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Heredero del origen. El principio - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2- Donde empieza el eco
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2: Capítulo 2- Donde empieza el eco.

2: Capítulo 2- Donde empieza el eco.

Cuando Pierina subió a la camioneta, todavía temblando, Pedro cerró la puerta con un gesto firme y arrancó sin mirar atrás.

El motor rugió, la carretera se abrió entre ellos como una herdia oscura, y mientras avanzaban hacai el galpón abandonado que había en la zona, algo en su interiro comenzó a arder.

No era solo la urgencia de ponerla a salvo.

Era el eco de un recuerdo que lo golpeó sin aviso: Florencia, los pasillos blancos, la primera vez que la vío.

Ese instante (tan lejano y tan vivo) volvió con una claridad que lo dejó sin aliento, obligándolo a enfrentar lo que había intentando enterrar durante meses.

Y mientras la noche los envolvía, la memoria lo arrastró hacia atrás, hacia el origen de su vinculo con ella.

Nada de lo que Pedro sintió esa noche (ni el tirón feroz en el pecho, ni la urgencia que lo empujo a atravesar la carretera como si algo lo arrastrara desde dentro) posía entenderse sin volver la mirada atrás.

mese atrás , cuando ël y Pierina se cruzaron por ´priemra vez en la Universidad de Florencia.

Allí, entre pasillos blancos y miradas que no buscaban encontrarse, comenzó algo que ninguno de los dos supo nombrar.

Una chispa silenciosa, un eco antiguo que ahora ardía sin control.

para comprender lo que estaba a punto de desatarse en San martino del Bosco, había que regresar a ese inicio, al día en que sus destinos se tocaron por accidente…o por algo mucho más profundo.

La Universidad de Florencia siempre había sido un lugar de tránsito para Pedro: un sitio donde podía esconder sus verdaderas intenciones detrás de una sonrisa filantrópica y un apellido antiguo.

Para los humanos, él era el benefactor que financiaba investigaciones médicas; para su manada, era el Alfa que buscaba respuestas donde nadie más sabía mirar.

las enfermedades modernas estaban diezmando a los lobos, debilitando generaciones enteras, y él no podía quedarse de brazos cruzados mientras eso sucedía.

Donar un ala completa al edificio de estudios hematológicos era una excusa perfecta para acercarse a los laboratorios sin levantar sospechas.

No esperaba encontrar nada más allí.

Mucho menos a ella.

Pierina apareció en su vida como un accidente luminosos.

Él la vio por primera vez en la ceremonia de inauguración del ala nueva, rodeada de estudiantes, con el cabello recogido en un rodete alto, sus rizos negros ordenados, sujetados contra su voluntad con un lazo rojo carmesí.

No era la más llamativa del grupo, pero había algo en su froma de observar el mundo que lo abligó a mirarla dos veces.

Sus ojos avellana tenían una mezcla de cansancio y determinación que él reconoció de inmediato: la mirada de alguien que carga más de lo que piensa.

Ella lo vio también pero aparto de inmediato la mirada, mirando hacia el frente, a un punto muerto.

Y aunque no lo supiera, algo en su interiro se tensó.

Pierina no entendió por qué sintió un tirón en el estómago cuando él subió al estrado.

No era nervisosismo, ni admiración, ni esa mezcla incómoda que a veces provocan los hombres demasido seguros de sí mismos.

Era otra cosa.

Una vibración sutil, como si su cuerpo recordara algo que su mente no podía nombrar.

Intentó ignorarlo, enfocarse en las palabras del rector, en la importancia del nuevo laboratorio, en el examen que tenía al día siguiente.

pero cada vez que Pedro hablaba, cada vez que su voz grave llenaba el auditorio, esa sensación regresaba.

Él también lo sintió.

Y eso lo inquietó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Él vinculo era un mito.

Un viejo cuento.

algo que había muerto con las generaciones anteriores.

Él había crecido escuchando historias de lobos que encontraban a su otra mitad, que podían sentir el miedo, la alegría o el dolor del otro a kilómetros de distancia.

Pero hacía décadas que nadie experimentaba algo así.

La modernidad, la mezcla con los humanos, la pérdida de territorio…todo había contribuido a borrar esa parte de su naturaleza.

Él mismo había dejado de creer en ello.

Por eso, cuando sintió ese primer tirón (leve, casi imperceptible) pensó que era una ilusión.

Un reflejo emocional.

Una coincidencia.

Hasta que volvió a sentirlo.

Se conocieron oficialmente dos días después, en el laboratorio.

Pierina estaba revisando muestras como parte de su trabajo como becaria cuando él entró acompañado por el director del departamento.

Ella levantó la vista apenas un segundo, atraida por una sensación en su estómago que no podía explicar, pero ese segundo bastó para que sus mirada se cruzaran.

Y ahí estuvo otra vez: ese golpe suave en el pecho, ese reconocimiento de algo que era imposible.

-Pierina, ¿verdad?- preguntó él, recordando su nombre sin saber cómo.

Ella asintió , sorprendida.

-Sí…¿nos conocemos?

-Te vi en la inauguración- respondió él, con una calma que no sentía-.

Me llamó la atención tu enfoque en las preguntas que hiciste.

El director del laboratorio interrumpió -es una de nuestras alumnas más destacadas y ha sido becada para colaborar en el laboratorio- dijó con orgullo en su voz.

Ella se sonrojó apenas.

No estaba acostumbrada a que alguien importante la notara, no sin mirar su curriculum antes.

-Solo quería entender mejor el proyecto.

La hematología siempre me interesó.

-Y tenés talento-dijo él, sin pensarlo demasiado.

Pierina parpadeó, desconcertada.

Nadie le decía esas cosas, más allá de sus docentes.

Menos alguien así.

No con esa certeza.

Pedro se dio cuenta de que había hablado de más.

Se aclaró la garganta, intentando recuperar la distancia que necesitaba mantener.

-Quise decir…que tu curiosidad es valiosa.

La medicina necesita mentes así.

Ella sonrió.

Y él sintió el tirón otra vez, más fuerte.

——————————————– Se enciende la llama Los meses siguientes fueron un equilibrio extraño entre encuentros casuales y conversaciones que se volvían cada vez más profundas, más intímas.

Él pasaba por el laboratorio más seguido de lo encesario.

ella encontraba excusas para quedarse un poco más tarde caudno sabía que él estaría allí.

No hablanban de nada extraordinario: estudio, teorías, casos clínicos, la vida lejos de casa, gustos literarios.

Pero había una tensión suave entre ellos, una corriente que ninguno de los dos podía explicar.

Pedro luchaba contra ello.

Pierina se dejaba llevar sin entender por qué pero con cierta cautela, no quería salir herida.

Reconocia que era imposible que alguien como Pedro se fijara en ella, pero al mismo tiempo, deseaba que lo hicera.

Él sabía que ella no era completamente humana.

Lo sintió desde el primer día: su olor tenía una nota distinta, sutil, como el eco de algo antiguo.

No era lobo, pero tampoco era humana, ni bruja.

Había algo dormido en ella, algo que él no podía identificar.

Y eso lo inquietaba, tanto como lo atraía.

Ella en cambio, no sospechaba nada.

solo sabía que estar cerca de él la hacia sentir viva, enfocada, como si el mundo tuviera más sentido.

A veces, cuando él se acercaba demasiado, su corazón latía con una fuerza que la asustaba.

pero no se alejaba.

Una noche, después de una jornada interminable, terminaron solos en el laboratorio.

la conversación derivó hacia sus vidas personales, hacia lo que habían perdido, hacia lo que buscaban.

Y sin planearlo, sin pensarlo, se acercaron.

Fue un beso que no pidió permiso, él la besó de golpe, con una ansiedad que parecía contener siglos de espera, ella respondió con la misma intensidad, como si fueran dos amantes que se volvían a ver después de una eternidad.

Cuando sus bocas se apartaron, la urgencia del beso los dejó agitados, desordenados, con el corazón galopando y la piel ardiendo.

El cuerpo con una urgencia que no sabían que tenían.

El vínculo era real, latía debajo de la piel como un sistema biológico propio.

Pedro sintío el vínculo como un latigazo.

Pierina sintió que aldo dentro de ella despertaba.

Y aun así, él se negó a ceerlo.

El receso llegó demasiado rápido.

Los últimos meses habían sido muy intensos, ella trataba de no enamorarse, él trataba de negar lo que sentía, pero mientras, sus cuerpos se consumían cada vez que ella terminaba su jornada académica.

Él la pasaba a buscar por Via Ricasoli, ella se subía a su camioneta, comenzaban con una conversación casual, sobre las actividades del día, mientras se esforzaban por ocultar la necesidad de su piel, pero al ingresar al piso donde se radicaba Pedro durante esa parte del año, la pasión se desataba, sin palabras, todo era piel, gemidos, y respiración agitada.

Todo se volvía fuego, sus bocas se buscaban, sus cuerpos se entregaban y el amanecer los encontraba una y otra vez, desnudos, con la piel gastada de tanto sexo .

Pero el receso llegó demasiado rápido.

Pierina tuvo que volver a su pueblo, a San Martino del Bosco, donde la esperaba su madre.

Pedro debía regresar a su manada, muchos kilomtreos de distancia, demasiados para dos amantes que manejaban el mismo nivel de pasión y lujuría.

La despedida fue silenciosa.

Dolorosa.

Incompleta.

Ella sentía que no tenía derecho a sentirse así, después de todo, ellos eran solo eso, fuego que se consumía cada noche.

Ella lo abrazó con fuerza, en público por primera vez, sin entender por qué le costaba tanto soltarlo.

Él la sostuvo unos segundos más de lo necesario, luchando contra su impulso de no dejarla ir.

-Nos vemos pronto-dijo ella, intentando no sonar rota.

Pedro asintió, aunque sabía que no debía prometerse anda.

No podía permitirse sentir lo que estaba sintiendo.

No podía creer en un vínculo que, según él, ya no existiía.

Pero cuando ella se alejó, cuando su figura desaparecío entre la multitud de la estación, sintió un vacío que no supo nombrar.

Cuando el recuerdo finalmente se desvaneció, Pedro parpadeó, regresando al presente.

La nebilina de San Martino del Bosco rodeaba la camioneta, y Pierina respiraba a su lado, aún temblorosa, mientras él buscaba el camino hacia el viejo galpón del viñedo que estaba en la zona.

Conocía muy bien esos lugares, había pasado parte de su infancia en la finca de la manada de su tio en esa zona.

La carretera serpenteaba entre los árboles altos y antiguos, y el peso de lo que habían vivido (y de lo que todavía no entendían) viajaba con ellos en silencio.

Hasta que ella interrumpió el silencio – ¿Cómo me encontraste?

¿ Cómo sabías que estaba en problemas?

Él no contestó, apreto sus manos sobre el volante, no sabía como explicarle a ella lo que estaba pasando sin parecer un maniático.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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