Heredero del origen. El principio - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo 24- El sueño donde la luna sangra
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24: Capítulo 24- El sueño donde la luna sangra 24: Capítulo 24- El sueño donde la luna sangra Pierina cayó dormida apenas Pedro la recostó sobre el suelo húmedo del bosque.
No fue un sueño suave ni reparador.
Fue un derrumbe.
Un hundimiento.
Como si la grieta la hubiera seguido afuera y ahora la arrastrara hacia un abismo distinto, uno hecho de recuerdos que no eran suyos y de miedos que sí lo eran.
La oscuridad la envolvió.
No era la oscuridad del bosque.
Era más profunda.
Más viva.
Más consciente.
Pierina intentó moverse, pero su cuerpo no respondió.
Intentó hablar, pero su voz no existía.
Intentó despertar, pero el sueño la sostuvo con dedos fríos.
Y entonces, la vio.
Una luna enorme, roja como una herida abierta, colgaba sobre un bosque muerto.
Los árboles estaban secos, retorcidos, como si hubieran sido quemados desde adentro.
El aire olía a ceniza y a sangre.
Pierina dio un paso adelante.
El suelo crujió bajo sus pies.
No era tierra.
Eran huesos.
—No… —susurró—.
Esto no es real… Pero el sueño no respondió.
Las sombras de los que ama A lo lejos, escuchó un aullido.
No uno.
Varios.
Pedro.
La manada.
Liora.
Pierina corrió hacia el sonido, pero el bosque parecía moverse para impedirle avanzar.
Las raíces se enroscaban alrededor de sus tobillos.
Las ramas se inclinaban para bloquearle el paso.
El aire se volvía más espeso.
—¡Déjenme pasar!
—gritó.
Y entonces los vio.
Sombras.
Figuras hechas de humo oscuro.
Con ojos vacíos.
Con cuerpos que parecían deshacerse y recomponerse.
Eran lobos.
Pero no eran lobos.
Eran Pedro.
Eran Helena.
Eran Dario.
Eran todos.
Pierina sintió que el corazón se le rompía.
—No… no, por favor… Las sombras avanzaron hacia ella.
No atacaban.
No gruñían.
Solo caminaban.
Como si quisieran tocarla.
Como si quisieran pedirle algo.
Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca, hablaron.
No con voces.
Con un susurro que venía de todas partes.
Nos mataste.
Pierina retrocedió.
—¡No!
¡Yo no hice esto!
Las sombras avanzaron más.
Tu magia nos quemó.
Tu luz nos destruyó.
Tu poder nos consumió.
Pierina negó con la cabeza, llorando.
—¡No quería!
¡No sabía!
¡No puedo controlarlo!
Las sombras se detuvieron.
Y entonces, una de ellas tomó forma.
Pedro.
O lo que quedaba de él.
Su rostro estaba cubierto de grietas luminosas, como si la luz dorada hubiera explotado dentro de su cuerpo.
Sus ojos eran dos huecos negros.
Su voz era un eco.
—Pierina… —susurró—.
¿Por qué no me dejaste protegerte?
Pierina cayó de rodillas.
—Pedro… no… yo nunca… La sombra extendió una mano hacia ella.
—Tu magia me mató.
Pierina gritó.
—¡No!
¡No es verdad!
Pero el sueño no se detuvo.
La luna que la reclama La luna roja brilló más fuerte.
El bosque tembló.
Las sombras se desvanecieron.
Y entonces, una figura apareció entre los árboles.
Alta.
Delgada.
Hecha de oscuridad.
Con ojos que no eran ojos.
Con una presencia que no pertenecía al mundo de los vivos.
El eco del Primer Alfa.
Pierina sintió que el aire se congelaba.
—No… no acá… no en mi sueño… La figura avanzó.
Cada paso hacía que el suelo se quebrara.
Cada movimiento hacía que la luna sangrara más.
La voz llegó como un susurro que atravesó su piel.
Luz… Hija… Herencia… Pierina retrocedió.
—No soy tuya.
La figura se detuvo.
La luna roja brilló detrás de ella.
Todo lo que la luna toca… me pertenece.
Pierina apretó los dientes.
—No.
Yo elijo.
Yo decido.
La figura inclinó la cabeza.
¿Decidiste cuando mataste a los tuyos?
Pierina sintió que el corazón se le detenía.
—No los maté… Los viste.
Los escuchaste.
Sabés lo que tu magia puede hacer.
Pierina tembló.
—No quiero hacerles daño… La figura dio un paso más.
Entonces dejalos.
Alejate.
Rompé tus lazos.
O morirán por vos.
Pierina sintió que el mundo se desmoronaba.
—No… no puedo… Podés.
Y vas a hacerlo.
Porque si no… yo los voy a encontrar.
Uno por uno.
Pierina gritó.
—¡No!
¡No los toques!
La figura se detuvo.
La luna roja se apagó un poco.
Entonces elegí.
A ellos… o a vos.
Pierina cayó de rodillas, llorando.
—No puedo elegir… La luna ya eligió.
Vos sos la luz.
Ellos son la sombra.
Y la sombra siempre muere.
Pierina gritó.
El sueño se quebró.
La luna explotó en luz roja.
Y despertó.
El despertar Pierina abrió los ojos de golpe.
Estaba jadeando.
Sudando.
Temblando.
Pedro estaba a su lado, dormido sentado, con la cabeza apoyada en su brazo.
Liora dormía más lejos, agotada.
Pierina se llevó las manos al rostro.
—No… no puedo quedarme acá… los voy a lastimar… La marca ardía.
No dorado.
No blanco.
Rojo.
El color de la grieta.
El color del sueño.
El color del Primer Alfa.
Pierina se levantó con dificultad.
Miró a Pedro.
Miró a Liora.
Y sintió un dolor insoportable.
—Los pongo en peligro… A todos… La voz del sueño resonó en su mente.
Elegí.
Pierina cerró los ojos.
—Tengo que irme… Y por primera vez, lo dijo en voz alta.
—Si me quedo, los mato.
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