Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Heredero del origen. El principio - Capítulo 20

  1. Inicio
  2. Heredero del origen. El principio
  3. Capítulo 20 - 20 Capítulo 20- El alfa que pierde a su luna
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

20: Capítulo 20- El alfa que pierde a su luna 20: Capítulo 20- El alfa que pierde a su luna Pedro llegó a la cabaña de Liora al amanecer, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que iba a romperle el pecho.

Había corrido desde el territorio de Luna Rossa sin detenerse, sin pensar, sin respirar.

La marca de Pierina había desaparecido de su percepción durante la noche, como si alguien hubiera apagado una estrella.

Y eso solo podía significar dos cosas: o estaba muerta… o estaba escondida en un lugar donde ni él podía sentirla.

La cabaña estaba en silencio.

Demasiado silencio.

Pedro empujó la puerta con fuerza.

—¡Pierina!

La cabaña estaba vacía.

La cama revuelta.

El aire frío.

El olor de Pierina… casi borrado.

Y el de Liora… apenas perceptible.

Pedro sintió que el mundo se le desmoronaba.

—No… no, no, no… Golpeó la mesa con el puño.

La madera crujió.

Su respiración se volvió un gruñido.

—¿Dónde estás…?

Sus ojos se volvieron negros.

Sus colmillos asomaron.

El lobo dentro de él rugió, desesperado.

Y entonces escuchó pasos detrás de él.

Helena trae la noticia Helena apareció en la puerta, con el cabello revuelto y la expresión tensa.

No parecía sorprendida de encontrarlo ahí.

—Sabía que ibas a venir —dijo.

Pedro se volvió hacia ella, transformado a medias.

—¿Dónde está?

Helena levantó las manos.

—No lo sé.

Pedro gruñó.

—¡No me mientas!

Helena lo sostuvo con la mirada.

—No estoy mintiendo.

Pero sí sé algo: Dario volvió anoche.

Herido.

Asustado.

Y dijo que Liora se llevó a Pierina.

Pedro sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué?

Helena cruzó los brazos.

—La bruja la sacó del territorio.

Sin permiso.

Sin avisar.

Y sin protección.

Pedro apretó los dientes.

—Liora no haría eso sin razón.

Helena arqueó una ceja.

—¿Estás seguro?

Porque yo no confío en ella.

Y vos tampoco deberías.

Pedro dio un paso hacia ella.

—Liora quiere protegerla.

Helena sonrió, amarga.

—¿Protegerla de quién?

¿De Aldric?

¿O de vos?

Pedro rugió.

—¡Cuidado con lo que decís!

Helena no retrocedió.

—No soy yo la que tiene que tener cuidado.

Sos vos.

Porque si la perdiste… la manada te va a culpar.

Pedro sintió que la sangre le hervía.

—La voy a encontrar.

Helena lo miró con una mezcla de desafío y preocupación.

—¿Y si no quiere ser encontrada?

Pedro se congeló.

—¿Qué estás insinuando?

Helena suspiró.

—Que tal vez… ella eligió irse.

Pedro sintió que el mundo se le partía en dos.

—No.

Pierina no haría eso.

Helena lo observó con una tristeza que no esperaba.

—¿Estás seguro?

Porque desde que llegó, todo cambió.

Vos cambiaste.

La manada cambió.

Y ella… ella está atrapada entre vos y Aldric.

Tal vez solo quiso escapar.

Pedro negó con la cabeza, temblando.

—No.

Ella no se iría sin decirme.

Helena bajó la mirada.

—Entonces alguien la obligó.

Pedro sintió que el lobo dentro de él rugía con furia.

—Aldric… Helena asintió.

—O Liora.

Pedro apretó los puños.

—Voy a encontrarla.

Cueste lo que cueste.

El traidor confiesa Dario apareció en la puerta, pálido, temblando.

Sus ojos estaban rojos de tanto llorar.

—Pedro… —susurró—.

Lo siento… Pedro se volvió hacia él.

—¿Qué hiciste?

Dario cayó de rodillas.

—No quería… él me obligó… Aldric me mostró a mi hermana… pensé que podía salvarla… Pedro lo levantó del cuello de la camisa.

—¿Dónde está Pierina?

Dario lloraba.

—No lo sé… Liora la sacó de la cabaña antes de que Aldric llegara… yo… yo solo le dije dónde estaba… Pedro lo soltó de golpe.

Dario cayó al suelo.

Helena murmuró: —Te lo dije.

Hay un traidor.

Pedro lo ignoró.

Se arrodilló frente a Dario.

—Escuchame.

Necesito que pienses.

¿Qué dijo Aldric?

¿Qué quería?

¿Qué buscaba?

Dario temblaba.

—Dijo… dijo que si yo lo ayudaba… él no lastimaría a nadie más… pero… pero mintió… siempre miente… Pedro apretó los dientes.

—¿Te dijo a dónde iba?

Dario negó.

—No… pero… pero dijo algo… algo sobre un lugar donde la luna no llega… Pedro sintió un escalofrío.

—La grieta.

Helena abrió los ojos.

—¿Qué?

Pedro se levantó.

—Liora la llevó a la grieta.

Helena palideció.

—¿Estás loco?

Ese lugar es una tumba.

Nadie sale de ahí.

Pedro lo sabía.

Pero también sabía otra cosa.

Pierina estaba viva.

La sentía.

Muy lejos.

Muy débil.

Pero viva.

—Voy a ir por ella —dijo.

Helena lo tomó del brazo.

—Si entrás a la grieta, no volvés.

Pedro la miró con una determinación feroz.

—Entonces voy a entrar igual.

La manada se divide Cuando Pedro regresó al territorio, la manada estaba reunida.

Los lobos murmuraban, inquietos.

Algunos lo miraban con preocupación.

Otros, con desconfianza.

Y otros… con miedo.

Uno de los ancianos habló: —Alfa… ¿es cierto que Pierina desapareció?

Pedro asintió.

—Sí.

Un murmullo recorrió el grupo.

Otro anciano preguntó: —¿Y que la bruja la secuestró?

Pedro negó.

—No la secuestró.

La protegió.

Helena intervino.

—¿De quién?

¿De Aldric?

¿O de vos?

Pedro gruñó.

—De Aldric.

Helena lo miró con dureza.

—¿Y cómo sabemos que no estás mintiendo para cubrir tu error?

Pedro dio un paso hacia ella.

—No cometí ningún error.

Helena levantó la voz.

—¡Perdiste a la Luna Dorada!

¡La única que puede salvarnos!

¡Y ahora querés arrastrarnos a todos a una guerra que no podemos ganar!

La manada murmuró.

Algunos asentían.

Otros retrocedían.

Pedro sintió que la rabia lo consumía.

—Voy a traerla de vuelta.

Helena cruzó los brazos.

—¿Y si no vuelve?

Pedro la miró con una furia que quemaba.

—Va a volver.

Helena lo sostuvo con la mirada.

—Entonces andá.

Pero si no regresás con ella… no esperes que la manada te siga llamando Alfa.

Pedro sintió que algo dentro de él se rompía.

Pero no importaba.

Nada importaba.

Solo Pierina.

El Alfa parte solo Pedro se internó en el bosque sin mirar atrás.

No llevó armas.

No llevó provisiones.

No llevó compañía.

Solo llevó su furia.

Su miedo.

Su amor.

Y la certeza de que si no encontraba a Pierina… no volvería.

El bosque se volvió más oscuro a medida que avanzaba.

Más frío.

Más silencioso.

Y entonces, la sintió.

Una vibración.

Un eco.

Un susurro.

Pierina.

Muy lejos.

Muy débil.

Pero viva.

Pedro apretó los dientes.

—Aguantá, mi luna… ya voy.

Y se lanzó hacia la grieta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo