Heredero del origen. El principio - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22- La grieta que cierra sus dientes
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22: Capítulo 22- La grieta que cierra sus dientes 22: Capítulo 22- La grieta que cierra sus dientes El eco del rugido del Primer Alfa retumbó en la grieta como si la tierra misma estuviera gritando.
No era un sonido natural.
No era un sonido animal.
Era un lamento antiguo, profundo, que hacía vibrar los huesos y helaba la sangre.
Pedro sintió que el aire se volvía más pesado, como si cada molécula estuviera cargada de una magia que no pertenecía a su mundo.
Pierina temblaba entre sus brazos.
Liora, pálida y exhausta, sostenía la esfera de luz verde que parpadeaba como una vela a punto de apagarse.
—Tenemos que movernos —dijo Liora, con la voz ronca—.
Ahora.
Pedro asintió.
No había tiempo para pensar.
No había tiempo para dudar.
Solo había tiempo para correr.
El eco del Primer Alfa volvió a sonar, más cerca.
Pierina apretó los ojos.
—Ese sonido… no es real… Liora negó.
—Es real.
Y no es un eco.
Es un aviso.
Pedro la sostuvo con más fuerza.
—No voy a dejar que te toque.
Pierina apoyó la frente en su pecho.
—No quiero que te lastime por mi culpa… Pedro gruñó.
—No me importa.
No voy a perderte.
Liora los interrumpió.
—¡Muévanse!
¡Ahora!
El corredor que cambia de forma Pedro avanzó por el corredor estrecho, con Pierina en brazos y Liora detrás.
La grieta parecía cambiar a medida que corrían.
Las paredes se movían, se estiraban, se contraían.
Las raíces blancas se agitaban como serpientes vivas, intentando rozarlos.
Pedro gruñó cuando una raíz se acercó demasiado.
—¡Atrás!
La raíz retrocedió, como si entendiera su amenaza.
Liora murmuró: —La grieta te reconoce como Alfa.
Eso nos da unos segundos… pero no más.
Pedro no respondió.
El rugido volvió a sonar.
Más fuerte.
Más cerca.
Pierina tembló.
—Liora… ¿qué es exactamente eso?
La bruja respiró hondo.
—No es el Primer Alfa completo.
Es su sombra.
Su hambre.
Su eco.
Lo que queda de él cuando no tiene cuerpo.
Pedro frunció el ceño.
—¿Y puede lastarnos?
Liora lo miró con una expresión grave.
—Puede hacer algo peor.
Puede encontrarte.
Pierina apretó los dientes.
—No quiero que me encuentre… Pedro la sostuvo más fuerte.
—No va a encontrarte.
No mientras yo esté acá.
Pero la grieta no parecía estar de acuerdo.
El suelo tembló.
Las paredes se cerraron un poco más.
La luz verde de Liora parpadeó.
—¡Corré!
—gritó la bruja.
Pedro obedeció.
El pasaje de los susurros El corredor desembocó en una cámara circular.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos, algunos brillando con luz dorada, otros apagados como cicatrices.
El aire vibraba con murmullos.
Pierina abrió los ojos, aturdida.
—¿Qué es este lugar?
Liora respondió sin detenerse.
—El pasaje de los susurros.
Las voces de las Lunas Doradas que murieron acá.
Pedro sintió un escalofrío.
—¿Murieron acá?
Liora asintió.
—El Primer Alfa las cazó en este lugar.
Sus voces quedaron atrapadas en la roca.
Pierina escuchó con atención.
Y entonces las oyó.
Voces femeninas.
Leves.
Dolorosas.
Antiguas.
Hija… Luz… Sangre… Hambre… Pierina se cubrió los oídos.
—¡Callen!
¡No quiero escucharlas!
Liora la tomó del brazo.
—No podés callarlas.
Pero podés ignorarlas.
¡Seguimos!
Pedro avanzó, pero las voces se intensificaron.
No corras… No huyas… Él viene… Él siempre viene… Pierina gritó.
—¡Basta!
La marca brilló.
Las voces se apagaron.
La grieta tembló.
Liora la miró con sorpresa.
—Eso no debería haber pasado… Pedro frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Liora negó.
—Que Pierina está despertando algo que ni siquiera yo entiendo.
Pierina respiraba con dificultad.
—No quiero despertar nada… Pedro la sostuvo.
—No estás sola.
Pero el rugido volvió a sonar.
Esta vez, tan cerca que la tierra vibró bajo sus pies.
Liora gritó: —¡Corran!
El puente que se desarma Llegaron al puente de huesos.
Pero ya no era el mismo.
Los huesos estaban agrietados.
Algunos flotaban en el aire.
Otros se movían como si tuvieran vida propia.
Pedro apretó los dientes.
—No vamos a cruzar esto… Liora lo miró con desesperación.
—No tenemos opción.
Si nos quedamos, él nos alcanza.
Pierina abrió los ojos, temblando.
—Pedro… no quiero que te caigas… Pedro sonrió, aunque su rostro estaba tenso.
—No me voy a caer.
Te lo prometo.
Puso un pie sobre el puente.
Los huesos crujieron.
Se movieron.
Se acomodaron bajo su peso.
Liora lo siguió.
La luz verde parpadeaba.
Pierina sintió que la marca ardía.
—Algo viene… Pedro no miró atrás.
—Lo sé.
El rugido resonó otra vez.
Esta vez, tan fuerte que el puente tembló.
Liora gritó: —¡No mires atrás!
¡No lo mires!
Pero Pierina no pudo evitarlo.
Giró la cabeza.
Y lo vio.
Una sombra enorme.
Deforme.
Con ojos que no eran ojos.
Con un cuerpo que no era cuerpo.
Con una boca que no tenía forma… pero sí hambre.
El eco del Primer Alfa.
Pierina gritó.
—¡Pedro!
Pedro apretó los dientes.
—¡No mires!
¡Agarrate fuerte!
El puente se quebró detrás de ellos.
Los huesos cayeron al abismo.
La sombra avanzó, deslizándose como humo vivo.
Liora lanzó un hechizo.
La luz verde estalló.
La sombra retrocedió unos centímetros.
—¡No puedo detenerlo!
—gritó—.
¡Solo puedo retrasarlo!
Pedro corrió.
El puente se desarmaba bajo sus pies.
Cada paso era una caída evitada por centímetros.
Pierina lloraba.
—¡Pedro, por favor!
Pedro rugió.
—¡No voy a dejarte caer!
El último tramo del puente se quebró.
Pedro saltó.
Liora saltó detrás.
Cayeron al otro lado.
Rodaron por el suelo.
La sombra se detuvo en el borde del abismo.
Y habló.
No con palabras.
Con un sonido que era más antiguo que el lenguaje.
Luz… Mía… Pierina tembló.
—No… no soy tuya… La sombra retrocedió.
Se desvaneció en la oscuridad.
Pero no se fue.
Solo esperó.
La grieta se cierra Pedro se incorporó, jadeando.
Liora estaba arrodillada, agotada.
Pierina temblaba en sus brazos.
—Tenemos que seguir —dijo Liora—.
La grieta está cambiando.
Se está cerrando.
Pedro miró hacia adelante.
El corredor se estrechaba.
Las paredes se movían.
El aire vibraba.
—¿A dónde lleva esto?
Liora respiró hondo.
—A la salida.
Si llegamos antes de que la grieta nos trague.
Pedro la miró.
—¿Y si no llegamos?
Liora sostuvo su mirada.
—Entonces nos convertimos en parte de ella.
Pierina apretó la mano de Pedro.
—No quiero morir acá… Pedro la abrazó.
—No vas a morir.
Te lo prometo.
Liora se puso de pie.
—Entonces corramos.
Y los tres se internaron en la oscuridad, mientras la grieta cerraba sus dientes detrás de ellos.
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