Heredero del origen. El principio - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13- Después del temblor
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13: Capítulo 13- Después del temblor 13: Capítulo 13- Después del temblor El silencio que siguió a la explosión de luz fue más aterrador que el ataque mismo.
El bosque, que minutos antes rugía con criaturas y magia, ahora parecía muerto.
Ni un pájaro.
Ni un insecto.
Ni un susurro de viento.
Solo el eco del poder de Pierina flotando en el aire como un perfume peligroso.
Pedro sostenía a Pierina entre sus brazos.
Ella estaba inconsciente, pálida, con la marca apagada como si hubiera sido drenada.
Su respiración era débil, irregular.
Cada exhalación parecía un esfuerzo.
—Pierina… —susurró Pedro, desesperado—.
Por favor, despertá… Liora se acercó, exhausta, con la piel grisácea por el esfuerzo del hechizo que había lanzado para contener parte de la explosión.
—No la sacudas —ordenó—.
Su magia está inestable.
Si la forzás a despertar, puede romperse por dentro.
Pedro la miró con furia.
—¿Qué le hiciste?
Liora lo sostuvo con la mirada, sin retroceder.
—Yo no.
Él.
Pedro apretó los dientes.
—Aldric… Liora asintió.
—La provocó.
La empujó.
La obligó a liberar más de lo que podía manejar.
Pedro bajó la mirada hacia Pierina, con el corazón desgarrado.
—¿Va a estar bien?
Liora dudó.
Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
La manada se reúne Los miembros de Luna Rossa comenzaron a llegar al claro, atraídos por el temblor mágico.
Algunos estaban heridos.
Otros, aterrados.
Todos miraban a Pierina como si fuera un arma que acababa de explotar en sus manos.
Helena fue la primera en hablar.
—Esto no puede seguir así —dijo, señalando a Pierina—.
Es un peligro para todos.
Pedro gruñó.
—Cerrá la boca.
Helena no se inmutó.
—¿No lo ves?
¡Casi destruye el bosque!
¿Qué va a pasar cuando pierda el control otra vez?
¿Cuántos vamos a morir?
Pedro dio un paso hacia ella, transformándose a medias.
—No la toques.
Helena levantó las manos, desafiante.
—No necesito tocarla para ver lo que es.
Liora intervino.
—Ella no es el problema.
El problema es Aldric.
Helena la fulminó con la mirada.
—¿Y cómo entró?
¿Cómo supo dónde estábamos?
¿Cómo rompió nuestras barreras?
Un murmullo inquieto recorrió la manada.
Pedro frunció el ceño.
—¿Qué estás insinuando?
Helena cruzó los brazos.
—Que alguien desde adentro lo está ayudando.
El silencio cayó como un golpe.
Sospechas Pedro negó con la cabeza.
—Nadie de la manada traicionaría a Luna Rossa.
Helena sonrió, amarga.
—¿Estás seguro?
Porque Aldric no apareció por casualidad.
No sabía dónde estaba Pierina.
No sabía dónde entrenaba.
No sabía cuándo iba a estar vulnerable.
A menos que alguien se lo dijera.
Liora observó a la manada con ojos fríos.
—Ella tiene razón en algo.
Aldric no actúa a ciegas.
Alguien le abrió la puerta.
Pedro apretó los puños.
—¿Quién?
Helena no dudó.
—Alguien que quiere que Pierina pierda el control.
Alguien que quiere que vos falles.
Alguien que quiere que Aldric gane.
Pedro sintió un escalofrío.
Miró a su alrededor.
A los rostros tensos.
A los ojos esquivos.
—¿Quién?
—repitió.
Helena lo miró directamente.
—No lo sé.
Pero está entre nosotros.
La herida invisible Liora se arrodilló junto a Pierina y apoyó una mano sobre su frente.
Cerró los ojos.
Murmuró palabras antiguas.
La marca de Pierina brilló apenas, como un suspiro.
—Está débil —dijo—.
Su magia se desbordó.
Necesita descanso.
Y protección.
Pedro la sostuvo con más fuerza.
—La voy a llevar a mi casa.
Helena se interpuso.
—No.
Ella no puede quedarse en el corazón del territorio.
Es peligroso.
Pedro rugió.
—¡Es mi casa!
¡Y ella es mi Luna!
—Y es el centro de la manada —respondió Helena—.
Si Aldric vuelve, va a ir ahí primero.
Liora intervino.
—Tiene razón.
Pierina necesita un lugar donde Aldric no pueda rastrearla tan fácilmente.
Pedro frunció el ceño.
—¿Dónde?
Liora lo miró con una expresión que no le gustó nada.
—Conmigo.
Pedro negó de inmediato.
—No.
No la voy a dejar sola con vos.
Liora arqueó una ceja.
—¿Preferís dejarla sola con Aldric?
Pedro se quedó en silencio.
Pierina se movió apenas, murmurando algo incomprensible.
Pedro la miró, con el corazón roto.
—No quiero perderla… Liora suavizó la voz.
—Entonces dejame ayudarla.
El bosque profundo Pedro cargó a Pierina en brazos y siguió a Liora hacia una zona del bosque que nunca había pisado.
Los árboles eran más altos, más antiguos.
El aire era más frío.
El silencio, más pesado.
—¿Qué es este lugar?
—preguntó Pedro.
Liora no se volvió.
—El límite.
Donde la magia de los lobos se debilita… y la de las brujas se fortalece.
Pedro gruñó.
—No me gusta.
—A mí tampoco —respondió Liora—.
Pero es el único lugar donde Aldric no puede entrar sin pagar un precio.
Pedro apretó los dientes.
—¿Qué precio?
Liora sonrió, oscura.
—El mismo que pagaría cualquiera que desafíe a la luna.
Llegaron a una cabaña cubierta de enredaderas.
Antigua.
Silenciosa.
Viva.
Liora abrió la puerta.
—Ponela en la cama.
Yo me encargo.
Pedro dudó.
—Si le pasa algo… Liora lo miró con una calma inquietante.
—Si le pasa algo, no va a ser por mí.
Pedro dejó a Pierina sobre la cama.
La miró un largo rato.
Le acarició el cabello.
—Volvé —susurró—.
Por favor.
Liora lo tomó del brazo.
—Andate.
Si te quedás, Aldric va a sentirte.
Y va a venir.
Pedro apretó los dientes.
Pero obedeció.
Cuando salió, Liora se volvió hacia Pierina.
—Despertá, Luna Dorada —susurró—.
Todavía no terminaste de pelear.
Y en lo profundo del bosque, muy lejos, Aldric sonrió.
Porque sabía que la guerra recién empezaba.
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