Heredero del origen. El principio - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23- Donde termina la grieta y empieza la noche
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23: Capítulo 23- Donde termina la grieta y empieza la noche 23: Capítulo 23- Donde termina la grieta y empieza la noche La grieta vibraba como un animal herido.
Las paredes se contraían y expandían con un ritmo irregular, como si respiraran con dificultad.
El aire era tan denso que cada inhalación quemaba.
Pedro cargaba a Pierina en brazos, y Liora avanzaba delante de ellos con la luz verde temblando sobre su palma, cada vez más débil.
El eco del Primer Alfa había desaparecido, pero su presencia seguía impregnando el aire como un olor a tormenta.
No era un enemigo que se pudiera dejar atrás.
Era una sombra que se adhería a la piel, a la sangre, a la magia.
Pierina abrió los ojos apenas.
Su voz era un susurro.
—¿Estamos… saliendo?
Pedro la sostuvo más fuerte.
—Sí.
Ya casi.
Liora no se volvió, pero su voz sonó tensa.
—No digas “casi”.
La grieta escucha.
Y odia las promesas.
Pedro gruñó.
—No me importa lo que escuche.
Liora lo miró por encima del hombro.
—A la grieta sí le importa.
Y como si la grieta hubiera entendido, el suelo tembló bajo sus pies.
El corredor que se estrecha El pasaje se volvió más angosto.
Las paredes se acercaban tanto que Pedro tenía que girar los hombros para avanzar.
Las raíces blancas se movían como dedos largos, rozando la piel de Pierina, buscando algo.
Liora levantó la luz.
—No las dejes tocarla —advirtió.
Pedro gruñó.
—No van a tocarla.
Pero las raíces parecían insistir.
Se estiraban.
Se contraían.
Se acercaban.
Pierina murmuró: —Me… llaman… Pedro sintió un escalofrío.
—No escuches nada.
No mires nada.
Solo quedate conmigo.
Pierina apoyó la frente en su pecho.
—Estoy con vos… Liora murmuró un conjuro.
La luz verde se expandió un poco.
Las raíces retrocedieron.
Pero no por mucho.
El susurro del linaje A medida que avanzaban, Pierina empezó a temblar.
No de frío.
No de miedo.
De algo más profundo.
—Pedro… —susurró—.
Ellas… están acá.
Pedro frunció el ceño.
—¿Quiénes?
Pierina cerró los ojos.
—Las otras.
Las que vinieron antes.
Las Lunas Doradas.
Liora se detuvo.
—¿Qué escuchás?
Pierina respiró hondo.
—Sus voces.
Están… cantando.
Pedro sintió que la piel se le erizaba.
—¿Cantando qué?
Pierina abrió los ojos.
Brillaban con un dorado tenue.
—Mi nombre.
Liora palideció.
—Eso no es bueno.
Pedro gruñó.
—¿Por qué?
Liora lo miró con gravedad.
—Porque si ellas la llaman… es porque la grieta quiere quedarse con ella.
Pierina tembló.
—No quiero quedarme acá… Pedro la sostuvo con más fuerza.
—No vas a quedarte.
Te lo prometo.
Liora levantó la luz.
—Entonces apurate.
La salida está cerca, pero la grieta está cerrándose.
El umbral vivo El corredor desembocó en una cámara amplia.
En el centro, un arco de roca se abría hacia un túnel iluminado por una luz tenue.
La salida.
Pero el arco no era normal.
No era piedra.
No era tierra.
Era carne.
La superficie parecía piel tensa, cubierta de venas oscuras que latían.
El arco respiraba.
Se contraía.
Se expandía.
Pierina gimió.
—No… no quiero pasar por ahí… Liora se acercó al arco.
—Es la única salida.
La grieta no deja ir a nadie sin probarlo.
Pedro frunció el ceño.
—¿Probarlo cómo?
Liora lo miró.
—Con sangre.
Pedro gruñó.
—No voy a dejar que la lastime.
Liora negó.
—No es su sangre la que quiere.
Pedro sintió un escalofrío.
—¿Entonces…?
Liora extendió la mano.
El arco se abrió un poco más, como si la reconociera.
—La tuya.
Pedro apretó los dientes.
—¿Por qué yo?
Liora suspiró.
—Porque sos Alfa.
Y la grieta respeta a los Alfas… si les das algo a cambio.
Pedro no dudó.
Sacó una garra.
Se cortó la palma.
La sangre cayó sobre el arco.
El arco se estremeció.
Se abrió.
La luz del túnel se intensificó.
Pierina lloró.
—Pedro… Él la besó en la frente.
—Estoy acá.
No voy a dejarte.
Liora lo empujó.
—¡Pasen!
¡Ahora!
La grieta se enfurece Apenas cruzaron el arco, la grieta rugió detrás de ellos.
Un sonido profundo.
Violento.
Como si la tierra estuviera gritando de dolor.
El túnel se iluminó con una luz blanca.
No era luz de luna.
Era luz de magia.
Pierina gritó.
—¡Algo viene!
Liora se volvió.
—¡Corran!
Pedro corrió.
El túnel se estrechaba.
Las paredes se movían.
El suelo vibraba.
Detrás de ellos, una sombra enorme avanzaba.
No era el eco del Primer Alfa.
Era la grieta misma.
Cerrándose.
Tragándose todo.
Pierina temblaba en sus brazos.
—Pedro… tengo miedo… Él la sostuvo más fuerte.
—No te voy a dejar.
Liora gritó: —¡A la luz!
¡Corré hacia la luz!
Pedro vio el final del túnel.
Una abertura.
Un destello.
Aire fresco.
Corrió más rápido.
El suelo se desmoronaba detrás de ellos.
La sombra los alcanzaba.
Pierina gritó.
—¡Pedro!
Pedro saltó.
La salida Cayeron sobre tierra firme.
Hierba húmeda.
Aire frío.
Cielo abierto.
La grieta se cerró detrás de ellos con un estruendo.
Como si nunca hubiera existido.
Pedro jadeaba.
Pierina temblaba.
Liora cayó de rodillas, exhausta.
El bosque estaba en silencio.
Un silencio real.
No el silencio vivo de la grieta.
Pierina abrió los ojos.
Miró el cielo.
—Estamos afuera… Pedro la abrazó.
—Sí.
Estamos afuera.
Liora se levantó con dificultad.
—No canten victoria.
La grieta no los deja ir sin marcar algo.
Pedro frunció el ceño.
—¿Qué marcó?
Liora señaló la marca de Pierina.
Brillaba.
No dorado.
No blanco.
Rojo.
Pierina se tocó el vientre.
—¿Qué… qué significa esto?
Liora respiró hondo.
—Que la grieta te vio.
Que te reconoció.
Y que ahora… el Primer Alfa también puede hacerlo.
Pierina sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
Pedro la sostuvo.
—No voy a dejar que te encuentre.
Liora lo miró con una expresión grave.
—No es cuestión de dejarlo.
Es cuestión de estar lista cuando lo haga
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