voy a dejar que te lleve.
Pero Pierina no estaba tan segura.
Porque en ese momento, una voz resonó en su mente.
No vine a llevarte.
Vine a despertarte.
Pierina se tambaleó.
Pedro la sostuvo.
—¿Qué pasa?
Ella negó con la cabeza, temblando.
—Está… está en mi mente… Helena retrocedió, horrorizada.
—¡Es peor de lo que pensábamos!
¡Puede entrar en ella!
¡Puede controlarla!
Pedro gruñó.
—¡No la controla!
Helena lo miró con furia.
—¿Estás seguro?
¿O simplemente no querés verlo?
Pierina sintió que la marca ardía como fuego líquido.
—No me controla —dijo, con voz temblorosa—.
Pero… me siente.
Pedro la miró con una mezcla de miedo y dolor.
—Pierina… Ella lo interrumpió.
—Tengo que aprender a bloquearlo.
Helena rió, amarga.
—¿Bloquear a Aldric?
Ni siquiera los brujos más antiguos podían hacerlo.
Pierina levantó la cabeza.
—Yo no soy una bruja.
Helena la miró con desprecio.
—No.
Sos algo peor.
Pedro rugió.
—¡Callate!
Pero Pierina no se inmutó.
Porque en ese momento, algo dentro de ella se encendió.
Una chispa.
Un instinto.
Un poder.
—Voy a aprender —dijo—.
Cueste lo que cueste.
El entrenamiento prohibido Esa misma noche, Pierina volvió al claro donde había despertado su magia por primera vez.
Pedro quiso acompañarla, pero ella negó con la cabeza.
—Si estoy sola, voy a saber si puedo controlarlo.
Pedro apretó los dientes.
—No quiero dejarte sola.
Pierina lo miró.
—No estoy sola.
Pedro palideció.
—¿Él está acá?
Pierina negó.
—No.
Pero está… cerca.
Pedro cerró los ojos, frustrado.
—No me gusta esto.
—A mí tampoco —respondió ella—.
Pero no puedo seguir huyendo.
Pedro la miró con una mezcla de orgullo y miedo.
—Si pasa algo, gritá.
Pierina sonrió, triste.
—No creo que haga falta.
Entró al claro.
El bosque la recibió con un silencio expectante.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Sintió la marca.
Y entonces, la voz de Aldric resonó en su mente.
Así se empieza.
No huyas de lo que sos.
Pierina apretó los dientes.
—Callate.
La voz rió, suave.
No podés silenciarme.
Pero podés aprender a no escuchar.
Pierina abrió los ojos.
La luz dorada empezó a brillar bajo su piel.
—Entonces enseñame.
El bosque tembló.
La luna brilló más fuerte.
Y la magia respondió.
El precio Horas después, Pierina salió del claro tambaleándose.
Sudaba.
Temblaba.
Pero estaba viva.
Pedro corrió hacia ella.
—¿Qué pasó?
Pierina lo miró con ojos cansados… y más sabios.
—Aprendí algo.
Pedro la sostuvo.
—¿Qué?
Pierina apoyó la cabeza en su pecho.
—Que la magia siempre pide un precio.
Y que todavía no sé cuál va a ser el mío.
Pedro la abrazó con fuerza.
—No vas a pagarlo sola.
Pero Pierina sabía que eso no era del todo cierto.
Porque en lo más profundo de su mente, la voz de Aldric susurró: Ya comenzaste a pagar.
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