Heredero del origen. El principio - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3- El eco de la luna
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3: Capítulo 3- El eco de la luna 3: Capítulo 3- El eco de la luna La camioneta avanzaba por la carreretera estrecha que serpenteaba entre los bosques de San Martino del Bosco.
Los árboles, altos, antiguos, se inclinaban sobre el camino como si quisieran escuchar lo que ocurría dentro del vehículo.
Pierina estaba sentada en el asiento del acompañante, con las manos apretadas entre las piernas, temblando todavía por el frío, por el humo…y por los ojos dorados que seguían brillando en su memoria.
Pedro conducía con el ceño fruncido, los músculos tensos, la mirada fija en la oscuridad que se abría frente a ellos.
No hablaba.
No la miraba.
Pero cada tanto, su respiración cambiaba, como si estuviera conteniendo algo que no quería que ella viera.
Pierina tragó saliva.
-¿A dónde vamos?-preguntó finalmente , con la voz ronca.
Pedro no respondió de inmediato.
Apretó el volante con más fuerza.
-A un lugar seguro-dijo al fin.
Pierina miró por la ventanilla.
El bosque parecía moverse.
No por el viento, sino por algo más profundo, más vivo.
Como si la oscuridad misma respirara.
-¿Qué era eso?-susurró- La figura…los ojos…
Pedro inhaló hondo, como si la pregunta doliera.
-No deberías haberlo visto-murmuró.
Pierina sintió un escalofrío.
-Pero lo vi.
Pedro apretó la mandíbula.
-Lo sé.
El galpón en la frontera La camioneta se desvió hacia un camino de tierra que se internaba en una zona más oscura del bosque.
Tras unos minutos, llegaron a una construcción de piedra y madera, antigua, abandonada a simple vista.
Pero Pedro bajó del vehículo con la seguridad de quien conoce cada rincón del lugar.
-Bajá-ordenó, abriendo la puerta del acompañante.
Pierina dudó.
-¿Por qué acá?
-Porque no puedo llevarte a mi hogar todavía, Luna Rossa no te aceptará- respondió él, revisando el aire como si oliera algo invisible-.
No sin saber quén te siguió…no sin saber que sos.
Y con esta última frase en el aire, se giró para mirarla de frente y ver la cara de aturdimiento de Pierina.
-¿Luna Rossa?
, ¿es un barrio?-dijó sin entender demasiado- ¿Qué soy?.
No te entiendo, realmente no te entiendo.
No entiendo como llegaste a mi casa, como sabías que necesitaba ayuda…
Pierina sintió que el corazón le latía muy rápido mientras decia estas palabras, realmente estaba confundida.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo.
-No creo que sea un buen momento para explicarte todo- le contestó él mientras caminaba hacia una de las ventanas y le daba la espalda.
– ¿Sabés quién es?- le preguntó con temor en su voz.
-Va a parecerte una locura, pero tenía los ojos dorados.
Pedro cerró los ojos unos segundos, como si esa frase le atravesara el pecho.
-Sí- murmuró.
Pedro abrió los ojos.
Había algo en su mirada que la dejó sin aliento: reconocimiento.
Como si él también hubiera visto esos ojos antes.
Como si supiera exactamente a quién pertenecían.
-Significa que alguien cruzó un límite-dijo-.
Y que vos…no deberías estar en medio de esto.
No deberías ser lo que creo que sos.
Pierina retrocedió un paso.
-¿Qué soy yo, Pedro?
El respiró hondo.
-No sos humana, no del todo.
Pierina sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
-¿Qué…?
Pedro levantó una mano, pidiendo silencio.
-Entrá.
Te lo explico adentro.
El secreto de la manada.
El interior del galpón estaba frío, pero limpio.
Había mantas, una mesa, un par de sillas y un olor tenue a madera húmeda.
Pedro revisó cada rincón, cada sombra, cada olor.
Sus movimientos eran precisos, casi animales.
Pierina lo observaba en silencio, tratando de entender quién era él realmente.
Cuando terminó de revisar, se acercó a ella.
-Quiero que me digas todo-dijo-.
Desde el principio.
No te guardes nada.
Pierina respiró hondo y habló.
Le contó del olor a humo.
Del fuego que parecía estar vivo.
De la figura en la puerta.
De los ojos dorados.
De su marca de nacimiento, que había sentido que le quemaba.
De la voz que no era voz.
Pedro escuchó sin interrumpirla, pero su expresión se volvía más oscura con cada palabra.
Cuando ellla terminó, él se pasó la mano por el cabello, frustrado.
-Esto no debería estar pasando-murmuró-.No ahora.
-¿Qué cosa?-preguntó Pierina.
Pedro la miró con una mezcla de compasión y miedo.
-Vos.
Pierina sintió que el corazón le daba un vuelco.
-¿Qué tengo yo?
Pedro dudó.
Por primera vez desde que lo conocía, dudó.
-Esa marca que tenés-dijo finalmente-es marca vive con vos.
No es cualquier marca.
No es humana.
Es un marca que no debería existir y menos en alguien como vos.
Pierina se abrazó a sí misma.
-La tengo desde pequeña, pero no se ve, solo reacciona y aparece cuando estoy en peligro, mi madre me dijo que era por un trauma, de niña.
No hay nada de especial en mi marca.
Ni siquiera tu la notaste- le dijó con un tono de enojo en la voz.
Se sentía rara, cuestionada, descriminada.
No entendía porque aquel hombre que hasta hace unos días atrás la devoraba con la mirada, ahora la miraba con miedo.
-No es una marca normal- insistió Pedro.-No es humana.
-¿Qué significa entonces?-agregó Pierina con una voz más temblorosa.
-No lo sé del todo.
Pero alguien sí lo sabe.
Pierina sintió un escalofrío.
-¿Aldric?
Pedro la miró con sorpresa.-¿Lo conoces?
-Esa voz que no era voz- contestó con temor evidente- esa voz me dijo ese nombre, sonaba en mi cabeza, como si fuera mi conciencia.
El nombre prohibido El silencio se volvió insoportable.
Pierina se sentó sobre una vieja caja de madera, temblando.
Pedro se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados, mirando el suelo como si allí estuvieran las respuestas a sus preguntas.
-¿Por qué me sigue?-preguntó ella.
Pedro levantó la vista.
-Porque te quiere.
Pierina sintió que la sangre se le helaba.
-¿Qué…qué significa eso?
Pedro se acercó, despacio.
Estudiando el rostro de Pierina.
-No lo sé exactamente…hay historias…lo único que sé es que Aldric no sigue a nadie sin motivos.
Y si te vio…si te marcó…si te habló…
Pierina tragó saliva.
-¿Estoy en peligro?.
Pedro la miró con una intensidad que la dejó sin aliento.
-Sí.
Mucho.
Pierina sintió que las lagrimas le llenaban los ojos mientras Pedro buscaba respuestas en su cabeza, en su mundo y comenzaba a entender que ese tirón que sentía en el pecho cada vez que estaba cerca de ella era real.
Entendió porque salió deseperado a la carretera cuando ella estaba en peligro, como su instinto encontró el lugar, como él la encontro en la carretera.
-¿Y vos?
¿Cómo sabés todo eso?-le preguntó mientras se abrazaba aun más fuerte a sí misma.
-Te dije que no sos humana-le dijó mientras se agachaba para estar a la altura de sus ojos-.
Yo tampoco lo soy…y mi manada, Luna Rossa…-continuó mientras tomaba sus manos entre las suyas.-Tampoco lo son.
Ella lo miró con los ojos cargados de preguntas, pero su toque la anclaba de una manera que no podía describir con palabras.
Pedro respiró hondo.
-No voy a dejar que él te tenga.
Pierina lo miró, confundida.
-¿Por qué?
Pedro dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que ella lo notara.
-Porque no quiero perderte-dijo finalmente.-Me importas Nina!
Pierina sintió que el corazón le latía demasiado rápido.
La sombra en el bosque Afuera, el viento soplaba con fuerza.
El bosque estaba oscuro.
El aire olía a lluvia y a peligro.
Y en algún lugar, entre los árboles, dos ojos dorados observaban el galpón.
Pacientes.
Atentos.
Hambrientos.
Aldric apoyó una mano en el troncó de un abeto, centenario.
la corteza vibró bajo su toque.
-La encontré-susurró-.
Al fin.
La luna, oculta detrás de las nubes, pareció responder con un pulso tenue.
Aldric sonrió- Esta sería una noche larga.
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