Heredero del origen. El principio - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26- La luna que huye y el lobo que sonrié
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26: Capítulo 26- La luna que huye y el lobo que sonrié 26: Capítulo 26- La luna que huye y el lobo que sonrié pasaron a penas unos minutos antes de que es silencio absoluto los envolviera.
Pierina no dormía, solo esperó a que Pedro y Liora se durmieran profundamente.
No fue difícil: ambos estaban exhaustos, drenados por la grieta, por la huida, por el miedo.
Pedro dormía sentado, con la espalda apoyada en un tronco, la cabeza inclinada hacia adelante y la mano todavía extendida hacia donde ella había estado acostada.
Liora dormía más lejos, con la luz verde apagada a su lado, como una luciérnaga muerta.
Pierina los observó durante un largo rato.
Cada respiración de Pedro le dolía.
Cada gesto de Liora le recordaba lo que había visto en el sueño.
Las sombras.
Los cuerpos rotos.
La luz dorada estallando desde su piel.
La luna roja.
El eco del Primer Alfa.
Y la frase que la había perseguido incluso después de despertar: “Ellos mueren por vos.” Pierina apretó los dientes.
No podía permitirlo.
No podía arriesgarse a que su magia —esa cosa viva, inestable, peligrosa— tocara a Pedro otra vez.
No podía arriesgarse a que la grieta la reclamara.
No podía arriesgarse a que el Primer Alfa la encontrara cerca de quienes amaba.
Tenía que irse.
Tenía que desaparecer.
Tenía que cortar el lazo antes de que fuera demasiado tarde.
Se levantó con cuidado.
Sus piernas temblaban, pero se sostuvo.
La marca ardía roja, como si supiera lo que estaba por hacer.
—Perdoname… —susurró, mirando a Pedro.
Él no se movió.
Pero su respiración cambió apenas, como si su cuerpo reconociera la pérdida antes de que ocurriera.
Pierina contuvo el llanto.
Pero las lagrimas brotaban sin pedir permiso por sus ojos.
No podía despertarlo.
No podía explicarle.
No podía dejar que la detuviera.
Se alejó del campamento.
Cada paso era un desgarro.
Cada metro que se alejaba de Pedro era una herida nueva.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos, corrió.
La huida silenciosa El bosque estaba oscuro, pero no tanto como la grieta.
El aire era frío, pero no tan helado como el sueño.
Pierina avanzaba sin rumbo fijo, guiada solo por una idea: alejarse.
Alejarse de Pedro.
Alejarse de la manada.
Alejarse de todo lo que podía destruir.
Las ramas la golpeaban.
Las raíces la hacían tropezar.
La marca ardía como un faro.
—No quiero esto… —susurró—.
No quiero ser un peligro… Pero la marca no respondía.
Solo ardía.
Solo brillaba.
Solo la empujaba hacia adelante.
Pierina corrió hasta que el cuerpo no le dio más.
Cayó de rodillas en un claro pequeño, iluminado por una luna pálida.
—No puedo… —jadeó—.
No puedo seguir… Pero sabía que tenía que hacerlo.
Sabía que si se detenía, Pedro la encontraría.
Sabía que si Pedro la encontraba, no la dejaría ir.
Y sabía que si se quedaba con él… lo mataría.
Las lágrimas le nublaron la vista.
—Perdoname… —susurró otra vez.
Y entonces, el aire cambió.
El bosque se volvió más frío.
Más silencioso.
Más… expectante.
Pierina sintió un escalofrío recorrerle la columna.
—No… —susurró—.
No ahora… Pero ya era tarde.
El descubrimiento Aldric apareció entre los árboles como si hubiera estado esperándola.
No hizo ruido.
No dejó huellas.
No respiraba como un humano.
No se movía como un lobo.
Era algo entre ambos.
Y algo más.
Su cabello blanco brillaba bajo la luna.
Sus ojos dorados la atravesaban.
Su sonrisa era lenta, peligrosa, satisfecha.
—Pierina —dijo, como si pronunciara un nombre sagrado—.
Te estaba buscando.
Pierina retrocedió.
—No… no te acerques.
Aldric levantó las manos, como si quisiera tranquilizarla.
—No voy a tocarte.
No todavía.
Pierina sintió que la marca ardía más fuerte.
—¿Cómo me encontraste?
Aldric sonrió.
—No te encontré.
Me llamaste.
Pierina negó con la cabeza.
—No te llamé.
Aldric dio un paso hacia ella.
—Tu magia sí.
Tu miedo sí.
Tu sangre sí.
Y ahora que te alejaste de ellos… puedo escucharte mejor.
Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No me alejé por vos.
Aldric inclinó la cabeza.
—Lo sé.
Te alejaste por ellos.
Para protegerlos.
Para salvarlos.
Para no destruirlos.
Pierina apretó los dientes.
—No quiero hablar con vos.
Aldric sonrió, suave.
—Pero yo sí quiero hablar con vos.
Pierina retrocedió otro paso.
—No te acerques.
Aldric la observó con una calma inquietante.
—Pierina… ¿sabés lo que significa que estés sola?
Ella tragó saliva.
—Significa que no quiero lastimar a nadie.
Aldric negó lentamente.
—Significa que ahora sos mía.
Pierina sintió un escalofrío.
—No soy tuya.
Aldric sonrió, pero no con burla.
Con triunfo.
—No todavía.
Pero lo serás.
Pierina tembló.
—No voy a ir con vos.
Aldric dio un paso más.
La luna brilló sobre él.
La marca de Pierina ardió.
—No tenés que venir conmigo —dijo—.
Ya viniste.
Pierina abrió los ojos, horrorizada.
—No… Aldric se acercó un poco más, sin tocarla.
—Te alejaste de Pedro.
Te alejaste de la manada.
Te alejaste de todo lo que te hacía resistir.
¿Sabés lo que eso significa?
Pierina negó, temblando.
Aldric susurró: —Que ahora puedo acercarme sin que nada me detenga.
Pierina sintió que el aire se volvía más frío.
—No quiero esto… Aldric la miró con una intensidad que la atravesó.
—Pero yo sí.
Y ahora… ahora que estás sola… voy a aprovecharlo.
Pierina retrocedió.
Aldric avanzó.
La luna brilló roja por un instante.
La marca ardió.
Y Pierina entendió que había cometido un error.
Un error que podía costarle todo.
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