Heredero del origen. El principio - Capítulo 19
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19: Capítulo 19- El origen del lobo que nunca murió 19: Capítulo 19- El origen del lobo que nunca murió La grieta se volvió más estrecha a medida que avanzaban, como si quisiera obligarlas a caminar en fila, como si quisiera escucharlas respirar.
Pierina sentía el aire más frío, más denso, más antiguo.
Cada paso hacía que la marca vibrara, como si algo dentro de ella reconociera ese lugar.
Liora caminaba delante, con la luz verde flotando sobre su palma.
Su rostro estaba tenso, más serio que nunca.
Pierina sabía que la bruja estaba nerviosa, aunque intentara ocultarlo.
—Liora —susurró—.
Dijiste que el Primer Alfa nunca murió.
Liora no se detuvo.
—No murió.
No puede morir.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Liora respiró hondo.
—Significa que lo que Aldric es… lo que Pedro es… lo que cualquier Alfa es… es apenas una sombra de lo que él fue.
Pierina frunció el ceño.
—¿Él fue el primero de todos?
Liora asintió.
—El primero en transformarse.
El primero en escuchar la luna.
El primero en reclamar un territorio.
El primero en matar por poder.
Y el primero en desafiar a la luna misma.
Pierina sintió que la marca ardía.
—¿Desafiarla cómo?
Liora se detuvo.
La luz verde tembló.
—Intentó poseerla.
Pierina abrió los ojos, horrorizada.
—¿Poseer… a la luna?
Liora giró hacia ella.
—El Primer Alfa no quería ser un líder.
Quería ser un dios.
El nacimiento del monstruo Liora apoyó la mano en la pared de la grieta.
La roca vibró, como si respondiera a su toque.
La bruja cerró los ojos y comenzó a hablar con voz baja, como si recitara una historia prohibida.
—Hace miles de años, cuando las manadas eran apenas grupos dispersos, la luna eligió a un hombre.
Un cazador.
Un guerrero.
Un líder.
Le dio fuerza, velocidad, sentidos agudos.
Le dio la forma del lobo.
Le dio poder.
Pierina escuchaba sin respirar.
—Pero él no quería compartir ese poder.
No quería que otros fueran como él.
No quería que la luna eligiera a nadie más.
Así que la desafió.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Qué hizo?
Liora abrió los ojos.
—Intentó matarla.
Pierina retrocedió.
—Eso es imposible.
—Para vos —respondió Liora—.
Para mí.
Para cualquier Alfa actual.
Pero él no era un Alfa.
Él era el Alfa.
El primero.
El original.
El que no tenía límites.
Pierina tragó saliva.
—¿Y qué pasó?
Liora continuó: —La luna no puede morir.
Pero puede defenderse.
Y lo hizo.
Lo maldijo.
Lo condenó a vivir para siempre.
A no poder morir.
A no poder descansar.
A no poder dejar de transformarse.
Pierina sintió que la marca ardía más fuerte.
—¿Lo convirtió en un monstruo?
Liora negó lentamente.
—Lo convirtió en algo peor.
En un vacío.
En un hambre.
En un eco eterno.
Pierina sintió que el aire se volvía más frío.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Liora la miró con una expresión grave.
—Todo.
La caída de las Lunas Doradas La grieta se ensanchó de golpe, revelando una cámara circular.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos, tallados en la roca.
Algunos brillaban con luz dorada.
Otros estaban apagados, como cicatrices.
Pierina sintió que la marca vibraba.
—¿Qué es este lugar?
Liora caminó hacia el centro.
—El santuario de las Lunas Doradas.
Donde cada una de ellas dejó un fragmento de su magia antes de morir.
Pierina sintió un nudo en la garganta.
—¿Antes de morir… por él?
Liora asintió.
—El Primer Alfa las cazó a todas.
Una por una.
Porque cada Luna Dorada es un faro.
Una luz.
Un poder que él no puede controlar… pero sí consumir.
Pierina sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Consumir?
Liora se acercó a una de las paredes.
Tocó un símbolo apagado.
—Cada vez que una Luna Dorada despertaba, él la encontraba.
La perseguía.
La reclamaba.
Y cuando la tenía… absorbía su magia.
Su luz.
Su vida.
Pierina sintió que la marca ardía como fuego líquido.
—¿Y Aldric?
Liora suspiró.
—Aldric no es el cazador.
Es el heredero del cazador.
El último descendiente directo del Primer Alfa.
Su sangre lleva la memoria de esa hambre.
Su magia lleva la sombra de ese poder.
Pierina sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
—Entonces… ¿Aldric quiere consumirme?
Liora negó.
—No.
Aldric quiere reclamarte.
Quiere unirte a él.
Quiere que seas su igual.
Su reina.
Su luna.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Y si digo que no?
Liora la miró con una expresión que no era consuelo.
—Entonces el Primer Alfa vendrá por vos.
Pierina sintió que la sangre se le helaba.
—¿Él está vivo?
Liora negó lentamente.
—No está vivo.
Pero tampoco está muerto.
Existe entre mundos.
Entre sombras.
Entre transformaciones.
Y cada vez que una Luna Dorada despierta… él despierta un poco más.
Pierina sintió que la grieta vibraba bajo sus pies.
—¿Y ahora que yo desperté?
Liora respiró hondo.
—Ahora él te está buscando.
La verdad sobre Aldric Pierina se apoyó en la pared, mareada.
—Entonces… ¿Aldric me quiere para protegerme de él?
Liora negó.
—Aldric te quiere porque la luna te eligió.
Porque tu magia lo llama.
Porque su linaje está atado al tuyo.
Pero también porque sabe que si vos caés… el Primer Alfa despierta por completo.
Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y Pedro?
Liora suspiró.
—Pedro quiere protegerte porque te ama.
Aldric quiere protegerte porque te necesita.
El Primer Alfa quiere encontrarte porque te devora.
Pierina cerró los ojos.
—No quiero ser parte de esto… Liora se acercó y tomó su rostro entre las manos.
—No podés elegir tu origen.
Pero sí podés elegir tu destino.
Pierina abrió los ojos.
La marca brillaba.
—¿Y cuál es mi destino?
Liora sonrió, triste.
—Ser la primera Luna Dorada que no muere.
Pierina sintió que la grieta temblaba.
Como si algo, muy profundo, hubiera escuchado esa frase.
Y despertado.
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